Concha Miguélez – Miembro de la ELP y de la AMP

En primer lugar, quiero agradecer a la Biblioteca y en especial a su directora Carmen Bermúdez, la invitación a participar en este encuentro de colaboración de la Biblioteca de la Sede de Madrid de la ELP y la Universidad Complutense de Madrid.

El curso de este año lleva por título “Incertidumbre y distancia social”  yo voy a tratar el tema de “Presencia y virtualidad”.

El tema de la presencia se ha introducido en nuestras vidas como un interrogante. Para el psicoanálisis lacaniano es algo fundamental, porque en la experiencia analítica no sólo está el sujeto del inconsciente, está el cuerpo.

Por las circunstancias que todos conocemos el cuerpo de los otros se ha convertido en algo peligroso. La única posibilidad de continuar con los tratamientos de los sujetos que así lo querían era la práctica no presencial. Por este motivo me pregunto en este trabajo si por los medios virtuales se puede mantener la especificidad del psicoanálisis y en todo caso su condición de posibilidad.

El psicoanálisis es una práctica sin estándar, pero no sin principios.

El primer principio dice que: “El psicoanálisis es una práctica de la palabra. Los dos participantes el analista y el analizante, reunidos en presencia en la misma sesión psicoanalítica”.

Desde Freud sabemos que es importante la presencia de los cuerpos para el buen hacer de la terapia analítica. Para el psicoanálisis la presencia es condición. Pero… Qué se entiende por presencia: la presencia de los cuerpos, la presencia de la transferencia, la presencia del inconsciente, la presencia de lo real del síntoma.

También nos interrogamos por el cuerpo: ¿Cómo podemos pensar un cuerpo en la virtualidad? ¿Sigue teniendo el mismo estatuto que en las sesiones presenciales? ¿Es otro cuerpo?

El Cuerpo

El estatuto que tiene el cuerpo en psicoanálisis difiere radicalmente del organismo del que se ocupa la biología.

Freud introduce una escisión entre el hombre y el animal a la hora de precisar las relaciones entre lo somático y lo psíquico. El lenguaje transforma el organismo viviente en un cuerpo gozante. Por esto decimos que hay una diferencia entre el cuerpo como organismo viviente y el cuerpo humano.

En el ser humano la estructura psíquica es inseparable del registro del lenguaje. Afirmación que Freud constató desde el inicio del análisis de los sueños y de los síntomas y también Lacan con su tesis: “El inconsciente está estructurado como un lenguaje”.

El nacimiento mismo del psicoanálisis sería impensable sin el cuerpo.

La experiencia analítica nació del encuentro de Freud con el cuerpo histérico. Como consecuencia de este encuentro se le impuso considerar al cuerpo no como algo dado biológicamente, sino como el efecto del lenguaje sobre lo viviente.

Fueron esas mujeres enfermas, con afecciones corporales, para las que la medicina no tenía explicación y que encarnaban en su cuerpo un sufrimiento inexplicable, las que permitieron a Freud el descubrimiento del inconsciente.

En su texto de 1915“Lo inconsciente” Freud nos dice que: “El psicoanálisis nos ha revelado que la esencia del proceso de la represión no consiste en suprimir y destruir una idea que representa al instinto, sino en impedirle hacerse consciente. Lo reprimido es una parte de lo inconsciente”.

Transferencia y deseo del analista

Al principio de los trabajos de Freud no está la transferencia, sino el descubrimiento del inconsciente y la interpretación.

Los análisis comienzan por admitir por parte del paciente la regla fundamental: “diga lo que se le ocurra”.

La asociación libre llevó a Freud a que dejando hablar a sus pacientes se encontraba con el trauma y en esos momentos con el sentido del síntoma y esto llevaba a su disolución.

Un análisis asocia el síntoma a un saber, y de esta manera se obtiene normalmente el levantamiento del síntoma.

El resorte fundamental de la transferencia, al inicio de la cura es la demanda de significación.

No es un concepto exclusivo del campo psicoanalítico, pero podríamos decir que en Freud la evolución de la concepción de la transferencia fue de la mano del progresivo desarrollo de su técnica, hasta llegar al método psicoanalítico propiamente dicho.

El fenómeno de la transferencia descubierto por Freud en su clínica nos invita a preguntarnos por su origen, su utilidad y su trabajo en la cura.

En los comienzos del psicoanálisis la relación de Freud con Breuer era muy estrecha.

Breuer en el tratamiento a su paciente Ana O, testimonió de la emergencia del amor, que tomó de manera personal, se creyó que la cosa era con él. No pudo servirse del amor mismo para lograr la cura y tuvo que abandonar el caso.

Ante la impresión que a Freud le provocó la intensidad de las reacciones afectivas en la relación médico paciente, dedujo que, tomarse de modo personal las propuestas de amor tenía consecuencias y extrajo la más clara enseñanza.

Freud estudia por qué la transferencia surge necesariamente en toda cura psicoanalítica y como llega a desempeñar en el tratamiento ese papel tan importante. Dice que el analizado no recuerda nada de lo olvidado o reprimido, sino que lo vive de nuevo. No lo reproduce como recuerdo sino como acto. Lo repite, sin saber naturalmente que lo repite.

El paciente ama a quien le supone un saber. Freud considera que el amor demandado por el paciente se presenta como posibilidad para la emergencia de lo inconsciente, que determina la repetición del síntoma.

Descubre en su clínica la naturaleza de la transferencia e instaura el psicoanálisis como un proceso de conocimiento del deseo inconsciente.  Atisba en la transferencia un lugar propicio para hacer actuales los impulsos eróticos olvidados de los enfermos que están en la base de los síntomas.

Freud se mantiene a distancia del amor del paciente, dice que no hay que darle importancia ni conviene interpretarlo con el fin de que pueda surgir el recuerdo por el que buscaba la cura.

Considera que si se interpreta la transferencia en el “aquí y ahora con el analista” se disuelve la transferencia. Se resta importancia al amor de transferencia y al descubrimiento del inconsciente. Por lo que l1os análisis serían una adaptación y educación del yo.

Para Freud la transferencia es la más poderosa palanca de éxito aun cuando también puede constituirse como la más poderosa resistencia.

El amor de transferencia fue considerado por Freud un obstáculo a tener en cuenta en el tratamiento, porque conllevaba la detención de las asociaciones y por tanto era un obstáculo para la emergenciadel saber inconsciente. La aparición del recuerdo patógeno se ve obstaculizado por ese amor.

Un recorrido analítico transforma la demanda de amor en deseo de saber. Para realizarlo se requiere de la transferencia como vehículo del proceso analítico y del deseo del analista como su soporte hasta el final. El deseo del analista está ligado al deseo de saber.

Lacan va más allá con lo que llamará el deseo del analista y considera que, sin la teoría del deseo, la relación analítica se basaría en una mera dimensión imaginaria. Sin embargo, al introducir el elemento del deseo y sumado a la transferencia resulta la emergencia de la dimensión real.

“El análisis, más que ninguna otra praxis, está orientado hacia lo que en la experiencia es el hueso de lo real”.

El psicoanálisis piensa en un real sin ley. Un real que concierne a cada uno de un modo contingente. El tratamiento analítico consiste en que el analista orientado por el deseo del analista parte de la singularidad de las soluciones subjetivas frente al encuentro con el trauma, para hacer posible operando con la interpretación, desde el lugar que ocupa en la transferencia, un nuevo arreglo con el goce (malestar).

Presencia

Freud concibe el surgimiento de la presencia del analista como una falsa conexión, una repetición con el analista de relaciones pasadas con objetos primordiales y las pasiones que conllevan, amor, odio

Al comienzo del tratamientoel analista da su presencia solo para la acción de escuchar. Sólo más tarde su presencia será advertida y entonces cesan las asociaciones libres del paciente, que pueden vencerse asegurándole que se halla bajo el dominio de una ocurrencia referente a la persona del médico, afirmaba Freud en su texto de 1912  “La dinámica de la transferencia”.

Bajo el amor de transferencia que pide y puede llegar a ser muy exigente está la pulsión que no pide, que busca un complemento en el Otro. Esta satisfacción silenciosa de la pulsión en la transferencia es algo tomado de la presencia del analista, encarnada en el aquí y ahora de la sesión. De ahí la advertencia freudiana. Nadie puede ser vencido in absentia o in effigie.

¿Qué se entiende por presencia?

La presencia está anudada al cuerpo. Se trata de la presencia de esos silencios, esos sentidos, esas expresiones, esa sonrisa. Todo esto es la presencia del analista. Por presencia no podemos entender que un cuerpo esté al lado del analista. La presencia no tiene que ver con la persona.

El analista con su presencia encarna algo del goce. Encarna la parte no simbolizada del goce, desencadena algo en el analizante. La presencia del analista se refiere justamente a la cubierta imaginaria de un pedazo de real,  que desencadena un movimiento pulsional.

En el Banquete de Platón Lacan nos describe como la presencia de Sócrates desencadena algo, del decir de Alcibíades, lo causa. Las palabras de Sócrates insolentan, también su voz.

A-Presencia y sesión analítica  

Un síntoma para el psicoanálisis es ante todo un enigma a descifrar, un mensaje que habla de aspectos inconscientes del sujeto, de su historia particular, pero hay también en el síntoma un aspecto social, una referencia al momento histórico que le ha tocado vivir, por  ejemplo la proliferación de la anorexia.

El sujeto se enfrenta a algo que no conoce, como por ejemplo un dolor que no sabe su origen o una idea que se le impone. Le pasa algo que no sabe de donde proviene ni cuando empezó. Acude a un analista porque le ha surgido una dificultad en su vida, algo se le ha cruzado en su camino. No puede seguir adelante, aparece la angustia y se pregunta ¿qué quiere decir mi síntoma? Y demanda una significación.

El problema actual es que el síntoma como metáfora reprimida interroga cada vez menos a los sujetos.

Si la regla del análisis  “diga lo que se le ocurra”  era el modo del lado del analizante, por el que Freud intentaba sortear las trampas del yo para acceder al inconsciente. La atención flotante es el modo correlativo desde el lado del analista, para sortear las trampas del propio yo y evitar que los prejuicios le hagan obstáculo.

El analista invita al paciente a perderse en los laberintos de sus palabras. El análisis comenzará cuando el sujeto se descubra dividido entre lo que dice y lo que sabe de eso que dice. El analista enfrenta al sujeto con la ignorancia de su saber. Lo implica en una pregunta.

En un análisis el analizante, como dijimos al principio, se compromete a hablar de lo que se le ocurre por asociación libre, que según Lacan es poco libre, el analista está como causa de esa producción.

En la asociación libre se va polarizando el discurso del analizante en torno a unos pocos temas y se decantan algunos significantes como privilegiados, se decantan no por azar, sino en función del goce que conllevan para cada parletre (ser hablante).

El espacio analítico brinda a los sujetos un espacio de escucha que le es propio, en donde es reconocido por su singularidad. Aquello que lo define por su manera de gozar.

La presencia del analista, desde esta opción, es fundamental para impedir que el analizante se embrolle aún más en el sentido(tarea del psicólogo). Se trata de que el analista impida esto y que el analizante se embarque en una máquina de goce en la que la palabra velaría aún más lo real indecible.

En este sentido la presencia del analista apunta a incomodar lo Simbólico, a presentificar la impotencia de lo S frente a lo R para cada analizante.

Este hablar con el analista introduce una incomodidad, no es como hablar a un amigo.

El analista tiene una tarea doble:

1-Empujar a la producción significante para que el analizante atrape sus significantes amos (esos sig. con los que cada uno se ha forjado un destino). Leer esos significantes que han marcado su cuerpo, que el analizante los atrape.

2-La otra vertiente del analista es que lejos de comprender al analizante, lejos de aspirar a su bienestar debe empujarle a enfrentar que ahí donde sufre, goza.

B- Presencia e Inconsciente

La presencia del analista nos remite a la noción de inconsciente y al movimiento del inconsciente que se abre para volver a cerrarse, en una pulsación temporal.

Para Lacan, la propia presencia del analista es una manifestación del inconsciente, que no puede manifestarse sin el analista en acto.

La presencia del analista implica la puesta en juego de la realidad sexual del inconsciente, es decir, la actuación pulsional que busca un complemento en el Otro: otro encarnado. Se necesita otro presente , de carne y hueso

Con la presencia del analista Lacan quiere devolverle al psicoanálisis la primacía del Sujeto del Inconsciente, más allá de cualquier “yo autónomo” y más allá de cualquier relación dual entre dos sujetos reales, donde el analista conduciría al paciente por los caminos de la objetividad, ortopedias terapéuticas fundadas en la integridad del analista.

El psicoanálisis respondiendo a una orientación atenta a la particularidad del síntoma y a la singularidad del goce intenta que surja el Sujeto del inconsciente.

El psicoanálisis es lectura, no solo de lo que se dice, sino de lo que se calla, de los modos de decir, y de los juegos que arma el silencio.

El analista debe de saber leer las marcas de goce. Es necesario que el analista pueda leer como se depositan las marcas que fueron escritas. Leer esas marcas es parte de nuestra tarea

El psicoanalista trabaja con su escucha atenta, que se dirige a ubicar la posición que ocupa el sujeto en relación con sus dichos.  Reclama la enunciación, no se conforma con los enunciados. Es lo que JAM llama localización subjetiva, esto es, escuchar lo singular del sujeto, su posición subjetiva.

Virtualidad

El psicoanálisis es pues una práctica presencial. ¿Esa presencia sólo está asegurada cuando los dos cuerpos se reúnen en el mismo espacio? o ¿podemos decir que en lo virtual o telefónicamente también se pone en juego la presencia de los cuerpos a la que se refiere el primer principio del psicoanálisis?

Ante esta ausencia de las presencias, que formaron parte de la práctica que funda el psicoanálisis. ¿El dispositivo analítico teorizado a partir de este encuentro entre analizante y analista, puede trasladarse a esta nueva situación donde los cuerpos quedan fuera?

¿El amor de transferencia surge en estos encuentros de manera virtual?

¿La transferencia puede tener como soporte la imagen o la voz, en ausencia del cuerpo real del analista?

Antes teníamos la creencia firme de la necesidad del cuerpo, de la presencia del analista para que el deseo del analista pudiera efectuarse, e indispensable para que la transferencia tuviera lugar.

Debido a la pandemia hemos tenido que tomar en cuenta las posibilidades de lo virtual para mantener los análisis. Tuvimos que reflexionar en torno a la continuidad del trabajo y seguir los tratamientos de forma virtual, modalidad que para muchos psicoanalistas no era la habitual. Veremos sus límites, porque la relación virtual deja fuera los cuerpos.

Si la presencia tanto del analista como del analizante, sus cuerpos, sus miradas, sus gestos, sus manifestaciones corporales faltan, nos planteamos la pregunta:

¿La presencia virtual tiene igual alcance que la presencia real como soporte del acto analítico, que tiene la particularidad de que se presenta como un acontecimiento imprevisto que marca, un antes y un después y es algo que se produce sobre el cuerpo como efecto de un decir?

Parece que no será igual, pero se puede sostener un trabajo bajo transferencia, que avance y sólido, pero por un espacio de tiempo y en situaciones excepcionales no como práctica habitual.

La manera on-line de abordar el sufrimiento de los sujetos es un modo que aparece y responde a circunstancias concretas.

Sería pues una respuesta temporal a una situación excepcional.

En una entrevista a Jaques Alain Miller le preguntaron si la presencia virtual tendrá una incidencia fundamental en la sesión analítica. Contestó que en la sesión dos están juntos, pero no lo están para verse y hablarse como manifiesta el uso del diván. La co-presencia en carne y hueso es necesaria, aunque solo fuera para hacer surgir lo real del goce. Si saboteamos lo real, la paradoja se desvanece. Todos los modelos de presencia virtual, incluso los más sofisticados tropezarán con ello.

Para Jaques Alain Miller está claro que sólo la presencia real garantiza la puesta en juego de lo real, puesto que es consustancial a la sesión analítica como puesta en acto del discurso analítico.

Esta afirmación sitúa los límites de los modos de presencia virtuales que la tecnología ofrece, pero podemos problematizarla para explorar que alcance pueden tener, especialmente cuando durante el confinamiento se han convertido en la única vía de comunicación entre analistas y analizantes.

Los modos de presencia virtuales se han dado desde el inicio de la práctica analítica. La vía telefónica ha permitido y permite conversaciones entre analista y analizante cuando la presencia real ha sido temporalmente imposible. Pero dichos modos de presencia se inscriben como excepciones. Como paréntesis en el ámbito de una transferencia constituida, o como preliminares a un encuentro en el que la transferencia llegará o no a constituirse.

A pesar de los muchos condicionantes, muchos analistas han optado por atender de manera telemática a aquellos pacientes que se lo han pedido y parece que ha podido dar lugar a efectos analíticos.

Después de este tiempo hemos comprobado que se puede sostener el trabajo bajo transferencia durante un tiempo y en ocasiones excepcionales,  no como práctica habitual, porque necesitamos acceder a lo real y lo virtual puede ser un obstáculo para algunas actuaciones del analista.

Enlace a la clase:

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