Ignacio Castro – Eloísa Cano – Rosa López – Esther Peñas

Presentación de Sexo y silencio

Por Carmen Bermúdez – Directora de la BOLM

El pasado 11 de mayo se presentó en la BOLM el libro de Ignacio Castro, Sexo y silencio.

El acto convocó la presencia de un nutrido grupo de asistentes, tanto de colegas de nuestra sede como de invitados por parte del autor.

Ignacio tiene ya un vínculo con nuestra Escuela de hace años y ha presentado anteriores publicaciones en nuestra sede.

Los comentarios tanto de las ponentes invitadas, Esther Peñas y Rosa López, como de Eloísa Cano, coordinadora de la presentación, fueron tres afinadas lecturas del texto que invitaban a su lectura, resaltando entre otras cosas la detallada documentación del autor.

A continuación intervino el autor con el tono irónico y polémico que ya es conocido por parte de los que le hemos escuchado en diversas intervenciones. Se generó un prolongado coloquio con intervenciones muy diversas.

Sexo y silencio

Por Eloisa Cano – Socia de la Sede de Madrid de la ELP

Buenas noches, bienvenidos todos.

Desde la Biblioteca de Orientación Lacaniana de Madrid tenemos hoy el gusto de presentar este libro,” Sexo y Silencio”, de Ignacio Castro Rey, al cual, desde la comisión de la biblioteca, agradecemos su presencia, al igual que la de los otros invitados, Rosa López y Esther Peñas.

Voy a empezar por  presentar a nuestros invitados:

En primer lugar al autor, Ignacio Castro Rey, al que muchos conoceréis. Ignacio Castro es filósofo, crítico de cine y arte, gestor cultural y profesor.  Además de ser autor de múltiples artículos y conferencias es  profesor invitado en diferentes universidades. Ha publicado numerosos libros, entre ellos Lluvia oblicua, Mil días en la montaña, Ética y desorden, Votos de riqueza, La depresión informativa del sujeto, Crítica de la razón sexual, …entre otros. Como gestor cultural ha editado volúmenes colectivos: Junto a Junger, Informe sobre el estado del lugar y Otro marco para la creación. Desarrolla una enorme labor filosófica  pero siempre desde su ojo crítico, erudito, a la par que poético y evocador.

Esther Peñas, madrileña, es periodista de profesión y poeta por vocación. Destacan sus poemarios El paso que se habita (Chamán) y La vida, contigo (Adeshoras), así como el ensayo De la estirpe de las amazonas (Wunderkammer). Imparte talleres de escritura creativa en Vallecas, colabora semanalmente con el programa de rock Lou Reed ha muerto y es plumilla en cabeceras como CTXT, Ethic o Turia.

Cortázar, san Juan, Octavio Paz, Valente, María Negroni, Menchu Gutiérrez, Gabriela Llansol y Pizarnik la sostienen.  Ejerce el discipulado de la escucha, custodia la gracia de la fe, profesa la alegría, canta el prodigio, atiende del don. Ama la vida.

Rosa López es psicoanalista, miembro de la ELP y de la AMP, es Analista Miembro de la Escuela y docente de la Sección clínica del Instituto del Campo freudiano. Ha pertenecido a la escuela desde su formación, desarrollando diferentes responsabilidades tanto en la ELP como en la sede de Madrid. Ha sido Coordinadora del Nucep y todos la conoceréis porque  ha impartido numerosas conferencias y cursos a lo largo de los años, donde transmite la enseñanza lacaniana siempre desde una visión divertida y estimulante.

Antes de darles la palabra a cada uno de ellos quería introducir el tema dando algunas pequeñas  pinceladas.

Este libro, Sexo y Silencio, no es un manual de sexología ni de recetas baratas. Es un libro filosófico, pero también poético, donde el autor Ignacio Castro nos dice ya en el prólogo, que su obra intenta “una comprensión de nuestro imaginario sexual compartido” advirtiéndonos  que “estar vivo es una enfermedad mortal” de la cual intentamos recuperarnos. Nos dice y cito que “La sexualidad y los afectos son algunas de las herramientas que tenemos para encontrar un modo de cura, aceptando que es imposible superar el mal de vivir”.

Cuando leí el libro no pude menos de acordarme de una escena, para los que seguisteis la noche de los últimos Oscars, (tranquilos que no voy a hablar de W.Smith)  del premio que se dio a un cortometraje de animación español, no sé si lo recordaréis, llamado “El limpiaparabrisas”, (The windshield wiper), del director Alberto Mielgo. Es un corto de animación, pero para adultos. En el corto, que dura 15 mins, un hombre se pregunta “qué es el amor”? y nos va a mostrar diferentes viñetas donde reflexiona acerca del amor en los tiempos actuales, la incomunicación, la soledad, … Hay en concreto una viñeta que quería resaltar donde se muestra a dos personajes, un hombre y una mujer que no se conocen que están en un supermercado, y a la vez que hacen la compra  buscan citas en una aplicación de citas; con una mano van llenando su cesta de productos y con la otra van pasando perfiles y  dándole a like a los perfiles que les gustan. En un momento dado están uno al lado del otro, pero no se ven ya que están tan concentrados en la tecnología que no pueden prestar atención al entorno. Y peor aún, a cada uno de ellos le aparece como propuesta el perfil del otro, ambos le dan a like, se produce un “match”, pero ninguno de los dos se da cuenta que es la persona que tienen a 3 cms la que está al otro lado de la pantalla. Y siguen su camino cada uno sin encontrarse!  Totalmente absortos en el móvil.

Mielgo muestra personajes incapaces de alzar la vista en busca del amor, dejando sus destinos en manos de un algoritmo que no les satisface.

Esta escena, inconcebible hace 50 años, nos muestra eso que el filósofo Byung Chul Han describe como “la agonía del Eros” preguntándose si ¿está el amor muerto? El individualismo contemporáneo unido al capitalismo elimina la alteridad para someterlo todo al consumo, afectando seriamente así la experiencia erótica y amorosa.

Ante este panorama desolador para el eros, Ignacio Castro nos hace una propuesta interesante. En “Sexo y silencio”, (publicado por la  editorial Pre-Textos), se transmite un intento entre filosófico y poético de defender una inteligencia subversiva del sexo, a pesar de la deserotización profunda producida por la corriente neoliberal capitalista, aconsejándonos “que no estaría mal, en el sexo y en el amor, aprender a vivir sin doctrina, apostando por el acontecimiento y el peligro de los afectos”.

Esta amena y erudita lectura que recorre y reivindica la intensidad de diferentes pensadores contemporáneos como por ej. , Lispector, de Simone Weil a Agamben, de Pasolini y Lacan a Tiqqun, nos propone finalmente que el amor reinventado es lo único “que puede librarnos de la soledad pornográfica del cuerpo sollozante, agotado por la promesa humillante de una circulación sin fin de las mercancías”. Y citando a Marguerite Duras, ya se sabe que “No es tener sexo lo que cuenta, sino tener deseo”.

Comentario de Sexo y silencio

Por Rosa López – Miembro de la ELP y de la AMP

Agradezco a la Biblioteca de la Sede de la ELP Madrid la invitación a presentar este libro y a Ignacio Castro quien confió en mí personalmente.

Sexo y silencio ha sido concebido con “una ambición desmedida”, la de transmitir un decir que escandalice la moral de esta época.  Época que presume de liberar el sexo siendo que lo que ha convertido en una obsesión sobre un fondo de obligación. Nadie obliga a nadie a gozar, salvo el superyó que ha ascendido al cenit del discurso actual con un imperativo que nos condena a la impotencia cuando no a la angustia: ¡Goza!, ¡Goza todavía más!, ¡disfruta al cien por cien! Es esto lo que encontramos en los últimos tiempos en el discurso de los pacientes.

El autor, una mezcla de sabio, hombre de la calle y enfant terrible, navega con soltura entre los lugares comunes y la erudición. Leer Sexo y silencio me ha permitido reconocer ideas de la teoría psicoanalítica dichas con otras palabras, así como tomar el pulso a la interpretación que sobre la sexualidad hacen algunos de los pensadores actuales. La escritura de Ignacio transmite todo esto y, por supuesto, su propia lectura de la época en la que nos ofrece, sin ambages, el filo cortante de una crítica que no se deja alienar.

Me interesa especialmente el tono impertinente de este libro que se ha escrito “A contrapelo de la pesada letanía moral de un sexo saludable y apostando por el acontecimiento y el peligro de los afectos”.  Deacuerdo con esta orientación salgo del prólogo con ganas de continuar la lectura, más aún cuando la frase final nos dice que: “es imposible superar el mal de vivir. Solo se trata de entrar en él, dándole forma”.Sexo y silencio centra su crítica en el empoderamiento de la sociedad occidental, donde el espectáculo político no es más que el disfraz de un vacío sobre un fondo nihilista.

Creo percibir entre líneas un lamento personal por el distanciamiento de la naturaleza y me gustaría que nos explicaras cómo concibes la relación posible entre esos seres exiliados del instinto natural que somos y lo que denominas la “naturaleza”. En ocasiones se vislumbra una visión romántica que convive en el propio libro con los postulados contrarios que con Lacan resumimos mediante el aforismo “La proporción sexual no existe”. Traigo una cita para ilustrar este aspecto que me resulta especialmente interesante:

“A pesar de la deserotización producida por la presión política, hay una inteligencia subversiva en el sexo, una verdad vinculada a un feliz subdesarrollo de los afectos, inseparable de la pasión, de un deseo por fin liberado”.

También los psicoanalistas nos dedicamos a interpretar la moral de la época y sus consecuencias, pero mantenemos una causa estructural y, por ende, atemporal: el ser que habla, por el hecho de hablar, goza mal en occidente o en oriente y en cualquier época. La causa del mal gozar solo puede explicarse parcialmente por la presión política del momento.

Toda época segrega una moral que afecta a la vida erótica. Que la actual sea deserotizante y fría no supone que hubo algún tiempo o algún lugar donde la sexualidad se manifestara libremente guiada por una supuesta “inteligencia subversiva primitiva”. Para el psicoanálisis no hay sexualidad sino traumática y, por tanto, productora de síntomas. 

Dicho esto, me gusta mucho la manera en que el autor afronta las consecuencias inesperadas e ineliminables del encuentro sexual. Siempre hay un factor de riesgo que ahora se quiere eliminar con la promoción de un sexo preventivo, puramente lúdico, contractual y a la carta. Es decir, sin consecuencia alguna. ¡Que ignorancia! El sexo es siempre una experiencia incalculable que puede “armar al blando de corazón y desorientar al poderoso e insensible”.

En el capítulo dedicado al cuerpo, Ignacio plantea su propósito en los siguientes términos: “Intentaremos mostrar que, como fenómeno consumista de masas, la liberación sexual de estas últimas décadas es bastante ingenua, si no anímicamente virgen, ya que antes de expandirse ha sido limpiada de cualquier experiencia espontánea y libre en la oscuridad de las relaciones corporales”.

La liberación del sexo es sin duda un ideal ingenuo, otra forma de desmentir que la proporción sexual no existe y que el síntoma de cada uno, sin excepción, es la manifestación de lo que no anda en la sexualidad. Si a estas condiciones ineliminables se les añade el brutal fenómeno consumista del capitalismo los estragos se multiplican. Por ejemplo, es notable las consecuencias sobre el plano del amor. Ignacio pone el acento en la represión actual de “la sentimentalidad” cuestión que verificamos continuamente en el diván.

Hay toda una reflexión sobre la imagen del cuerpo en la que se verifica como la pulsión de muerte se manifiesta, paradójicamente, en el anhelo de la eterna juventud. Un fantasma clásico de todos los tiempos, pero que ahora encuentra una respuesta inmediata con la creación de una industria destinada a conservar y perfeccionar la imagen.

En Sexo y silencio se plantea una mutación antropológica que huye de la vida mortal y en consecuencia pierde la sensualidad, produciendo una mutilación afectiva, a la vez se nos indica la salida de este espanto: “habría que comenzar porque nos sedujese de nuevo lo desconocido. En uno mismo y en la vida de los otros”. Por esta vía entramos en el terreno del amor, el tercer elemento de la vida erótica, junto con el goce y el deseo.

Son particularmente elocuentes las frases en las que el autor nos muestra que el amor obedece a la lógica de la contingencia inesperada que nos cambia. Cambia nuestra mentalidad y remueve los cimientos de lo que éramos. “El amor es una puntuación sin texto” que requiere un ingente trabajo. Pero también es una caída, como queda reflejado en la lengua inglesa o la francesa fall in love, tomber amoureux, mezcla de euforia y tristeza que nos hace pasar por nuestra propia extrañeza a través de la del Otro. Lamentablemente no corren buenos tiempos para el amor cuando lo que comanda es el discurso capitalista. “Si el sexo está sobrevalorado, y posiblemente lo está, es porque la gente ha sido empujada por la economía a una soledad seca e inconfesable”.

En otra época el psicoanálisis fue acusado de pansexualismo. Lo que no se ha comprendido del descubrimiento freudiano es que si el sexo está por todas partes, es porque no está en ninguna. De allí que la esencia de la sexualidad humana es carecer de toda esencia, y que se pueda gozar tanto del exceso como de la privación, de lo que resulta saludable para el cuerpo como de aquello que lo enferma. Por ese motivo, toda afirmación de identidad no es, en el fondo, más que la declaración de una impostura. Un sentimiento que siempre nos acecha, salvo en la psicosis, donde no se duda de nada, y se sabe de antemano lo que sucede, lo que sucederá y la causa que todo lo explica.

El psicoanálisis ha mostrado que la tragedia humana, aunque también su grandeza, proviene del destierro originario que priva al sujeto del inconsciente de toda connaturalidad con su organismo y su entorno. El otro me es tan ajeno como el mal llamado “cuerpo propio”, puesto que no hay nada más impropio que el cuerpo, razón por la cual prosperan las pedagogías de la felicidad programada, formateada, que triunfan en la medida que prometen una satisfacción sin los riesgos de la contingencia, del trauma, del dolor, de la pérdida y del fracaso.

El paradigma contemporáneo incluye también una modalidad de amplio espectro, un mercado que da la bienvenida a las múltiples formas de sexualidad “escogida”, porque todo vale para desmentir lo impar del inconsciente y la imposibilidad de curarnos de la falta en ser.

Desde luego, el psicoanálisis no es la única cura existente. Pero tal vez su excepcionalidad resida precisamente en que renuncia a curar o, quizás sea mejor decir que cura por medio de una reconciliación ética con lo incurable.

A propósito de Sexo y silencio

Por Esther Peñas – Periodista y escritora

Sexo y silencio, tal y como se nos anuncia en el prólogo, «apuesta por el acontecimiento y el peligro de los afectos». El acontecimiento como algo perturbador que parece suceder de repente y que interrumpe el curso normal de las cosas. Para Alan Badiou, el acontecimiento parte en dos la historia del mundo. Nos transforma. Es imposible permanecer indiferente ante él porque nos traspasa. Es un desorden (palabra tan del gusto de Ignacio) del que no cabe rescate posible, que muele y remueve. No hay muchos caminos en los que se dé la posibilidad del acontecimiento: la poesía (entendida más allá del verso, como manera de estar en el mundo), la religión (intuitiva y sensitiva, más que normativa) y el amor. También el sexo, acaso como el abandono más primario, capaz de «desbaratar las reglas de la decencia y la falsa civilización de hoy en día». «Poseyendo, somos poseídos», escribe Ignacio. El sexo como epifanía en la que entramos en comunión, quebrándose nuestra ínsula solipsista a la que nos conmina el capitalismo.

Por eso nuestra sociedad teme al deseo. Porque conoce «la inteligencia de su sangre», sus bujías, su fuerza, sabe de lo que es capaz. En realidad, teme al deseo al igual que aborrece cuanto supone estar vivo. Estar vivo no pretende cambiar el sistema desde dentro, pero permite vivir transitoriamente fuera de él. No comprar, no entregarse a la inercia, no estar en doma. Estar vivo coloca una bomba en el corazón mismo de la muerte. Estar vivo es caminar y ver lo que sucede, entregarse a lo que nos llega sin esquemas preestablecidos, sin quererlo descifrar en primera instancia, abrirnos a ello.

Y como nuestra sociedad teme al deseo, trata de convertir la sexualidad «en un índice del capital individualista». El capital precisa de la aceleración del tiempo, pero también de la compresión del espacio. Por eso lo turbo y lo híper dominan la cadencia. Un polvo que sea eso mismo, sin metáfora alguna. Algo que acalle nuestra necesidad fisiológica sin quebraderos de cabeza. Que sea inocuo, aunque se convierta así –disculpen el juego de palabras– en inicuo. Un polvo que respete la cronología mortecina de los hechos. Que no nos despierte.

«Bifo» Berardi ha propuesto que hablemos de semiocapitalismo, puesto que ya no existen cosas materiales sino signos. Ya no hay producción de cosas como materiales visibles y tangibles sino producción de algo que es esencialmente semiótico. El sistema financiero es, ante que nada, un sistema de intercambio de signos. Como el sexo que nos vende el sistema. Carece de entidad, pero existe. Sexo des-almado. La producción de valor no está en la intervención generativa de la materia física y del trabajo del cuerpo, de los cuerpos, sino en el intercambio onanista de signos inmateriales. Como en el sexo que estila esta sociedad tan llena de achaques psíquicos y anímicos.

Sexo indiferente, pulsión de muerte en el vacío, en la ausencia del alma hecha cuerpo. Sexo en el que no hay una unidad discursiva, rápido, limpio, fantasmagórico. Sin afectos. A toda prisa ayuntamos, follamos, copulamos, chingamos, jodemos… cualquier cosa menos dejar que el amor nos haga. Como animales de distinta especie: uno vuela en el aire, otro nada en el agua, no ven lo mismo, jamás se encontrarán, sólo pueden ignorarse, y ni siquiera excluirse. Sexo expeditivo. Sin tener en cuenta que la velocidad genera una desarticulación y, tarde o temprano, caos.

Sexo sin sexo, al igual que viajamos por doquier sin adquirir vivencias, y nos enteramos de todo sin obtener conocimiento alguno.

«A nuestra sexualidad le falta pasión, el vértigo, la teología de su silencio», afirma Ignacio. A nuestra sexualidad, añado, y no sólo a ella, le falta atención, escucha, compromiso, facultades ajenas a nuestros relojes, porque transcurren o brotan de esa tercera aguja incandescente que mide el tiempo de lo que importa. Sólo desde el silencio es posible que el tiempo se acumule en su profundidad. El ruido convierte cuanto sucede en entretenimiento, en el perverso espejismo de que la muerte no existe. Pero cuando se niega la muerte en aras de la vida, la vida misma se trueca en algo destructivo. Siniestro.

Y porque la muerte no existe en el ideario capitalista, hay que expurgar su campo semántico: sufrimiento, dolor, fragilidad. Nada hay tan expuesto como dos cuerpos desnudos amándose. Nada nos evidencia tanto nuestra fragilidad como ponernos en las manos del otro. Pero esto exige tiempo. La tríada erotismo, sexo y amor lo requiere. No conoce atajos, resúmenes ni simplificaciones. La experiencia misma es la que se nos ha escamoteado estimulando un sexo administrativo. Hay que practicar el consumo bulímico de las series de Netflix como descargarnos con otro en la distancia emocional. Así nos concede el don de la liberación nuestro atento sistema.

Perder la cabeza, reconocer esa extraña electricidad que se enciende al contacto con otra piel, sentir cómo el mundo entero pasa a segundo plano cuando estamos con el otro, aspirar a ser hojarasca que arde en las pupilas de quien amamos, practicar ciertas renuncias, no escoger siempre el yo frente al otro, adensarse en esa locura del olvido de sí son fracasos para un sistema incapaz de gobernar esas pasiones. Frente al descubrimiento del cortejo, frente al disfrute enlentecido de una nuca, unas manos, la caricia sobre un muslo, frente a la golosinería de segregar seda en los besos, la sexualidad bajo el imperativo de la higiene corporal y la organización. Frente a la ofrenda plena, un cuerpo dispuesto para el consumo, hecho producto de sí mismo, mercancía barata. Frente al sentido de las cosas, su supuesto significado unívoco.

Así, de esta pérdida de toda capacidad de crear ilusiones, afectos, esta pérdida de compromiso, esta pérdida para el teatro y el juego, surge el triunfo de la pornografía. Y del mismo modo que hoy se proscribe el chiste porque es equívoco, se relega la seducción, porque requiere del secreto, del pudor. Bajo la presión para producir todo se exhibe, se visibiliza, se expone. Todo queda a la inapelable luz de la transparencia. Por tanto, todo se vuelve obsceno. El cuerpo pornográfico carece de todo elemento escénico y trascendente; sólo le importa funcionar. El cuerpo pornográfico carece de todo simbolismo. La pornografía destruye la sexualidad y el erotismo con mayor eficacia que la moral y la represión. De la castidad ni se habla, claro (sí en el libro, no en nuestra sociedad), pese a que lo que enferma nuestros cuerpos no es la carestía, sino la demasía. El imperativo neoliberal del rendimiento, atractivo y buena forma física, acaba reduciendo el cuerpo a un objeto funcional que hay que optimizar, como los sistemas operativos de los móviles.

La huida, esa categoría que los antropólogos llaman patrón de conducta, define al hombre de hoy. Huimos de cuanto nos recuerde que somos finitos, porque ya nos lo dijeron: «el amor no duele». No se lo crean, porque nos duele, sabemos que es amor. Duele porque exige una dialéctica con la alteridad. Eso implica desconcierto, asombro, distinción. Duele porque, como todas las cosas importantes de la vida, requiere silencio, paciencia, escucha. Sacrificio, un vocablo que hiere sólo de escucharlo. Qué cosas. «Si todo encuentro puede decirse que es un encuentro amoroso es porque remueve por un momento todos los cimientos de lo que hasta entonces éramos». El amor pone en juego aquel acontecimiento que no cabe en ningún Uno determinable. Por eso duele.

A no ser que no duela porque no hay otro. De esa visionaria afirmación de Nerval primero y Rimbaud después, «yo soy otro» o «el otro soy yo», hemos devenido a «yo soy miles de yoes» en continua producción de nosotros mismos. Los selfies dan buena cuenta de esto. Quizás es que no hay otro. El otro es único, nos redime del infierno de lo igual, no es intercambiable bajo ningún concepto.  El otro, la alteridad. Alteridad, palabra que ha salido de nuestro vocabulario, sustituida por una sospechosa diversidad. La alteridad, el otro, lo otro, es único, no puede convertirse en mercancía. La diversidad acoge las diferencias consumibles, la diversidad sólo permite diferencias prescritas en conformidad con el sistema. Si no hay otro, el yo es devorado por el narcisismo, por una autorreferencia excesiva que procura una sensación de vacío.

Comparto el análisis que hace Ignacio tanto de Butler, como de Preciado y Despentes, que se reivindican como monstruos haciendo de su cuerpo un territorio con el que se comercia, se vende, se trocea, se expone. También su querencia ambivalente por Paglia, una presencia asidua en las reflexiones de Castro, mucho más auténtica, incluso en su candidez, que las primeras.

Sexo y silencio nos habla de todo esto y de otros asuntos no menores, de la voluntad neurótica del enfrentamiento incesante, de la maternidad, de la menstruación (lo que antiguamente se llamaba costumbre), de la atomización de las identidades, de la taimada postura de cierta izquierda ante los desafíos del cuerpo, de que lo inclusivo no supone la inclusión de nada verdaderamente problemático, sino de la exclusión de algunos… y todo ello con ese estilo alegre, travieso, nada lapidario, que no aspira a concluir sino a inaugurar.

Sexo y silencio, de Ignacio Castro.
Editorial Pre-Textos

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