BOLM

Guatavo Dessal

Miembros de la ELP y AMP

Nuevas Sexualidades

El Hospital de niños Lurie de Chicago y el Hospital de Niños de Boston son dos de los mejores lugares del mundo donde se trabaja la cuestión de la transexualidad, empleando un equipo multidisciplinario que se ocupa de cada caso sin que exista un protocolo general.  La casuística revela que la mayoría de los sujetos que expresan de forma afirmativa su identificación sexual confirman su certidumbre sin que el proceso evolutivo y psicosocial alteren su declaración del sexo (para emplear la expresión que Lacan enfatiza en sus lecciones reunidas bajo el título “El saber del psicoanalista”). Sobre esta idea del sexo como aquello que un sujeto “declara” ser, me referiré luego. 

Para el psicoanálisis tanto la posición sexual y la elección de un objeto sexual son procesos que están determinados por el inconsciente, y no por una decisión de la conciencia. 

Si bien estos especialistas no lo dicen de forma manifiesta, resulta evidente que admiten una premisa indiscutiblemente freudiana: la independencia del sexo biológico y la asunción subjetiva de la identidad y la orientación sexual. Esta premisa constituye el axioma fundamental del psicoanálisis en lo que refiere a su concepción de la sexualidad, como algo que está desvinculado del organismo biológico. O, dicho de otra manera, el organismo humano sufre una profunda alteración cuando recibe la impronta del lenguaje. Antes de hablar, la criatura humana es hablada por un torbellino de significantes que lo atrapan de distintas maneras. Allí, en ese tiempo originario, se instala algo singular, algo que llamamos el sujeto del inconsciente, marcado por el discurso. Algunas observaciones resultan verdaderamente interesantes al respecto, y aunque se apoyan fundamentalmente en aspectos culturales, constituyen un modo de reconocer la fuerza estructurante de lo simbólico. El Dr. Norman Spack, codirector del Gender Management Service del Boston Children´s Hospital, comienza uno de sus artículos del siguiente modo: “En la cultura Navajo tradicional, los individuos con rasgos físicos o de comportamiento de ambos géneros eran considerados de doble espíritu, y a menudo actuaban como árbitros en las disputas maritales, porque se confiaba en su capacidad de ver ambos lados del asunto. En la cultura americana más extendida, sin embargo, la identificación con un género distinto al asignado de nacimiento -lo que llamamos transgénero- no es aún plenamente comprendido o aceptado. Pero es algo que está cambiando lentamente.” Tenemos un ejemplo de esa transformación. La rabina Elliot Kukla es ella transgénero, y que realiza una labor comunitaria importantísima para luchar contra la discriminación del colectivo LGTBIQ. Enfatiza una interpretación de la Biblia que surgió entre los estudiosos en el siglo V de después de Cristo, según la cual Adam era andrógino. Cito una bella frase de la rabina: “Somos todos individuos que tenemos diferentes apariencias, necesidades particulares de ser cuidados, y deseos cambiantes de expresión. A medida que envejecemos, crecemos en direcciones inesperadas. La trans-liberación es un don que cada uno recibe, porque expande las categorías de lo que significa ser humano”. 

Distintos trabajos y entrevistas dan cuenta de un factor común: la necesidad de situar a los sujetos transgénero en el discurso y el lazo social, para lo cual debe realizarse una importante labor en los centros comunitarios, colegios, instituciones universitarias y empresas, a fin de que la población asimile la existencia de una condición sexual que para muchos resulta aún casi desconocida, o se confunde con la homosexualidad, orientación que, según la casuística, resulta ser tres veces más frecuente en los sujetos transgénero que la heterosexualidad.

Para los especialistas americanos, el propósito inicial en el abordaje de los casos de sujetos prepuberales no es un tratamiento médico, sino en primer lugar una correcta evaluación del problema desde el punto de vista psicológico, aunque no sepamos a ciencia cierta en qué consiste esa “correcta evaluación”. El siguiente paso es la decisión consensuada entre el niño, sus padres o tutores y el equipo, acerca de la conveniencia de utilizar bloqueadores hormonales (cuyo efecto es reversible) con el fin de retrasar la maduración sexual y permitir un tiempo de elaboración psicoterapéutica. Vemos la importancia de introducir una temporalidad. En la mayoría de los casos, el uso de estos bloqueadores es rápidamente aceptado, y estadísticamente esta segunda fase suele casi siempre dar paso en la adolescencia al proceso de hormonación (este sí de carácter irreversible). Los autores se interrogan sobre las razones por las cuales los pacientes adolescentes cambian su actitud psicológica y se estabilizan cuando obtienen una apariencia semejante o incluso idéntica a la de sus pares del género “afirmado”. Es precisamente en este punto donde podemos interrogar la función “sintomática” formulada por Lacan, en la medida en que la identificación imaginaria por una parte, y fundamentalmente la asunción de un nuevo nombre propio y el modo de ser re-nombrado en el discurso como sujeto femenino o masculino opera como nominación y referencia de estabilización.  En la mayoría de los casos, apenas los sujetos saben que se ha decidido la aplicación de supresores de la pubertad, la ideación suicida desaparece de manera inmediata. Ello demuestra que, al demandar una intervención en el cuerpo, el real que los desborda está paradójicamente más allá del cuerpo, porque la angustia por lo general desaparece o se atenúa de forma notoria sin ninguna clase de medicación psiquiátrica. Es el efecto pacificador de lo que podríamos denominar una suerte de transferencia que se genera en la relación médico-paciente. 

Lo más sorprendente en lo que hemos podido indagar, es el hecho de que tanto en los artículos bibliográficos, como en los documentales donde son entrevistados los sujetos, los padres y los profesionales, reina un verdadero misterio acerca de lo que, de modo muy sencillo y genérico podríamos denominar “la vida sexual de los jóvenes transgénicos”. Ni una sola mención al modo de satisfacción que obtienen, ni cómo tramitan el goce sexual. Todo el acento psíquico está puesto en la reivindicación por parte de los sujetos en su conformidad con el semblante y la satisfacción por el reconocimiento del Otro de la identidad declarada. En un documental, unos varones adolescentes traban amistad con M., una joven que ha adoptado una identidad masculina. En la entrevista, los jóvenes confiesan su sorpresa inicial, pero al cabo de un tiempo admiten la situación y entablan un vínculo de camaradería con el nuevo integrante, al que adoctrinan con el fin de ayudarlo a “perfeccionar” el semblante. “Le hemos dicho que cuando tiene ganas de eructar -explica uno de ellos- no debe reprimirse. Que eructe con todas sus ganas, puesto que así es como lo hacemos los chicos”. Otro recomienda la gimnasia con el fin de mejorar la masa muscular y virilizar la silueta. M. se muestra feliz de encontrar su lugar entre pares, y se siente protegido por sus nuevos amigos. Si la feminidad está ligada a la mascarada, los simpáticos consejos de estos chicos son una muestra de que la virilidad es siempre una impostura: incluso el sujeto que posee un sexo biológico masculino tiene que parodiar la masculinidad, tanto más inverosímil cuanto más se exagera el “hacer de hombre”. Se ve con bastante claridad que, en efecto, no hay una esencia ni masculina ni femenina, que se trata para hombres y mujeres de un “hacer como se supone que se debe ser”, lo cual cada uno lo interpreta a su manera, aunque conforme a los distintos períodos históricos el ideal de masculinidad y de femineidad puede cambiar.

El verdadero problema, que ninguna aproximación médica ni psicológica puede resolver, es que la identificación “al género” -o su trastorno- es un concepto que se basa enteramente en lo simbólico y lo imaginario. El curioso silencio sobre la vida sexual de los sujetos transgénero revela que el enfoque del síntoma desconoce por completo que la diferencia sexual no se reduce a las múltiples posibilidades que ofrece el “uno” del significante sino, que se trata de una diferencia que no puede reducirse a una oposición simbólica, ni a dos partes que sumadas harían Uno. La diferencia sexual tal como el psicoanálisis la concibe es una diferencia que concierne a lo real del goce, el cual excede al significante, razón por la cual la sexualidad no posee un lugar propio, esto es, se trata de una perversión que afecta a la biología, pero al mismo tiempo no es subsumible a la determinación cultural como postulan las teorías de género. Y a partir del momento en que nos situamos en la dimensión del goce (de allí la pregunta pertinente que nadie responde: “¿Cómo goza un sujeto transgénero?, debemos necesariamente abandonar el terreno de la ontología. No hay manera de que en el inconsciente se pueda representar la relación entre hombre y mujer, puesto que ambas categorías en verdad no existen. Lo que hay es el cuerpo como algo de lo que se goza, en la medida  que el significante lo atormenta de un modo en el que el placer y el dolor se funden, se confunden, se mezclan de formas singulares. Se requiere de una lógica muy compleja para dar cuenta de la imposibilidad de una relación entre los elementos que integran la diferencia. Es lo que Lacan sintetiza con la fórmula de que en el inconsciente no hay relación sexual, es decir, no hay una representación de lo que es ser hombre para una mujer o una mujer para un hombre. 

¿Qué es lo que el sujeto transgénero elige? ¿Cómo resolver la cuestión si, como Lacan asegura, hacemos depender al sujeto de ese Uno solo? Una cuestión que se complica en tanto la sexualidad no se reduce a un problema identitario. El doctor Norman Spack (op.cit.) es algo más radical sobre este punto: “Ser transgénero no tiene nada que ver con la sexualidad”. ¿Con qué tiene que ver entonces? Sospechamos que, en efecto, todo aquello relativo al goce está sencillamente omitido en la aproximación propuesta por los servicios especializados en el Trastorno de Identidad de Género. 

A contrapelo del sexo pensado a partir del ser (“¿Soy hombre o mujer?” “Soy una mujer cautiva en el cuerpo de un hombre”, o “Soy un hombre que ha nacido en un cuerpo equivocado”), Lacan va a sostener la imposibilidad de que el psicoanálisis pueda fundar una nueva ontología, porque el goce del cuerpo que especifica al ser hablante no constituye en verdad un ser, no instaura ninguna clase de esencia, de allí que solo para abreviar Lacan se permite emplear los términos “hombre” y “mujer”, que no son más que palabras. Lo fundamental está en lo que denominamos lo real, que es esa anomalía producida por lo simbólico y que su vez redunda en una “deformación” de lo simbólico. Lo que en psicoanálisis llamamos “sexualidad” -que como vemos no se limita a una cuestión de identidades- es precisamente esa anomalía donde tienen cabida todos los fenómenos que circunscribimos bajo los conceptos de libido, de goce y de pulsión. 

Sin duda, “la no relación sexual” presupone no obstante alguna clase de diferencia sexual, de lo contrario sería incongruente postular que determinada relación no se produce. El Uno, el significante que se afirma como “uno solo”, es un Uno paradójico, un Uno que es menos que Uno, de allí que el ser hablante se caracterice por una parte por su “falta en ser”, donde el ser es en verdad eso que a todos nos falta, pero también es más que uno, es mayor que la unidad, puesto que se acompaña de ese excedente que denominamos goce. De allí que el Uno no solo no permite una unidad, sino que se halla en un perpetuo conflicto consigo mismo. Quién no ha experimentado alguna la vez el sentimiento de ser un impostor, de querer ocultar algo que no se sabe qué es, pero que nos asoma a una zona de sombra.  Les recomiendo una magnífica película dirigida por Adrián Silvestre que se llama “Mi vacío y yo”, que es en cierto modo un documental que narra el proceso de un joven y el largo camino que debe recorrer hasta asumir su posición sexuada como trans, que no hace desaparecer ese “vacío”, de allí el acierto en la elección del título.

El sujeto transexual rechaza la determinación del significante, y afirma de un modo hiperbólico su “libertad” de elección. En cierto modo, podríamos aventurar la hipótesis de que el sujeto transexual no cree en el inconsciente. Cree que elige voluntariamente, que lo hace con plena conciencia de lo que demanda. La clínica de estos casos, aún en su obligada singularidad, debe seguramente partir de un interrogante fundamental: ¿el proyecto transgénero de un sujeto es acaso algo que -más allá del diagnóstico- está o no desconectado del inconsciente? 

El psicoanálisis partió del descubrimiento de que la conciencia no abarca la totalidad de los hechos psíquicos. Freud llamó a eso el inconsciente. Constituye un modo de designar el anudamiento del hombre a la palabra, y los efectos que de ello se derivan van mucho más allá de lo que él es capaz de percibir. Por esa razón preferimos hablar de sujeto, puesto que evoca la sujeción a lo simbólico que a todos nos afecta. Eso no significa desconocer la base orgánica, el sustrato biológico del sujeto como viviente. Pero en tanto se constituye en el seno de lo simbólico, el ser hablante se separa de su organismo como ente natural, sufriendo una merma de su relación inmediata a lo sensible de lo vivo. El organismo, la vida, sólo retorna al sujeto a través del cuerpo, que es aquello de lo que se goza. 

Un cuerpo es algo que también posee una forma, y esa forma se nos representa a título de imagen, de reflejo visible. Desde siempre se sospecha que toda imagen tiene algo de engañoso. Póngase por caso a los hebreos, quienes de forma explícita prohibían la adoración de las imágenes. Curiosamente, extendieron la censura hasta la representación del propio nombre de Dios, impronunciable. Privado de imagen y silenciado en su nombre, Dios se reduce a su verdadera esencia: un agujero.

 Pero sucede que el hombre es débil, y no puede resistir la idea del agujero. Por esa razón dispone de la facultad de forjar imágenes, representaciones. Debemos al psicoanálisis el descubrimiento de que todo lo que el ser hablante se representa es el reflejo de la imagen del cuerpo. En otras palabras, que impone a todos los objetos del mundo la forma de su propio yo. La ciencia pre-moderna se sostiene en el empleo a ultranza de la representación, la imagen del cuerpo. Todo el universo se concibe como un gran organismo al que se le atribuyen las funciones del cuerpo. Piénsese en las constelaciones, y en el júbilo que produce reconocerlas en el firmamento. Hay en ello un goce, el goce de encontrar en el cosmos la forma del cuerpo. Es lo propio de la debilidad mental del hombre: concebir lo imaginario del cuerpo como norma, como emblema. 

Para los griegos, la sabiduría estaba representada por el cosmos concebido como cuerpo perfecto. De allí que la política se diseñase a partir de la medicina, aplicada al cuerpo social. Descartes fue uno de los primeros en aproximarse de verdad al agujero, y así logró despertar una ciencia que pasase “por debajo” de la representación. Propuso vaciar al sujeto de todo lo mental: sensaciones, percepciones, juicios, conocimiento, todo es sospechoso de engaño. Pero queda el “yo pienso”. 

Freud fue más radical: los pensamientos que verdaderamente cuentan son inconscientes. De todos modos, el paso cartesiano tuvo sus efectos. Libró a la ciencia del mayor de sus obstáculos: la representación, el sentido, que siempre se deriva de la forma del cuerpo, y le proporcionó un lenguaje que no significa nada. Eso desemboca en el ordenador, al que nos gusta imaginar como si se tratase de un sujeto. Por ese motivo incluso le han agregado la voz. 

La medicina siempre ha creído ser una ciencia. En ello radica su debilidad, puesto que se trata de una presunción que en el fondo le ha impedido esclarecer la relación que mantiene con las ciencias en las que se apoya. Por eso padece una crisis de identidad, en tanto ya no puede discernir la función del médico como receptor de una demanda motivada en el sufrimiento, de la función del técnico. La noción menos elaborada de la medicina (¡tiene gracia!) es la salud. Los medios que se emplean para alcanzar el estado de salud, en muchas ocasiones pueden ser extremadamente contrarios a ese estado. La salud siempre ha estado asociada a la noción de equilibrio y armonía. Y para proteger la idea de armonía, hay que mantener a toda costa las ideas de medida y de proporción. Lacan señaló hasta qué punto la medicina, con su concepción del organismo como armonía, está infiltrada por una metafísica anticientífica. Frente a la buena forma de la medicina, la ciencia ha escogido la figura de la onda, de la discontinuidad. Atrapada en esta contradicción, la medicina ha ido alienando su saber en el discurso científico-técnico, al tiempo que preserva y perpetúa una noción de la salud que sigue anclada en la fantasmagoría cósmica del hombre. 

La higiene del cuerpo constituyó una verdadera obsesión del régimen nazi, cuya propaganda exaltaba las virtudes de la superación del dolor y de la debilidad. Se favoreció la educación física y la gimnástica, y las movilizaciones de masas organizadas en desfiles y paradas eran concebidas como representaciones de la perfección mítica y estética del cuerpo. Ciencia, medicina y estética se integraban en un proyecto que culminaría con la depuración del propio pueblo alemán. 

¿Acaso esta realidad apocalíptica ha desaparecido? El ideal genético de corregir las desigualdades de la vida, aún despojado de toda aparente connotación ideológica, confina con una nueva forma del terror en este siglo: el totalitarismo de la salud como imperativo superyoico. Gabriel García Márquez calificó una vez de “terrorismo médico” a la tendencia creciente a considerar la enfermedad, la debilidad y la muerte, como malditas y execrables, como amenazas al orden político. En el fondo, se trata de proponer una salud forzosa como intento de borrar esa castración que el psicoanálisis descubre en el corazón del hombre. 

La metamorfosis del mundo que Zygmunt Bauman calificara como líquida, fue anticipada por Lacan con su concepto de la “carretera principal”. La carretera principal es una función psíquica necesaria para que el ser hablante no se disperse, no se descomponga, no se pierda en la locura de las palabras. Cuando alguien no dispone de esa función, la vida se complica mucho. Entonces hay que inventar caminos alternativos. Algunos funcionan y otros no. Pero en cualquier caso son intentos de orientarse de alguna manera. El mercado ofrece ahora una generosa recepción a toda clase de subjetividades a la carta. Lo trans está de moda. Como la transparencia, el transfuguismo y la transitoriedad de los dispositivos móviles. Ya no resulta sencillo para el psicoanálisis abordar la fluidez del sexo a partir de la hipótesis de una elipsis simbólica y su paso a lo real que impediría el desencadenamiento de una psicosis. El estado de derecho, en las sociedades modernas, ha dado carta de ciudadanía al presunto deseo de elegir la vocación sexuada de cada cual, en nombre de la libertad, palabrita que hoy parece darnos la habilitación para casi todo. Los psicoanalistas estamos en la encrucijada de nuevos síntomas en sintonía con el discurso imperante. Las minorías ya no cuentan por el número, sino porque su presión ha sido escuchada por las reglas del mercado neoliberal. Todo vale, en la medida en que el imperialismo del yo autónomo y la negación del inconsciente sean los ideales hegemónicos. No falta el malestar, sin duda, ni faltará nunca. Es el deseo de saber lo que cada vez resulta más difícil de despertar. ¿Cómo intervenir en la cuestión trans sin mantenernos en posiciones reaccionarias, y al mismo tiempo no renunciar a los principios de la orientación psicoanalítica?  Lo trans es un síntoma de la era. Un síntoma que adopta manifestaciones polifacéticas, que no excluyen incluso el fenómeno del contagio histérico, como la anorexia o las autolesiones. El desafío al que nos enfrentamos es que las nuevas infelicidades puedan incorporarse a una transferencia analítica, y el uso que de ella puede hacer un sujeto que, más allá de su diagnóstico de estructura, está animado por una certeza que no necesita ser psicótica para volverse inabordable. ¿Será nuestro papel el de psicoterapeutas que colaboren a que la transición y los efectos en el lazo social se atemperen? ¿Acoger a los “detransitioners”, los arrepentidos que se enfrentaron al abismo de lo irreversible? ¿Cómo navegar en las modernas aguas de los protocolos institucionales, legales y educativos que se ponen en movimiento para garantizar la plena satisfacción de la demanda de identidad? Lo trans es la nueva bandera que se agita para crear una subjetividad que no reconoce determinación alguna, ni deuda, ni amo ni alienación a las marcas de la lengua. El autismo fue la batalla anterior, que hizo del psicoanálisis el enemigo a abatir. Ahora es la Cuestión Trans lo que se promueve desde diversos discursos para desmentir el inconsciente. Una cirugía para suturar la división del sujeto y seducirlo con la promesa de poder escapar de su propia zona oscura. La reasignación de sexo no conduce a ninguna Tierra Prometida, porque la Tierra Prometida es un fantasma que no existe para nadie ni se alcanza por método alguno. Es una manera de explicar lo que en psicoanálisis llamamos “castración”. 

El cuerpo fue desde los inicios de la humanidad un espacio de expresión. Ha habido en todas las culturas formas de emplearlo como vehículo de rituales que dejan en él alguna forma de marca. Tatuaje, escarificación, corte, incluso mutilación. El cuerpo es objeto de escritura: se lo raya, se lo marca, se lo colorea, se lo puntúa y recorta. Por supuesto, la medicalización generalizada de la vida, el totalitarismo de la salud como definición universal impuesta por los poderes económicos a los que sirve, se desentienden por completo de que los seres humanos no son entes biológicos, sino sujetos inmersos en el simbolismo del lenguaje. La creciente biologización de todas las esferas de la conducta humana, la promoción delirante de la explicación genética para todo, forma parte de un programa destinado a erradicar progresivamente lo más singular de nuestra especie: el hecho de que no respondemos a los mismos mecanismos naturales de los otros seres vivientes. El ser humano es el único animal que ha logrado subvertir su condición natural, se ha desprendido de ella, y actúa “contra natura”. Dicho esto, me veo obligado a dejar bien clara una cuestión fundamental. Me refiero a la ablación del clítoris. No hay discusión alguna de que ciertas prácticas, como la de las mujeres jirafa en el poblado de Karen Paraung de Tahilandia, o la antigua deformación del pie mediante el vendaje de las niñas chinas, afortunadamente abolido hace muchas décadas, constituyen aberraciones para las que no existe atenuante alguno. En ese sentido, el psicoanálisis no puede más que repudiar con absoluta determinación esas expresiones degradantes de un patriarcado que aún perdura en muchas regiones del mundo. 

En la actualidad, vemos el retorno del cuerpo como escenario de mortificación, pero desde otra perspectiva, que puede tomar la forma de lo presuntamente artístico. Hombre y mujeres que a título singular y por fuera de toda relación con tradiciones de ninguna clase, transforman su cuerpo mediante implantes con el propósito de convertirse en cyborgs, criaturas que se dan a ver como espectáculo y performance constante, hasta extremos que sobrepasan todo límite concebible. 

Cuando Daniel Paul Schreber publicó en 1900 sus Memorias como Presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde, y confesó la voluptuosidad que un buen día le produjo imaginar ser una mujer en el coito, se encontraba sumido en una desesperada soledad. Si en cambio hubiese nacido unas décadas más tarde, y expresado su pensamiento en las redes sociales, al instante habría encontrado un aluvión de respuestas, y muy probablemente un club de seguidores o un foro de discusión sobre fantasías de índole semejante. El delirio de Schreber, que lo condujo a tan calamitosos resultados, habría tenido otro destino: la mano fraterna de una tecnología que realizase sus deseos sin necesidad de pasar por la internación psiquiátrica, y un espacio donde entablar un lazo social prolífico más allá de las fronteras natales. 

A partir del momento en que la psicosis ya no puede ser considerada fuera del lazo social, ¿no nos vemos obligados a reconsiderar la función del psicoanálisis? Pese a no haber sido contemporáneo de estos acontecimientos actuales, Lacan estuvo convencido de que la neurosis no podía ser en modo alguno el patrón de medida del sujeto moderno, ni el modelo a partir del cual establecer los fundamentos teóricos y clínicos de la práctica analítica. Al descubrirnos la locura nativa de la que todos formamos parte, nos dejó una fecunda herencia para enfrentarnos a lo nuevo. 

Desde luego, el psicoanálisis tiene el recurso de apelar a la experiencia clínica y a un saber sobre las estructuras subjetivas, con las cuales diagnosticar estos casos como posibles psicosis. Pero me interesa destacar más que nada el fenómeno de que esta acción del discurso sobre el cuerpo ha cobrado en la actualidad un valor sintomático sin precedentes. A la vez, la despatologización de toda acción humana, que podría parecer una ganancia de libertad, encierra una problemática compleja y que genera un debate a menudo irreconciliable. Porque la libertad de hecho puede ser un delirio. Lacan trató este tema en muchas ocasiones, pero si lo aplicamos a la relación de algunos sujetos con su cuerpo, apreciamos algo muy importante. Los seres hablantes estamos constituidos a partir del corte. Del corte por el cual el lenguaje nos separa de toda relación natural con el mundo en el que habitamos, la ficción que nos instaura como sujetos del inconsciente. No hay nada comparable en el reino animal. Y cuando hablo del corte, pienso en ese acto que cada vez se viraliza más: la práctica de jóvenes que apelan a producirse autolesiones como un intento fallido de elaborar la angustia. El cuerpo se ha convertido en el escenario de un exceso, y daré de ello un ejemplo brutal, pero que no puedo pasar por alto, puesto que se trata de algo de lo que no teníamos constancia en el pasado. 

A comienzos del año 2021 el doctor Robert Smith, cirujano en Falkirk and District Royal Infirmary (Escocia), amputó las piernas de dos pacientes que lo habían solicitado. Las autoridades del hospital impidieron una tercera amputación que estaba a punto de realizarse. La noticia no sería digna de mención si no fuese por un sencillo motivo: estos pacientes estaban físicamente sanos y no existía ningún motivo médico para llevar a cabo dichas intervenciones. Más aún, y conforme al dictamen de los psiquiatras que evaluaron la demanda de los pacientes, se trataba de dos personas que no presentaban signo de ninguna clase de deficiencia o alteración mental. Tras recuperarse, y en declaraciones a la prensa y la televisión, los operados afirmaron sentirse totalmente felices con su adquirida condición de amputados, un sueño que al parecer albergaban desde hacía muchos años. Carl Elliot, el periodista de The Atlantic que inició una investigación sobre este tema, descubrió que este fenómeno no es nuevo ni tan infrecuente como podría imaginarse. Antes de que pudiera realizarse en condiciones hospitalarias al menos adecuadas, algunas personas se habían dirigido a una especie de mercado negro de las amputaciones, pagando cantidades importantes a gente que ni siquiera poseía un título de medicina, y muchos murieron de gangrena o septicemia. Otras anécdotas son incluso más curiosas, como la de un hombre de Milwaukee -también supuestamente normal- que se fabricó una guillotina casera para amputarse con éxito un brazo. Trasladado de urgencia al hospital, amenazó a los médicos con volver a hacerlo en el caso de que intentasen reinsertarle el miembro del que había querido despedirse.

Según parece, en internet pueden encontrarse foros (uno de ellos cuenta con 1400 suscriptores) que mantienen una pequeña (por ahora) industria de las amputaciones a demanda. A pesar de la supuesta y evaluada normalidad de estos sujetos, al menos un tal Russell Reid, psiquiatra del London Hillingdon Hospital, admitió en un documental titulado “Complete Obsession” que estas personas son absolutamente refractarias a la psicoterapia, y que cuando se les niega la intervención son capaces de utilizar cualquier medio a su alcance para conseguirlo, como fue el caso de una mujer que juró poner sus piernas durante la noche en las vías de un tren. Más sorprendente aún, es que todos los psiquiatras declaran honestamente no tener la más mínima idea o hipótesis sobre esta asombrosa conducta. Este asunto pone de manifiesto una variedad de factores y matices sociales y clínicos que ocuparían miles de páginas y otras tantas horas de material fílmico. La total incompetencia de la psiquiatría contemporánea, degradada por la maquinaria farmacéutica, los manuales de diagnóstico y las presiones políticas de grandes lobbies promovidos por psicóticos con amplio poder mediático, no merece atenuante alguno. Ni siquiera a pesar de que ya no cabe duda  de que el mundo no es otra cosa que un gran delirio colectivo en el interior del cual podemos encontrar sub-categorías clínicas particulares. Este Manicomio Global hace honor a esta verdad que, no siendo nueva, se mantuvo relativamente velada hasta que los últimos vestigios de las ideologías tradicionales, incluso las más reaccionarias, acabaron por deshilacharse, dejándonos desnudos ante la locura natal que nos constituye. 

Aún quienes estamos habituados a escuchar las fórmulas delirantes más originales, no podemos evitar la impresión que producen aquellos amputados por supuesta voluntad propia cuando en el documental declaran que tras la mutilación han experimentado por primera vez el sentimiento de “estar completos” (sic), y de haber adquirido por fin una verdadera identidad. Se reconocen como “devotos”, organizan encuentros y celebran su dicha identitaria intercambiando fotografías y vídeos. 

La identidad, un tema tan antiguo como la carencia misma que pone en marcha su frenética y siempre fallida búsqueda, se ha convertido ahora en una industria. Una industria políticamente apoyada por nuevos espejismos de libertad, de afirmaciones de los derechos individuales, de la promoción de una subjetividad que se supone capaz de saber lo que quiere, y obtener su legitimación en el campo social y jurídico. Un fino hilo atraviesa hoy todos los fenómenos identitarios bendecidos por el paradigma neoliberal. Resulta paradójico -o tal vez no tanto- que los discursos más retrógrados muestren sus reservas sobre algunas devociones a la la libertad de elección. Por supuesto, lo hacen por las peores razones, aunque tal vez no menos nefastas que la liberalidad de una izquierda que sacraliza la autonomía del yo tanto como el mercado cree en la igualdad de oportunidades. La naturalización del individuo como gestor absoluto de su destino está alcanzando una peligrosa negación de lo imposible como límite al delirio de la libertad. No existen aún estudios sobre las consecuencias psíquicas de los amputados, pero no deja de resultar sorprendente la feroz censura que ciertos colectivos ejercen sobre los “detransitioners”, los testimonios de quienes pocos años después de haber creído encontrar el cuerpo con el que realizar una supuesta identidad originaria, afrentan el abismo de las tentativas de suicidio, la melancolización y el trágico dilema de cómo retroceder al pasado. La imprudencia o canallesca conveniencia de las formaciones políticas que adhieren a la obscena falacia de la autoconciencia de sí, supone el retroceso de un siglo en el entendimiento de esa extraña cosa que es el ser humano cuando se lo abandona a la soledad de su delirio. La industria de las identidades tiene muchos accionistas y arroja grandes dividendos.

Silvia Nieto,

Miembro de la ELP y AMP

Reseña clase 17 mayo 2023

Recibí la propuesta de José Alberto Raymondi, director de la Biblioteca de orientación Lacaniana de Madrid, para participar en el curso de extensión universitaria organizado por la UCM y la BOLM, con el título “Diversidades sexuales en el horizonte del derecho pleno a la satisfacción”.

Rápidamente me puse a pensar estos significantes de la época, del discurso imperante a la luz del psicoanálisis.

Traté de hacer un recorrido que nos permitiera leer la singularidad dentro de las diversidades, del mismo modo que traté de transmitir la responsabilidad subjetiva de las elecciones –de goce y de partenaire- y la impotencia e imposibilidad a la que conduce una pretendida satisfacción “toda”.

Partiendo de la diversidad sexual que proponía el título, en la cual se podían leer: diversidad de elecciones de partenaire, diversidad de modos de gozar, diversidad de identificaciones… recordé cómo Freud ya comenzó en plena época victoriana a considerar y dar un lugar importante a estas diversidades y diferencias que fue encontrando en su práctica clínica con la consiguiente subversión que implicaba en aquella época.

Partiendo de los textos freudianos “Tres ensayos de teoría sexual”, “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos”, “la trilogía sobre la vida amorosa”, etc. Proseguí puntuando a grandes rasgos conceptos de Lacan: goce, identificaciones, la metáfora paterna, fantasma, hasta llegar a nombrar las fórmulas de la sexuación de Lacan. Para tratar de transmitir que una posición sexuada implica un recorrido complejo, que requiere tiempo, y la implicación subjetiva de cada parlêtre en donde tienen una crucial importancia las marcas en la historia de cada uno. Las marcas que han acontecido en los cuerpos, y las provenientes del discurso familiar, social, cultural que acompañaba.

Estas marcas que hacen a la singularidad de cada uno dentro la diversidad, de diversidades que encontramos en la época.

Puse especial hincapié en cómo los discursos de la época –modos de nombrar, prácticas, ideales…- pueden desorientar de lo más singular, de los más propio en materia de amor, en materia de elecciones de partenaires sexuales, en materia de prácticas sexuales… Ya que estas marcas hacen a la invención singular de cada quien con la que responder en el encuentro con el sexo, con el amor. Lacan decía que “no hay relación sexual” en tanto no hay un modo universal que sirva a todos y cada parlêtre inventa el modo de hacer ahí.

Araceli Fuentes

Miembro de la ELP y AMP

Ver y dejarse ver en el goce solitario: internet en el fantasma sexual

En esta serie de intervenciones sobre “Sexualidades contemporáneas: incidencias y efectos en los cuerpos y en el lazo social, hoy nos vamos a ocupar del tema: “Ver y dejarse ver en el goce solitario: internet en el fantasma sexual”.

El tema del que nos ocuparemos esta tarde es el del goce solitario que los sujetos obtienen al “ver y dejarse ver” a través de internet, en particular a través del uso de la pornografía, aunque no solo, también están todos esos programas en los cuales hay personas que gozan de “darse a ver, de exhibirse, de ofrecerse a la mirada del otro. Creo que el darse a ver es una pendiente que encontramos más del lado femenino, hay un gusto particular en las mujeres en ser miradas, en darse a ver, en ofrecerse como objeto de deseo a la mirada, mientras que el uso de la pornografía convoca mayoritariamente a los hombres.

Exhibicionismo y voyeurismo son dos modalidades de la perversión en los seres hablantes, aunque no es necesario ser un perverso para tener un rasgo voyeurista o exhibicionista, pues el fantasma de cualquier neurótico aloja en sí un rasgo de perversión. El fantasma está compuesto de dos elementos heterogéneos,de un lado tenemos al $, al sujeto del inconsciente, al sujeto representado por un S1 para Otros por venir, y del otro lado está el objeto a, que es también un nombre de la pulsión del goce de la pulsión haciendo su circuito alrededor de un vacío. $ losange a

Hay cuatro pulsiones como hay cuatro agujeros del cuerpo donde cada pulsión se inserta, el ojo, la boca, el ano y el oído, dos de ellas la oral y la anal se articulan con la demanda, demanda al Otro en la pulsión oral y demanda del Otro en la pulsión anal y las otras dos se articulan al deseo, Deseo al Otro es la pulsión escópica y deseo del Otro en la invocante. Las pulsiones están articuladas al cuerpo, a los orificios pulsionales y al lenguaje.

 El fantasma es un artificio que articula que también conecta dos dimensiones heterogéneas del ser hablante, de un lado está el $ del inconsciente que no hay que confundir con el yo, el inconsciente concebido por Lacan a partir del lenguaje, en su S.XI dirá que el inconsciente está estructurado como un lenguaje,  cuando hablamos del sujeto del inconsciente nos referimos a un sujeto que es puntual, aparece por ejemplo bajo la forma de un lapsus, o de un sueño, o de cualquier formación del inconsciente, aparece representado por un significante, pongamos un ejemplo de un lapsus, una joven está cenando por primera vez que sus futuros suegros que son personas muy educadas y a la hora de pedir el menú ha decidido tomar pato pero al hacer su demanda, en vez de decir yo comeré muslo de pato se escucha diciendo yo tomaré muslo de puto. Es algo que escapa a su control, algo inconveniente en esa situación. El significante “puto” representa al sujeto del inconsciente produciendo un efecto sujeto, un efecto de sorpresa que desaparece después con lo que ella sigue diciendo como si nada hubiera ocurrido.

El sujeto del inconsciente no se atiene a ningún tipo de control y da a ver otra cosa, algo del deseo inconsciente de esa chica que había decidido en esa circunstancia dar una buena impresión.

En cualquier caso el sujeto del inconsciente se manifiesta a través de un significante que lo representa para otros significantes por venir.

En cuanto al otro término del fantasma al que Lacan llama objeto a en este ejemplo del lapsus se trata del goce de dar a ver que puede más que sus buenas intenciones para esa cena.

En psicoanálisis el fantasma es una articulación entre el sujeto del inconsciente y el goce de la pulsión, entre la lengua y el cuerpo.

Para el psicoanálisis el ser humano es antes que nada un cuerpo hablante y eso tiene consecuencias sobre el amor, el deseo y el goce. Lacan inventa un neologismo “parlêtre”, se hablante que sustituirá al del sujeto del inconsciente.

No sabemos cómo se anudan el lenguaje y el cuerpo, es un misterio, pero constatamos que las palabras oídas nos hacen reír, sufrir, erotizan nuestro cuerpo pero también pueden herirlo dejando en él cicatrices. La lengua materna, la que oye el niño cuando todavía no es un sujeto del lenguaje, cuando aún no entiende ni su sentido ni su significación, repercute en el cuerpo del niño dejando en el huelas escritas, impregnando su cuerpo en un baño de goce. El lazo original entre el sujeto y el Otro está hecho de esta lengua que hunde sus raíces en un baño de obscenidad singular y diferente para cada uno, lo que se puede apreciar en el síntoma, el sueño, el lapsus…etc.

Síntoma y fantasma son dimensiones diferentes en la clínica psicoanalítica pues mientras que el síntoma divide al sujeto que se queja de él, el fantasma, al contrario, procura una satisfacción inconsciente que está asociada a un plus de gozar, el fantasma es lo que da un marco a la realidad de los seres hablantes que es una realidad fantasmática, y lo que los protege de confrontarse con la inconsistencia y la incompletud que hay en el Otro. Eso sí al precio del desconocimiento. Cuando los sujetos están demasiado asentados en su fantasma tienen certezas que son difíciles de conmover. Además de que introduce en la vida del sujeto una significación inamovible con la que va a interpretar toda su realidad. Por ejemplo, si mi fantasma es un fantasma del tipo “ofenden a una niña” voy a interpretar todo lo que me sucede en estos términos y aunque eso sea para mi cierto, aunque tenga certeza de que es así, es decir, aunque el fantasma me proteja de tener que confrontarme con lo que de incierto hay en la vida, eso no quita para que me haga sufrir también. Por otra parte, si bien el fantasma es el asiento de mi realidad me hace desconocer lo real que es una dimensión diferente de la que conviene tener noticias para no quedar completamente estupidizado por el fantasma y para poder desear de otro modo.

En cualquier caso, nadie se libra de sentir angustia en cualquier momento y su fantasma entonces deja de cumplir su función.

En el tema que hoy nos ocupa el fantasma tiene un lugar central pues es lo que permite en el psiquismo, por así decir, que el ser hablante sea presa fácil del goce escópico que produce internet.

Quien se entrega a la pornografía a través de internet se entrega a un goce de voyeur, un goce que está articulado a la pulsión escópica cuya sede es el cuerpo del voyeur, independientemente de la escena vista el goce que está en juego es el goce de mirar.

El plus de goce que se obtiene viendo “porno” por internet es el de un goce del mirón, un goce solitario, que suele acompañarse de masturbación, un goce  que no necesitar la presencia de otro cuerpo y sus inconvenientes pues para obtener este plus de goce es suficiente  con mirar la pantalla y escuchar las palabras que acompañan el fantasma puesto en escena. Es un goce corto, triste, en el que cada uno está solo con su aparatito. Algunos sujetos se entregan a este goce que les provee la técnica hasta llegara a la adicción, cortocircuitando así la relación al otro y sus vicisitudes. Las fantasías sexuales cumplen la misma función, sólo que aquí está en juego toda una industria que se beneficia ofreciendo imágenes prefabricadas al gusto del consumidor.

Si existe esta industria es porque hay en la subjetividad un lugar donde acogerla, este lugar no es otro que el del fantasma.

Quienes se entregan compulsivamente al goce del voyeur o al goce del exhibicionista, lo que hacen es obturar el vacío que hay en el Otro situando en él el objeto a. El Otro está afectado por una falta que lo hace incompleto e inconsistente, y es en ese agujero del Otro donde el fantasma opera taponando el agujero con un plus de gozar.

El recorrido de la pulsión también se efectúa alrededor de un agujero del cuerpo y el fantasma trata de velar el agujero de la pulsión tanto como el agujero que hace que el Oro sea incompleto e inconsistente situando allí el plus de gozar, el que le proporciona el objeto a de su fantasma.

Si por alguna circunstancia esta maniobra de taponar el vacío en el Otro con plus de gozar falla, lo que surge es la angustia que abre la puerta a la dimensión de lo real. Hay entonces una elección posible entre seguir en la ceguera del fantasma que nos hace tontos o elegir ir más allá pagando un precio de angustia.

De todos modos, quien elige la tontería no está exento de tener un síntoma que venga a perturbar su homeostasis o de confrontarse con un agujero real que cambia por completo la perspectiva de la vida, permitiendo desear y gozar de otro modo.

Entre ver y mirar hay una esquicia, una separación, no son lo mismo.

Los fantasmas en los que está en juego el ver y el darse a ver, desconocen que no es lo mismo ver que mirar. Un buen ejemplo de esta diferencia lo encontramos en el ojo blanco del ciego, el no ve, pero precisamente por eso puede encarnar la mirada que se torna inquietante de ese ojo que no ve.

La mirada no ve, es ciega, pero causa el deseo de ver. Se puede presentar como una mancha en el paisaje, como algo que no se sabe que es, pero nos hace mirar hacia allí.

El uso del porno en internet consiste en dar pitanza al ojo del voyeur que goza mirando a escena que vela el agujero al taponarlo con un plus de gozar, el de su fantasma, el objeto a mirada.

La pornografía revela claramente la afirmación de Lacan de que no “hay relación sexual”, de que no hay complementariedad entre los sexos, cada uno goza solo de su pus de gozar.

Sin embargo, cuando el objeto funciona como causa de deseo, no funciona como tapón sino que empuja a desear sabiendo que el deseo no se sacia por mucho mirar.

No sé si han visto una película de Antonioni que se llama Blow up, un fotógrafo está paseando por un parque de Londres, tiene una sensación extraña, hay una presencia en el paisaje, algo lo mira, dirige su cámara hacia ese lugar y hace una foto, pero en la foto solo hay una mancha oscura. Amplia la foto y sigue sin ver hasta que la ampliación ocupa toda la pared del estudio del fotógrafo, y finalmente puede ver algo, un zapato que surge tras un árbol. Después el fotógrafo se dirige de nuevo al lugar y lo que encuentra allí es un cadáver.  Al día siguiente vuelve al lugar, pero el cadáver ya no está.

El plus de goce que se aloja en el fantasma permite al sujeto evitar confrontarse con la angustiante pegunta ¿Qué quiere el Otro de mí?, una pregunta que surge apremiante en determinadas circunstancias, por ejemplo, si vamos solos de noche por una calle solitaria y se nos acerca un desconocido, es inevitable preguntarse con qué intenciones se me acerca, ¿qué me quiere?

Esta dimensión del deseo desconocido del Otro normalmente está velada por el fantasma que es la respuesta que el sujeto se da para no angustiarse. Pero es una dimensión inevitable que pone en primer plano que en el Otro siempre hay algo que no podemos saber, un agujero que no interroga y nos concierne.

Lo que permite que la técnica y el goce sexual se anuden en el ser hablante es el fantasma.

Cuando hablamos del goce sexual ligado al fantasma a través de internet, estamos hablando de algo que es posible gracias a la conjunción de varios discursos, por una parte está el discurso de la ciencia que ha permitido el desarrollo de la técnica que conocemos como internet, pero  a eso hay que añadir lo que dice Jacques Alain Miller en su artículo  “El inconsciente y el cuerpo hablante”, cuando afirma que si  hoy vivimos en el imperio de la técnica, es porque la técnica ha logrado emanciparse del discurso de la ciencia a partir del cual surge, y eso ha ocurrido por la intromisión de otro discurso, el discurso capitalista. El discurso capitalista introduce algo en la técnica que la aleja de la ciencia para ponerla al servicio del D. capitalista, cuya escritura conocemos gracias a Lacan.

Dc.

$       S

S1      a

Es el reverso del discurso del amo, los términos están invertidos, pero además a diferencia de los otros discursos, en este no hay imposibilidad entre el lugar de la verdad, abajo a la izquierda y el lugar de la producción, abajo ala derecha por lo cual el discurso gira en redondo. En este discurso si hay producción de algo es de un plus de gozar nuevo ligado a un sujeto cuyo nombre se sostiene en el discurso, que no tiene significante alguno y se comporta como el empresario de su deseo. En este discurso quien habla es el capitalista empresario del deseo insatisfecho.

Lacan verifica un cambio en el discurso del amo que se produce en cierto momento: el objeto a, el plus de gozar comenzó a ser contado, contabilizado, sumado. Es a lo que se llamó acumulación de capital.

El surgimiento de la acumulación de capital en un momento histórico dado bloqueó la cesión del objeto a , a Dios. La plusvalía comenzó a adicionarse como capital y a sumarse indefinidamente al valor capital, los hombres dejaron de preocuparse por la verdad y de sufrir por la impotencia en la que se encontraban cuando querían empalmar goce y verdad y entonces la producción reemplaza a la verdad.

En esta historia es Freud quien vine a rescatar el valor de la verdad del sujeto situándola en el centro de su rescate, la verdad que se obtendría mediante la operación de la intersubjetividad. Cambio la intersubjetividad también al volverla asimétrica, por un lado, está el $ y por otro lado el Otro, que algunos creyeron que era Dios.

Lacan, por su parte, cuestionó la existencia de este Otro y renunció al culto a la verdad pues se dio cuenta de que, si el psicoanálisis se organizaba en torno a la verdad, el retorno a Dios era inexorable. Por eso en lugar de la verdad escribió el goce y planteo que el psicoanálisis no tiene por motor el amor a la verdad sino el ingeniárselas con el goce. (Miller, Un esfuerzo de poesía)

El discurso capitalista gira en redondo consiste en producir para consumir y en consumir más para producir más, y eso no tiene fin porque en este discurso no opera lo imposible, no opera la castración. Este discurso ha facilitado el uso del plus de goce al servicio no sólo del fantasma del sujeto sino al servicio de producir capital.

Dc

$       >S2

S1       a

Y si Lacan dice que el capitalista es el empresario del deseo insatisfecho es porque el sujeto que goza del porno o de la exhibición vía internet, si bien obtiene de ello un plus de goce, no logra saciar su sed porque eso es imposible, porque  la falta  es estructural, es decir que está causada por el hecho mismo de hablar y no puede ser eliminada, por lo tanto podemos consumir hasta morir sin que eso acabe con la insatisfacción inherente al ser que habla.

El tratamiento que hace la técnica de la falta de goce ofreciéndonos objetos de consumo, gadgets, que aportan plus de gozar y que al mismo tiempo generan insatisfacción empujando a la repetición del consumo es lo que hace del capitalista un empresario de la insatisfacción.

El plus de gozar que proporcionan los objetos de la técnica, los objetos que vienen al lugar que tiene el plus de goce en nuestro fantasma de neuróticos, no solo no sacian la sed de goce, sino que la reavivan hasta el punto de dominar a los sujetos que se entregan a adiciones a comprar, adicción a consumir, a jugar…a drogarse, etc., etc., Y si eso llega a no tener límite será lo real lo que venga como límite radical.

Bien hemos dicho que lo que permite caer en la trampa que nos ofrece el Dc es el fantasma.

¿Qué es el fantasma?

No es la fantasía aunque las fantasías se basen muchas veces en el fantasma, el fantasma es la respuesta del sujeto a una pregunta que le concierne íntimamente y le angustia, la pregunta por el deseo del Otro: ¿Qué quiere el Otro de mí?

Cuando no tenemos una respuesta rápida para responder a esa pregunta nos inquietamos, porque desconocemos el deseo del Otro,  sus intenciones respecto a nosotros. Sabemos que el Otro quiere algo, pero no sabemos qué. ¿Quiere seducirme?, ¿quiere violarme?, ¿Quiere estafarme o quiere agradarme? Frente a este no saber todas las sospechas se destapan y surge la certeza de la angustia que es entre los afectos el más insoportable, sobre todo cuando alcanza ciertos niveles.

Es aquí donde el fantasma tiene su función como respuesta a ese enigma, una vez que la obtenemos ya creemos saber de qué se trata este deseo enigmático y por mucho que nuestra respuesta fantasmática no sea agradable, la preferimos al enigma angustiante que supone no saber.

El fantasma fundamental es inconsciente y se construye en el análisis. Está escrito en la parte inferior del discurso del Amo que es el mismo que el discurso del inconsciente:

Discurso del amo-discurso del inconsciente

Agente     Otro                                                   S1      S2

Verdad // producción                                              $     //  a

En cada discurso hay cuatro lugares y cuatro términos rotan por esos cuatro lugares, los términos son: el $, el S1, el S2-saber, el a, plus de goce.

En la parte inferior del Discurso del inconsciente tenemos al sujeto del inconsciente, al sujeto dividido por el significante, y el objeto a plus de gozar, ambos componen el fantasma relacionándose mediante dos operaciones lógicas a las que Lacan llama en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis: Alienación y separación.

El sujeto no existe antes de su alienación al significante que lo representa, ese significante está tomado del discurso del Otro que habla del sujeto, puede ser cualquier significante pronunciado incluso antes de que el sujeto haya nacido.  Por ejemplo, una colega francesa cuenta en su testimonio en el que da cuenta de su análisis del peso que tuvo en su cuerpo una frase pronunciada por su padre antes de su nacimiento, antes de que ella naciera su padre había dicho: si es una niña la tiramos por la ventana. Esta frase nunca fue trabajada en el análisis, permaneció vacía, ni olvidada, ni sabida, quedó como un agujero fuera de la historia de la que había hablado en su análisis. Lo que no puede ser rememorado es porque no alcanzó a ser simbolizado. Llamamos reminiscencia a algo que quedó en lo imaginario y produce un sentimiento de irrealidad. Eso no impidió que esa frase repercutiera en su cuerpo afectando a todo el cuerpo haciéndole sentir una sensación de caída que afecta a todo su cuerpo y le obliga a ir a buscar en lo más profundo de sí el movimiento inverso, para salir de allí para salir de esa eyección primera. Este acontecimiento del cuerpo, no de la historia, se presentó como un real no historizable para ella.

Lalengua fija el goce en el cuerpo:

Freud cuenta en su artículo sobre El fetichismo el caso de un joven cuya condición erótica era que las mujeres que le gustaban debían tener cierto brillo sobre la nariz. Este joven había pasado sus primeros años en Inglaterra y luego se trasladó a Alemania donde casi había olvidado el inglés.

Para descifrar su fijación erótica, la condición de su deseo, el brillo sobre la nariz que debía tener una mujer para que el pudiera desearla, fue necesario recurrir al inglés que había sido su lengua materna y no al alemán. Glanz auf der Nase se dice en alemán brillo sobre la nariz, pero en realidad se trataba para el no tanto del brillo como de una mirada de la nariz porque en ingles glance significa mirada. Esa mirada sobre la nariz había fijado un goce en su primera infancia, un goce que no cesaba de repetirse y que era su condición erótica para poder desear a una mujer. El cambio de mirada a brillo se había producido gracias a un equívoco homofónico puesto que glanz-brillo en alemán suena igual que glance- mirada en inglés.

Bien, sigamos con el fantasma que es lo que permite que el sujeto goce de eso que le ofrece la técnica como goce voyeur o exhibicionista.

En el fantasma hay un lugar para el sujeto, un lugar fijo, peculiar, escondido que puede parecer ridículo por lo cual todo el mundo se ríe cuando se cuenta el fantasma de otro, pero cada uno tiene el suyo. Pero lo que importa en realidad es el objeto que viene a obturar la división del sujeto, el plus de gozar.

Tomemos como ejemplo la historia de Diana y Acteón en la literatura barroca que ilustra bien lo que Lacan llama el instante de ver. Porque se trata de eso: de ver a la diosa desnuda y de las consecuencias de ese acto.

La escritura del fantasma $ losange a, que propone el fantasma es la escritura de  la fijación del $ por el objeto, un objeto especial.

La historia resumida es la siguiente, Acteón es un cazador que se pierde en la selva, cuando a la vuelta de un camino descubre a la diosa Diana desnuda, bañándose entre sus ninfas. La diosa para castigar su atrevimiento lo convierte en ciervo y es devorado por los perros.

Diana es la diosa virgen, cruel y maléfica, es la diosa que rechaza al hombre y ella misma es cazadora, aunque en esta historia resulta cazada por el cazador, el cazador que al final es comido por los perros. En esta historia, en este fantasma oral en el que se trata de ser devorado por los perros, Actéon es el objeto de esa devoración, “devoran a un hombre” o “un hombre es devorado”. El fantasma entonces vincula dos elementos heterogéneos, el sujeto vacío del significante y el objeto plus de goce, dicho en otras palabras, el fantasma vincula el inconsciente a través de uno de sus significantes y el goce del cuerpo localizado en una zona erógena a partir de la pulsión.

Es una vinculación fuerte, resistente, la más resistente en la cura analítica. Su significación, por ejemplo, la del fantasma muy conocido en psicoanálisis desde Freud “Pegan a un niño” es una significación absoluta, invariable, que permanece a parte del resto de la neurosis. Veremos como se trata el fantasma en un análisis.

No hay relación sexual.

Este aforismo de Lacan se pone en evidencia en la pornografía donde se trata de claramente de gozar solo. El partenaire del goce en el fantasma es la mirada, quien ve porno goza de mirar sin que haya relación con el otro sexo.

Mientras que cuando hay relación con el otro sexo queda velada la ausencia de relación sexual, es decir queda velado que cada uno de los partenaires goza de sí mismo, que en el encuentro con el otro hay un desencuentro fundamental, no se produce la complementariedad que el amor imagina.

La elección del objeto sexual está determinada por el inconsciente, cosa que Freud sabía y no hay un inconsciente igual a otro porque cada ser hablante es tocado por lalengua de manera diferente.

El inconsciente se construye a partir del Otro que nos habla, con los significantes del Otro que nos habla, la constitución del inconsciente es solidaria del efecto de castración.

Bien ahora voy a tomar un caso clínico para ilustrar lo que es el fantasma, un fantasma escópico en la que el sujeto está en posición de voyeur, y la posibilidad de atravesarlo en la experiencia analítica.

Se trata del caso de un hombre, un analista, que hizo el pase, una prueba inventada por Lacan para que quien lo desee pueda dar cuenta de su trayecto analítico y en algunos casos, de esa prueba alguien obtiene la nominación de Analista de la Escuela, que es una nominación con fecha de caducidad, antes eran tres años ahora serán dos, tiempo durante el cual el nominado da testimonio de su trabajo en el análisis, lo que puede estar al servicio del avance del psicoanálisis.

Vamos ahora a leer el testimonio de Patrick Monribot, que fue nombrado AE después de hacer el pase. Quienes estén interesados en conocer esta experiencia única que se practica en la escuela de Lacan pueden leer el libro titulado “Recorridos” que recoge el trayecto analítico de Patrick Monribot de quien hablaremos para mostrar cómo opera el psicoanálisis:

El título su testimonio: “Del diván a la escuela”

El desmontaje del desmentido:

El neurótico no es un perverso, nos dice Monribot, pero el neurótico tiene rasgos perversos que se alojan en su fantasma y condicionan sus amores y su sexualidad. Eso es cierto particularmente en el sujeto masculino. El fantasma siempre tiene una estructura perversa. Sabemos que el desmentido fantasmático del neurótico funciona como defensa principal frente a lo insoportable. En el caso el testimonio del pase ha despejado varios niveles del desmentido. El desmentido reinaba allí donde el sujeto se confrontaba a lo imposible, a la inexistencia de algo, al “no hay “estructural.

Siendo niño, el sujeto sufrió una grave enfermedad que, en aquellos tiempos, antes de que fueran descubiertos los antibióticos específicos, era a menudo mortal: una tuberculosis grave. Al no disponer de un tratamiento eficaz los médicos pronosticaron de tres a seis meses de vida.

Treinta años más tarde siendo ya analizante ese mismo sujeto tiene un sueño: En el sueño él es médico-en la realidad lo es- y va a cuidar a un niño gravemente enfermo que vivía en pueblo perdido, en el camino se pierde en el bosque, tropieza con un bulto y descubre que es el cadáver descompuesto de un niño sin sepultura. El sujeto observa el cadáver y descubre que es él mismo “cuando era niño”.

A propósito del sueño le dice a su analista: “Yo estaba muerto y no lo sabía”. El analista aprueba cortándola sesión.

La novela familiar había alimentado el escenario imaginario del sueño. No solo estuvo a punto de morir por esa enfermedad contagiosa, sino que un primo suyo murió a causa de esa epidemia. Por entonces el médico había previsto su muerte en poco tiempo y previno a los padres. Su madre, desesperada y sumida en un gran duelo se instala a la cabecera de su cama. Pero, además, esta madre, por lo demás muy cariñosa, no supo o no pudo evitar, a causa de una inexplicable inhibición, la contaminación de su hijo por el temido bacilo. Permitió que un tío cercano con grandes riesgos de contaminación abrazara a su hijo. No se atrevió a oponerse a este abrazo.

En el sueño de adulto analizante, el cadáver del niño abandonado y sin sepultura- permite entrever la identificación al niño amado destinado a morir y cuya madre ya estaba de duelo incluso antes de que estuviera muerto.

Este sueño nos enseña algo sobre lo que Lacan llama el DM que encubre siempre una dimensión mortífera inconsciente a pesar de su amor.

Sin embargo, la verdadera razón, la razón estructural del sueño son las leyes de lo simbólico pues este sueño pone en escena el efecto del leguaje. Por el solo hecho de hablar el significante resta goce. El resultado es que el lenguaje produce lo que Lacan llama corpsificación, una cadaverización subjetiva. El cuerpo abandonado por el goce se vuelve carroña. Por eso para poder sentirse vivo hay que introducir en el cuerpo desvitalizado por el lenguaje algo del goce. Ahí interviene la función del fantasma pues este responde a la perdida de goce introducida por el significante en el cuerpo. De ahí que la misma noche el sujeto tiene otro sueño que responde al primero: el niño hace gozar a una mujer sin tocarla, lo hace con el mando a distancia de la TV. Con el mando puede subir o bajar el volumen del goce según le plazca …De esta manera el $ es a la vez espectador de la escena y voyeur (mirón del sexo femenino) Aquí el $ introduce un goce fetichizado en el cuerpo de una mujer, hace del cuerpo de una mujer un objeto plus de gozar. Introduce algo de lo vivo bajo una forma sexual. Así, mediante el fantasma responde a la mortificación del lenguaje y al deseo mortífero de su madre.

Lacan en Aún, dice que el sexo corporal de una mujer no le dice nada al hombre porque está fuera del lenguaje, es decir fuera de lo simbólico, es una zona que escapa a la mortificación del significante.  Si bien encuentra en el fantasma una revitalización por la vía sexual esta solución tiene un inconveniente, Lacan dice en TV que el hombre no alcanza a la mujer sino por la vía de la perversión. Unos años antes, 67, había dicho que “preguntarse por el goce de una mujer…abre la puerta…a todos los actos perversos.

En realidad, en este sueño en el que hace gozar a una mujer con el mando de la TV es una escena ante la cual él se sitúa como voyeur y en la que trata de obtener una satisfacción escópica. Es la solución del $ que se aloja en su fantasma: un rasgo de perversión: mirar gozar su fetiche.

En el sueño rehúsa la castración femenina pues la mujer sólo goza fálicamente, como un hombre, hay desmentido del goce femenino que está más allá del goce fálico en la mujer.

En segundo lugar el fantasma desmiente lo real de la pulsión, el goce del mirón del que el $ no quiere saber nada.

En tercer lugar, el fantasma hace creer que el goce femenino se puede mirar y dominar con un mando de TV.

¿Cómo ha organizado la neurosis infantil del $ este desmentido?

1.- de muy pequeño observa a su madre orinando en cuclillas, ella no lo hace de pié como él, la madre responde a su curiosidad diciéndole que ella hace pis por un agujero. Al día siguiente el niño empieza a tener una enuresis nocturna que durará varios años. El síntoma responde a la inconcebible castración materna.

La neurosis responde siempre al agujero del Otro, la enuresis surge para desmentir ese agujero, el pene del niño no cesa de mear como verificando que el no orina por un agujero.

El niño además quiere verificar el agujero materno con sus propios ojos y se aventura a mirar bajo las faldas de su madre con el propósito de ver, o mejor de anular ese agujero, pero no puede percibir nada, a no ser la oscuridad de los pliegues de su falda. A su atrevimiento, la madre responde dándole una bofetada. La bofetada recubre el trauma de la castración, además de ser un encuentro con el superyó que dice ¡no¡y viene a barrar ese goce de ver. Esta bofetada tuvo dos consecuencias: el deseo sexual infantil se instituyó como reprimido, la madre está prohibida, su agujero no es para él. La experiencia de la visión fracasada bajo las faldas maternas, seguida de la bofetada de la madre fija la mirada como objeto causa y organiza la represión

Se trata de anular la castración materna a toda costa mediante la mirada. Allí donde hay un menos el $ coloca un plus de gozar, la mirada.  Cuando el niño intenta en vano ver bajo las faldas de su madre, la mirada no está de su lado, el es mirado por la mancha oscura, o que es diferente.

Esto ilustra la esquicia entre la mirada y la visión, la mirada es objeto y la visión se sitúa del lado del sujeto.

Para este sujeto el objeto causa de su deseo es la mirada y es el objeto que deposita en el Otro. En el sueño en el que hace gozar a una mujer con el mando de la TV, el $ sería esta mujer observada y obligada a gozar con el mando, mientras que el encarna la mirada de voyeur que la divide.

Su vida amorosa adulta estaba marcada por su inclinación a coleccionar chicas y por su fracaso al intentar conservar un lazo viable y durable con una mujer. El fracaso lo conduce al análisis.

Como D. Juan este $ colecciona chicas para desmentir que La mujer no existe, para no saber nada de que no hay relación entre los dos sexos.

También desmiente el vacío del objeto mirada.

¿Cómo va a poder salir del desmentido generalizado de la castración?

Este es el momento del atravesamiento del fantasma.

Admitirla castración materna durante el análisis supuso revisar esos momentos en los cuales el padre dijo primero no y después si y valida la solución del niño.

Esos momentos cruciales que ponen al padre en función están en juego en la transferencia con el analista: por ejemplo, un tic en los ojos que apareció después de un accidente ocular del padre. Ese tic desapareció cuando el analista  le interpretó “usted pone al padre en órbita”. Le interpretó justo cuando el iba a ser padre. Lo que le permitió ser padre fue que el desmentido de la castración materna ya no estaba operativo, lo que le permitió hacer de una mujer la madre de su hija. Para eso hizo falta también que el dejara de ser el falo de su madre.

La inexistencia de La mujer.

Poco antes del final del análisis, un sueño desvela el  verdadero lazo del $ con sus parejas: intenta en vano hacer el amor con una mujer. De repente, angustiado se da cuenta que esta mujer es un ensamblaje de partes del cuerpo de las mujeres que conoció durante su vida, los ojos de una, los pechos de otra…Este sueño le despierta en la noche y en la vida.

En el fondo estaba en relación de deseo con parejas reducidas a trozos de cuerpo erotizados, parejas reducidas a objetos a fetichizados. El sueño desconstruye el fetiche descomponiendo el fantasma: el fantasma pierde el monopolio de la condición de deseo.

Hay aquí una desfetichización del cuerpo femenino que revela ser solo un ensamblaje de trozos. Desde entonces la libido podrá circular fuera del objeto que la condensaba. El goce ya no está prisionero de un objeto imaginario convertido en fetiche y se metonimiza. La metonimia hace pasar el goce al inconsciente, es decir a la contabilidad y Lacan en Radiofonía añade es un desplazamiento de la libido que deja un vacío.  Tal revelación deja ver un vacío en el lugar de La mujer que no puede estar representada por el significante o por la imagen.

Este vacío se corresponde con el estatuto real e irrepresentable de la mujer, con lo que de ella escapa tanto al significante como a la imagen del cuerpo femenino. Lo que escapa a lo simbólico y a lo imaginario en una mujer es precisamente el goce que hace de ella, de cada mujer una no-toda en el goce fálico.

LO opuesto es el sueño en el que hace gozar a una mujer con un mando a distancia, en este sueño el fantasma se sostiene en un rasgo de perversión, la mirada del voyeur que contempla como ella goza de un goce fálico. En el fantasma masculino la mujer es un objeto fetiche.

Sólo la travesía del fantasma permite a un hombre ir más allá en su relación con una mujer.

Al mismo tiempo la travesía del fantasma desvela que en el acoplamiento sexual

Cada uno de los partenaires goza de un goce que se aloja en su cuerpo y no en el del otro.

¿Cómo se puede desear y amar a una mujer si el fantasma deja de ser eficaz?

Esto impone concebir de otro modo la relación con una mujer, nos dice Patrick Monribot- lo cual plantea a cuestión del amor

El tercer desmentido en juego en el análisis: el del vacío del objeto mirada.

Dos momentos importantes contribuyeron a ese vaciamiento de la mirada, el primero sucedió al comienzo del análisis y concierne a la puesta en marcha de la transferencia: el analista se cruza con el analizante en público, el analista ve al analizante, pero rehúsa dirigirle la mirada, lo mira sin verlo. Con este acto el analista produce una separación entre visión y mirada. En la sesión el analizante dice que tuvo la sensación de ser de cristal transparente. El analista entonces se levanta de un salto y viene a plantar los ojos delante del analizante. Cuando se trata del objeto pulsional es crucial el acto del analista.

Confrontado al acto analítico el analizante a veces puede responder con un acting out en el que la pulsión se muestra. Poco después de la sesión anterior el analizante empieza a sentirse perseguido por el espejo que hay en la sala de espera de su analista, cree que el analista espía a sus pacientes a través de ese espejo. Un día- ahí está el acting out, el analizante trae las herramientas necesarias y decide desmontar el espejo. ¡Oh! Decepción tras el espejo solo está la pared lo que le produce una decepción y la vez una relajación.

¿Qué nos enseña el acting out?

Nos muestra el goce de voyeur del propio sujeto bajo una forma invertida pues selo atribuía al analista, el goce del voyeur que mira por un agujero. Él es un mirón.

En el acting out vemos la operación que consiste en situar el objeto pulsional causa del deseo- la mirada en el Otro.

La mirada que había sido situada primero bajo las faldas de la madre cuya oscuridad lo mira, al analista que lo espía a través del espejo .

Es lo que sucede en la transferencia su cara libidinal, no sólo situamos el SsS en el analista sino también el objeto causa de deseo.

En el otro extremo del trayecto del análisis, el sujeto ha concluido su cura y acaba de terminar sus entrevistas con los pasadores, tiene un sueño: sueña que es analizante, que está tumbado en el diván, pero es una escena extraña y silenciosa; se gira y constata que el sillón del analista está vacío. El analizante se encuentra un poco perdido ya que no reconoce el lugar: la decoración ha cambiado. No hay nadie para mirarlo y se encuentra solo. Se levante del diván que no es el que conoció.  

Con este sueño posterior a haber concluido la cura se demuestra que el inconsciente sigue funcionando después y comprendí que la certeza que me había permitido concluir un poco antes las sesiones había sido la extracción de la mirada como objeto, fuera del campo del Otro. El fin de la cura es un acto que se decide sin el Otro. La mirada es la mía, la satisfacción pulsional es la mía también.

El atravesamiento del fantasma tiene dos tiempos lógicos que nos hay que confundir-nos dice Patrick Monribot, En primer lugar, la caída del sujeto supuesto saber que se corresponde con el fin de la explotación de los significantes. En segundo lugar, la extracción del objeto que corresponde a la ex -filtración del goce fuera del Otro. Hay que aislar ese plus de goce tan incurable como inefable y extraerlo con el fin de utilizarlo para otros fines. Lacan dirá en su Proposición sobre el psicoanalista de la Escuela, que ese plus de gozar ha de funcionar como un gozne en el pasaje de analizante a analista.

Al extraer el objeto del Otro el Otro pierde su consistencia, la consistencia que hacía de el un ser de goce. Entonces el Otro no existe. Si ocupa el lugar del analista lo hará de modo inédito no por identificación a su analista. Si ello desea puede hacerlo, puede autorizarse a sí mismo.

Finalmente, el título de mi intervención “Ver y dejarse ver en el goce solitario: internet en el fantasma sexual” nos muestra bien que no hay relación sexual puesto que el goce se obtiene en soledad a través de una pantalla. Esta es la oferta que nos hace el discurso capitalista en su alianza con la ciencia y con la técnica. La oferta del psicoanálisis es muy distinta es más bien usted puede gozar de otro modo, aunque para ello es necesario consentir a levantar todo aquello que funciona como desmentido.

Logo ELP Sede Madrid white

Suscríbete a nuestra newsletter

Recibirás la agenda de actividades así como las novedades de La Brújula. Una vez enviado el formulario de suscripción es necesario que confirmes tu email. Para ello, por favor haz clic en el email de confirmación que te llegará a tu email. Si no lo encuentras búscalo en el buzón de Notificaciones, Promociones, Correo basura o similar. Podrás cancelar tu suscripción cuando quieras. 

 

Política de privacidad

Ya casi estamos... recuerda que tienes que hacer clic en el email de confirmación que te acaba de llegar. Gracias

X