Autoras: Marisa González Oleaga, Carolina Meloni González y Carola Saiegh Dorín

Antes que nada quiero agradecer a la directora de la Biblioteca Constanza Meyer por invitarme a presentar este libro. A todos Uds. por estar aquí a quienes además invito a leerlo pero sobre todo a las autoras por haber escrito este libro tan necesario. Un inventario de pérdidas y ausencias que pasaran a formar parte de la memoria para siempre. Esa memoria tan en cuestión en nuestros días. Un compromiso con otros niños y adolescentes que perdieron su lugar. Un libro que remueve, que revuelve, que se queda como camino para el regreso, para el encuentro tocado además por la magia de palabras que descubren los sentimientos. A mi este libro me tocó como niña transterrada, como adolescente transterrada, como adulta transterrada y lo digo así porque el destierro se reinaugura cada vez que surge la pregunta ¿De dónde eres?

Quiero comenzar leyendo una cita que ha permanecido en mi cabeza durante años y que este libro me la ha vuelto a traer.

El personaje de Federico Luppi dice al final de Martín (Hache): “¿Sabés qué extrañaba yo de Buenos Aires? Los silbidos, la gente que anda silbando por la calle. Aquí nadie silba por la calle, tardé en darme cuenta. Notaba algo raro pero tardé unos cuantos meses en darme cuenta. Casi me vuelvo. Me entraron ganas de volver. Pero pasó. Era absurdo. No se puede volver a un lugar porque querés oír silbar a la gente”

O sí. Yo creo que es suficiente razón para volver.

Me leí el libro de un tirón. Luego otra vez, más despacio, y luego elegí el orden en que quería leerlo. Y pensé que éste, era un libro para sentarse a conversar con él.

Cuándo estás atravesada por las ausencias, las palabras que tienen tierra se apoderan de ti y escarban en tus propios túneles, donde surgen imágenes que siempre están solapadas. El tiempo las había arrumbado con la intención de detener aquello de lo que se iba impregnando tu piel: dolor, desamparo, incertidumbre, soledad. Todo parecía una equivocación: el país, las palabras, la casa, la gente. Todo nuevo y desconocido. A veces hasta la propia familia. Pero los recuerdos se desempolvan y vuelven a provocar las mismas sensaciones que produjeron en su momento. No quieres reconocerlo pero, el de la foto, eres tú.

Fotos tras fotos van cayendo frente a la mirada. El álbum que nunca armaste se va deshojando dejando caer páginas como si las desmayara el tiempo. Y ahí te detienes para buscar en ese tiempo de silencio una palabra que defina lo ocurrido. Destierro, expulsión, exilio, desplazadas, transterradas, tal vez trasplantada. Entonces surge el encuentro con el lugar de la memoria.

Marisa González Oleaga, Carolina Meloni González y Carola Saiegh Dorín atravesadas por el exilio un día deciden que tal vez ha llegado el momento de contar sus historias. De refrescar algunas palabras, algunos recuerdos. De abrir esa maleta (valija) que permaneció cerrada por tanto tiempo. Un dolor que comienza en la infancia, en la adolescencia y que se ha prolonga marcando sus experiencias, sus miradas, sus palabras.

Me detengo en la cubierta del libro. Llama la atención esa valija que tal vez no las acompañó en aquel viaje pero que ahora sería protagonista de su viaje en la memoria. Los objetos allí colocados no van a permitir que se vuelva a cerrar. Están expuestos: libros de cuentos, pasaportes, álbumes, cartas, muñequitos. Todos tocados por el color del tiempo. La mirada del osito las delata y las puedes imaginar a ellas tres contemplando esa imagen, dispuestas a realizar un viaje por el territorio de las emociones. Utilizando esta vez como único vehículo las palabras.

Dice Gianni Rodari en La gramática de la fantasía: “…una palabra, lanzada al azar en la mente, produce ondas superficiales y profundas, provoca una seria infinita de reacciones en cadena, implicando en su caída sonidos e imágenes, analogías y recuerdos, significados y sueños, en un movimiento que afecta a la experiencia y a la memoria. , a la fantasía y al inconsciente, complicándolo el hecho de que la misma mente no asiste pasiva a la representación, sino que interviene continuamente, para aceptar y rechazar, ligar y censurar, construir y destruir. “ [i]

Libro testimonial, tres historias diferentes, tres mundos reconstruidos con palabras impregnadas de ternura, de dolor y de belleza. Tres historias con la cadencia del paso lento. No hay prisa porque quieren contar aquellos detalles que dejaron una huella en sus sentidos. Reconstruir esa mirada al pasado para dejar una ventada abierta desde donde contemplar, escuchar, oler y tocar el paisaje más lejano. Buscar en cada grieta aquello que las dejó atrás: ruidos familiares, palabras, olores, comidas, juguetes, libritos y la abuela, a veces madre. Siempre la abuela. Niñas, adolescentes, sujetos de pleno derecho que un día fueron trasplantadas para crecer en otras tierras.

Marisa González Oleaga sale de Argentina a la edad de 15 años con sus padres, hijos de la guerra civil española. Deciden abandonar la Argentina por decisión propia. Dejar atrás un país “arrasado por la violencia política parapolicial”. [ii] Buscaban un refugio. Me pregunto cuánto de decisión propia hay cuando uno tiene que abandonar el país expulsado por la violencia. Obligados por el miedo a la repetición de un recuerdo que ya los había expulsado de España, su país de origen. Así llegan a Asturias cargados de baúles con el deseo de ofrecer a su hija un lugar seguro donde crecer. Junto a una familia, desconocida. Marisa lo describe así:

“De repente todos los vínculos afectivos- esos que nos constituyen y que hacen que seamos quienes somos- se vieron cercenados de cuajo, interrumpidos por once mil kilómetros de distancia y, en su lugar, el fantasma de un miembro amputado, que clama por memoria y se resiste al olvido. De nada sirvió la aparición de una cohorte de familiares –de sangre- a los que nunca había visto y con los que no tenía ninguna afinidad”.[iii]

Para Marisa encontrar el acogimiento familiar, en personas que aparecen en su vida a los quince años no restituyó la familia de su recuerdo, esa que había quedado lejos, en aquel último abrazó de despedida. Se llevó con ella la imagen de su abuelo agitando un pañuelo hasta ver desaparecer el barco en el que partieron y también las voces de sus relatos que habían tejido en su vida, un lugar de calor y protección. Recuperó para la memoria con su “aventajada nariz” [iv][4] el olor de la parra en el patio de la casa de su infancia, el olor del ondular de sábanas limpias detrás de las cuales escondían sus juegos infantiles. El aire impregnado con olor a lavandina, que se alzaba desde la vereda y le llegaba a los ojos, a la nariz, a su garganta. Olor a madera, a pan caliente. Pero sobre todo el olor del subterráneo de Buenos Aires. Un olor único e inconfundible que no encontró en ningún otro metro del mundo. El subte de Buenos Aires tiene un olor familiar y tranquilizador. Olor húmedo, olor a barro, a hierba recién cortada. Estos olores lo distinguen de otros. “Un profundo olor a río”. Dice:

“Si me vendaran los ojos y me obligaran a bajar la escaleras en la estación Federico Lacroze de la línea B, sabría que se trata del subte de Buenos Aires, aun cuando no supiera que estaba en la ciudad.” [v]

Sus relatos se van desplegando en el libro, construyendo una familia por elección, describiendo paisajes de vida y de naturaleza, hermosos lugares de aquí y de allá… Caminos de ida y vuelta, palabras de ida y vuelta. Un largo puente en la memoria. Con todo esto y mucho más armó para vivir un espejismo hecho de verdad y de deseo.

“Y así, los desterrados nos convertimos en transterrados cuando somos capaces de construir con los restos del naufragio un lugar donde vivir” [vi]

Carolina Meloni Gonzáles nació en una cárcel cuando su madre estaba en cautiverio por su militancia en un grupo de izquierda. Hasta el año y medio ese fue su lugar. Celdas, pasillos, patios, las voces perdidas de algunas presidiarias, el cuidado de la madre y la esperada visita de su abuela materna, Norma. Cuando trasladan a su madre del penal de Tucumán a Buenos Aires ella queda a vivir con su abuela. Con ella realiza largos viajes en tren para ir a visitarla. Una imagen para el recuerdo que pudo reconstruir con trocitos que quedaron presos en su retina. Carolina lo describe así:

“Estos viajes interminables, desde el interior del país, fueron mis primeras experiencias del destierro, de la desterritorialización más desoladora. En los vagones del famoso tren Estrella del Norte, que conectaba la Argentina profunda con la capital comíamos, dormíamos, escuchábamos la radio, compartíamos relatos con otras familias de presos políticos…” [vii]

Un viaje interrumpido siempre por la violencia militar que subía al tren en los puertos fronterizos para mostrar su fuerza amenazadora con ametralladoras y perros.

Carolina regresa para buscar en los pasillos de una cárcel aquella sensación que dejó marcas en su piel, descubrir que después de tantos años un sentimiento diferente parecía lo mismo pero surgía con otra fuerza. La fuerza del que se asoma para ver con intensión. Era como si en aquellas paredes frías hubiera quedado impresa una foto que señalaba la violencia de un tiempo.

Regresó para comprender el cautiverio solitario de su madre que la mantuvo alejada tanto tiempo de su cuerpo. Un cuerpecito de niña que creció hasta los cinco años al amparo de su abuela Norma. Regresó para recoger los huesos de su tío Hernán desaparecido y encontrado en el Pozo de Vargas cuarenta años después. Recoger su memoria y reconstruir para siempre su rostro amable. Regresó, tal vez, para rescatar a su abuelo, el poeta, y sacarlo con su abrazo, por un instante de ese destierro donde siempre había vivido.

Carolina regresó. Una misión que se le impuso. Buscar en el dolor del tiempo, hurgar hasta el fondo de un pozo. Recoger el recuerdo de la abuela-madre, una casa vacía repleta de sombras. Abrir las ventanas para llenarla de luz. Tender un puente para ver mejor todo lo sucedido y no olvidar aquello que forma parte de su historia pero también parte de la historia de un país.

Su texto no es solo un relato de lo sucedido, son reflexiones profundas sobre el lugar, el nombre, la tierra. Un recorrido por el pensamiento. Es esa pasión por la filosofía la que la conduce sobre palabras.

“Pues nada es donde falta la palabra. En ella, nos recogemos y permanecemos suspendidos, en los abismos más insondables, en las noches, más oscuras. En la palabra, acontece el mundo” [viii]

Entonces, quiero terminar donde empieza su infancia de transterrada. Así lo describe:

 “Cuando de repente la vi. A lo lejos, caminando sola, casi pegada al frio y gris muro infinito. Tan bella, joven como inocente, con su abrigo de pana marrón y con ese aire desorientado de aquel que ha vivido el paréntesis del cautiverio y que debe volver a ingresar en un mundo distinto…. Corrí hacia ella para abrazarla y ella me esperó con los brazos abiertos. El reencuentro con mi madre ya fuera de la cárcel de Villa Devoto, inicia mi infancia de transterrada.”[ix]

Carolina llega a Madrid a la edad de 5 años de la mano de su madre.

Carola Saiegh Dorín llegó al aeropuerto de Barajas acompañada de su madre y su hermano pequeño porque su padre las estaba esperando. Se les había adelantado para buscan un lugar donde vivir. Cambiar de lugar parecía no ser tan importante en aquel momento para ella porque había vivido con, apenas 8 años, una vida de trashumancia de aquí para allá mudanzas de un lado para otro. Cambiar de casa, de colegio, esconder su nombre. Vivió siempre en un universo paralelo, en ese lugar del silencio. El silencio del cual dependía la vida de su padre, Decano de la Facultad de Medicina y Director del Instituto de medicina del trabajo. Un hombre comprometido, amenazado por denunciar la injusticia y el terrorismo de estado. Clandestinidad, no poder hablar, callar y callar. ¿Cómo guardar los secretos de una vida que pasa frente a sus ojos? Ruido a su alrededor y ella en silencio. Tal vez por eso Carola encuentra su sitio en el reposo que le brinda una página en blanco. Muy pronto la lectura y la escritura dieron forma a su mundo infantil. Fabricaba pequeños libritos donde escribía su poesía, donde su mente desplegaba sus deseos. Era un Reino del revés fabricado con sus palabras de niña.

Sin embargo, así como el silencio no le alcanzó para callar, las palabras guardadas en su memoria no le alcanzaron para decir. Y ahora tocaba convocar su voz desde la infancia para decir aquello que tantas veces calló.

No sorprende que para dar comienzo a su relato Carola Saiegh Dorin elige una cita de un poema de Alejandra Pizarnik. Titulado “La palabra que sana”[x]. El poema completo dice así:

“Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje,

Alguien canta el lugar en que se forma el silencio

Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.”

Tomaron el avión y en unas horas su mundo se transforma. Otras palabras vienen al lugar de aquellas más conocidas. Sus objetos más preciados cambian de nombre. Ya no estará más acá porque a partir de ese momento vivirá aquí. Sin que ella lo deseara su mamá se convierte en madre, la maestra en profe, las canillas en grifos, la ronda en corro, los duraznos en melocotones. Y así un montón de palabras nuevas que vienen a nombrar un mundo igual y desconocido. Y hasta ella misma por instantes perdía el nombre porque sus compañeros de colegio decidieron que la podrían llamar como ellos quisieran porque no estaba bautizada. Era un juego de niños que la devolvía siempre al lugar del silencio.

Aprendió, entonces, el nuevo diccionario y cambió su acento. Se camufló tras una manera de decir. Así lo dice:

“Desde entonces yo decido cuándo quiero que alguien pueda siquiera sospechar que yo, en realidad, no soy de aquí”[xi]

Solo sus palabras se desnudan cuando habla con un argentino, porque ahí todas pierden el norte.

Su relato está escrito desde la sensibilidad de una niña de 8 años que pierde su mundo y tiene que volver a construirlo. Hacerse con una nueva historia, encontrar un territorio propio. Convertir su entorno en un paisaje seguro. Tal vez por eso se hizo profesora de lengua, tal vez por eso escribe. Es como si algo la empujara a seguir buscando entre palabras, algo que la ordene, ese lugar de reposo.

No quiero terminar sin antes citar unas líneas que Carola escribió de pequeña. Ella dice que aún su cuerpo se estremece cuando las lee. Yo confieso que el mío también.

“me voy para aquí/ me voy para allá/y siempre me caigo/ al columpiar” [xii]

Tres ensayos, tres relatos, cada uno con su singularidad. No se puede congelar el tiempo para volver al mismo lugar. Como hilvanar lo sucedido

Unas preguntas orientan su búsqueda:

“¿Cómo convertir el exilio- esa expulsión comandada por otros- en un destino propio? ¿Es posible hacer de esa exclusión otra cosa? ¿Se puede reconducir ese desvío en parte de nuestro camino? ¿Se puede pasar de ser exiliado a ser transterrado?” [xiii]

Las tres deciden que sí. Las palabras abrirán un sendero para una vuelta posible. La búsqueda entre los huesos de la memoria obstruyen a veces el paso, pero el rencuentro es inevitable. Y allí frente a los hechos recogen el testimonio de un tiempo pasado que se vuelve presente y encuentra su lugar. Los recuerdos, las invenciones, las reflexiones. Si bien esto es una historia personal también es la historia de muchos. Otros niños y otros adolescentes transterrados. Así lo expresa Marisa:

“Pero el proyecto siempre tuvo otro costado, menos individual y más político. Los desplazamientos forzados no suelen ser solo procesos individuales. Afectan a la comunidad entera.” [xiv]


[i] Rodari Gianni, (1979). La gramática de la fantasía, pág. 10. Barcelona: Reforma de la Escuela.

[ii] González de Olega, Meloni González, Saisgh Dorín, (2019). Transterradas. El exilio infantil y juvenil como lugar de la memoria, pág 29. Buenos Aires: Tren en movimiento

[iii] Ibid. (pág. 30)

[iv] Ibid. (pág. 48)

[v] Ibid. (pág. 48)

[vi] Ibid. (pág. 40)

[vii] Ibid. ( pág. 104)

[viii] Ibid. (pág. 116)

[ix] Ibid. (pág. 105)

[x] Pizarnik, Alejandra, (2016). Poesía Completa, pág. 283. Barcelona: Lumen.

[xi] Ibid. (pág. 161)

[xii] Ibid. (pág. 153)

[xiii] Ibid. (pág. 13)

[xiv] Ibid. (pág. 16)

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