Recogemos el texto que presentó Joaquín Caretti el pasado 17 de septiembre en el espacio Noches de la Escuela, preparatorio de las XVIII Jornadas de la ELP que se celebrarán en Valencia los días 23 y 24 de Noviembre de 2019.

Noches de la Escuela. Hacia XVIII JORNADAS de la ELP: La discordia entre los sexos; a la luz del Psicoanálisis

Coordinadoras Ana Ruth Najles y Graciela Sobral.Comisión responsable Marjorie Gutiérrez, Rosa Liguori, Ana Ruth Najles, Graciela Sobral y Alejandro Tolosa.

– Martes 17 de septiembre – 20:30hs. Hombres, mujeres y posición sexuada. Intervienen: Joaquín Caretti y Silvia Nieto.

– Martes 15 de octubre – 20:30hs. Amor, deseo, goce. Intervienen: Julia Gutiérrez y Blanca Medina.

– Martes 19 de noviembre – 20:30hs. Goce fálico, goce Otro. Intervienen: José Alberto Raymondi y Josefa Rodriguez.

DE LA VIRILIDAD AL NO-TODO HOMBRE* por Joaquín Caretti Ríos

El rechazo de lo femenino

En 1937 Freud escribe el conocido texto titulado “Análisis terminable e interminable”, donde señala que en los análisis se ha encontrado con lo que él llama “la roca de base”: un basamento rocoso que dificulta ir más allá en un análisis y que es el deseo de pene en la mujer y la protesta masculina en el hombre. Afirma que es difícil saber si esto ha sido dominado. Lo llamativo es que estas dos manifestaciones, envidia y protesta, tiene un origen común para los dos sexos: la desautorización de la feminidad. En ambos sexos hay una aspiración a la masculinidad y un rechazo de lo femenino. La respuesta que cada uno dará a esta aspiración será diferente y tendrá que ver con los avatares del Edipo, con la presencia o no del órgano fálico, con las identificaciones, con el fantasma y con la sexuación que cada uno adopte. Es decir, dependerá de la posición sexuada y de los semblantes que se pongan en juego.

Sabemos que Lacan le dio toda la prioridad a definir la posición sexuada de los parlêtres, específicamente con relación al goce, como un parteaguas entre los dos sexos: un goce todo fálico para el hombre y un goce no-todo fálico para la mujer. Esto implica que las mujeres están bajo el orden del falo, pero que hay en ellas un goce que escapa a la lógica del falo y el sentido y las hace gozar de una manera muy diferente a la del hombre. Siguiendo la investigación de Lacan sobre el goce femenino en su ultimísima enseñanza, J-A Miller lo propone como la modalidad de goce para ambos sexos. Es el régimen del goce como tal.  Goce del cual ambos sexos no quieren saber nada porque confina con lo femenino insoportable. Por ello Lacan les pide a las analistas que, aunque no lo puedan explicar claramente, nos digan lo que experimentan como un modo de saber algo más sobre él.

La virilidad

En la posición masculina toda fálica, ante la amenaza de castración, este se aferra denodadamente al falo, es su aspiración y su tabla de salvación. Su posición sexuada lo anuda al falo y a una modalidad de goce enmarcada en la lógica del padre: entre ser el falo o tener el falo. La salida más benéfica del Edipo para el hombre pasa por tenerlo con el riesgo consecuente de poder perderlo. Por ello Lacan destaca que el hombre se maneja con una lógica de propietario que lo lleva a ser un cobarde en potencia pues tiene algo que debe cuidar. De ahí que el coraje se sitúe más bien del lado femenino ya que la mujer es la que no tiene nada que perder en tanto mujer. Otra cuestión sería en tanto que madre, pues ahí sí se puede presentar la pérdida de los hijos.

La salida por la vía de ser el falo es en cambio más complicada porque no favorece el encuentro sexual con una mujer, dado que dicho encuentro requiere tener el falo y arriesgarlo en una relación. Ser el falo permite vivir en la ensoñación de un goce que se alimenta, por ejemplo, de la mirada del otro, en la lógica de un fantasma escópico que no necesita del cuerpo del otro. Es el verdadero goce del idiota del cual habla Lacan.

Sea por la vía del tener o del ser -que no son más que semblantes: ser el semblante o poseer el semblante[1]– el hombre queda enredado en este goce fálico y construye un fantasma fálico, dentro de cuyos límites queda retenido. Este fantasma le permitirá hacer con su sexualidad y, al mismo tiempo, velar el núcleo de no relación sexual que lo habita y el encuentro con lo real de lo femenino. Por ejemplo: un paciente relata su goce fantasmático. Va en un ascensor con una vecina que es una mujer bajita y no muy agraciada. Él es mucho más alto y fuerte y piensa que ella lo está viendo/mirando como un hombre varonil y muy grande. Se da cuenta que esa escena le da mucho goce, ciertamente amable. Sin embargo, no tiene ningún interés en entablar una relación. Ella es un mero intermediario para que la mirada opere confirmándole su ser el falo, una mirada que admira el falo que él es, su virilidad. Puro goce autístico, donde el otro y su alteridad son una sombra sobre la cual ha caído un velo. En esta escena la castración está elidida por la vía de este fantasma que la oculta. Podemos pensar que, ante la pregunta sobre el deseo de ella -el deseo del Otro- lo que viene como respuesta es este fantasma.

Por esto, J-A Miller dirá sobre la virilidad que es del orden del fantasma[2] y que reposa sobre el completamiento por el pequeño a de la castración fundamental -menos phi- de todo parlêtre. El objeto mirada en este caso tapa el agujero de la castración y se obtiene phi, el falo. Podemos apreciar cómo el fantasma, en tanto es una defensa fálica ante lo real de la alteridad de la mujer, hace gozar de una manera que no pasa por el cuerpo del otro. Este es el modo como en el hombre se culmina la aspiración a la virilidad que señalaba Freud: mediante un fantasma fálico que rechaza lo femenino. A su vez, la identificación al falo va a determinar un modo de enunciación particular y una apuesta por el sentido ya que es del falo que esto depende.

Sin embargo, este andamiaje neurótico que evita el encuentro con lo real de la mujer y con lo más singular de uno mismo, en algún momento deja de funcionar y comienza a hacer síntoma, un síntoma que insistirá molestando al sujeto. Para poder abordar lo real que está concernido en este malestar es preciso que el fantasma y su goce fálico caigan y despejen el campo, lo que Lacan llamó el atravesamiento del fantasma. Sin embargo, este atravesamiento no da por resuelto el malestar de un goce sintomático que él durante gran parte de su enseñanza lo anudó a la lógica de la prohibición/transgresión/recuperación de goce (perder antes para recuperar después)[3], es decir que lo anudó al Edipo y a la interdicción paterna, al no del padre y a la dialéctica del deseo. En la sexuación masculina todo el que se ubica ahí cae bajo la castración: hay prohibición y permiso diferido.

El descubrimiento de Lacan, como lo señalé al principio, es el de la existencia de un goce no fálico -señalado en el argumento de las Jornadas- que no se rige por el Edipo y la castración. Es un goce, como dice J-A Miller, que se burla de la negación, que está fuera de ella. Está en relación con la incidencia del significante en el cuerpo que produce un acontecimiento de cuerpo. Es un goce que se articula a un traumatismo, a una contingencia, y no a una prohibición. Es un goce que está fijado y que se repite y no responde a la ley del deseo como lo hace el goce fálico. Este goce es el goce femenino, ahora de ambos sexos. Podemos pensarlo como el goce de la pulsión que no se satisface por la vía de la prohibición, el goce sin transgresión de un cuerpo que se goza.

Es un goce, entonces, que, por un imposible de estructura, no se puede decir ya que se fija por fuera de la cadena significante S1-S2, solo se lo puede designar. Este goce, dicho femenino, no es susceptible de ser castrado, prohibido y, por lo tanto, hace objeción al Edipo. Por ello es necesario abordar lo sintomático de otro modo que por la vía del sentido

¿Qué virilidad luego del fin del análisis?

El desarrollo de un análisis hace caer la identificación fálica y permite atravesar la solución fantasmática para ir al encuentro con la singularidad de un goce al cual se pretende poner a favor del sujeto, el goce del que venimos hablando -el goce del síntoma. Me interesa interrogar qué sucede con la virilidad y sus semblantes luego de este recorrido. De algún modo, el trabajo analítico llevado a su conclusión va a sacar al sujeto de esta lógica con la cual se sostuvo en el mundo. Es decir, que el goce fálico cederá su lugar a otro goce que no tendrá el brillo del falo, sino que se remitirá al cuerpo en su singularidad y que le permitirá abordar el real de la no relación sexual y lo femenino de una manera renovada y absolutamente singular. Cada uno encontrará la manera de hacer con este real más allá del falo. Cada uno construirá su solución, sin duda, pero lo que será común será el abandono de la fe fálica -la aspiración a la masculinidad- y el nacimiento de un saber hacer con lo femenino. Dice Lacan en el seminario RSI que se trata de hacer de una mujer la causa de su deseo. No dice hacer de un objeto a alojado en el cuerpo de una mujer la causa, sino hacer de una mujer la causa. Es decir que el hombre deberá de algún modo abandonar la certeza que da el fantasma para ir al encuentro de la radical extranjería del otro. De esta manera, el hombre pasará de lo viril fantasmático al no todo regulado por el falo, no-todo hombre.

¿Esto modifica los semblantes? Sí, tal como sucede con aquellos hombres atados muy notoriamente a los semblantes de la cultura y de los cuales ya no necesitan valerse del mismo modo.

¿Esto hace nacer una nueva enunciación? Sin duda, pues su decir comienza a estar habitado por una apertura nueva a lo femenino y al fuera de sentido.  

¿Esto modifica su relación con el cuerpo? Así es, pues este deja de estar atrapado en los laberintos entre el ser y el tener que abocan al autoerotismo y se da paso a un encuentro con el cuerpo del Otro femenino sin la pasión por acallarlo. “La pérdida que incide sobre el régimen fálico no quiere decir un rechazo del uso del falo, sino que significa que su condición viril puede funcionar de otra manera”, tal como plantea Jesús Santiago en un artículo titulado Cuerpo de hombre.[4]

Finalmente es una virilidad no preocupada por sí misma, a la cual ya no se aspira ni es aspirada por los semblantes. Un no-todo hombre. Tomo aquí las palabras de Bernardino V. Horne quien en su testimonio habló de la posición femenina al final del análisis donde dice que es “el acceso a cierta delicadeza, a tener armas para la guerra al tiempo que se la rechaza y al gusto por la poesía”[5]. Habría habido según él una aceptación de la castración y del goce en posición de objeto. Dice: “El fantasma fundamental es, según la teoría, más difícil de atravesar en el hombre. Él se agarra más firmemente al Otro. Consentir el goce no-todo, asumir la castración, sería un acto de aceptación de su ser sujeto femenino”

Podemos así entender por qué un analista no puede ser analista si no ha dejado caer de algún modo el goce fálico, si no está advertido del mismo: no podrá escuchar el otro goce, el acontecimiento de cuerpo, ni en él ni en sus analizantes ya que su oreja estará demasiado orientada por el sentido, es decir, por el falo.

*Intervención realizada en la Sede de Madrid el 17-IX-2019 en la Conversación preparatoria de las XVIII Jornadas de la ELP, “La Discordia entre los Sexos”.


[1] Miller Jacques-Alain. De la naturaleza de los semblantes. Paidós. Buenos Aires, p.148

[2] Miller Jacques-Alain. El ser y el uno. No publicado. Clase del 9 de febrero de 2011: “La virilidad es entonces, por excelencia, del orden del fantasma, lo que quiere decir que reposa sobre un completamiento por el pequeño a de la castración fundamental -marcado como menos phi- de todo ser hablante. Y eso es lo que se llama virilidad. Para que sea todavía más simple se puede decir que pequeño a viene a taponar el menos phi y se obtiene Phi: es lo mismo que la institución del sujeto”

[3] Ibídem. Clase del 16 de febrero de 2011.

[4] Santiago Jesús. Cuerpo de hombre. VI Enapol. http://www.enapol.com/es/template.php?file=Las-Conversaciones-del-ENAPOL/Cuerpo-de-Hombre/Jesus-Santiago.html

[5] Tarrab Mauricio. No-todo Varón. Virtualia 30

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