PANDEMIA Y EFECTOS DEL MALESTAR EN LA FAMILIA MODERNA

Mónica Unterberger – Miembro de la ELP y de la AMP

En primer lugar, estamos aún bajo la influencia del COVID.  Cada uno bajo el mismo significante: pandemia global, cada uno afectado. Cada uno de ustedes habrán pasado – algunos, afortunadamente, más cerca del bienestar, otros,  más cerca del  desamparo, la angustia,  la impotencia, de la congoja y del duelo. Todos afectados, de una u otra manera.

De una u otra manera, la invasión del virus- como todo real- puso a prueba la estructura subjetiva propia, íntima,  singular, aquella en la que todo ser que habla se sostiene y la que  lo sostiene.

Puso en acto aquellas defensas con las que uno tuvo que arreglárselas  ante ese real, silencioso, invisible que vino montado sobre la muerte y su amenaza.

Sería largo extenderme en las múltiples articulaciones que exigiría el desarrollo de las consecuencias de esta pandemia, de las cuales aún desconocemos mucho.

Quizás, por ello,  en mi exposición del asunto, encontraréis algo de lo que está allí comprometido aunque en una forma un poco desordenada.

Intentaré poner en orden , de entrada,  los primeros fenómenos y las variables del contexto en que aparece y luego, me detendré en el aparato de la familia.

Aunque la primera pregunta que se me formuló cuando Carmen Bermúdez  amablemente me invitó a participar en este ciclo,  fue: ¿Qué familia? ¿La familia ha sido siempre la misma? ¿Qué familia hay hoy? ¿Qué la define? ¿Qué estatuto darle? ¿Cuál es su función? Abro las preguntas, luego las desplegaré.

Esta invasión del virus, se revela como lo que ilustra el trabajo de la pulsión de muerte:  no en cuanto a la muerte  imaginada, sino a la real como acontecimiento que amenaza la vida, y en cuanto,  también ilustra sus resonancias en la sede del cuerpo como síntomas de sufrimiento de la subjetividad.

Hay algo – más para unos que para otros pero sin dudas, nadie escapa a ello- , de estar exhaustos al fin de la carrera, que parece sin embargo aún no haber llegado a su fin.

Algunos mostraron estar sin recursos ante el embate. Otros, lo celebraron en silencio apegados a sus fantasmas. Posiciones subjetivas diversas aunque ante un mismo encuentro con un real: rechazo de la amenaza, negación de la muerte, rebeldía ante lo inesperado, impotencia debida a la precariedad de las defensas disponibles, angustia ante la falta de significantes para colocar en ese vacío lo que haría falta para apaciguar  “el torbellino de sus propios sentimientos” (S. Freud,  El malestar en la cultura),  frente al impacto de tal experiencia.

La confrontación se jugó entre las leyes de la naturaleza y sus mecanismos y las leyes subjetivas y su lógica. No son del mismo orden  y conviene no embrollarlos , no  mezclarlos.

Mientras, ante las leyes de la naturaleza, se desplegó el impresionante aparato y arsenal  de la ciencia para tratar ese real, para lo que fue y es del orden simbólico e imaginario y afecta  a ese otro real, ese que alcanza, que toca el cuerpo afectado por  su relación a la palabra y con ello, al malentendido,  aún no se han mostrado todos sus efectos.

En ese sentido, el sujeto está aún apresado en el tiempo lógico de comprender. Falta el momento de concluir, en términos de Lacan. Lo indico y lo dejo ahí.

Aunque es necesario decir, en cuanto a lo  que la práctica de la experiencia analítica y su clínica nos enseña,  el encuentro con un real es causa común de desencadenamientos, tanto transitorios como estructurales, en la neurosis como en la psicosis.

La respuesta del discurso científico a lo real y sus leyes, no se hizo esperar: fue extraordinariamente veloz. Las vacunas, más que despertar sospechas acerca de sus beneficios y eficacia, debería hacernos reflexionar sobre el estado avanzado en que se encuentra el progreso de las letritas con las que opera la formalización propia de la ciencia. Nos debe conducir a captar  la velocidad, la aceleración con la que trabaja, al punto de al menos,  despertar la pregunta de hasta donde llevarán, en su ética, los progresos a los que empuja .

Todas estas son cuestiones que ni Freud ni por supuesto Lacan, dejó de interrogar y de advertirnos en lo que se refiere a los progresos de la ciencia y  el lugar que ha tomado como relevo de la función paterna, que como veremos,  está en evaporación.

Digamos, por otra parte,  que en relación a unos términos muy presentes hoy en el discurso común, tales como “fatiga”, “cansancio” ,  al uso en tanto relevan de la opresión padecida durante el confinamiento duro,  como el un poco más light pero sometido a normativas estrictas e inevitables, como corresponde sanitariamente en el curso de una tal pandemia,  propondría en su lugar,  otro, el de “desasosiego”. Término que me parece, además de incluir en su vientre  lenguajero la decepción ante las libertades suspendidas, incluye la actitud también inevitable suscitada por la inminencia de la muerte.

Desasosiego,  vehículo de un afecto  que aplasta el deseo y eleva en proporción a su intensidad, el goce que no encuentra, el modo, las  vías habituales,  de ejercerse.

Síntomas de este más de goce y menos de deseo,  que por otra parte atraviesa la subjetividad de los sujetos modernos,  son, por ejemplo:

La depresión, la violencia con su por qué y la violencia sin su por qué, los pasajes al acto que se multiplican, incluso disfrazados bajo diversas ideologías en las que se los pretende enmascarar;  el empuje al crimen, la frecuencia de los excesos sexuales, etc. En el fondo,  signos de una ruptura – y, en el mejor de los casos, un desborde puntual- , de los diques que cumplen en la economía libidinal  la función de límite a la deriva pulsional y a la satisfacción de las tendencias destructivas. Tanto hacia el propio sujeto como hacia los otros, sus semejantes.

Estos fenómenos se ligan no sólo a la invasión del real del virus y su carga enigmática, sino que recae sobre un sujeto que habla, afectado, como señalé antes, por la incidencia de: por un lado, el discurso de la ciencia, sobre el que se ha desplazado un sujeto supuesto saber, ¿qué? Un saber hacer con la falta en ser, estructural y propia por el hecho de estar habitado por el lenguaje. Esto es apreciable en la oferta que abre a toda reparación de lo que para un común, se presenta como imposible. Pongamos allí, órganos, reproducción asistida,  chips, ortopedias para diversas mutilaciones, y la lista sigue: es la promesa efectiva de la reparación, la saturación de la falla. Se ofrece como un tratamiento real de lo imposible.

Por otro lado,  el discurso capitalista que pone en órbita el objeto enaltecido del consumo, objeto tapón al servicio más bien del goce y no a los fines del objeto causa del deseo,  cuya  lógica feroz promete toda ausencia de pérdida.

Y en tercer lugar, tenemos al sujeto moderno, que padece la declinación, el desvanecimiento , de la función paterna. Función cuyo papel es la de una operación simbólica que introduce un orden en el discurso  y pone de acuerdo la ley y el deseo, permitiendo el acceso del sujeto a un goce posible.

Este desvanecimiento  de la función paterna, producto de la oferta fascinante de esos discursos de la ciencia y el capitalismo,  no es ajena  a la emergencia de los nuevos síntomas modernos y las mutaciones del ser que habla.

Respecto a ello, Lacan predijo ya en 1967 (Proposición del 9 de octubre de 1967, sobre el analista de la escuela) los hechos segregativos de la evaporación de la función del padre.

Me parece muy pertinente, al respecto de las soluciones que encontramos a esta declinación del padre, lo que nos ofrece el texto de Verónica Voruz (L’Hebdomario,  7 mayo 2021, texto on line), al que cito a continuación.

Las soluciones “que encontramos en el campo de la sexualidad son: el poliamor, las diversas combinaciones del  mundo “trans”, las perversiones organizadas en catálogos, los goces localizados en lugares de encuentros.

En  la parentalidad, la adopción y la FIV ( fecundación in vitro) en los homosexuales, el don de esperma entre amigos, el desmembramiento de la autoridad paterna entre tres o cuatro parientes, reconocidos por los tribunales.”

También señala “la frecuencia en los menores de 40 años, de  los tatuajes, los piercings y cualquier otra manera de personalizarse, de apropiarse de su cuerpo”, a falta, podemos decir, de la operación simbólica que articula goce, cuerpo y palabra.

Verónica Voruz,  finaliza esta fenomenología del ser que habla, con una ironía nada banal: “reina la  particularidad, el gran camino de lo simbólico está des-afectado y los “anormales” son  mayormente los que eligen una vida monógama y hetero-normativa, como se dice desde Judith Buttler.”

Y concluye “ha aparecido un  término bastante peyorativo para designar aquellos que no han cambiado de “género”, que consienten a dejarse determinar por su anatomía: los “cisgéneros”. (alusión a los que están de un solo lado)

Lo que nos lleva sin duda, a reflexionar que lo que es fuera-de-norma se reivindica en su derecho al goce, como la normalización de lo particular. Conviene situarlo como una nueva  versión de la segregación en la era hipermoderna  caracterizada por cierta globalización del Otro.

No es por allí a lo que conduce la experiencia de un análisis que toma no lo particular , según lo hemos expuesto, sino que lo conduce  a extraer lo singular del goce  al cual el sujeto  parte anudado, para desprenderse de él y encontrar un nuevo arreglo con la pulsión.

LA FAMILIA.

I.

El siglo XXI en sus comienzos,  encuentra una familia que aún debe  ser situada, descrita su fenomenología y sus nuevos síntomas.

 E. Durkheimer,  sociólogo y filósofo francés  del siglo XX, considerado uno de los padres de la sociología,  y que se inspira en el psicoanálisis para desarrollar su crítica a la institución familiar, es quien liga la obra freudiana con la situación histórica concreta  de una decadencia de la vida familiar burguesa. Los hijos de “esa  burguesía rechazaron  las ilusiones de sus padres para tratar de encontrar otras aspiraciones que expliquen el desasosiego que los invadía”.

Por un lado, Lacan lee  esta crisis de la institución familiar, en clave de  declinación de la imago paterna,  y es la que , en sus palabras, dará lugar al surgimiento del complejo de Edipo,  eje medular de su doctrina, como  síntoma freudiano. Subrayando que es el desarrollo de síntomas y crisis psicológicas, como producto de la contracción de la familia la que posibilitó a Freud descubrir el Edipo y con ello, producir la coyuntura del surgimiento del psicoanálisis como respuesta.

 Y por otro,  es en 1938  ,  en La Familia, al tomar apoyo en la teoría durkheimiana de la contracción de la familia  y del término de la familia conyugal  donde nos dice: “Cualquiera que sea el futuro, esta declinación de la imago paterna, constituye una crisis psicológica”. Verdadera anticipación de lo que serán las nuevas formas del síntoma, en el ser que habla.

Durkheimer, en 1892 en el curso sobre la familia,  la plantea así: “Doy ese nombre a la familia tal como se constituyó en las sociedades originadas en las sociedades germánicas, es decir, en los pueblos más civilizados de la Europa moderna(…)La familia conyugal resulta de una contracción de la familia parental. Esta incluía  al padre, a la madre y todas las generaciones originadas en ellos, salvo las hijas y sus descendientes.

La familia conyugal no incluye más que al marido, la mujer y los hijos solteros(…) Aunque el hijo casado sigue ligado a sus padres, tiene el deber de alimentarlos en caso de enfermedad y, a la inversa, tiene derecho a una parte determinada de la fortuna familiar(…)

Esas son las únicas obligaciones jurídicas  que sobreviven (…), no hay  nada en ello que recuerde el  estado de dependencia perpetua que estaba en el fundamento de la familia paternal y la familia patriarcal.

Visto que sus únicos elementos permanentes son el marido y la mujer y que todos los hijos abandonan tarde o temprano la casa, propongo”, dice  Durkheimer, “llamarla familia conyugal”.

No caracteriza a  esta nueva familia, ni el patriarcado ni lo paternal,  siendo que ambas formas remiten a una figura del padre omnipotente e investido del poder de decisión , casi inapelable y exento de críticas.

Su caída no excluye su actividad en algunas sociedades en las que se observa su permanencia tradicional y conservadora. No es lo propio de las sociedades atravesadas por el capitalismo, la ciencia y la tecnología globalizada, aunque sus semblantes y simulacros de la autoridad la intenten preservar.

Desde la perspectiva del psicoanálisis y su práctica, no es lo que encontramos en lo que dice el analizante:  el padre que se presenta en el relato de la novela familiar, es más bien un ser débil, imperfecto, acusado  por su indiferencia, descuidos y torpezas. Se le pide ser perfecto y se denuncia su imperfección, se lo demanda cercano pero no demasiado, que responda con altura pero no con imperativos.

Como recuerda Lacan “el padre , tan nombrado, ya no impacta en la familia”.

En nuestra época, resultado de un discurso que nos atraviesa globalmente y se inmiscuye en todas las tradiciones y valores perforando lo que organiza las relaciones de parentesco, alianza, filiación y el lazo entre uno y el otro sexo, habría que interrogar qué clase de estatuto conviene darle a lo que queda de esa familia conyugal definida por Durkheimer .

La sociedad, lo que llamamos la sociedad no es un cuerpo inmóvil ajeno al sujeto que habla, no es un elemento invariable, fijo, inmutable.

Varía según los discursos amos que la infiltran. Lo social esta hecho, como afirmaba Freud en Psicología de la masas y análisis del yo, “en la vida anímica  individual, aparece integrado siempre, efectivamente “el otro” como modelo, objeto, auxiliar o adversario, y de este modo la psicología individual, es al mismo tiempo y desde un principio psicología social(…)”

Sin hablantes, no hay discurso. El sujeto es efecto de su encuentro con el campo del lenguaje , del Otro que lo encarna, del Otro que le habla. Es esa lengua misma incorporada por el sujeto, infiltrada por su encuentro con lo traumático de sus encuentros, con los que el cristal de la lengua  crea nuevos significados que sirven, suplen lo que no tiene nombre.

Es por tanto móvil, si puedo decirlo así, sensible a los discursos que dominan el horizonte subjetivo de la época en la que se vive. Permeable por tanto a los significantes que, en el lugar del Otro, organizan los valores, las creencias, los ideales y los supuestos con los que se acoge por ejemplo, al infans que resulta del encuentro de los partenaires  que lo engendran.

Ellos, los partenaires, encarnan el Otro del lenguaje tal como lo encuentra sedimentado la época en la que se habita.

II.

En nuestra modernidad,  ya incluso Freud en Malestar en la cultura,  protesta y analiza la sociedad en que vive como una sociedad, que lejos de calmar la insatisfacción , la alimenta, la exacerba ,  difunde la insatisfacción que la intensifica como nunca y  de ella derivan cierto número de consecuencias perceptibles a gran escala.

Hoy eso se ha exacerbado aún más. Por ejemplo, estamos atrapados en lidiar con esa lluvia de objetos que nos caen encima, entre los cuales debemos navegar y- lo querramos o no-,  nos arrastran a pensar en ellos. Están aquí y estarán cada vez más. También, como ya indiqué,  se habla de la sociedad de consumo a la que simplemente entramos en esa aceleración  donde lo que se consume es tan rápido como lo consumido  y el que consume se agota consumido.

Pero y para ir finalizando, me gustaría todavía traer lo más propio de la familia, si puedo decirlo así. La familia como matriz inaugural del sujeto por venir, es el lugar en el que recae la tarea de responder al llamado que hace al  Otro , ese infans, que solicita como viviente ser admitido en el deseo para pasar a constituirse como sujeto.

J-A. Miller (Cosas de familia en el inconsciente, ELP-RBA), trae a Levy-Strauss, enorme investigador y padre de la Antropología estructural ,  para quien  la familia “es un grupo social que posee por lo menos tres características: tiene su origen en el matrimonio, está formada por el marido, la esposa, los hijos nacidos y algunos miembros más,  y sus miembros están unidos por lazos legales de derechos y por prohibiciones sexuales”

Miller interroga estas tres características : ¿qué podemos decir hoy, de esta definición? Y las lee desde el discurso analítico que nos enseño Lacan.

¿Tiene su origen en el matrimonio?

No, la familia tiene su origen  en el malentendido, en el desencuentro, en la decepción, en el abuso sexual o en el crimen.

¿Está formada por el marido, la esposa, los hijos, etc.?

No, la familia esta formada por el Nombre del Padre, por el deseo de la madre y por los objetos a.

¿Está unida por lazos  legales, derechos y obligaciones?

No, la familia está esencialmente unida por un secreto, está unida por un no dicho.

Ese secreto, ese no dicho, es un deseo no dicho, es siempre un secreto sobre el goce: de qué gozan el padre y la madre.

Pero hay un detalle, un divino detalle que no es posible dejar de destacar: también es el lugar donde se aprende la lengua materna, esa que hablamos y que al hablarla, testimonia del vínculo con la familia de la que se viene, es la lengua que nos habló y que el otro hablaba antes de nosotros.

En ese preciso sentido, la familia es lo que en psicoanálisis llamamos, el lugar del Otro. El ser humano está al nacer, más inacabado que cualquier otro animal, de manera que necesita de los cuidados del Otro.

Es en ello que uno nace en la lengua del Otro, encarnada en aquellos que nos han hablado. Esas cosas que forman la “familia” , (el Nombre del Padre, el deseo de la madre, los objetos a, ) serán las que organizan, estructuran lo que deviene como  saber inconsciente, como marcas que conmemoran un acontecimiento corporal inolvidable con el cual se configurará el síntoma, que es lo más propio de lo que goza un sujeto en su relación al inconsciente.

III.

La familia de hoy ya no es la que era.  La que encontramos no es ni la del siglo XIX ni la del siglo XX.  Su composición es diversa: heterosexual,  homosexual,  monoparental, ensamblada,  monosexual. Afectada por el sometimiento del sujeto a la voluntad de explicar todo  a través de la ciencia, alienados a los objetos, y a su extraordinaria proliferación, a  las pantallas donde se encuentra la mirada planetarizada y la voz , sede de los mandatos y su poder de fascinación.

Este sometimiento al objeto y su uso, se vio especialmente agudizado durante la pandemia en la que hemos visto escenas de lo más varias, que van desde creaciones y malestares de los más diversos, extraños, cómicos y dramáticos , entre la tragedia y la comedia, como coartadas a lo inédito de la presencia , inminencia,  del contagio, la infección , la enfermedad,  nombre de la pulsión de muerte que campeaba a sus anchas, despertando fantasmas en algunos casos, en los que la ficción y la realidad hacía confusos sus bordes, sus límites,  arrastrando al sujeto a estados más o menos angustiosos.

Se impone la pregunta  de qué efectos sintomáticos produjo ese aislamiento obligado con los padres, miembros de la familia,  a tiempo completo, y la de muchos otros partenaires : los  que encontró en las pantallas .

Pero de cómo afectó al sujeto, uno por uno,  tal encuentro con esos partenaires  en lo más íntimo y singular, dará prueba  la  experiencia clínica, lugar desde el cual  esta pregunta puede ser articulada una vez que es dirigida a un analista.

Respecto a esa presencia amenazante , Antonio Muñoz Molina, conocido periodista y escritor,  en su columna de Babelia ,( Diario El País, 15 mayo 2021), entre la gran profusión de reflexiones, comentarios, escritos que ha originado la intrusión del virus en la vida cotidiana, ésta resuena casi lacaniana:  “Otra lección española  que hemos aprendido  que no debemos haber olvidado, de que la voluntad de negación y derribo puede ser mucho más poderosa que la de preservar lo valioso y levantar lo nuevo y mejor”.

Si,  la pulsión de muerte vehiculizada  como odio al goce ajeno es uno de los modos más evidentes de proclamar su presencia y acción. Freud anticipó estas fuerzas poderosas y las llamó Eros, lo que ama la vida, la libido, el deseo y Tanatos, la pulsión de destrucción, que trabaja en silencio y, como nos advierte en El Malestar en la Cultura,  está en el corazón mismo de lo que obra en la civilización.

La familia, es el lugar donde se produce el inolvidable encuentro con la imagen que unifica y su resonancia en el cuerpo real, como júbilo. Es  el lugar de la experiencia del orden simbólico desde el primer par significante, pura jaculación, con el que se inicia el anudamiento, siempre singular, entre lo real, lo simbólico y lo imaginario.

De todos esos encuentros de acontecimientos de cuerpo, se da lugar al deseo que allí nace.

Hoy,  el progreso de la tecnociencia, oferta un partenaire seductor. Aquel que  nos confronta a  la voz planetarizada, a la mirada, que nos encuentra  desde cada una de las ventanas digitales abiertas a nuestra insondable fascinación, a las imágenes atrapa miradas que cautivan al parlêtre .

Imagen y palabra, fundamento de nuestro ser hablante cautivo y sobredeterminado  por su condena a incorporar el lenguaje y su estructura y entregado al deseo de ese Otro, que lo espera y lo encarna , según  el decir anticipatorio de Freud ya en el siglo XIX y articulado por Lacan a lo largo de su enseñanza original y fecunda.

De ese malestar  producido y generado como una experiencia sentida en el cuerpo mismo,  por su encuentro con la ética de quien le habla y la respuesta particular que cada uno alcanza a efectuar, de eso se ocupa el psicoanálisis en su práctica

A modo de conclusión.

La alteración del orden simbólico que experimenta este comienzo de siglo XXI a raíz de los discursos dominantes que nos bañan, como el de la ciencia y el capitalismo ,  -como lo demuestra la historia-, no serán sin consecuencias: en lo más íntimo de cada sujeto, en las relaciones de filiación,  en la tradición, en las nuevas formas de familia y en los lazos que promuevan, en el valor del amor, y en  las nuevas versiones que del  padre aparezcan.

Lo que permanece, más allá de los cambios de régimen en una sociedad, es la pulsión de muerte, sobre la que Freud y Lacan advierten que no se reduce.

Ninguna ilusión acerca de su desaparición aunque sí, de la transformación de los cauces y los medios que la limitan y la ordenan.

Enlace a la clase:

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