Preestreno “La última sesión de Freud” de Matt Brown

Jueves, 23 de mayo de 2024 a las 19,30h

Cine Renoir Princesa

C/ Princesa, 3

COLOQUIO POSTERIOR

INTERVIENEN:

Rosa López, psicoanalista miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

Celeste Stecco, psicoanalista miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

MODERA:

Esperanza Molleda, directora de la sede de Madrid de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis

Día del preestreno

Esperanza Molleda

Miembro de la ELP y AMP

El pasado 23 de mayo tuvimos la oportunidad de organizar el preestreno de la película “La última sesión de Freud” en el Cine Renoir Princesa gracias a la iniciativa de Selecta Visión. Posteriormente compartimos coloquio con Rosa López y Celeste Stecco.

“La última sesión de Freud” es el tercer largometraje de Matt Brown como director. En la película se recrea un encuentro imaginado entre Sigmund Freud (83 años) y C.S. Lewis (40 años), en Londres el 3 de septiembre de 1939, día en que Inglaterra declara la guerra a Alemania y 20 días antes de la muerte de Freud.

¿De dónde surge el deseo de imaginar este encuentro? La película está basada en la obra de teatro del mismo título del dramaturgo estadounidense y también guionista de la película Mark St. Germain que fue estrenada en 2009, inspirada a su vez en el libro de 2002 “La cuestión de Dios: C. S. Lewis vs Sigmund Freud” de Armand Nicholi, psiquiatra, profesor en la Universidad de Harvard.

Tenemos pues en esta película el rastro del deseo de este profesor y psiquiatra que se interesó, por razones seguramente muy íntimas que nos son oscuras, en contraponer la visión del mundo y de la vida de estas dos figuras de la cultura europea.

Del trabajo de estos tres hombres, Armand Nicholi, Mark St Germain y Matt Brown se deriva una visión particular de Freud y de C. S. Lewis, visión que por mucho que sea particular tiene la capacidad de trascender y tocar a los espectadores de la película.

Por supuesto, para los psicoanalistas es de más interés la figura de Freud, pero es cierto que sin el consistente contrapunto de C.S. Lewis no se pondría de relieve la singularidad de Freud. Lo mismo ocurre del otro lado.

Es curioso que la película y la obra de teatro tengan por título “La última sesión de Freud”. Se podría pensar que es la última sesión que lleva a cabo a Freud como analista de C. S. Lewis, pero si bien, por momentos, funciona así, también se da el reverso Freud mostrándose como sujeto dividido, como “analizante”, siendo confrontado por C.S. Lewis, quien no dudará en decirle en un momento de la película: “¡Es usted una contradicción andante!”. Ambos personajes se nos presentan pues en la película desde la singularidad de su subjetividad, se esbozan sus marcas traumáticas, sus síntomas, sus padecimientos y también el peculiar anudamiento que ha construido cada uno de ellos ante el agujero de lo real.

La película nos obliga a los psicoanalistas a tener una mirada distinta de la que habitualmente tenemos hacia Freud. Acostumbrados a estudiar sus textos separándolos de la concreción de su existencia, la película te empuja a acercarte a la vida de Freud en su encarnación histórica y subjetiva: su forma de ser, sus reacciones, su dificultad para emigrar, su ateísmo convencido, su relación con su hija Anna, su resistencia ante su homosexualidad, su obsesión oral, su enfermedad y el dolor, su convicción de acabar con su vida cuando no pudiera más, etc… Cierto es que en la versión del director y el guionista.

Pero también podemos recrearnos en la película en muchos detalles que hacen referencia a sus obras. Hay allí el deseo de mostrar por parte del guionista y el director, la coherencia ética entre vida y obra en Freud. Creo que es un acierto que nos permite deleitarnos a los que somos conocedores de su obra.

Hablando de Dios, Freud nos remite al Padre y a las complejas relaciones con él, a la idea de la religión como neurosis. No pueden faltar las referencias al Edipo, por ejemplo, cuando se habla de la relación de C. S. Lewis con la madre de su compañero de armas. También están las alusiones a la satisfacción pulsional como algo sexual, tesis presentada por Freud en “Tres ensayos para una teoría sexual” o “Las pulsiones y sus destinos”. Aparece el cuestionamiento de la premisa cristiana de “amar al prójimo como a uno mismo”, en tanto que sería amarlo más bien mal y lo cual tiene como consecuencia más bien “El malestar en la cultura”. O también la referencia a “Más allá del principio del placer” a partir de los encuentros con los traumas de guerra, y quizás también con lo traumático de la pérdida de su hija Sofía con la epidemia de gripe española de 1920.

La película da especial importancia a la intensa relación, casi de dependencia, de Freud con su hija menor Anna, lo cual nos lleva a encontramos con la referencia a las fantasías masoquistas de “Pegan a un niño” y también a la tesis de Freud en “La joven homosexual” que pone al padre en el origen del lesbianismo. Con esta tesis categórica, la película despierta la pregunta acerca de cómo se sentiría cuestionado Freud por el lesbianismo de su hija, teniendo en cuenta que la hipótesis que sostuvo basculaba en torno a la interpretación de que la hija con su elección de un objeto femenino mostraba al padre cómo se ha de amar a una mujer.

Pero, al final, lo que más conmueve de la película es que nos acerca a dos sujetos enfrentados a su propio agujero traumático y su genial capacidad de inventar un mundo propio a partir de ello que los trasciende transciende, que ha permitido y sigue permitiendo crear lazo social de saber, de praxis y de interpretación. C.S. Lewis con la fantasía y la ficción de sus Crónicas de Narnia y con su fe cristiana y la capacidad de transmitir el sentido de su conversión a otros. Sigmund Freud abriendo e inventando un inédito método para tratar el sufrimiento humano y armándolo en un cuerpo teórico del que aún sacamos frutos no solo siguiéndolo, sino también llevándolo más allá como Lacan pudo hacer.

En fin, el milagro de la sublimación, no solo del lado de los protagonistas de la película, sino también del lado de sus artífices.

Día del preestreno

Sólo se alegró el Odio, esperando aumentar

su tarea, y su sórdida clientela

       que cree curarse asesinando

     y cubriendo de cenizas los jardines.

Una voz racional calla. Sobre su tumba

llora de amor el hogar del deseo:

Triste esta Eros, constructor de ciudades,

y desolada la anárquica Afrodita” W. H. Auden (En memoria de Sigmund Freud)

Freud murió en 1939 en Londres, ciudad en la que se exilió contra su voluntad por su condición de judío enfrentado a la amenaza nazi. En el transcurso de su vida conoció dos mundos completamente diferentes, el mundo de sus padres sostenido firmemente por la fe en la Razón, el sentimiento de seguridad y la ilusión de un futuro prometedor. Estaban convencidos que las conquistas de la ciencia y las virtudes del nuevo capitalismo llevarían a la humanidad a su grado más alto de tolerancia y conciliación, dando por supuesto que al progreso técnico le seguiría necesariamente un progreso moral igual de veloz. La creencia en un Otro consistente daba un sentido de continuidad a la existencia y hacia inconcebible cualquier recaída en la barbarie. Probablemente, está fue la última época en la que reinaba el orden del padre y los semblantes de autoridad, que prometían un humanismo consolidado.

La voz de Freud contrariaba la ingenua ilusión de su época, anunciando que el brillo de esta civilización era una capa tan fina que en cualquier momento podía ser agujereada por las fuerzas del infierno. La historia no tardó en darle la razón cuando la solidez de aquel mundo estallaba en pedazos con el inicio impensable de una primera guerra mundial. El siglo XX vino a demostrar que el poder constructor de Eros no consiguió frenar la fuerza bruta del odio pues la destrucción comandada por la pulsión de muerte, avanzó a través del mundo como una marcha sin obstáculos.

El dramaturgo Mark St. Germain trabajó con el director Matthew Brown para realizar en cine la obra de teatro. Un drama basado en una conversación imaginaria entre S. Freud y C S Lewis

La película comienza con una voz que a todos nos resulta familiar, y que se cuela a través de la radio por unas habitaciones decoradas con objetos que también nos resultan familiares. La voz es la de Hitler, la casa es la de Freud en Londres. Hitler dice: “quiero ser un profeta” y después expresa su amenaza “si la judería financiera inter­nacional dentro y fuera de Europa consiguiera sumir a los pueblos de la tierra una vez más en una gran guerra mundial el resultado no sería la bolchevización de la tierra y por lo tanto una victoria judía, sino la aniquilación de la raza judía en Europa”.

Alemania acaba de invadir Polonia y Gran Bretaña tendrá que entrar en una nueva guerra cuando aún están frescos los traumatismos que dejó la anterior.

Después vemos cómo Freud, moribundo, se despierta de su siesta en el sofá y dice en latín “medicus vivit”, con ese especial sentido del humor que le caracterizaba y que dejó plasmado en muchos de sus textos. Para Freud la mejor manera de soportar la vida es aceptar la verdad de la castración como la falta de un sentido último de la existencia. Precisamente lo contrario al funcionamiento de la religión, que constituye una formidable máquina de dar sentido hasta los hechos más opacos. Para Freud la clave está en enfrentarse al sin-sentido en todas sus manifestaciones sin perder el humor y eso se transmite bien en esta cinta, que en algunas ocasiones hace sonreír al público. Recordemos que en su texto “El humor” (1927) nos ofrece el ejemplo del reo que conducido el lunes a la horca exclama: “¡linda manera de empezar la semana!”. Él, también, está en sus últimos días, y reconoce que, como cualquiera, ante ese amo absoluto que es la muerte, tiene miedo, lo que no le lleva a refugiarse en la religión con su promesa de “la otra vida”. Freud se agarra a su deseo de mantenerse vivo en medio de sus terribles dolores, con la única garantía que le ofrece ese pequeño objeto que lleva en el bolsillo: una cápsula de cianuro.

Por su parte, CS Lewis, era un conocido escritor, profesor de literatura y teólogo laico anglicano. Cuarenta y dos años mas joven que Freud acababa de publicar ” El regreso del peregrino”, en el que describe a un tal “Sigmund” como alguien pomposo, vanidoso e ignorante, pues “todo hombre que niega la existencia de Dios no puede ser sino un necio”.

Freud acepta el desafío y se entabla un debate entre ambos. A partir de este intercambio de palabras que tiene la tonalidad de las películas de Mankiewicz, se mencionan las ideas fundamentales del psicoanálisis.

En las primeras escenas se muestra cómo Freud, no se siente en su hogar en esa preciosa casa de Londres. Su espíritu sigue unido a Viena, pues antes que judío, era profundamente austríaco como muchos de sus contemporáneos judíos, que formaban parte de la elite intelectual de Alemania y constituían lo mejor de su cultura.

Freud dialoga con Lewis, pero al mismo tiempo le hace hablar y le va sacando muy rápidamente los traumas que han marcado su vida. Efectivamente, se trata de “La ultima sesión” de análisis, pero no está claro si Freud es solo el analista o también es el analizante.

Lewis habla de la muerte de la madre, el abandono del padre y el internado en otra isla, “como si todo un continente se hubiese hundido”. Pero, en aquel momento de extrañeza total, Lewis tuvo una epifanía al encontrar un objeto al que agarrarse; la caja de zapatos que le regaló su hermano. Dentro de la caja encontró recreado un bosque al que puso el nombre de “alegría” con el que cifra su deseo. Por otra parte, Lewis cambió su propio nombre por el de Jack que era como se llamaba su perro que murió. Podemos ver en este acto una suerte de nominación propia que revela la falla del padre.  

Freud le responde “Yo experimenté ese anhelo de niño, cuando iba por el bosque con mi padre y quería perderme de él”. “Ojalá mi P. me hubiera llevado al bosque” responde Lewis. Y Freud le interpreta que de esa falta de padre proviene su búsqueda de la figura paterna divina. La alegría de Lewis se sostiene en la figura del Dios padre, el pesimismo de Freud surge de su lucidez respecto a la condición humana

No hay Dios que evite las contingencias de lo real. Lo real es un sin Dios. Freud cita a Edgar Alan Poe cuando este afirma que ” Todo lo que creemos o sentimos no es más que un sueño dentro de un sueño”, y añade que Poe acabó volviéndose loco.  El propio Freud pensó que nada es mas que un sueño y que todo el mundo, cada uno con sus creencias, no hace mas que delirar sobre el sentido último de la vida.

Hay otra interesante vertiente de la película que es la de la relación de Freud con su hija Anna. Lewis también puede dividir a Freud y lo consigue cuando le pregunta con insistencia quién fue el analista de Anna. Freud se resiste a admitir que era él mismo mientras recuerda una sesión con su hija en el diván. Hay algo terrible en esta escena, Ana cuenta un sueño y llegado a un punto Freud necesita interrumpir el tratamiento mientras Ana, desesperada, le ruega que no la deje. Ahí Freud es el padre que suelta a su hija y no el analista que escucha.

Siempre tuvo muy claro que sus estudios no agotaban el problema de la religión. Aún así, aportó argumentos de gran valor para abrir la puerta a la comprensión del fenómeno religioso en los seres hablantes.

Día del preestreno

Una escena de la película llama especialmente mi atención: Viena, 1938, Sigmund Freud sentado en su sillón y Ernest Jones intentando convencerle de que abandone Austria. Hitler acaba de ocupar el país. Ese mismo día, los nazis muestran como S. Freud era un objetivo inmediato para ellos: un grupo de violentos irrumpieron en su casa y consulta, y en la Internationaler Psychoanalytscher Verlag -la editorial que publicaba las obras de Freud y de sus colegas -, situadas ambas en la calle Bergasse. Entre violencia, amenazas e incautaciones, prometieron volver. Lo hicieron cinco días después, llevándose esa vez a Anna Freud, a quien tendrán retenida durante 12 hs. En ese momento, Freud decide exiliarse, volviéndose inconsistentes las razones que en principio lo habrían detenido hasta ese momento. Ni sus 82 años, ni su delicado estado de salud, ni el rechazo hacia los judíos, ni los obstáculos para salir de Austria, le impedirán en ese momento llevar adelante la partida.

Anthony Hopkins, actor que da vida a Sigmund Freud en la película, dice en ese momento: “Al fin reaccioné, desperté, y vi la cara de la bestia”.

Si bien esta no es una frase dicha por Freud, si leemos las cartas enviadas a las personas más cercanas a lo largo de ese año, podríamos pensar que, si bien habría visto la cara de la bestia, quizás no vio lo próxima que estaba de él.

A partir de esa escena de la película y de la lectura de su correspondencia a partir de 1933, una pregunta me atravesó: ¿Cómo es que Sigmund Freud, autor de El porvenir de una ilusión, De guerra y de muerte, de El malestar en la cultura, de su carta a Einstein, tardó tanto en decidirse a moverse de ese sillón? ¿Cómo es que, quien hizo despertar al mundo, poniendo a cielo abierto que el hombre no es transparente para sí mismo, y que la razón no le hacía un ser superior, sino que era capaz de las peores atrocidades para consigo mismo y para con los otros, ahora no despertaba?

Su quietud no fue por falta de acontecimientos:

S. Freud se exilia en 1938 y el éxodo de los psicoanalistas judíos europeos había comenzado en 1930.

En 1933, habiendo ganado Hitler las elecciones en Alemania, los médicos judíos, incluidos los psicoanalistas, ya no podían participar de los programas de salud ni públicos ni privados. Tampoco podían ocupar cargos institucionales. Las instituciones psicoanalíticas tuvieron que cambiar la mayoría de sus cargos. Jones había sustituido a Eitingon como presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional, quien emigra a Palestina adonde constituirá la Asociación Psicoanalítica Palestina. La mayoría de los psicoanalistas judíos de Alemania huyen al extranjero.

Ese mismo año, en la revista “Salud Pública Alemana de la Sangre y la Tierra”, publican: “El psicoanálisis es un magnífico ejemplo de que nada bueno puede venir de un judío para nosotros los alemanes, aunque produzca logros científicos. Incluso si nos dio un 5% que era novedoso y aparentemente bueno, el 95% de su doctrina es destructiva y aniquiladora para nosotros”.[2]

Se puede leer aquí, como los nazis no solo iban a por los psicoanalistas judíos alemanes, sino que su odio se extendía al movimiento psicoanalítico, a su fundador y al psicoanálisis en tanto tal.

En 1933 se produce la Quema de libros frente a la Universidad de Berlín, de los autores odiados por los nazis. El encargado de arrojar a la hoguera la obra de Freud dijo lo siguiente: “Contra la sobrevaloración de la vida sexual destructora del alma, y en nombre de la nobleza del espíritu humano ofrezco a las llamas los escritos de Sigmund Freud”.[3] Freud comentó este acto con el humor sardónico que parece haberle caracterizado, diciendo a Jones: ¡Qué progresos estamos haciendo! En la Edad media me habrían quemado a mí, hoy en día se contentan con quemar mis libros.[4] Peter Gay escribió que esta debe de haber sido la menos clarividente de sus agudezas.

Unos días antes, Freud escribía una carta a Jones en la que le planteaba que, si bien el movimiento de Hitler ya estaba en Austria, era poco probable que esto significara el mismo peligro que en Alemania […] Seguía: las leyes de excepción contra los judíos están fuera de cuestión en Austria, el Tratado de Paz garantiza los derechos de las minorías […] Las persecuciones legales a los judíos aquí conducirán a que la Liga de las Naciones tome medidas […] Francia y sus aliados nunca permitirán la unión de Austria con Alemania […] Austria no es proclive a asumir la brutalidad de los alemanes. Es así que nos mantenemos en una relativa seguridad. De todos modos, estoy decidido a no moverme de mi lugar.[5]

S. Freud, autor de esta carta, ya había planteado que todo ser humano, en un momento dado, cree y crea una ilusión. Ante la falta de garantía acerca del porvenir, Freud no puso a Dios – como quizás habría hecho C. S. Lewis en el film – pero puso al “Tratado de Paz” y a la “Liga de las Naciones”, quizás para sentir garantizada, aunque sea relativamente, su seguridad.

Crearse esta ilusión de seguridad podría haberle dificultado ver con claridad, que el hecho de que hubieran quemado sus libros no garantizaba que luego no fueran a ir a por él.

Subrayo el final de la carta a Jones: De todos modos, estoy decidido a no moverme de mi lugar, remarcando “su decisión”.

Su deseo decidido, el coraje y la determinación que le acompañaron toda su vida, llevándole a marcar un antes y un después en la historia de la humanidad, su decisión a aferrarse a la vida, hasta en los momentos más trágicos… esa decisión y determinación inquebrantable, quizás ahora le estaba impidiendo salir del lugar al que le irían a buscar. Freud nos enseña aquí, como a pesar del delicado esta de salud, que empeoraba cada día, su modo singular, lo vivo propio, seguía intacto.

Los acontecimientos se seguían sucediendo:

En 1933, en Viena tienen lugar una cantidad de actos violentos por parte de los nazis. En 1934, asesinan al Cansiller Dollfus, que si bien era un dictador, había ilegalizado el partido nazi en Austria.

En 1935, el partido de Hitler anuncia las leyes de Nuremberg que despojan a los judíos de sus derechos. Ese mismo año, detienen a la psicoanalista Edith Jacobson por tratar a pacientes comunistas y no denunciarlos a la Gestapo; y Jones, ante el peligro real, enviará una carta a sus colegas judíos alemanes, aconsejándoles urgentemente la renuncia voluntaria a la IPA.

En 1937, si bien los nazis consideran al psicoanálisis “destructivo y aniquilador” para con ellos, se interesan por la psicología y las psicoterapias. Engullirán a la Sociedad Psicoanalítica Alemana creando el Instituto de Psicología y Psicoterapia. Los quince psicoanalistas judíos que no habían huido aún, morirán en campos de concentración.

Freud seguía decidido a no moverse de su lugar. Seguía atendiendo a los pocos pacientes que aún podían desplazarse, seguía escribiendo, continuaba ideando modos de extensión del psicoanálisis.

Pero llega el 15 de marzo de 1938. Hitler ocupa Austria y como ya se dijo, los nazis muestran ese mismo día cómo Freud era un claro objetivo para ellos, y no dejan duda de que ni él ni sus seres amados, estaban a salvo.

Su decisión se vuelve a imponer y, a pesar de los múltiples obstáculos y dificultades, consiente a marcharse. Los nazis no le pusieron fácil la partida, y si bien atizaron que lo hiciera con sus seres queridos más cercanos, no autorizaron a salir a todas las personas que Freud había solicitado, en estas últimas se encontrarán sus cuatro hermanas que más tarde morirán en campos de concentración.

Jones relató una escena similar a la de la película que comentaba al comienzo: él intentando convencer a Freud de que de que debía partir y sorteando los distintos argumentos con los que Freud se negaba, hasta que Freud dijo: me convertiría en un soldado desertor. En ese momento, Jones relata haberle contado lo que dijo el 2º oficial del Titanic, – que se salvó habiéndose arrojado al mar cuando explotó la caldera del buque que se hundía – cuando lo interrogaron: “¿Cuándo dejó usted la nave?” – le preguntaron- a lo que respondió: “Nunca dejé la nave, ella me dejó a mí”.

Jones obtuvo el consentimiento de Freud para sacarlo de ese lugar, lo que finalmente se consiguió gracias al “equipo de rescate” que conformaron principalmente Anna Freud, William Bullit (embajador de EEUU), Marie Bonaparte, Max Shur (médico), Dorothy Burlingham.

Sigmund Freud morirá en Londres, en septiembre del siguiente año, por decisión propia.

Declarada la Segunda Guerra Mundial, la segunda también vivida por Freud, solo le alegraba saber que ya no viviría otra.

Bibliografía:

  • Correspondencias de S. Freud, Biblioteca Nueva, Madrid, 2002
  • Gay, P., Freud, una vida de nuestro tiempo, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1988
  • Nagorski, A., Salvar a Freud, Ed. Crítica, Barcelona, 2024

[1] La última sesión de Freud. Película 2023. Dirección: Matt Brown, guión: Mark St. Germain

[2] Nagorski, A., Salvar a Freud, p. 209, Ed. Crítica, Barcelona, 2024.

[3] íbid

[4] Gay, P., Freud, una vida de nuestro tiempo, p.658, Ed. Paidós, 1988, Buenos Aires.

[5] Freud, S., Correspondencia, Tomo V, Ed Biblioteca Nueva, Madrid, 2002

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