En este ciclo vamos a examinar algunos testimonios de pase así como otros, de analistas que no lo hicieron, para interrogar diferentes maneras de relación con la Escuela. Partimos entonces de una pregunta: ¿qué nos enseña el pase con respecto al modo de estar en la Escuela?
La Escuela surge de una paradoja que J.A.-Miller señala en Teoría de Torino acerca del sujeto de la Escuela cuando afirma “si cada uno es reenviado a su propia soledad, separado del significante amo, ¿cómo podría sostenerse una comunidad? Esta es la paradoja de la Escuela y su apuesta, que presupone, en efecto, que sea posible una comunidad entre sujetos que conocen la naturaleza de los semblantes y cuyo Ideal, el mismo para todos, no es otra cosa que una causa experimentada por cada uno a nivel de su propia soledad subjetiva, como una elección subjetiva propia, una elección alienante, incluso forzada, y que implica una pérdida.
Eso que Lacan llama una Escuela es una formación colectiva de la cual, en teoría, cada miembro lo sabe… sabe algo en la medida en que está analizado, en que se analiza; en la medida en que conceptualmente ha incorporado lo que enseña un análisis; esto es, que cada uno está solo: solo con el Otro del significante, solo con el propio fantasma -que tiene un «pie en el Otro»- solo con el propio goce éxtimo. La Escuela es una formación colectiva en la que la verdadera naturaleza de lo colectivo es sabida. No es una colectividad sin Ideal sino una colectividad que sabe lo que es el Ideal y lo que es la soledad subjetiva. La Escuela es una suma de soledades subjetivas y este es el sentido de nuestra fórmula «uno por uno». (1)
Subjetivar esta Escuela, una Escuela sujeto que es algo radicalmente distinto de una sociedad de analistas, o de una democracia de amos, cada uno independiente, cada uno en su excepcionalidad, “implica que cada uno mida la diferencia entre la causa particular del propio deseo y la causa freudiana como significante ideal”. (2)
Una relación así con la Escuela posibilita seguir trabajando el propio síntoma y mantener la posición de analizante. Este pasaje de una Escuela fantasmática a una Escuela sintomática sólo surge de un análisis cuando éste está orientado por lo real.
Por otro lado, para llevar a cabo su tarea, el deber que le corresponde en este mundo, la Escuela requiere del compromiso de sus miembros en una potente transferencia de trabajo a la que podemos llamar una orientación, una orientación argumentada, discutida, que implica no dejar a cada uno tranquilo en su rincón.
Una Escuela así, en la que intensión y extensión están articuladas, necesita de una masa crítica de miembros causados por un deseo de hacerla existir, tomándola como lo que dice Lacan que es en su Acto de fundación, como un órgano de control y de crítica al trabajo que en ella se hace. El deseo de una Escuela así compromete al psicoanalista a controlar su práctica, que no es sino otra modalidad de la transferencia de trabajo: “toda empresa personal llevará a su autor a las condiciones de crítica y de control a las cuales serán sometidos en la Escuela todos los trabajos que haya que llevar adelante”. (3)
El objetivo de nuestra investigación en este espacio es entonces tratar de dilucidar a través de diferentes testimonios cómo surgió en cada uno de ellos el deseo de una Escuela así.
- J.A.Miller, «Teoría de Torino acerca del sujeto de la Escuela». El Psicoanálisis, nº 1, pg.69.
- Ibid., pg.71.
- Lacan, Jacques., “Acto de Fundación”, Otros Escritos, Buenos Aires. Paidós, 2012



