cartel de la película “Pobres Criatruras”

“I made you in the image of myself,

I gave you everything you wanted,

so you would never know

anything else”.

Keane

Pobres criaturas, no aquellas que desde la imagen especular tengan más que ver con el concepto histórico de monstruo -combinación de animales en un cuerpo que, si es femenino, mucho mejor porque representa al otro desconocido y por ende temido-, sino aquellas cuyo deseo no logre escapar al corsé del patrimonio, es decir, de la herencia paterna.

            Esto palpita en el centro simbólico de la última película de Giórgos Lánthimos. En ella, Bella Baxter aparece como el Frankenstein más mimado y bello de los que corretean por ese jardín del horror en el que pululan gallinas-perros, cabras-gatos y otras formas de la Quimera o del Minotauro. A la manera de un Cándido volteriano que, a diferencia de este, tiene redención porque se trata de una psiquis infantil encerrada en un cuerpo maduro de firmes y apolíneas curvas. De ahí que se espabile a una velocidad mucho mayor que la adquisición de sus contadas treinta palabras diarias, en un lenguaje que es rudimentario, no sólo por la falta de elementos, sino, sobre todo, porque no establecen vínculo erótico con el mundo exterior que late por fuera de las paredes-padres.

Una de las primeras cosas que hace Bella, en un banquete hogareño que para ella es puro desconcierto infantil -ya que no entiende cómo son ni cómo se usan los elementos en juego-, es romper los platos de la mesa en un homenaje a la tradición griega de la unión matrimonial, erotismo que todavía es con el padre y puertas adentro de esa casa que oscila entre el hogar que hace las veces de purgatorio, y la prisión endogámica en blanco y negro, con puertas y ventanas cerradas al mundo exterior, cuyo grotesco se acentúa por la lente de ojo de pez que distorsiona estancias, escaleras, planos y figuras.

Sin embargo, en la génesis de este Frankenstein femenino pervive el texto de su rebelión: cuerpo de mujer revivido con el cerebro de su hija no nacida, ambas muertas en el cenotafio llamado río Támesis. En la fábula todo es posible, y lo que esta fábula dice es: ella es hija de sí misma. Sólo le falta nacer de verdad, ya que como se sabe no alcanza con nacer para estar vivo, y el Fénix, entonces, late como profecía aún no cumplida.

En la película, esa chispa brotará con el descubrimiento del deseo sexual. El deseo es el deseo de aventuras, las aventuras son las sexuales, y todo eso conduce a una sola salida posible: la exogamia, contra la cual no hay puertas bajo llave ni ventanas con candado (ni prohibición paterna) que aguanten.

Un dandi acaudalado y bastante mayor que ella, cuyo oportunismo olfateará el brío ya desbocado, tomará partido de esa fuga conjunta. Ahí comienza su periplo por el mundo, que es el mundo de los hombres y mujeres. El despertar de su sexualidad, el nacimiento a la exogamia pone fin a la aridez del blanco y negro y hace nacer, en paralelo, los colores, homenajeados por un vestuario delicioso y realzado por un paleta estridente y vivaz.

Segundo momento de la Bella adolescente de torpe sensualidad. Segundo momento de la película donde el blanco y el negro se desfloran para dar lugar a la fiesta del color que encuentra su paroxismo en la elegancia de los vestuarios y en la composición de los fantásticos escenarios. De ahí, dos puntualizaciones. La primera: enfundada en minifaldas que dejan al descubierto la voluptuosidad de largas piernas, lo grandioso de la actriz Emma Stone es entregarse como una marioneta que se mueve con la torpeza de un crush dummie o, mejor, de una adolescente que no ha aprendido aún a investirse de erotismo adulto. El nuevo grotesco es aún más difícil que el primero porque coloca todo el fuego de la carne en la parrilla del ridículo. La segunda: la errancia por esas ciudades que tienen un fuerte homenaje a Terry Ghilliam, mezcla de fantástico, fabuloso, onírico y estrambótico.

            La primera parada de su redención exogámica es Lisboa, una Lisboa muy similar a aquella de cafés con entradas por una calle y salidas por la calle paralela que posibilitó que Leonora Carrington —otra mujer fabulosa y reacia a aceptar las normas impuestas— escribiera su vía de escape hacia el México surrealista en lugar de fenecer en los neuropsiquiátricos que sus padres ingleses le tenían reservado. Una Lisboa desordenada, puerto caótico con mujeres que gritan toda su iracundia o cantan todo su amor y melancolía en fados hermosos: antítesis del Londres con reminiscencias victorianas que marca el punto de partida del kilómetro cero. Despertar sexual femenino en escenario vivificante. Como ella está tan deslumbrada por conocer las cosas del mundo; como su deseo es puro salto metonímico a través de los objetos que va descubriendo, eso genera angustia en el hombre, ya que no cae rendida a sus pies, sigue deseando por fuera. Él está rendido a la bajeza de querer poseerla a toda costa porque ella no lo desea como único objeto consagratorio. Y entonces, el presumible miedo —machista, no masculino— de quien, creyendo en la fijeza de su nueva figurita, primero dice «No te enamores de mí, sólo puedo darte sexo y soy un alma libre», rápidamente vira hacia el terror de saberse una mera estación recreativa en la inevitable metonimia del deseo en flor, libre de verdad y no de discurso diseñado. Intenta apresarla, enjaularla en un crucero de lujo vulgar, ya que si no tiene a mano el elemento fálico detrás del cual esconderse (los billetes, en este caso), queda reducido a la impotencia del niño caprichoso que llora si no tiene en sus manos el juguete preferido en el instante en que lo exige, que siempre es ¡ya!

            El dandi cae y ella se fortalece en un mismo movimiento que ya es París, el prostíbulo y un grado más de conocimiento del mundo —y por ende de madurez—, ya que no hay exogamia verdadera sin que al deseo se le anude la variable del dinero cuando se gana por una misma. Este es el momento del máster acelerado, del aprendizaje, ya no del goce en términos individuales, sino del infinito abanico de la sexualidad humana. Pues, qué mejor elemento para fotografiar aquello único, aquello que, más allá de ciertos límites que otorgan las normas sociales que ya ha ido aprendiendo, no tiene objeto regulador en el para todos, puesto que cada quien goza a su manera particular.

Incluso en ese zoológico humano, ella plantea un grado más de libertad: «¿Por qué no somos las meretrices, las mujeres las que, en lugar de ser elegidas por el hombre sobre la base de una cuestión que responda al puro mercantilismo de la carne, elijamos al hombre, para que él sepa y sienta que se acostará con la que verdaderamente lo deseó?». Demasiado para el mundo, tanto el ficcional como aquel llamado real.

La trama de la película, en este punto, adquiere forma circular. Clásico camino del héroe —heroína en este caso— que regresa al punto de partida que, empero, ya no es tal porque vuelve cambiado por la madurez. Empieza en Londres, en una casa paredes adentro. Termina en Londres, en una etapa cuya primera imagen es novedosa: muros exteriores de esa casa en tonos rosados, bajo un cielo celeste, contraste tributario de El Bosco en su gama más festiva y menos monstruosa.

Un Londres victoriano, reprimido y represor, reina Victoria y militares que son bravíos, con la condición de tener a mano un arma de fuego siempre presta al disparo, o unas pinzas que busquen extirpar el clítoris y con ello el tan temido goce femenino. Ahí, ella es la Alicia de carne y sexo, es la rebelión de la flor contra todas esas formas, es pasar a través de múltiples espejos, perforarlos, sin hesitar en sus pasos puesto que no tiene temor a cortarse con las aristas más filosas.

Ella ha ido construyendo su personalidad adulta, que constituye el tercer y último momento lógico del film, a través de ese goce sexual que hace lazo con el mundo de los adultos: tú me hiciste (o me rehiciste), pero soy yo la responsable de aprender mi propia manera de gozar con mi cuerpo, de aprehender el mundo y decidir los frutos que tomaré y aquellos que desecharé: yo me construyo a mí misma con mis vivencias. Ahora sí soy hija de mis pasos dados.

Y el hombre que verdaderamente la ama es el que acepta que ella haya hecho con su deseo y con su cuerpo lo que haya querido: «Si puedes entregarlo libremente y gratis, por qué no has de cobrar si ello querías; es más, me parece que has cobrado poco».

En la síntesis lógica, que es la madurez del personaje, ella llegará a los estudios de anatomía desde un lugar muy distinto al de su padre-dios, que no logra trascender su condición de experimento paterno. Hijo del sadismo que muchos científicos practican con los objetos de estudio para hacerlos coincidir con el motor narcisista del que nacen todas las hipótesis que no se cuestionan porque todas son nacidas de la vanidad más feroz. La versión del padre científico es, más que nunca, una sádica perversión.

Ricas criaturas, las humanas que, con los elementos primordiales de la herencia, construyen una manera subjetiva de gozar y amar, o lo que es lo mismo: los que con la herencia del lenguaje construyen una voz personal.

Portada del libro

“El hombre del padre” de Florencia del Campo ⃰

Libro de poesía presentado en Madrid el sábado 18 de mayo del presente año en La Imprenta un lugar para estrategias y artefactos culturales. Una conversación entre la autora y la poeta Laura Ramos con comentarios, lecturas y preguntas. Un delicioso cóctel de poesía.

“Ay padre

No es

Hay padre.”2

Podríamos decir que este libro es un solo poema largo, pero también que en cada verso hay un poema, o tal vez, una pieza musical por donde circulan melodías llenas de palabras; ritmos como cadencias internas con sus equívocos, cortes, agujeros, tropiezos; silencios, en aquellos espacios vacíos para la pregunta, la reflexión, una página en blanco. Un grito donde la palabra es carne, se ata, se mata y ahí aparece la poesía donde el lenguaje se rompe.

La autora dice que en su poesía se cuentan cosas, hay historias. Ella se siente más autora de narrativa y al decir esto duda y añade: “No sé” Sin embargo, en lo que escribe sucede la poesía. Así en su libro Madre mía es presa del impulso poético que irrumpe cuando dice: “Quisiera utilizar un material distinto a las palabras. Escribir con tu pelo, por ejemplo. Con tus pómulos. Escribir sobre nada. Corregir una trenza en lugar de ortografía o repeticiones (…) Escribir, sobre todo. Ante todo, escribir. Pero que ni hubiera palabra:”3

Tomé el libro y lo leí de un tirón y lo sentí como un grito nacido desde el vientre. Vientre carne, vientre fecundo, vientre vacío. Escrito desde el dolor. Un grito que se extiende rodando por palabras, deslizándose entre preguntas, un no saber que conoce que hay carne. La que duele, la que queda marcada para siempre. El desgarro. Y luego en una segunda lectura, cada verso te detiene porque cae en el agujero más profundo. Cada verso un poema.

“El hombre del padre” clama al padre ausente, al padre mudo, al padre carne. El padre que abandona, que te deja con la presencia de la ausencia, sin otra ley. Pero también la madre. Madre o mujer. La madre y su deseo, la que pide, la madre-boca. Y la autora dice que ha sido madre de su hermana, madre de su madre, madre de su padre, con sus cuidados, con sus desplantes, con su tiempo. Una fuerza que te une con el amor y te separa con la palabra. Madre sin hijos.

“Si no ser madre es esto

¿qué hago con todas las hijas que extraño” 4

Día del evento: Florencia del Campo y Laura Ramos

Un libro juego donde surge la palabra con humor, con disfraces, acertijos. Humor, amor, rumor. Eso que se escucha por detrás donde la voz calla. Florencia del Campo dice que con este libro le quiso dar la vuelta a eso que tanto ha escuchado en el psicoanálisis: “El nombre del padre” y se produjo la confusión porque los lectores pedían este libro de poemas con el título: El nombre del padre. ¡Qué difícil es romper una costumbre! Un libro que surge como un intento de rectificación, de ruptura. Porque cuando se escribe no se sabe lo que se escribe, porque cuando se habla no se sabe lo que se dice. Un libro repleto de preguntas sobre la identidad, sobre el dolor, sobre el amor:

¿Hay un hombre en el padre?

¿Hay un hombre sin padre?

¿Hay oídos para la voz del mudo?

¿Qué es primero la ausencia o la presencia?

¿Soy mi madre, soy mi padre?

Y la eterna pregunta ¿Quién soy? La madre/la hija, El padre/ el hombre.

La manzana o el pecado. Tal vez hay que matar para amar

El hombre es una presencia desde la ausencia y, tal vez, no haya otra ley. A veces las respuestas surgen antes de que las preguntas se formulen y por eso, quizás también sea un libro lleno de respuestas y ahora hace falta que hagamos las preguntas.

Pasión en cada palabra y por supuesto el deseo, el erotismo. La mujer que se entrega a la pasión sin medida. Donde el amor y la máscara se intercambian:

“No se puede hacer el amor sin la máscara.

No se puede hacer la máscara sin amor.” 5

Y como se cierra este libro-grito, este libro-plegaría, queja, permiso, asentimiento, pregunta, testimonio. Libro religioso-irreverente. Un libro escrito con la libertad que te otorga el litoral, ese borde, la palabra y el acto.

“Ahora tengo que pararme frente a todos

y gritar que soy escritora

como pidiendo redención

o permiso para hablar de identidades.

Luego me quedaré pensando:

¿por qué separar tanto- mujer, madre, hija, escritora-

lo que debería estar juntado?

ser una después de las partes:

el nombre de la mujer.”6

“Y déjenme decirlo todo acurrucada a un lado

Al borde del silencio

Ser más litoral que literal.

Cambien lo textual por lo textil;

desnúdense y callen.

Pasen al acto

Tras esta oración.”7

¡Amen!

Y yo que venía leyendo captada por el fluir de las palabras leí ¡Amén! En lugar de ¡Amen!, pero qué más da.

Bibliografía:

1. Del Campo, Florencia, Mis hijas Ajenas, ed. Sloper, Palma de Mallorca, 2020, pág. 21.

2. Del Campo Florencia, El hombre del padre, ed. Isla Elefante, Palma, 2024, pág. 16.

3. Del Campo, Florencia, madre mía, ed. Caballo de Troya, Barcelona, 2017, pág.11.

4. Del Campo Florencia, El hombre del padre, op. cit., pág. 93

5. Ibid. pág. 79.

6. Ibid. pág. 112

7. Ibid. pág. 113

⃰⃰ Florencia del Campo es escritora y editora argentina formada en la carrera de Letras por la Universidad de Buenos Aires. Publicó las novelas La huésped (editorial Base 2026), Madre mía (Caballo de Troya 2017) y La versión extranjera (Pre-Textos,2019) Ganadora del premio Internacional de Novela Ciudad de Barbastro. Es autora de los poemarios Mis hijas ajenas (Premio La bolsa de pipas, ed., Sloper, 2020) y Las casas se caen en verano (Graviola 2022). También ha hecho incursión en la literatura infanto-juvenil.

René Magritte “El falso espejo”, 1928. Óleo sobre lienzo, 54x80x9 cm

En este año 2024, desde el último día de diciembre del 2023 al 27 de Mayo del presente, en el Centro Pompidou de Metz, Francia, se exhibía la primera exposición a gran escala dedicada a Jacques Lacan, mezclando obras de arte y su relación con algunas nociones fundamentales de lo que hoy nombramos como psicoanálisis lacaniano. Las obras elegidas para la exposición no son cualesquiera, sino aquellas por las que el mismo Lacan se interesó, bien por los propios artistas con los que él se codeaba, o a los que admiraba o por ser obras que hacían eco a sus teorías.

Los curadores son dos historiadores de arte:  Marie-Laure Bernadac y Bernard Marcadé, y dos psicoanalistas que les asisten: Gérard Wajcman, escritor, psicoanalista y profesor en el Departamento de Psicoanálisis de la Universidad París VIII y Paz Corona, artista y psicoanalista, miembro de la Ecole de la Cause Freudienne y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

Dividieron la exposición en 13 salas con títulos que hacían clara referencia a los conceptos clave aportados por Lacan al psicoanálisis, y al mundo contemporáneo, o a obras que resonaron especialemente en él, estos eran:

El estadío del Espejo

La Lalengua

El Nombre-del-Padre

Objeto a

La mirada

El Origen del Mundo

Las Meninas

La Mujer

Semblantes

Anatomía no es Destino

La relación sexual no existe

Goce

Topología

Os escribo a continuación todos seguidos los nombres de los artistas que participan, por si alguien tiene esa curiosidad, muchos de ellos seguro que saltan a vuestra vista:

Saâdane Afif, Jean-Michel Alberola, Francis Alÿs, Ghada Amer, Carl Andre, Art & Language, Hans Bellmer, Marianne Berenhaut, Julien Bismuth, Pierre Bismuth, Olivier Blanckart, Louise Bourgeois, Constantin Brancusi, Brassaï, Marcel Broodthaers, Claude Cahun, Sophie Calle, Mircea Cantor, Caravage, Jean-Baptiste Carhaix, Maurizio Cattelan, Jean-François Chabaud, Nina Childress, Gustave Courbet, Salvador Dalí, Gaëtan Gatian de Clérambault, Deborah De Robertis, Brice Dellsperger, Hélène Delprat, Wim Delvoye, Edi Dubien, Marcel Duchamp, Jean Dupuy, Éric Duyckaerts, Latifa Echakhch, Tracey Emin, Sammy Engramer, Leandro Erlich, Cerith Wyn Evans, Lucio Fontana, Dora García, Alberto Giacometti, Robert Gober, Pascal Goblot, Jean- Luc Godard, Nan Goldin, Felix Gonzáles-Torres, Douglas Gordon, Raymond Hains, Camille Henrot, Gary Hill, Pierre Huyghe, Benoît Jacquot, Michel Journiac, Anish Kapoor, Mike Kelley, Anselm Kiefer, Sharon Kivland, Joseph Kosuth, Arnaud Labelle-Rojoux, Suzanne Lafont, Suzy Lake, Laura Lamiel, Bertrand Lavier, Claude- Nicolas Ledoux, Olivier Leroi, Jean-Jacques Lequeu, Pascal Lièvre, Jacques Lizène, Lea Lublin, Ghérasim Luca, Sarah Lucas, Urs Lüthi, René Magritte, Benoît Maire, Victor Man, Man Ray, Piero Manzoni, Maria Martins, André Masson, Nelly Maurel, Paul McCarthy, Clémentine Melois, Ana Mendieta, Mathieu Mercier, Annette Messager, Miss.Tic, Pierre Molinier, François Morellet, Jean-Luc Moulène, Bruce Nauman, ORLAN, Jean- Michel Othoniel, Juan Perez Agirregoikoa, Francis Picabia, Pablo Picasso, Domenico Piola, Michelangelo Pistoletto, Michel Powell, Jean-Charles de Quillacq, Carol Rama, Pablo Reinoso, Madeleine Roger-Lacan, François Rouan, Éléonore Saintaignan, Niki de Saint-Phalle, Carolee Schneemann, Martin Scorsese, Alain Séchas, Cindy Sherman, Mira Shor, Walter Swennen, Alina Szapocznikow, Agnès Thurnauer, Betty Tompkins, Rosemarie Trockel, Clovis Trouille, Tatiana Trouvé, Gavin Turk, Ida Tursic & Wilfried Mille, Valie Export, Diego Vélasquez, Jean-Luc Verna, Dominique-Vivan Denon, Andy Warhol, Martha Wilson, Peter Whitehead, Gil Joseph Wolman, Wou-Ki Zao, Francisco de Zurbarán.

La exposición quiere mostrar el interés de Lacan por el arte, que al igual que en Freud, le llevó a tener una buena colección de arte. Algunas de estas obras están entre las salas, como el famoso “Origen del Mundo” de Coubert y otras tantas obras de Dalí y André Masson. Presentan también obras que el mismo Lacan nombró en sus seminarios, desde pinturas rupestres hasta Marcel Duchamp, Velazquez, Zurbarán… Pareciera que la exposición quiere mostrar también de alguna manera cómo se acercaba Lacan al arte, esto es, no como obras u objetos a interpretar sino, muy al revés, como si ellas mismas fueran una especie de fuerzas capaces de revelar e intrepretar el mundo.

Paseando por estas salas era realmente sencillo reconocer estos conceptos lacanianos y las obras elegidas que lo ilustraban. Comentando con otros colegas psicoanalistas me doy cuenta de que quizá yo fui excesívamente exigente con la muestra o mi expectativa era demasiado exagerada, como cuando te hablan de una película y te dicen que es espectacular, y casi inevitablemente termina decepcionandote. En este caso nadie me había hablado de la exposición antes de verla, sino que fue mi propia cabeza la que me hizo las veces de ese o esa que te dice que es increíble. Yo sola, ante el trenzado de Psicoanálisis-Arte-Lacan,  quise creerme que lo que me iba a encontrar iba a ser algo así como “revelador”, es que menuda mezclita de tres, ¡!no?!. y así fue como salí de la exposición diciendo, “¡¿Y ya está?!” “¡¿Eso es todo?!”. Mi sensación es la de que era como un “Lacan for dummies”  (Lacan para tontos), acordándome de una serie de libros que hacían en NY para acercar disciplinas complicadísimas a la altura de cualquiera.

Era como encontrarme con estos conceptos tan enrevesados y difíciles realmente, que llevan lo suyo hasta que una consigue acercarse un poco a la complejidad de lo que pueden significar, que quedaban como los títulos habiendo sido ilustrados, como en los cuentos de pocas y grandes palabras con sus dibujos, eso sí, en este caso por obras y artistas tremendos.

Esa fue verdaderamente mi experiencia, aunque la compilación de imágenes de esas obras ya merecían la pena llevárselas, que fue lo que me pasó a mi que no conozco casi el francés y el catálogo ¡solo lo han hecho en francés!

Sin embnargo, es verdad también, que quizá es de rescatar el alcance que esta exposición haya podido tener para aquellos que curiosos o amantes del arte, además tienen cierta atracción por “un tal Lacan, y/o el psicoanálisis”, y puede que para ellos el acercamiento y exposición a estos conceptos termine por despertar y provocar el adentrarse un poco más allá al psicoanálisis.

Ahora bien, como mínimo disfruté enormemente del Centro Pompidou en Metz, de una arquitectura exquisita, de unas obras espectaculares, y ¡¿como no?!, de una visita más a esa ciudad que desborda belleza y amor, ¡París!

Os dejo un link donde hay algunos audios, vídeos y obras de la exposición.

https://www.rfi.fr/es/programas/mundo-ciencia/20240503-exposici%C3%B3n-lacan-cuando-el-arte-se-funde-con-el-psicoan%C3%A1lisis-centre-pompidou-metz

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