Comentario de Luisella Rossi

No tenía ni idea de que tema se trataba en “Comportarse como adultos”. Pero, Costa- Gavras (Konstantinos Gavras) me evocó al instante “Estado de sitio”, una película de 1972, de la que conocí los escenarios donde fue rodada. No tenía ni busqué más información. Tampoco era necesaria.

Ver esta obra cinematográfica, basada en el libro titulado “Adults in the room”, me produjo una inquietud sobrecogedora bastante duradera.

La pluma de Yanis Varoufakis, recoge en sus páginas, que aún no he leído, las memorias de su corta pero intensa experiencia como Ministro de Finanzas del Gobierno de Alexis Tsipras, durante la crisis financiera griega, en los encuentros con los diferentes órganos que rigen la economía y las políticas de los países de la U.E.

En la línea de este cineasta, la del compromiso político, este largometraje nos introduce en la atmósfera claustrofóbica generada por el bucle de un poder, cuyo desprecio por la subjetividad que nos hace humanos, atrapa a los personajes, forzándoles a una salida con efectos devastadores para millones de sujetos.

Poder que, encaramado en la hipertrofia de la norma se vuelve patético y absurdo.

El recorrido para localizar a que correspondía esta inquietud enigmática, a modo de hilo conductor, fue enhebrando otras cuestiones actuales, que son evidenciadas en este film, entre las cuales no quisiera omitir los efectos que produce el desencuentro entre el discurso institucional y la subjetividad, esquema que podríamos reconocer, sin demasiado esfuerzo, en contextos variados. Así, el significante “Crisis humanitaria” que nombra la situación de sufrimiento del pueblo griego en ese momento, intenta, sin conseguirlo, cavar un lugar en la normalización del igual para todos. La falta de pudor, la brutalidad, así como la falta de vergüenza y el intento de ridiculización, es la tónica predominante en lo que hace al tratamiento de lo singular, una de las notas más insistentes a lo largo de la película.

Por fin el enigma empieza a disolverse, cuando rememorando las diferentes escenas, surge nítidamente una, en la que un comisario del eurogrupo, encargado de garantizar la igualdad acordada del contenido de dos documentos, por cuya trascendencia- que no se sabe si conoce- se desinteresa con extrema displicencia, delega en otro su responsabilidad. Dice “-no sé si son iguales o diferentes, que lo diga otro”, ante dos significaciones que están en las antípodas. ¿Qué ocurre a este  empleado que cumple las normas sin cuestionarse, que no es perverso pero que no piensa, que  no se muestra malintencionado, que no es bueno, que no es malo, pero que se deja arrastrar por el concepto devastador de hacer su trabajo,  eludiendo su la división subjetiva?

¿Señalará esta película las consecuencias de que la “banalidad del mal”-concepto elaborado por  Hannah Arendt- puede alojarse allí donde un sujeto rechaza dividirse, rechaza al sujeto?

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