Momento de la obra en escena

Marta Mora-Doldán

Socia de la sede de Madrid de la ELP

Asistir a este espectáculo a mediodía era extraño, y más lo sería lo que iba a ver.

Al abrirse el telón, en escena durante varios minutos solo un chorro de agua y su sonido, el vaho del agua, el agua empapándolo todo y el silencio… nosotros observando, descubriendo… el suelo preparado para el agua que cae para impedir el desborde. El fondo del escenario forrado de plástico negro, flojo, movido por el agua que mana de un aspersor, la iluminación, luz blanca, fría.

Un hombre vestido de negro que no me doy cuenta que ha entrado, va y viene manipulando cosas, entre ellas ¿una especie de pecera?, una bola de discoteca, el agua…

De pronto, en el fondo algo se mueve… en el suelo surge algo, una figura humana que repta, bajo lo que descubriremos es un suelo de planchas rígidas de plástico transparente… un hombre desnudo, blanquísimo, bello.

Comienzo de la obra

El que surge de las aguas y el que lo quiere atrapar luchan. ¿Son un pescador y.… un pez? Es curioso que alguna crítica dice que no es un espectáculo de danza, ¿que hacen si no esos dos hombres, uno vestido y el otro desnudo? El ruido de las planchas de plástico rígidas, que envuelve al hombre desnudo intentando escapar y el hombre vestido que intenta atraparlo, de una belleza y una violencia que se palpa; la sala en un rotundo silencio, yo abducida por las imágenes, sonando en mi cabeza, lo que tantas veces he leído sobre la belleza, límite al horror fundamental, que nos atrae, que conmueve y se teme pero, a al mismo tiempo, como dice un colega “hay un deseo de atravesarla bajo la forma del ultraje” que es evidente aquí.

Dice el programa del Canal, “… danza y teatro conviven en una sinfonía de cuerpos heroicos y objetos polémicos. Y un suelo dispuesto siempre a agrietarse, a mostrar deseos ocultos, a abrirse para el brote nuevo, a cerrarse sobre los misterios eternos. Sinfonía de símbolos que, como en INK, asumen la materialidad viva del escenario, viva como el agua, poderoso elemento ético y estético para un artista profundamente mediterráneo. INK es una mitología en sí misma, tan irracional como humana, tan salvaje como ilustrada, un paso a dos que fascina colmando nuestra mirada de espectador de imágenes potentes y apasionadas, que llevaremos con nosotros, en la memoria, mucho más tiempo del que pensamos, porque Papaioannou tiene una destreza única para percutir sobre nuestra percepción de lo sublime.”

Después hubo coloquio con el público, cerca de 200 personas nos quedamos a participar de la entrevista que le hizo Alberto Conejero, director del Festival de Otoño 2023, oficiando de traductor del griego a Dimitri Papaionnou, actor, creador, ante todo pintor, quien dio algunas claves interesantes de su creación.

Creó esta obra durante la pandemia con “el hombre desnudo”, el excelente bailarín alemán Šuka Horn, buscando la síntesis entre lo sublime y lo imposible. Las esferas en escena son como la vida y la luz, mucho del atrezo ha pertenecido a sus otras representaciones suyas.

Los plásticos negros fueron una contingencia, surgió de la necesidad en los ensayos de proteger las paredes del estudio y un descubrimiento para la escenografía. El pulpo, que le regaló un amigo, y del que tomó el titulo para esta representación y leiv motiv del arte griego, simbolo de inteligencia y poder. También algo que ya ha utilizado en otros espectáculos, producto de una impresión de la infancia al ver a los pescadores golpearlo fuertemente contra el suelo para hacerlo blando a la boca y también el recuerdo de algo que le contaron sobre un pescador que golpeándolo llegaba al orgasmo…

Momento de la obra

Mencionó también que esta belleza, que está relacionada con una palabra griega, que no recuerdo, es en realidad la tristeza que genera la belleza. Preguntado si el hombre desnudo sería como un ángel que viene a anunciar algo, comentó que viene a anunciarle que el amor es posible, pero piensa que cuando se experimenta, el ser humano lo convierte en un circo. Es justamente lo que muestra en una escena en la que una vez vestido, dominado, manipulado, domesticado el hombre desnudo, el hombre vestido se pone un sombrero y una chaqueta de brillos y lo golpea. Esto provocó que alguien le preguntara sobre el sadomasoquismo. No rechazó ninguna pregunta, contesto hasta lo ecológico, que formuló alguien sobre el gasto del agua en escena, aclarando que era un circuito reutilizable.

Un espectáculo a base de sonido del agua, con música en algunos momentos, lleno de simbología, sin la voz humana, pura mirada, tal como él lo comenta en una entrevista “Me gusta mucho el cuerpo desnudo y quiero ser alguien que te llama al teatro, y que, entre otras preguntas sobre la vida, te ofrece apreciar la belleza de la juventud en todos sus aspectos: estéticos, filosóficos y con sus connotaciones eróticas. Estoy compartiendo contigo algo que soy, algo que me mueve, algo que me obsesiona”. Dimitri retoma lo que él considera que era el teatro para los griegos, “un intento de procesar la derrota y la existencia”.  Asistir fue una experiencia, las imágenes aún me rondan y no me han abandonado.

El inicio del mes de diciembre inauguró para mí una feliz coincidencia: pude asistir, en el mismo fin de semana, a las XXII jornadas de la ELP tituladas “Lo que hablar quiere decir” y también a la obra de teatro “BORRACHOS” (del autor ruso Ivan Viripaev) -en cartel en el Teatro Tribueñe de Madrid, con dirección de Irina Kouberskaya.  Dos acontecimientos dispares, que sin embargo giran ambos alrededor de un punto común: cómo acercarse, mediante el lenguaje, al sin sentido que habita nuestra existencia como seres hablantes. Ya nos señalaba  Jacques Lacan que los artistas nos llevan la delantera en eso de  mostrar las derivas del malestar en la cultura. Teatro y psicoanálisis tratan, cada uno a su manera, de pensar y mostrar lo impensable;  y están ambos atentos a poner en evidencia y esclarecer  el sufrimiento  de la vida contemporánea.  En ese sentido Lacan nos acerca a la idea de que aunque el espectador es el que mira la obra de arte, es ésta, la obra,  la que nos  hace ver  (la interpretación del artista).

En el Seminario “La Ética del psicoanálisis” Lacan explica que todo arte, se caracteriza por cierto modo de organización alrededor de un vacío. El arte así definido, coloca a la obra de arte en una relación decisiva con lo Real de la Cosa. El arte es una práctica que, al igual que el psicoanálisis, bordea el vacío, circunscribiéndolo.

En la obra  “BORRACHOS”, salen a escena quince maravillosos actores  (enorme elenco) que nos hablan desde la cruda y libre  desinhibición provocada por el alcohol.  Los borrachos, como los niños, son los únicos que dicen la verdad,  ya que no cae sobre ellos el velo de la censuradora  represión  super-yoica.  Sueltan impunemente verdades por la boca, que no se atreverían a soltar en condiciones normales.  Más que nunca, el ebrio nos acerca al cuestionamiento psicoanalítico acerca de “¿Quién es en realidad el que habla?” “¿Desde dónde uno habla?”  Mostrando la distancia entre el decir consciente y los dichos provenientes directamente del inconsciente. Ahí donde no me reconozco en mis palabras, se atisba mi verdadero ser.

Sigmund Freud, con su descubrimiento del inconsciente, nos advirtió que los humanos no saben en realidad lo que dicen, y sin embargo, dicen más de lo que saben, padeciendo de esta controvertida “enfermedad” llamada  lenguaje que los mete de cabeza en el universo del equívoco. Constatamos una y otra vez, tanto en la vida como en la consulta,  que  el lenguaje que nos habita  acaba sirviendo más para el malentendido que para la comunicación. 

La obra se desarrolla a través de una sucesión de diferentes escenas en la línea del esperpento de Valle Inclán;  los personajes, todos autodestructivos, padecientes, neuróticos, atrapados en círculos viciosos que repiten, se hacen preguntas desgarradoras acerca del sentido de la vida y de la muerte; seres a la deriva que atisban, desde la lucidez del borracho, las verdaderas esencias  que conviene no perder de vista para llevar una vida menos mísera.

En la primera escena el espectador asiste atónito a la desgarrada  queja  de la actriz que farfulla, una y otra vez,  “¿PARA QUÉ TODO ESTO? “,  refiriéndose al sentido  (o sin sentido) de la  vida.  Su compañero de escena le repite incansablemente “LA MUERTE NO EXISTE”. Ella, no puede contestarse a su pregunta (ya que pareciera  que ningún deseo le da sentido a su vida), y él, niega la evidencia de lo inexorable (no asume la dimensión inesquivable de lo real). Los dos,  incapaces de realizar la famosa asunción del ser- para la muerte heideggeriana, que consistiría en no aplazar los deseos, vivir en el aquí y el ahora, no conducirse como si fueran eternos, asumir de verdad la finitud y por ende  la existencia.

En otras escenas se trata de dar vueltas acerca del amor (“Nadie es capaz de defendernos del amor” dice uno de los personajes); el autor  nos presenta triángulos amorosos donde se habla del daño, de la mentira, de la infidelidad, del dolor, de las pérdidas, del duelo, del perdón,  y también del destino y de la existencia de Dios.

Asuntos a los que nadie puede dar una respuesta definitiva, y  mucho menos estos personajes en busca de sí mismos, que han perdido el compromiso,  colocados por el autor de manera descarnada en sus incoherencias, consumidos por la culpabilidad, las dudas, el tormento, e incluso la mezquindad pero también dignos y profundamente humanos.   

Podríamos incluso reconocer cierta resonancia con el Kundera de “La insoportable levedad del ser”, donde si recordáis encontrábamos también parejas  navegando por las aguas pantanosas de las relaciones humanas.

Cito un pasaje de la obra que me gustó especialmente, donde una mujer le dice a un hombre:

“Ahora te he conocido, Gustav, y sé que lo más importante en todo esto es el amor, porque resulta que el amor está aquí, está en todo, es todo esto. Porque la vida es amor. Resulta que el amor es vida. Si amas, vives, si no amas, estás dormido o vives en un montón de mierda. El mundo siempre ha sido tal como es, lo único que importa es si puedes amar o no. No importa cómo es el mundo, lo único que importa es saber amar o no saber amar. No importa cómo sea la vida, lo único que importa es el amor. Solo importa el amor, y nada más. Si amas, vives, si no amas, eres un pedazo de puto plástico, y nada más. O estás en el amor, o estás en la mierda, ¿me entiendes, Gustav?”

El alcohol es el elemento omnipresente,  la vía por la cual los personajes llegan a cierto nivel de introspección,  y les permite asomarse a cierto nivel de Verdad. Aunque ya nos advertía Lacan que la Verdad es no-toda y es mentirosa, refiriéndose a que la Verdad no se puede decir porque no hay palabras para decirla, siempre habrá algo que escape a su atrapamiento, por no hablar de que la verdad misma es también una narrativa conectada a la inconsistencia del Otro.  

En todas las escenas se pone en evidencia que el sujeto contemporáneo vive en un “eclipse de la atención”, no presta atención a lo verdaderamente importante de la vida, es capaz de vivir engañado, enajenado, en lo  que Lacan señalaba  siguiendo a Hegel y a Freud,  como la posición del “alma bella”, esa que desconoce el sentido particular de la vida.

Por otro lado en la obra se percibe la preocupación del autor por la existencia de Dios,  las referencias a Dios son continuas, incluso en un momento un personaje grita: “¡Dios habla con el lenguaje de los borrachos!”.

En la revista Teatros, en una entrevista a la  directora de la obra, Irina Kouberskaya, ésta   explica que quiso plasmar la idea de “Un ser que prefiere estar distraído para no darse cuenta de que vive, un ser satisfecho con su propia pequeñez”  y que quiso mostrar una humanidad atrapada en el bucle del error, alejada de su destino y de su verdadero quehacer en la Tierra. El destino de todo ser humano es el acercamiento de su vida a su alma, estar en el camino de su propia evolución.

En términos lacanianos, lo pensaríamos como: colocarse en la vida con un deseo decidido, no ceder frente al deseo. Y sostener nuestra existencia como algo único e inclasificable, apostar a la diferencia absoluta y eso implica mantenerse despiertos y sostener cierta dosis de coraje. Parafraseando a Frank Sinatra, tratar de llegar al famoso I did it my way…

Por último quería subrayar una frase dicha en las jornadas de la ELP por el autor teatral Pablo Rosal: “el escenario teatral es el único espacio únicamente humano (allí no hay animales ni crecen plantas). Sería un lugar de probatura del mundo y de la existencia”. Bella manera de metaforizarlo.

Y en palabras de Kouberskaya: “El mundo necesita a los creadores, defender al individuo frente al protagonismo de los poderes, recordar que solo las mentes creativas han abierto nuevos caminos. Revivir el mito de David frente a Goliat.”

¡Vayan al teatro, señores!

(La obra “Borrachos” estará en cartel en el Teatro Tribueñe durante los meses de diciembre y enero.)

Detalle de “Judit y su criada” de Artemisa Gentileschi, 1618-1619. Óleo sobre lienzo, 114 x 93,5 cm

Este otoño coinciden en el Museo Thyssen dos exposiciones que merecen la pena ver juntas.

Podría interpretarse que no hay conexión entre ellas y que el azar ha querido que convivan, sin embargo, hay algo en ellas que nos plantea muchas preguntas.

La primera, “Picasso, lo Sagrado y lo Profano”, acontece como cierre al conjunto de conmemoraciones realizadas en el 50ª aniversario de su muerte. En ella encontramos representaciones de varios maestros de la historia del arte asociadas a algunas obras de Picasso. La exposición comisariada por Paloma Alarcó mantiene como hilo conductor la experiencia de lo sagrado y lo profano en el artista, e invita a que miremos a Picasso a partir de los maestros que atraparon su mirada. Utilizando como referente imágenes guardadas y escritos documentados, se inventan asociaciones entre obras de maestros y se crea una conexión entre lo que Picasso miraba, lo que creaba y lo que resignificaba su propia creación. Experiencias familiares, herencias religiosas, artísticas y culturales que se le impusieron y que intentó exorcizar y tramitar a través del arte.

Pablo Picasso “Madre con niño muerto (II). Postscripto de “Guernica”, París, 26 de Septiembre de 1937. Óleo, 130 x 195 cm

Simultáneamente, en el mismo espacio y tiempo, encontramos la exposición “Maestras”. Una presentación feminista de artistas, mecenas y galeristas, algunas de ellas de reconocido prestigio en su época y otras no, que más tarde fueron silenciadas o borradas de la historia del arte tradicional. A través de su recorrido, Rocio de la Villa da sororidad al feminismo y a lo fraternal que ha acontecido entre las mujeres científicas, académicas o artistas de la historia. La comisaria genera, en base a ocho temas que inventa para la exposición, nuevas propuestas para pensar lo colectivo y/o lo singular desde aquello que marcó en el pasado a las artistas y que inevitablemente va a marcar el futuro de las venideras. Setenta obras de arte de una calidad excepcional que se han conseguido reunir después de 3 años de trabajo, por encontrarse algunas almacenadas o porque empiezan a estar, como consecuencia de los cambios de la época actual, más solicitadas que nunca.

Estos eventos simultáneos y contingentes constituyen un “acto” que no solo obliga a reescribir la historia del arte para incluir en ella a las mujeres, sino que contribuye e invita a seguir creando, escuchando, resignificando y repensando nuevas maneras de perdernos o en el mejor de los casos, de encontrarnos.  La propuesta de visitar las dos muestras del Thyssen, en las que se exponen obras del mismo período, entre el siglo XVI y mediados del XX, con mitologías diversas y experiencias o atravesamientos personales únicos, se debe a que mirándolas juntas movilizan más que viéndolas por separado.

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