Intervención de Margarita Sánchez Mármol en el VIII Taller de Investigación Lengüajes a cargo de Sergio Larriera que se desarrolló en la Sede el pasado mes de Julio de 2019.

MALEVICH Y JOYCE: LOS DUELISTAS DE LA MODERNIDAD

“No hay pasado ni futuro, todo fluye en un continuo presente” James Joyce

Al igual que Kazimir Malévich abre las puertas de la abstracción gracias a un nuevo lenguaje artístico, James Joyce reclama el comienzo de la novela experimental con Ulysses. Este texto desarrollará los puntos de encuentro de dichos pensadores que inician la modernidad. Ambos tropiezan con quiebras y recovecos en los antiguos sistemas del arte y de la literatura de los que intentan salir a través de nuevas formas de representación.  

Empecemos por Malévich. Nació el 11 de febrero de 1878 en Kiev, Ucrania. Procede de una familia de inmigrantes de la Polonia católica. El padre trabajaba en una refinería de azúcar realizando el turno de noche durante doce horas, más tarde asciende a administrador. Su hogar era sencillo, sin obras ni libros de arte. Sólo colgaban algunos iconos rusos, aunque sus padres vivían apartados de la Iglesia.

A los quince años Malévich consigue su primera caja de pinturas. Un día, en Kiev, entra con su madre en una tienda donde había muchos cuadros que le emocionaron. Por primera vez identifica realidades pintadas: “Recuerdo muy bien, y nunca olvidaré, que más que nada me fascinan los colores y las tonalidades, además de las tormentas, las borrascas, los relámpagos y la calma total que seguía al temporal”.

A Malevich le gustaba el campo, de modo que comienza a recoger en sus pinturas los paisajes y campesinos que ve a su alrededor. Así, se inicia en una pintura realista representando la naturaleza de una manera objetiva. A los dieciséis años comenzó sus estudios en la Escuela de Dibujo y al año siguiente organiza una asociación de artistas y talleres corporativos, con la idea de asociarse con otros pintores para un proyecto de ruptura con el arte existente.

Se traslada a Moscú en 1904 para estudiar en la Escuela de Arte, donde conoce por primera vez la obra de Cézanne, Matisse y Picasso. Recibe la influencia del impresionismo, fauvismo y cubismo.

Paisaje con casa amarilla, Malévich (1906).

En 1907 entra en contacto con los protagonistas de las vanguardias: Natalia Goncharova, Wassily Kandinsky, Mijaíl Lariónov y Vladímir Tatlin, en compañía de los cuales expone en la “XIV Muestra Asociación de Artistas de Moscú”. En 1909 se casa con Sofía Rafalóvich. Un año después participa en el grupo de artistas llamado “Sota de diamantes”, donde comienza sus estudios con el color.  

Pero la revelación moderna sobrevino más tarde y de un modo inesperado a través de la experiencia de observar el El almiar de heno de Monet. Desde este momento, Malévich se detiene en las sucesivas estaciones de los -ismos, combinando los motivos campesinos y el primitivismo popular.    

El almiar de heno, Claude Monet (1891).

Malévich estudió en profundidad la historia del arte y comenzó un proceso propio de experimentación en dialéctica con el contexto artístico existente en ese momento.  

Neoprimitivismo: El bañista, Malevich (1911).
Pinturas alógicas: El leñador, Malévich (1912).

En 1913, el escritor Alexéi Krucheniy, el compositor Mijaíl Matiushin y Kazimir Malévich declaran el “Primer Congreso de Futuristas de Todas las Rusias”.

En un manifiesto anuncian la representación de la ópera bufa Victoria sobre el sol. En esta ópera se presentaba la batalla de la gente del futuro contra los prejuicios burgueses, simbolizada por la aparición de un telón donde el sol tiene la forma de un cuadrado negro en lugar del habitual círculo rojo. El texto eran sonidos sencillos, palabras sin consonantes y neologismos.

Este boceto de un cuadrado como representación de un eclipse solar para la obra Victoria sobre el Sol derivó en el siguiente monocromo negro: Cuadrado negro sobre fondo blanco. Este óleo significó la ruptura con siglos de representación naturalista y marca el punto de partida del arte moderno.

Suprematismo: Cuadrado negro sobre fondo blanco, Malévich (1913).

Con Cuadrado negro sobre fondo blanco, Malévich creó una tendencia de arte abstracto que bautizó como “suprematismo”.

El inicio de esta nueva corriente cambió totalmente el lenguaje expresivo del arte y lo liberó del lastre de la objetividad: “Me refugié en la forma del cuadrado y expuse una pintura que no representaba más que un cuadrado negro sobre un fondo blanco, los críticos y el público se quejaron: “Se perdió todo lo que habíamos amado. Estamos en un desierto. ¡Lo que tenemos ante nosotros no es más que un cuadrado negro sobre un fondo blanco!”.

Lo que Malévich intentó representar no era un “cuadrado vacío”, sino la percepción de la in-objetividad.

¿Qué significa esto? Sabemos que desde la prehistoria el arte ha ido acumulando técnicas, estilos y procedimientos, donde predominaba la figuración, es decir, la representación del mundo tal cual se presentaba ante nuestros ojos.

Esto es, el suprematismo supone un punto conclusivo y se crea un nuevo realismo pictórico. Los objetos pierden consistencia y lo que importa es la experiencia directa con el cuadro. Esto es, la pintura se libera de las ideas y de los conceptos, para escuchar solamente la pura sensibilidad y no la falsedad del mundo de la voluntad. Por este motivo, incluso la copia más perfecta representa el objeto pero nunca llega a ser el objeto. Pensemos en el cuadro “Ceci nést pas une pipe” de René Magritte (1928/29).

Cada avance artístico se sustenta en un canon de prohibiciones. Esta emancipación en el arte se observa tanto en Cuadrado negro sobre fondo blanco como en el Ulysses y Finnegans Wake. De la misma forma, Malevich y Joyce rompen con los estilos tradicionales, con los valores de espacio y de tiempo e introducen un nuevo lenguaje experimental que marca un antes y un después en la historia de la cultura.

Ante todo, cabe preguntarse si nuestra manera de entender la literatura hoy en día se debe en parte a la escritura de Joyce, para quien el valor de las palabras es diferente en la tradición literaria que en el uso común. Para él, las palabras no son más que el receptáculo del pensamiento humano y el uso común las degrada. Sin embargo, las palabras tampoco se quedan detenidas en el tiempo, sino que siguen el continuo fluir de la vida psíquica y penetran en el corazón de las cosas.

Al escribir sobre la noche, realmente no podía, sentí que no podía utilizar las palabras conservando sus correspondencias habituales; así era imposible expresar cómo son las cosas de noche, en las diferentes etapas: consciencia, semiconsciencia, inconsciencia. Comprendí que tenía que superar esas correspondencias y relaciones comunes. Naturalmente, todo recobrará su nitidez cuando amanezca… Se las devolveré a la lengua inglesa, que no pretendo destruir para siempre.”

Margarita Sánchez-Mármol

m.sanchez_marmol@hotmail.com

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