Transcripción del encuentro del Espacio de Niños de la Nueva Red CEREDA en torno a El Nacimiento del Otro de Robert y Rosine Lefort con intervenciones de Pilar Miró y Catalina Navas

Ana Lía Gana: La idea es exponer a cielo abierto, para después conversar, esta investigación que se hizo en este grupo cuya finalidad y orientación es el cartel. Todavía no estamos constituidas como cartel porque no están definidos y perfilados los sujetos temáticos, pero esta primera intervención, donde cada uno va a abordar distintas perspectivas, permitirá orientar el trabajo posterior.

Este grupo surge por el interés de las colegas de trabajar el tema del autismo; hemos hecho lecturas sobre el autismo, hemos hecho un recorrido por algunos textos de Éric Laurent, de distintos colegas que trabajan con autismo en instituciones, y después empezamos a trabajar “El niño Lobo”, a partir de la pregunta sobre qué es lo que diferencia la psicosis del autismo.

A partir de allí, decidimos tomar el texto Nacimiento del Otro, de Rosine Lefort, que hace este escrito en colaboración con su marido, Robert Lefort, y que luego van a formar el CEREDA (Centro de Investigación y Estudios del Niño y el Adolescente), juntamente con Judith Miller y Éric Laurent.

El libro Nacimiento del Otro nos ha interesado porque trae dos casos, uno de ellos el caso Nadia, que tomaremos hoy en pequeñas pinceladas en sus dos primeros capítulos, y porque se refiere a cómo se constituye la subjetividad.

Cuando eso falta, como en el caso de Nadia que está abandonada y tomada como objeto de la necesidad, solamente alimentada, cómo un analista puede hacer otra cosa con eso. Se trata entonces de la construcción del Otro para que pueda acoger a esa niña.

Hemos dividido las temáticas que están en juego en los dos primeros capítulos: Pilar Miró va a traer un comentario de los dos capítulos y su pregunta particular. Luego Catalina Navas nos va a traer el primer capítulo, que es “El pequeño otro”, donde está en juego la envidia. Allí Rosine trae el tema de la envidia para diferenciarlo de los celos, y sabemos que Lacan también ha trabajado mucho esto trayendo el tema de San Agustín.

Luego Carol nos va a hablar del juego en el fort-da, trabajado por Freud en Más allá del principio del placer, para ver cómo está presente este juego en esta relación. Por otro lado, ver cómo el objeto es la intermediación entre Nadia y el analista para construir a ese Otro que Nadia necesita para advenir como sujeto.

Vamos a empezar con Pilar.

Pilar Miró: EL NACIMIENTO DEL OTRO

Rosine Lefort, psicoanalista francesa y una de las fundadoras del psicoanálisis de orientación lacaniana con niños, trató casos de niños en situación de hospitalización y abandono, con posiciones autísticas, psicóticas o neurosis graves. Rosine sostuvo la clínica con los más pequeños e hizo un arduo trabajo. Nos dejó un rico material teórico-clínico, con una gran riqueza en detalles y de una enorme sinceridad, un excepcional legado. En 1950 iniciaba su análisis, contaba con pocos recursos teóricos, y aun así encaró el desafío de trabajar con niños muy pequeños con patologías muy definidas. Rosine no retrocedió ante lo real de la clínica.  En la institución “Parent de Rosan” permanecían viviendo temporariamente niños y niñas, porque se encontraban privados o imposibilitados del cuidado por parte de sus responsables. Este era el caso de Nadia.

NADIA O EL ESPEJO, El pequeño otro (8-15 de octubre)

Nadia tenía solo 13 meses cuando Rosine empezó a tratarla (el tratamiento duró 10 meses), la encontró en una posición casi catatónica, sin movimientos, la mayor parte del tiempo sentada sin jugar, muy delgada, con la piel amarillenta y el rostro demacrado, y con unos grandes ojos negros, una mirada viva, atenta a lo que sucedía alrededor. Desde que ella nació su madre tuvo problemas de salud, y entonces la dejó en el Centro de Salud. No soportaba las manipulaciones corporales, giraba las manos hacia atrás. Padecía episodios de diarreas, afecciones rinofaríngeas, otitis agudas (lo que precisó cirugía). La niña presentaba una condición de extrema indiferencia o malestar con los semejantes. Si un niño trataba de apoderarse de un juguete, ella gritaba y se echaba violentamente hacia atrás, después volvía a sentarse y reanudaba su balanceo. Cuando trataba de coger objetos solo los rozaba con la punta de los dedos, y si lograba asir el objeto abría la mano de inmediato para soltarlo. Hasta aquí, Rosine solo observaba con detalle.

Pasados unos días el estado de salud de Nadia empeoró, fue entonces cuando Rosine rescató de ella la mirada, una mirada vivificante en contraposición con su cuerpo inerte, y en ese justo momento Rosine se autorizaría como analista. Aquí empezaría el tratamiento (lo que Rosine llamaba los preliminares del análisis), tratamiento a través de la voz, la palabra, la mirada y la escucha, tratamiento donde se fueron sembrando las coordenadas que después darían lugar a la emergencia del sujeto. En la institución Nadia solo era objeto de cuidados, un cuerpo de la necesidad, manipulado a nivel de lo real, sin palabras que lo nombrasen.  En cambio, Rosine se dejaba guiar por Nadia, quien era la que iba poniendo los límites.

Cuando las enfermeras le daban de comer parecía feliz, pero cerraba la boca y rechazaba con la cara cuando se le acercaban, se dejaba llenar pasivamente. En el momento que a Nadia le tocaba ver la escena de las enfermeras ocupándose de los otros niños (alimentándolos), golpeaba un muñeco y lo arrojaba; en ese momento, la analista se hace cargo de la escena para darle un sentido.

Para Rosine, en esta escena está en juego el objeto escópico, la envidia; Nadia se mira a sí misma en otro niño, para tratar de construir algo del deseo en la escena. Por eso es fundamental que haya otro niño en juego, para poder desear algo en particular, que no es la comida sino la mano que da de comer. Puede mantener su deseo en cuanto hay una escena de envidia. A través de esta escena puede construir el estadio del espejo, para que no sea todo puro real, primero atendiendo a otros niños (mirar a través de ellos) y después la psicoanalista posibilitando el encuentro con el Otro.

Por medio de la posición y la acogida de la analista, diferente a la posición materna, Rosine supone un sujeto ahí donde la institución solo percibe un objeto de la necesitad. ¿Cómo?

  • Localizándolo: a través de su “mirada viva”, certeza de la presencia de un sujeto deseante, y sobre esa mirada se desencadena el tratamiento, otorgándole un lugar diferente.
  • Reconociéndola: le da atención, continuidad y disponibilidad. Gracias a la presencia activa de Rosine, Nadia va saliendo de su inmovilidad, comienza a moverse, a sentir curiosidad y vivacidad propia de los niños de su edad.
  •  Articulando demanda y deseo a través de los requerimientos o rechazos de Nadia.
  • Comprometiéndola: va dando un sentido a lo que le va aconteciendo, y así Nadia podrá identificarse y anudarse al discurso de la analista.
  • Otorgándole una relación no invasiva ni impositiva, sin un saber previo sobre ella, y siempre le ofrece una mirada interrogativa.

Rosine establece la antesala del sujeto deseante, un sujeto singular. Posibilitando el lugar del equívoco, produciendo nuevos significantes, introduciendo el no todo (la falta, el no saber y el sentido), dejando de lado el absolutismo de las certezas. Rosine va regulando el puro ser de Nadia y la va invitando a entrar en el lenguaje. Ese lazo le da posibilidad de inscribirse, y dará lugar a un sujeto porque hay un Otro deseante para ella.

El GRAN OTRO, EL OBJETO SEPARABLE

En este segundo capítulo, la analista le presta su cuerpo a Nadia, quien juega con el cuerpo de la analista, puede hacer disposición de él, explorándolo, golpeando con objetos (en su boca…), y Rosine acoge todos sus objetos y el uso que la niña hacía de ellos. Nadia estaba a la espera de que el Otro la acogiera, y Rosine entendió este llamamiento al Otro por la demanda de Nadia, que apela a algo, pide algo, y a su vez la niña puede encontrar en el Otro una respuesta.

Nadia va verificando que hay alguien siempre ahí, a pesar del uso que haga de los objetos y del cuerpo del analista, ambos siempre vuelven para Nadia. De este Otro (el analista) no queda excluida, como sí queda excluida en la institución. El tratamiento de Nadia, por lo tanto, pasó por la rectificación del Otro, lo cual permitió un proceso de separación del otro invasor y por la construcción de un Otro tratado, la inscripción del Otro Simbólico, y la invitación a Nadia de entrar en el lenguaje, y la suplencia del Otro Primario.

La pregunta que tengo para formular es la siguiente:

Dado que sabemos que Rosine Lefort contaba con pocos recursos teóricos cuando se embarcó en la ardua tarea de iniciar un tratamiento con Nadia , ¿qué peso le podemos otorgar a la posición del analista y a su proceso singular de análisis?

Ana Lía Gana: Yo voy a rescatar dos cuestiones. Tu pregunta me parece muy interesante porque nos lleva a escudriñar ese prefacio y ese primer capítulo para entender cómo hace esta experiencia analítica con esta niña sin estar en formación analítica, pero sí analizada. Estuvo en análisis 18 meses antes de Nadia, y luego interrumpe el tratamiento cuando está atendiendo a Nadia porque, según ella misma comenta, le resulta muy difícil.

Yo tengo mi hipótesis, hay varios elementos en juego. Primero, ella está en una institución donde está Jenny Aubry, que es una analista, y donde participa de reuniones de equipo; en el primer capítulo comenta el momento en que decide salir de la mera observación (porque al principio la analista está observando a este objeto) para ver un atisbo de subjetividad o captar las pequeñas señales que pasan desapercibidas para cualquier otro.

Ella comenta que, después de una reunión donde participan todo el equipo, hay una decisión de trasladar a Nadia del patio donde está con el resto de los niños y llevarla a una sala contigua. Ahí empieza el tratamiento analítico.

Ella no estaba teóricamente formada, pero había una supervisión; segundo, ella también estaba en análisis, y tercero, ella es una persona que se deja guiar por su inconsciente. Ella dice que tenía problemas con la demanda, y porque sabía de eso en relación con el Otro, pudo tratar a Nadia. Había algo que, en su inconsciente, podía escuchar y prestarse porque había hecho ese pequeño recorrido y estaba advertida de lo que allí sucedía y resonaba en otro lugar.

Entonces podemos decir que ella tenía una formación, y entonces pasa de la observación a emprender la experiencia analítica, cuando percibe que en ese cuerpo inerte hay una mirada viva. La analista toma ese elemento para decir: es posible hacer algo, hay algo vivo en su cuerpo.

Es una niña que está en una institución, y el espectáculo que se le presenta es el de las enfermeras dando de comer a los otros niños. Ahí descubre el tema de la envidia, que hoy nos trae Catalina, con relación a un deseo vinculado a la mirada, en esa escena que percibe todos los días. Pero la analista también quiere sacarla de allí, para no dejar a la niña como observadora del mundo, ya que ella tiene que ser mirada para poder constituirse.

Entonces la lleva a esta sala contigua donde, dice, comienza la aventura analítica; allí está ella con Nadia y los juguetes.

Catalina nos va a traer entonces el tema de la envidia, que tiene que ver con el primer capítulo, la constitución del pequeño otro y la envidia.

Catalina Navas: SOLO SU MIRADA ESTÁ VIVA

Reflexión acerca de la envidia y los celos

La envidia va tan flaca y amarilla

porque muerde y no come

Francisco de Quevedo

He titulado este texto con la frase con la que termina el primer capítulo “El pequeño otro – La envidia” de Nadia o el espejo, ya que me parece fundamental para abordar el tema de la envidia, que es lo primero que abordaré.

Lacan dice que “Lo específico del campo escópico es que la caída del sujeto no se percibe en él, porque se reduce a cero”. Según Rosine Lefort, Nadia se ha refugiado en lo escópico para protegerse de una pérdida irremediable y de la muerte. Estando Rosine en el servicio de Jenny Aubry a cargo de la observación de ocho a diez niños de 1 a 3 años, llega Nadia a la fundación cuando tiene trece meses y medio de vida con un aspecto deplorable. Ha tenido reiteradas afecciones rinofaríngeas, otitis y diarreas, mastoiditis doble grave pasando de la casa cuna al hospital, y del hospital a la casa cuna. Nadia carece de la condición de sujeto.  La encontrará en el tratamiento donde Rosine ocupa el sitio del Otro.

Cuando Nadia está en su habitación, a Rosine le llama la atención su inmovilidad, aunque puede observar que su aislamiento no es total; lo testimonia su mirada vivaz, muy atenta.

En el espacio de diez días, en los que Rosine establece una mera observación hacia la nena, entre las dos se establece un vínculo, una relación terapéutica, y destacaré lo siguiente en las percepciones que describe:

  • cuando Nadia ve a la enfermera ocuparse de dar de comer a los otros, pega al muñeco y lo arroja, pero no hay una carga afectiva perceptible en lo que hace.
    • Cuando la enfermera se acerca a ella para darle de comer, parece feliz, pero cierra la boca con un movimiento de rechazo cuando siente la cuchara contra sus labios.
    • Nadia entra en contacto físico con Rosine jugando con su mano y cuando la coge, aparta la mirada, y cuando la vuelve a dejar se enfada.
    • Le deja el muñeco y se aleja, y como se acerca a otro niño Nadia los mira y arroja el muñeco. Luego le da la espalda al mismo tiempo que trata de atraer su atención por todos los medios: suspiros, gritos, risas.

Después del periodo de observación, Rosine se convertirá en analista para ella. Dice así: “En su carita de vieja queda sólo la mirada desolada y patética que me lanza cuando la dejo. Es esa mirada la que me hará volver; iniciar para ella y para mí una aventura analítica, convertirme en analista”.

Desde esa nueva posición se plantea varias cuestiones acerca de su relación, incidiendo en la importancia del lugar del analista: Rosine no aparece ante Nadia bajo la forma de algún sustituto maternal, y la relación que se establece entre las dos es exclusivamente a nivel de la vista y de la voz: allí́ donde algo de la demanda de amor de Nadia es soportable para ella.

Es importante que Nadia ya no tiene relación de objeto, y solo la tiene mirando a otro niño en relación con un adulto. Fuera de esa situación, el otro niño parece inexistente para ella. La reacción frente a ese niño es discreta y consiste en arrojar el muñeco.

Rosine se plantea: ¿Cabe evocar aquí los celos? Es difícil de sostener, cuando le toca el turno de ser alimentada, se niega en primera instancia, y después traga, sin placer. Tampoco encuentra placer en estar sobre las rodillas. Aunque se trate de comida, para Nadia el objeto no es oral; es un objeto escópico, el de la envidia.

¿Qué son los celos?

Cito a Lacan:

Los celos, en su fondo, representan no una rivalidad vital sino una identificación mental.” (1)

“El yo se constituye al mismo tiempo que el prójimo en el drama de los celos. Para el sujeto, es una discordancia que interviene en la satisfacción especular, debido a la tendencia que esta sugiere. Ella implica la introducción de un objeto tercero que, a la confusión afectiva y a la ambigüedad especular, las sustituye por la competencia de una situación triangular. De este modo el sujeto, atrapado en los celos por identificación, desemboca en una alternativa nueva en la que está en juego el destino de la realidad: o bien reencuentra el objeto materno y se aferra al rechazo de lo real y a la destrucción del otro; o bien, con­ducido hasta algún otro objeto, lo recibe bajo la forma característica del conocimiento humano, como objeto comunicable, ya que competencia implica al mismo tiempo rivalidad y acuerdo; pero al mismo tiempo reconoce al otro con el que se produce o la lucha o el contrato, en suma, encuentra al mismo tiempo al prójimo y al objeto socializado. También en este caso, pues, los celos humanos se distinguen de la rivalidad vital inmediata, ya que forman su objeto más de lo que este los determina; revelan ser el arquetipo de los sentimientos sociales.” (2)

CONCLUSIÓN : Para Nadia se trata de “ver”: ver a un adulto que se ocupa de un niño (3).

¿Qué es la envidia?

Rosine cita a Lacan:

«lnvidia viene de videre: Para nuestros analistas, la invidia más ejemplar es la que hace mucho destaqué en Agustín para darle toda su suerte, la del niñito que mira a su hermano prendido del seno de su madre, lo mira amare conspectu, con mirada amarga, visión que lo descompone y tiene sobre él el efecto de un veneno.

»Para comprender lo que es la invidia en su función de mirada no hay que confundirla con los celos. Lo que el niño pequeño, o cualquier otro, envidia no es necesariamente, como suele entenderse de manera impropia, aquello que podría codiciar. ¿Quién dice que el niño que mira a su hermanito necesita realmente succionar el pecho? Todos sabemos que la envidia suele estar motivada por la posesión de bienes que no serían de ninguna utilidad a quien envidia, y cuya verdadera naturaleza ni siquiera sospecha. Esa es la verdadera envidia.

»¿Ante qué hace palidecer al sujeto? Ante la imagen de algo acabado que se cierra sobre sí mismo, del hecho de que el “a”, el “a” separado del que está pendiente, pueda ser para otro la posesión que lo satisface, la Befriedigung.»

La reacción de Nadia instaura ese alimento en un registro que no es el de lo Real, de saciedad.

De hecho, Nadia no acepta esa comida que viene a aplastar su movimiento de envidia ante lo que aparece como la imagen de la plenitud del otro y su satisfacción, antes que como el objeto comida en cuanto tal. En este divorcio entre el objeto y la imagen que despierta su envidia, se pone en evidencia con toda claridad que a pesar del hasta “entonces permanente” ahogo de su demanda, llevada al nivel de satisfacción de una necesidad, Nadia ha salvaguardado una dimensión de su relación con el objeto-comida que implica no solamente al adulto sino al otro niño, poniendo entre paréntesis lo Real del objeto.

LA ENVIDIA sólo puede manifestarse en el campo esópico y sella la persistencia del deseo de Nadia.

  • Su deseo está en esa relación peculiar con un objeto que sólo excita su codicia cuando es objeto de otro niño, y que en ningún caso puede satisfacerla.
  • Este objeto en relación con otro y que debe mantener a distancia, ¿no es ya el objeto “a”, el del deseo, del que habla Lacan? Pregunta Rosine.
  • De la satisfacción Nadia sólo conoce la dimensión de la necesidad, es decir de lo Real, de la «cosa», «das Ding», a la que le falta estar inscripta en una relación con el Otro inexistente para ella, para que ella encuentre en eso una satisfacción.
  • Se ve reducida al retiro total de demanda, y a no poder mantener su deseo sino en el vacío del objeto que abandona; o en la invidia.
  • la manipulación real de su cuerpo, que le resulta tan conocida, la haría perder su deseo.
  • Se encuentra en un callejón sin salida, al no poder dirigirle su demanda a Rosine sin encontrarse con lo Real de los cuerpos que borraría su deseo; deseo que a pesar de todo ella salvaguarda dramáticamente, en el último bastión que le queda: la pulsión escópica donde se manifiesta la invidia.
  • Lacan dice: «Lo específico del campo escópico es que la caída del sujeto no se percibe en él, porque se reduce a cero”.
  • Según Rosine Lefort, Nadia se ha refugió en lo escópico para protegerse de una pérdida irremediable y de la muerte:

PREGUNTAS:

¿Podría llegarse a la conclusión de que no se envidia a otro sujeto ni al objeto que presuntamente tiene, sino a un acople que se supone ideal entre el otro y aquello de lo cual parece gozar?

¿No se envidia, entonces, sino esa condición idealizada de goce?

Ana Lía Gana: Este tema de la envidia me ha enseñado mucho con relación a un paciente que miraba a otros, y yo decía: está compitiendo. Cuando leí esto se me abrió la oreja de otra manera, porque rescato lo que nos enseña el caso: primero, el analista se deja enseñar, toma al niño como un sujeto supuesto saber, como lo decía Lacan.

¿Qué es lo que Rosine toma de este caso? Que lo único que tolera en la relación que mantiene con Nadia es mantener su cuerpo, en un primer momento, a distancia, y que lo único que puede jugar algo en relación con ella en la transferencia es la mirada y la voz. Nadia le va diciendo cuál es el camino, la orienta, y ella es una muy buena observadora, lo cual posibilita el tratamiento.

Me parece que has traído dos cuestiones fundamentales: es una niña que está alimentada y tomada como objeto de pura necesidad, ella rechaza eso y después se deja llenar, ni siquiera hay placer allí. Es un objeto de manipulación.

Pero ella tiene un espectáculo, que es ver cómo alimentan a los otros niños. La imagen que tiene delante causa su deseo, hay algo del objeto que está en juego, y no es que quiera ser alimentada. Preserva con ese deseo al alimento para que no sea real, y por lo tanto se preserva ella para no ser un puro real para el otro.

Este sostener un deseo se mantiene por un lado en la envidia, y por otro lado en abandonar un objeto, es decir, perder algo, separarse de algo. Lo que a Nadia le falta es poder constituir un cuerpo y por lo tanto separarse de algo, perder algo de ese organismo para transformarlo en cuerpo.

Ya sabemos que para el psicoanálisis el cuerpo es un cuerpo de agujeros, de orificios, de bordes.

Paso la palabra a Carol para que nos hable de cómo se introduce el cuerpo. Primero está la mirada y la voz, y vemos qué pasa después, en un segundo momento de esta aventura analítica, cómo es el manejo con los objetos y con el cuerpo de la analista.

La pregunta tuya queda para responder a posteriori.

Carol Toala: Desde la lectura del escrito de Freud Más allá del Principio del Placer, específicamente acerca del funcionamiento del aparato anímico en una de sus más tempranas actividades normales, el “fort-da” a través de los juegos infantiles. Podemos interrelacionar esta lectura con el capítulo II: El Gran Otro (el objeto separable), del libro Nacimiento del Otro de Rosine Lefort.

Es por medio de la separación de los objetos que Nadia ha podido constituir una separación entre el otro y el Otro, lo cual le ha permitido en ese juego de presencia-ausencia con el analista, constituir algo de lo simbólico y que todo no sea un puro real.

Así tenemos que a priori, la analista se acerca a Nadia, pero ella parece ignorar su presencia. Su mirada es apagada.

Se van viendo cambios en su posición ante la presencia de otro niño, dice Lefort: “Reacciona como de costumbre cuando otro niño quiere apoderarse del cubo que coloqué a su lado: lanza un grito lloroso, se echa hacia atrás, contra mis piernas, se vuelve hacia mí y me tiende un brazo, sólo uno”. Es la primera demanda auténtica ante la analista por la sorpresa que ha producido la agresión del otro.  Asimismo, su rostro se crispa o cierra cuando otro niño se acerca a la analista, pero en cuanto se aleja, se ríe.

Hay una “viva reacción de violencia contra sí misma en cuanto otro niño aparece en su campo, para apoderarse de un objeto o para tocarme: no puede tolerar verlo”, afirma Lefort.

En el contacto con objetos: “Toma mi lápiz, que sobresale del bolsillo de mi blusa, lo arroja al suelo, lo mira para que yo lo recoja y se ríe a carcajadas; el mismo día tiene diarrea. Reanuda el juego con el lápiz riéndose” (arroja, suelta el objeto y se suelta ella misma). Esta escena es como el niño de año y medio que trae Freud, que a través de su juego de arrojar objetos lejos de sí, pronuncia un o-o-o-o que es un FORT (FUERA) y que luego con el carretel de madera jugaba al AQUÍ-DA (un juego de desaparición-reaparición).

También se puede ver cuando Nadia, dice Lefort: “toma uno de mis dedos, lo sacude, y se detiene bruscamente, como si la desconcertara el hecho de no poder hacer como con el lápiz: separarlo y arrojarlo para que yo lo recoja”. Ante lo imposible de separar en la mano de la analista, no toca sus manos, pero sí un juguete, un elefante de caucho, lo tira para que la analista lo recoja y ríe. Intenta también con los dientes de la analista, golpea su boca al no lograr su cometido. Entonces cae en una gran tristeza.

Este juego del Fort-da que lleva a cabo Nadia, luego con un pollito, convirtiéndolo en un objeto manipulable, no sólo no lo suelta con su reflejo habitual de abrir la mano y realiza firmemente su deseo de que la analista lo bese, sino que es capaz de separarse de él y arrojarlo enérgicamente para que ella lo recoja… Mientras tanto, toca a la analista, su oreja, sus cabellos, pone su dedo en la oreja, acaricia sus mejillas. Nadia se crispa y se pone ansiosa. “El juguete es el intermediario necesario para aceptar mi contacto y gozar de él” asegura Lefort (el objeto como intermediación con la analista diferente de la presencia y ausencia del objeto, de la falta en sí).

Toma un auto verde, luego de arrojar el pollito. Auto que hace ir y venir entre su boca y la de la analista. Arroja el auto y se interesa por una muñeca a la que toma y pone en las rodillas de la analista. Lefort acaricia y acuna a la muñeca, Nadia ríe y se agita. Luego Nadia reproduce esto con la muñeca, la acaricia, la besa y la acuna. Luego arroja la muñeca.

Ante lo señalado, podemos decir que, al principio, la sola presencia de otro (niño) la inquieta, la crispa. Utiliza distintos objetos para provocar una ausencia que la satisface, excepto cuando se topa con lo imposible de separar (los dientes de la analista, sus dedos), y es cuando entra en una profunda tristeza (de la cual goza). Tenemos entonces que la excesiva presencia de los objetos puede angustiarla, mientras que, cuando estos desaparecen, incluyendo que otro tenga la atención de la analista, le permite una posibilidad para constituir su subjetividad, a partir de lo simbólico. Es la separación con el objeto y su regocijo lo que le permite establecer la demanda a la analista. Menciona Lefort: “De modo que es el otro niño quien la lleva hacia el adulto que soy yo; es el pequeño otro quien la conduce al gran Otro”. “… Ella vuelve a sonreír en cuanto retiro la mano, es decir, en cuanto me separo del otro. Y como ese pequeño otro no está en su cama, se trata de su huella; una huella que anulo al retirar mi mano. Me separo no de un niño sino de su huella. Lo cual coloca al otro niño en el mismo registro que la comida: es tal la exigencia de Nadia que para ella ese registro de objetos ya es simbólico. Otro que puede separarse de un objeto, es decir, marcado por una ausencia. Por primera vez Nadia se encuentra con un adulto a quien puede faltarle el pequeño otro. El otro y Otro que hasta entonces estaban para ella escópicamente adheridos se separan”. “Para que un objeto sea un objeto de deseo, para provocar el deseo, tiene que ser <<separable de mi cuerpo>>”. Ser un objeto separable del cuerpo del Otro”.

Entonces, los distintos objetos que Nadia utiliza le permiten dar un lugar a la analista, establecer la demanda. ¿Se puede decir que los objetos imposibles de separar del cuerpo de la analista como sus dedos, dientes, que Nadia intenta separar, pueden abrir el camino hacia lo simbólico y a descompletar al Otro (analista)?

Ana Lía Gana: Aquí se abre otra dimensión, la analista está muy atenta a los detalles. Hay dos cuestiones que son detalles, y son el parpadeo y la huella. La analista ve que Nadia parpadea cuando ve que aparece en su campo escópico otro niño; aquí no es la envidia, cuando ella estaba en posición pasiva mirando, sino que se da la relación entre el juego del fort-da, de tirar el cubo y que otro niño lo coja y Nadia se irrita. Pero hay una señal, imperceptible para cualquier otro que no sea analista, que es el parpadeo, quiere que eso desaparezca de la escena.

Hay dos cuestiones: el parpadeo, que es una señal, un divino detalle, como decía Freud, que capta la analista, y luego todo este juego de separación del Otro, del juego del fort-da y de la separación en forma transitiva de los objetos de la analista, está construyendo su boca. La está recortando, está separando elementos para constituir los agujeros necesarios.

Pero también está la huella: cuando ya puede separarse o perder algo, aparece la huella, y ahí ya estamos en el nivel simbólico. La huella es la presencia de una ausencia. Cuando Rosine apoya su mano sobre la cama, ella hace el mismo gesto de molestia que cuando está el niño presente; la analista capta esto y retira la mano, lo cual ya es una interpretación.

Es decir que, aunque el Otro no está, y esto es un avance en el tratamiento, está en lo simbólico, está la huella. Estas dos cuestiones, el parpadeo y la huella, me han parecido fundamentales, y el transitivismo para construir un cuerpo, porque gracias a recortar y tocar los agujeros, la oreja, la boca, ella puede ir construyendo su propio cuerpo.

Entonces el nacimiento del Otro tiene que ver con esto, hay un encuentro con el Otro que se deja recortar, manipular, que presta su cuerpo, y que al ser un Otro descompletado, ella puede tener un lugar allí.

Mariam Martín: Cuando decimos el nacimiento del Otro estamos dando una posibilidad para que emerja el sujeto, porque no hay sujeto sin Otro. Todo este trabajo que hace Rosine con Nadia es la posibilidad de que ella pueda constituirse como sujeto.

Ana Lía: Por eso a mí este caso me ha parecido maravilloso porque da cuenta de la estructura, y muestra la intuición de la analista, lo que ella escucha, es de una gran finura clínica.

Rosa Liguori: Hay una gran finura en sus descripciones, por parte de alguien que no es todavía una analista, tal como ella misma lo plantea. Ella dice: no me animo a esto, es muy honesta.

Mariam: Es muy interesante porque ahí se entra en el tema de la autorización propia a través de su encuentro con Nadia. Ella estaba analizándose con Lacan y lo deja, además está en contacto con Jenny Aubry, y es en el momento del encuentro con Nadia donde encuentra el soporte para decir que se autoriza.

Intervención: A mí no me quedó clara la diferencia entre la envidia y los celos. Lo que he entendido es que no hay un objeto tercero en la envidia. Hay una idealización del goce.

Ana Lía: Nadia es una voyeurista, mira al mundo que la rodea, es la única posibilidad que tiene, porque está tomada como un cuerpo de la necesidad y lo único que la despierta es ese movimiento de las enfermeras dando de comer a los niños. Podemos decir que ella quiere estar en el lugar de esos niños que son alimentados, pero Rosine se da cuenta que no es así, porque ella rechaza el propio alimento.

¿Por qué lo rechaza? Porque es alimentada en el orden de la necesidad, y ella necesita generar algo del deseo; esa imagen que le viene de afuera es adonde apunta la constitución del deseo.

Intervención: Entonces, ¿hay una condición idealizada del goce?

Ana Lía: No hay un ideal constituido, hay una pura mirada, que es lo único que ella tiene vivo; no hay identificación, no hay ideal, no hay nada, no hay Otro que la acoja. La niña mira vivamente la escena donde alimentan a otros niños.

Intervención: También en esa mirada hay una decisión insondable de Nadia, como decir: yo no soy como los demás, hay una decisión de querer salir de ser un objeto muerto, alimentado; se ve que Nadia quiere salvarse. Lo comento porque también trabajamos ese capítulo.

Ana Lía: Menos mal que hay una analista que rescata eso que está ahí. Ella desea algo, esa escena cotidiana que tiene frente a ella. Ese atisbo de deseo es lo que rescata Rosine, y tampoco la deja en la pura mirada, la saca cuando plantea que van a empezar el tratamiento analítico. Ella estaba en una cama con los otros niños o en un jardín con los demás. En una reunión se decide sacarla de allí y llevarla a una habitación contigua donde está sola con la analista.

La analista trae dos objetos: una muñeca y un animalito de caucho, luego de una reunión de supervisión con Jenny Audry donde ve que hay que producir pequeños desplazamientos para sacarla de la escena donde está como voyeur.

Rosa Liguori: Es sacarla de esa escena y de ese objeto no separable del cuerpo que es el ojo, entonces la analista presta su propio cuerpo. Cuando se constituye el Otro del lenguaje, cuando se produce la operación de separación en la cadena pulsional.

Ana Lía: Pero eso es posterior, ella me pregunta por ese momento de pasaje, cuando la saca. Lo que la analista produce, para introducirla en el análisis y no quedarse en la mera observación de Nadia observando, lo cual llevaría al infinito, es un desplazamiento de esa mirada y después la relación con ella y el cuerpo.

Mariam: Cuando Rosine se compromete a ocuparse de Nadia, Rosine hace su primer acto de analista, que es buscar un lugar para trabajar con Nadia, lo cual ya supone el hecho de que Nadia deje de mirar fascinada esa imagen que es de un Otro completado. Ahí hay un primer acto, y luego va a haber un desplazamiento que va a dar lugar a ese trabajo con los objetos para poder ir construyendo algo del cuerpo.

Intervención: Con la introducción de los objetos ella ya no es solamente la que mira, sino que empieza a ser mirada.

Ana Lía: Efectivamente, ese es el elemento que produce la analista, que sea mirada por el Otro, porque es una niña que no ha sido mirada. Cuando Freud dice Her Majesty the Baby se refiere a que el bebé cuando nace es el centro de todas las miradas. Nadia está en la posición de no ser mirada, ser rechazada, abandonada. Rosine introduce así la mirada del Otro.

Intervención: Lacan dice que un niño mirado posee el objeto a.

Rosa: Podemos ver cómo han tratado los celos y la envidia, por ejemplo Melanie Klein hace un tratamiento totalmente diferente al de Lacan. Lacan habla del complejo de intrusión, es un intruso que se mete en los celos y entonces son tres; en cambio, la invidia viene del latín y tiene que ver con ser mirado; los griegos hablaban del mal de ojo, o sea que la etimología contiene también la mirada. En Nadia, en la mirada ella se queda con el parpadeo, se queda con la mirada viva. Con lo cual, la envidia no es que quiero tener lo que tú tienes, sino que es a través del pequeño otro como ella puede construir su deseo.

Ana Lía: Es así como titula ese capítulo: “El pequeño otro o la envidia“. Creo que entonces tu pregunta está respondida. No hay un ideal constituido porque esto es previo, y está en relación con la constitución del deseo, de un atisbo de deseo.

Intervención: Se puede decir que los objetos imposibles de separar del cuerpo de la analista, como sus dedos, sus dientes, que Nadia intenta separarlos, ¿pueden abrir el camino hacia lo simbólico y a descompletar al Otro analista?

Ana Lía: Está bien la pregunta porque permite despejar lo que nosotros consideramos como cuerpo: es el cuerpo pulsional; no es el cuerpo de la medicina ni de la belleza, ni de la ciencia. Es un cuerpo hecho de agujeros y bordes, por eso, lo que en el tratamiento le posibilita a ella descompletar al Otro es jugar con los bordes de la analista.

Entonces el que ella intente tirar el dedo como tira el boli implica ir troceando, separando, bordeando, construyendo un borde, que lo hace a través del cuerpo de la analista que se presta a ello.

Hay ahí una relación con el Otro que le va a permitir hacer esos recortes, descubrir los agujeros pulsionales. La boca es importantísima en este caso, porque está en relación con el alimento, que es justamente lo que ella rechaza porque ese agujero no está constituido como deseante.

Es un agujero que es como el de los patos franceses, a los que les ponen un embudo y los llenan de comida para inflarlos.

Intervención: Cuando ella ve que la analista come un trozo de bizcocho sin mirarla, ella vomita.

Ana Lía: Ella vomita porque hay una relación de transitivismo con la analista, entonces cuando la analista muerde ese trozo ella vomita, rechaza que la llenen, como rechaza el alimento que le da la enfermera y que es de pura necesidad. Intenta ir constituyendo sus zonas de deseo y de pulsión y perder el objeto comida como tal, objeto de la necesidad.

En un primer tiempo viene la enfermera, le pone la cuchara y le da de comer, y ella cierra la boca, pero después se deja llenar pasivamente, como objeto inerte para el Otro, no tiene los recursos para hacer otra cosa.

Pero cuando ya está en el tramiento analítico y se produce este transitivismo con la analista, ella se vacía con el vómito al ver el llenado de la boca de la analista, boca que ella había estado explorando con su dedo. Este es un segundo momento en el cual ella pone de manifiesto, en el acto de vomitar, el expulsar y vaciar.

Intervención: Es interesante cómo la analista rescata esto, ver el estatus diferente que se le da al vómito, qué función está cumpliendo esto ante el invadir del Otro, que intenta tapar el agujero.

Rosa: Se ve también el respeto que tiene la analista hacia la niña, se deja conducir por Nadia, no le impone nada; cada pequeño gesto del cuerpo de Nadia es tratado con gran sutileza, lo rescata y trabaja con eso. Se deja guiar y enseñar.

Ana Lía: El sujeto supuesto saber es el niño.

Rosa: Estaba pensando que Michel Silvestre decía que en un análisis el niño construye su historia, y hay que ir viendo cómo va construyendo su neurosis.

Intervención: Al principio, Rosine dice que entiende perfectamente a la niña porque ella pasó por lo mismo por un problema que tuvo en el cuerpo.

Ana Lía: Creo que era anoréxica, no lo dice pero lo da a entender, porque ella tenía problemas con la demanda y con el cuerpo. Entonces se deja guiar también por un saber inconsciente que tiene sobre eso. No sabe teoría, pero tiene un saber porque ha hecho una experiencia, por algo se ocupa de niños abandonados.

Rosa: Se puede trabajar con niños sin tener el discurso familiar, sin tener los datos.

Intervención: Pero se tienen los datos de la institución: las enfermeras solamente la alimentaban pero no la miraban.

Ana Lía: En este caso, la familia es la institución.

NOTAS

  • (1) “El complejo de la intrusión” Otros escritos, Lacan. Ed. Paidós, 2012, Pág. 47
  • (2) Id. Pág. 54
  • (3) “El pequeño otro. La envidia.” Nacimiento del Otro, Ed. Paidós, Pág. 19
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