Por Sergio Larriera, Miembro de la ELP y de la AMP

Texto presentado el pasado Martes 21 de mayo a las 20:30 h en las Noches de la Escuela, en el Espacio preparatorio hacia PIPOL 9 El inconsciente y el cerebro: nada en común

Terraza del Café Artium. Tarde fresca, nublada. Ha llovido mucho.

En una mesa, un hombre (evidente “alienado”) fuma sin cesar, uno tras otro. Mueve nerviosamente sus piernas ante un ice-cream. Mira al vacío, abstraído por otras presencias, mucho más reales, que sólo se agitan y hablan en su mente. A su lado, silenciosa y resignada, una señora (con seguridad su madre) bebe sin sed algo, una pequeña parte, de un refresco. Típica pareja de la que he visto decenas y decenas a lo largo del tiempo.

Él, de unos 45 años, ella de 70 o más. Se levantan, siempre en silencio, él camina cinco pasos por delante, ella lo sigue en posición diagonal de cuadrado, como distraída, ocultando vergüenza y mostrando martirio.

Ahí se van, en absoluta incomunicación pero soldados uno al otro por las necesidades y la atención que demandan los dos cuerpos dolorosos que sostienen dos lógicas incompatibles. ¡Tan unidos y tan dislocados!

¿Fue la madre cocodrilo la causa del mal? ¿Retuvo y hundió  en su ciénaga al pequeño que sólo pudo agrandarse, siguiendo las leyes de la biología, pero retirando de aquel corpachón en crecimiento toda creencia en que ese cuerpo pudiera ser suyo?

¿Ha sido la madre la operaria que, en inagotables jornadas de sufrimiento, fabricó a aquel tarado? ¿Fue la tarada madre, en su propensión al espanto, quien jamás pudo captar las señales extraordinarias que, en un fatigoso esfuerzo, codificaba el niño para regalarlas a su progenitora?

Madre e hijo, rabino y golem.

[Un intenso temporal, verdadero diluvio, interrumpe la escritura de mis notas y me obliga a pasar al interior del café.]

¿Es la madre-rabino la causa del niño-golem? ¿o ambos miembros de cada pareja, madre-hijo, rabino-golem, son efectos asimétricos de una gran causa, perdida para siempre, que jamás será aclarada, revelación que sería lógicamente imposible?

Oscura causa, para siempre ignota causa, que empuja a los actores, según sus apetitos o inoperancias, según misteriosas tendencias o inhibiciones, a cumplir los roles de madre devoradora – rabino omnipotente versus niño de las taras – grotesco golem.

¿No pudo ser la desviación iluminada del niño la que despertó en la madre un canibalismo ancestral, condenando a ambos a una prisión creciente construida por leyes farmacológicas que rigen a médicos obligados a resolver y juristas perplejos urgidos a emitir juicios apodícticos?

Nadie puede reconocer en ese dúo la genial interpretación a la que están condenados. ¿Quién puede poner entre las fauces de mamá otra carne que no sea la de su pequeño? ¿Cómo llevar al alucinado a poner su delirio al servicio de otros fines que no sean los de padecer los embates de esa madre?

La única causa es el goce sin ley que empuja a madre e hijo a destruir sus vidas. Ambas marionetas del goce del Otro cuerpo, del que nunca se apropiarán por imposible, danzan siguiendo los macabros acordes de su marcha nupcial.

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