Reflexiones sobre el libro de Luis Seguí: SEXUALIDAD Y VIOLENCIA: Una mirada desde el Psicoanálisis

Por Isabel Álvarez Martín – Mediadora y Abogada, dedicada a la Justicia Restaurativa. Participante del NUCEP.

SEXUALIDAD Y VIOLENCIA: Una mirada desde el Psicoanálisis, comienza con un estupendo prólogo de Rosa López que encuadra los temas que se van a plantear y estimula a seguir leyendo.

El libro, como no puede ser de otra manera al haber sido escrito bajo un prisma lacaniano, plantea numerosas y controvertidas cuestiones, suscitando muchas preguntas que ayudan a intentar entender nuestra sociedad actual, dando una visión muy particular de temas de gran interés y actualidad como pueden ser: el feminismo, fenómenos como el “me too” y cuestiones legislativas como la denominada ley “trans” o el tratamiento negativo del consentimiento en el popular “no es no”.

Respecto al feminismo me ha gustado leer que el patriarcado no es un concepto atemporal ni ahistórico lo que, optimistamente, puede llevarnos a pensar que no tiene por qué permanecer para siempre en nuestra sociedad pues, como toda construcción, puede ser deconstruida.

También nos recuerda que el machismo existente en la sociedad, tal y como la concebimos hoy, ha sido elaborado y consolidado por hombres y también por mujeres, cosa que en ocasiones se olvida y creo que es importante tener presente.

Esto nos lleva a lo planteado por Gerda Lerner sobre un enigma primordial: el porqué de la participación de la mujer en la construcción de un sistema que la subordina.

Si todo lo relativo a la discriminación y desigualdad de la mujer frente al hombre lo entendemos como un problema únicamente masculino, se puede abrir una brecha en la que, en ocasiones haría emerger dos posiciones muy radicalizadas y sin posibilidad de cruzarse entre sí, en la que, de un lado, estarían los hombres como agresores potenciales y, de otro, las mujeres como víctimas en potencia.

En el libro se habla mucho del goce y de cómo derecho y psicoanálisis lo tratan de forma distinta, buscando el psicoanálisis la singularidad del “uno por uno” y las leyes “un para todos” universal.

La buena labor del operador jurídico, desde mi punto de vista, debería tratar de ver a las personas sobre las que tiene que trabajar como sujetos únicos con circunstancias propias y tratar de singularizar cada caso en la medida de lo posible dentro del marco jurídico en el que nos vemos obligados a movernos.

El hecho de que un asunto pase a ser legislado es debido a que se ha convertido en un problema que afecta al grupo, por lo que la ley siempre va detrás de la realidad social. Así, en ocasiones, y cada vez con más frecuencia, se legisla a base de “titulares mediáticos”. Esto nos sitúa como sociedad en un terreno farragoso y en el que el legislador se mete en una encrucijada de la que le cuesta salir, tratando de contentar a todas las voces con palabras –a través de las leyes- que puedan decirlo todo. Desde el psicoanálisis sabemos que nos encontramos ante un imposible.

Así, se está llevando a cabo, como dice Luis Seguí en su libro, un populismo jurídico que pretende dar una respuesta simple a un problema muy complejo y que, en ocasiones, está tratando de tipificar como delito cuestiones más propias de percepciones singulares que de hechos objetivos.

El autor opta por hablar de violencia contra las mujeres o feminicidios, diferenciándolo del término violencia de género por ser el concepto de género más amplio al que el término legal quiere hacer referencia,  siendo este último cuando el agresor es un hombre y la persona agredida una mujer con la que tiene o ha tenido una relación de afectividad.

El libro plantea cómo en muchas ocasiones, cuando en un sujeto masculino se desata la pulsión homicida, no hay ley penal que le pueda disuadir de su pasaje al acto, renunciando a respetar los límites que la ley impone a su goce.

Esta imposibilidad de contención respecto al pasaje al acto es algo que se comprueba fácilmente si vemos las estadísticas respecto a la violencia contra las mujeres y que vienen a explicar por qué, a pesar de que se endurezcan las leyes contra este tipo de agresiones, no se reducen los casos. Si tratando de agravar las penas no se está consiguiendo que haya un cambio social en cuanto a la violencia contra las mujeres, quizás es el momento de tratar de hacer algo distinto desde las instancias correspondientes, teniendo mucho el psicoanálisis que aportar a la cuestión. Al leer esto me viene a la mente la frase de Jacques Lacan: “el diálogo, en sí mismo, es un rechazo a la agresión” y del efecto que la palabra podría tener en estos casos.

El derecho penal se mueve entre la responsabilidad absoluta de quien comete el crimen y el crimen pasional en el que, ignorando a la persona agredida, se pone el foco en el estímulo recibido por parte de la víctima que hace que el ofensor, actúe bajo impulsos tan poderosos que le hagan llegar a matar, pareciendo querer hacer recaer en ésta la responsabilidad de lo sucedido y no en el autor de la agresión.

Jacques-Alain Miller, acogiendo las palabras de Lacan, dijo que “nada es más humano que el crimen” si bien el tratamiento social que se hace desde los medios de comunicación de las personas que los cometen es a través de deshumanización, para tratar de borrar la parte de agresividad estructural que todos llevamos dentro. Se les retrata como monstruos para buscar una falsa seguridad y sentirnos a salvo de nosotros mismos.

En la sociedad actual, vemos cómo el capitalismo nos empuja al goce sin medida, cuyas consecuencias, entre otras, son el consumo incesante de objetos de acceso y satisfacción inmediata. Estos objetos son de fácil recambio lo que hace que se haya hecho más difusa la línea entre violencia y sexualidad.

Esa exigencia de goce, síntoma de nuestra época, está dando paso a nuevas formas de violencia y agresión, a las que el legislador trata -sin conseguirlo en muchas ocasiones- de dar una respuesta punitiva y que haga de límite disuasorio.

El libro tiene un capítulo dedicado a la lógica diferente de hombres y mujeres, sus goces asimétricos y de cómo esto tiene su importancia a la hora de establecer lazos sociales, sin olvidar que la violencia puede ser una forma de establecer un lazo social con el otro.

En los casos de violencia contra las mujeres, sobre todo cuando ha habido una relación afectiva de por medio, puede verse como la expresión de “odioenamoramiento” inventada por Lacan cobra su máxima relevancia cuando quien agrede pasa del amor al odio por no poder aceptar la incógnita que la persona amada supone en cuanto a su propio goce.

Esta lectura desde el psicoanálisis tiene su realidad social en los sucesos que vemos con frecuencia en las noticias en las que el miedo y frustración del agresor al ver que no es posible mantener la ficción ideal de “ser uno” con el otro, los lleva a acabar con la vida de su pareja y suicidarse después al haberse quedado sin una razón para seguir viviendo.

Si no hay una aceptación y posterior renuncia por parte de un sujeto a que el Otro tiene una parte desconocida e inaprensible, se puede llegar a un rechazo tal que busque aniquilar al Otro para tratar de descubrir el secreto de su goce.

Así su partenaire, antes sujeto, es reducido a objeto al cual trata de arrancar violentamente una confesión sobre el secreto sobre su goce, confesión que, en palabras de Lacan, nunca será suficiente.

Esta agresividad y violencia mostrada que puede verse como una fortaleza y supremacía del hombre sobre la mujer realmente es una debilidad con consecuencias, en ocasiones, catastróficas para las mujeres cuando, en palabras de Luis Seguí “su ansia y dominación de la mujer se ve en el espejo de la impotencia.”

La respuesta jurídica que se puede dar a todo esto es mucho más simplista que la ofrecida por el psicoanálisis, pudiendo entrar el juzgador, únicamente, a si ha cometido o no el crimen y, en su caso, si había alguna circunstancia que le hiciera no responsable o que pueda atenuar su responsabilidad o agravarla. Esta es una de las razones por las que creo que psicoanálisis y derecho hacen un buen tándem.

Luis Seguí señala que, en las sentencias, la parte donde se recoge el pronunciamiento de quienes juzgan sobre la culpabilidad o inocencia y la pena, en su caso a imponer, se denomina “FALLO”. Esta palabra viene a ser un reconocimiento tácito de que ninguna ley o resolución judicial puede contener “la verdad de los hechos” tal y como se pretende. Es algo de lo que no me había dado cuenta hasta ahora.

Es peligrosa la combinación actual de imperativo del goce y la infantilización de la sociedad actual en la que se busca eludir la responsabilidad. El sistema de defensa penal está basado en la no responsabilización siendo la parte acusadora quien ha de probar los hechos y la autoría de los mismos.

El derecho penal está basado en la presunción de inocencia y en que la duda debe favorecer a quien está siendo juzgado, sin que tenga obligación de decir la verdad sobre lo ocurrido, teniendo la parte acusadora la carga de la prueba.

Esto, que es un principio básico de nuestro ordenamiento penal, se está viendo comprometido en algunos casos, tratando el legislador de regular actuaciones cuya prueba recaiga en el acusado. Un ejemplo de esto sería la definición negativa del consentimiento que se está debatiendo en el Anteproyecto de Ley de Garantía de Integral de la Libertad Sexual.

La responsabilidad, es un tema que también se trata en el libro. No es lo mismo que haya una sentencia condenatoria que el que la persona condenada pueda hacerse cargo de las consecuencias de sus actos, siendo distinta la responsabilidad objetiva que aparece en la sentencia y la responsabilidad subjetiva que todos tenemos como sujetos.

Así, muchas son las personas condenadas que nunca asumen los hechos cometidos sin que el castigo, por sí mismo, sea eficaz de cara a la reinserción si no se produce lo que Lacan denomina un “asentimiento subjetivo” que vincule culpa y responsabilidad y permita hacernos cargo de las consecuencias de nuestros actos.

Me gusta lo que recoge el libro respecto al derecho de las personas que han sido condenadas por un delito a ser castigados, porque de no serlo, quizás no podrían acceder a una, al menos hipotética responsabilidad subjetiva que dé sentido a su acción. Aquí se recoge también el efecto pacificador que, para algunos sujetos puede tener el límite que impone la cárcel.

Es de gran importancia el tratamiento penitenciario que se dé a las personas que han sido condenadas a penas privativas de libertad ya que, dependiendo de cómo se enfoque y se lleve a cabo, puede servir de vía de cambio que permita hacer algo distinto con lo que les pasa o, únicamente, dificultar e incluso imposibilitar la recuperación y establecimiento de los lazos sociales dentro y fuera de prisión.

Al tratar la culpa y la responsabilidad, el libro introduce también la cuestión del perdónel cual, si bien en palabras de Eric Laurent puede llevar a la repetición de nuevos actos al sentirse liberado de la culpa, trabajado de manera restaurativa puede llevar a un cierto apaciguamiento con uno mismo y con el otro que permita una nueva forma de establecer lazos sociales y marcar una diferencia en los acontecimientos futuros.

La vergüenza también es tratada en el libro como el momento en el que el sujeto es descubierto por la mirada del Otro en un goce en el que el significante que lo representa cae. 

Esto me ha recordado el concepto de vergüenza reintegradora o reintegrativa de John Braithwaite que es uno de los pioneros en justicia restaurativa. Braithwite habla de que la vergüenza tiene un gran poder transformador si se hace un buen uso de este afecto – así como devastador si se utiliza para humillar- como motor de cambio en las personas que han cometido un acto en contra de las normas.

En el libro se trata de manera pormenorizada algunas de las causas –la mayoría inconscientes- que hacen que una mujer se mantenga en una situación de maltrato, siendo importante la historia afectiva infantil y sus vínculos primarios de cada una de ellas.

Respecto a la posición de las mujeres víctimas de agresiones machistas, es muy interesante el punto de vista que desde el psicoanálisis se hace y que, a diferencia del legal y del enfoque que se pretende dar desde determinados discursos feministas, les permite hacerse responsables –que no culpables- de su posición ante lo que están viviendo.

Esto les posibilita poder salir y hacer algo distinto con lo que les está pasando, rompiendo así con la repetición. Si las mujeres que sufren malos tratos se instalan en el papel de víctimas, eso las aboca a un estancamiento e inmovilidad del que es muy difícil salir sin una ayuda adecuada.

Desde los distintos recursos que luchan por erradicar la violencia contra las mujeres es importante que consideren a las mujeres como sujetos activos y con capacidad de hacer algo en relación a la situación en la que están inmersas ya que si no, podemos estar reduciéndolas a meros sujetos pasivos a los que tratar de ayudar sin contar con su aquiescencia.

A lo largo del libro se hace muy patente la frase de Lacan sobre la necesidad de asumir que de nuestra posición de sujetos somos siempre responsables. Los hechos que nos ocurren pueden ser arbitrarios o producto del azar, pero siempre podemos dar una vuelta a lo que hacer con eso que nos ocurre y ver qué parte nuestra se ve comprometida en ello.

Lo mismo sucede con los infractores en quienes, en muchas ocasiones, la persona se ve absorbida por los hechos que ha cometido desapareciendo e identificándose con sus actos.

Me ha gustado la reflexión que se recoge respecto a la posición del analista y, en mi caso, como Abogada, cuando estamos ante una persona que ha cometido un crimen atroz, debiendo hacernos cargo de nuestra propia división subjetiva y tener presente que detrás del crimen hay un sujeto y éste no puede ser reducido a su acto. “Irrealizar el crimen sin deshumanizar al criminal” en palabras de Lacan.

En mediación y en justicia restaurativa se habla de la importancia de separar a la persona de los hechos, esenciales para poder reconocer a quien tenemos delante en su humanidad.

El libro, en su segunda parte, relata y analiza una serie de sucesos de gran repercusión social y a los que da una lectura muy interesante sobre los que prefiero no entrar para no desvelar nada e incitar a su lectura y posterior debate.

A modo de resumen me gustaría decir que he disfrutado mucho leyendo el libro y creo que por su contenido y su forma de contar lo que en él se recoge no deja indiferente y abre muchas cuestiones de gran interés para el momento actual en el que estamos, en el que hay una amplia tendencia a simplificar cuestiones complejas. El libro, como se recoge en su propio título, es una mirada -de las tantas otras que pueda haber como lectores que se acerquen a su lectura- desde el psicoanálisis, a la cuestión de la sexualidad y la violencia.

Presentación del libro “Sexualidad y violencia” de Luis Seguí

Por Antonio Ceverino – Socio de la Sede de Madrid de la ELP

“Se empieza con las cosquillas y se acaba en la parrilla.

Eso es también el goce”.

Jacques Lacan. El Seminario. Libro 17: El reverso del psicoanálisis.

El miércoles 23 de junio de 2021 la Biblioteca de la Orientación Lacaniana de Madrid organizó la presentación del muy oportuno libro de Luis Seguí “Sexualidad y violencia. Una mirada desde el psicoanálisis”.

Efectivamente, no podía ser más oportuno porque llega en mitad de la tormenta desatada por la propuesta de Ley para la Igualdad Real y Efectiva de las Personas Trans, en mitad de un debate que atraviesa a la sociedad, que ha enfrentado a los dos partidos que sostienen la coalición de gobierno, que ha desatado una lucha encarnizada dentro de los feminismos, y –por si no fuera suficiente- que se sitúa en el horizonte de PIPOL X. No podía ser de otro modo al tratarse de un debate sobre la sexualidad, la mujer y la identidad, cuestiones que están en el corazón del psicoanálisis, y al que estamos por ello convocados en primera línea.

Pero no quisiera que esta coincidencia ensombreciera los otros muchos asuntos que “Sexualidad y violencia” recorre y que así muriera prematuramente de éxito, y por eso me gustaría hacer una presentación más general

Yo creo que este último libro de Luis Seguí hace serie con los dos anteriores, con los que viene a constituir una especie de trilogía. El primero, “Sobre la responsabilidad criminal”, trataba de arrojar luz a cuestiones relacionadas con la criminología y la responsabilidad subjetiva; y, el segundo, “El enigma del mal”, abordaba el mal como problema filosófico universal y transhistórico, pero a la vez inefable e inaprensible. 

En esta ocasión, en “Sexualidad y violencia” el autor se ocupa de las coordenadas sociales y subjetivas de los actos violentos contra las mujeres que tienen que ver con la sexualidad, del rechazo a lo femenino en la historia del pensamiento y las religiones, y de la impotencia de la ley y las instituciones frente a esta pulsión destructiva.

La posición singular que ocupa el autor tanto en el discurso del psicoanálisis como en el discurso jurídico, además de prestarle a su escritura un estilo inconfundible, le permite transitar por las distintas disciplinas y campos del conocimiento. Por ejemplo, cuando analiza el concepto de patriarcado se apoya en las investigaciones de Gerda Lerner, una historiadora que lo remonta al origen del Estado y al surgimiento de los monoteísmos patriarcales. Estos monoteísmos relegaron el poder de la diosa madre y su función en el control de la fertilidad, demonizaron la sexualidad de las mujeres y las excluyeron de la alianza simbólica entre dios y la comunidad.

Esta ideología de la superioridad masculina sobre la mujer atraviesa, como un rayo, toda la historia del pensamiento, en un recorrido donde el autor hace comparecer desde Aristóteles, a los inquisidores dominicos Kramer y Sprenger que publicaron en 1487 “El martillo de las brujas”. A pesar de los indudables avances civilizatorios y de la vitalidad del movimiento feminista, este episodio histórico de la caza de brujas alcanza hasta nuestros días en la dramática realidad del feminicidio: hombres que asesinan a sus parejas o exparejas, a veces quemándolas, como a las brujas en el medievo, para dejar su “marca” en el cuerpo del otro.

En el segundo capítulo, donde aborda el tema de la diferencia sexual, el autor avanza algunas hipótesis sobre esta lacra apoyándose en las fórmulas lacanianas de la sexuación y el concepto de goce, que es el agujero negro alrededor del cual gira todo el ensayo. Al fin y al cabo, como recuerda Rosa López en el prólogo, eso tienen en común el Psicoanálisis y del Derecho: la pregunta por el goce, ¿cómo hacer con el goce? La imposibilidad de la relación sexual -por la asimetría radical del goce unos y otras- solo puede suspenderse contingentemente en la experiencia amorosa, con la condición de que el hombre “no quiera saber demasiado” del goce enigmático de la mujer, porque entonces el amor puede devenir en odio hasta el punto de aniquilarla para arrancarle el secreto. En otras palabras, en las del autor: El amor no puede contra el odio. El odio es más antiguo que el amor y hay, además, en él una certeza de la que carece aquel.

Esta sería, por decirlo así, la primera de una larga serie de conclusiones pesimistas del libro, las “malas noticias del psicoanálisis”, en las antípodas del “moralismo optimista” que denunciaba Lacan en el seminario de la Ética. Otra más: Las pulsiones son más fuertes que las ideas. Y otra: Hablando no se entiende la gente. Y, la última: La ley se muestra impotente para regular el goce. Así se demuestra en el hecho de que, a pesar de todos los esfuerzos legislativos y el compromiso de la sociedad y los poderes públicos, la violencia machista parece incluso recrudecerse, quizás como reacción de hombres inseguros, desvirilizados hasta el punto de que solo con la violencia pueden recobrar su deseo, exasperados ante las conquistas de las mujeres en el campo de la igualdad, o enloquecidos ante la amenaza de pérdida del objeto… A algo parecido se refería Beatriz Gimeno cuando en un reciente artículo hablaba de las masculinidades heridas por inseguridades vitales profundas y por la pérdida de sentido que han generado en todo el mundo las políticas neoliberales y cuyo resultado es una reacción misógina global. Que los hombres ya no tengan un trabajo seguro y un salario suficiente para mantener a su familia, quiebra los roles y biografías masculinas de una forma que ha llegado a compararse a una auténtica emasculación simbólica

El goce, en tanto toca lo real, es siempre fuera de norma. No hay ley que lo contenga. Esta impotencia de la ley ante el goce también la muestra el autor en la inextinguibilidad de la violencia y la guerra, que tienen también (cuando no bastan las identificaciones) una función de cohesión social. Si la violencia es inerradicable en es razón precisamente de aquello que nos hace humanos: la introducción del lenguaje, y la pulsión que resulta de la perversión por este del instinto natural irremediablemente perdido. “Nada más humano que el crimen” resuena en las palabras de Miller como un eco del libro anterior de Luis Seguí. Si el proyecto ilustrado pensó que la cultura, la educación y las leyes que regulan nuestra convivencia podían domeñarlas, las portadas de los periódicos cada día muestras que las pulsiones destructivas pueden desencadenarse en cualquier momento.

Como si no tuviera bastante el autor con habitar ese intersticio de encuentro y desencuentro que se abre entre el Derecho y el psicoanálisis, se atreve a adentrarse en otro territorio sembrado de malentendidos que es el que hace frontera entre el psicoanálisis y los feminismos, concretamente en los dos debates político-jurídicos abiertos hoy en España sobre la sexualidad: La calificación jurídica del concepto del consentimiento (que para algunos autores –al hilo del caso Weinstein y el movimiento MeToo– ha propiciado una “política de la sospecha” y cierta judicialización del deseo sexual) del proyecto de Ley de Garantía Integral de la Libertad Sexual, y el conflicto abierto entre el feminismo radical clásico y los transfeminismos (representados en la distinción de Christiane Alberti entre “feminismo político” y “feminismo de los cuerpos”) debido a la propuesta de Ley para la Igualdad Real y Efectiva de las Personas Trans, que consagra la “autodeterminación de género”.

Esta ley representa el intento de deslegitimar un modelo binario masculino-femenino, oponiendo, en contraposición, una realidad fluida de la identidad sexual. La crisis de este binarismo sexual ya fue anunciada por Lacan en los años 70 cuando afirmó “[…] no sabemos qué son el hombre y la mujer. Durante un tiempo se consideró que esta bipolaridad de valores suturaba, lo tocante al sexo”, pero ya parece que no, que el malestar entre los sexos (lo que Lacan nombró como “no hay relación sexual”) insiste en los sujetos al lenguaje, y en nuestros días asistimos a lo que (citando a Sinatra) llama “la implosión del género”, una pluralización de posiciones sexuadas que dinamitan las categorías de lo masculino y lo femenino.

Judith Butler, que, con su aportación “El género en disputa”, ha contribuido a hacer de este un significante amo indispensable en nuestros días, sostiene precisamente eso: que el género es una identidad que no se debe pensar en clave dicotómica, que es performativo y puede desafiar a la norma heterocéntrica a través de actos repetidos del cuerpo o del habla, una sexualidad rebelde, resistente a cualquier clasificación, polimorfa y sin objeto predeterminado… basada en la afirmación personal e intransferible de cada sujeto del “sexo sentido”, pero, a la vez, una singularidad que aspira a la universalización, en la medida en que sueña con que las antiguas minorías se conviertan en multitud.

Otra cuestión, que ya se preguntaba Roudinesco en el 2003, es por qué los hombres y mujeres que no se sienten incluidos en la norma manifiestan hoy un deseo tan grande de normalizarse, de ser reconocidos en una identidad. Por qué ese deseo de familia y de descendencia, por ejemplo, en homosexuales y transexuales que siempre habían sido rechazados por los bienpensantes de la institución del matrimonio y la filiación, y que incluso en sus orígenes habían denostado la institución familiar, a la que declaraban funesta para la expansión del deseo y que prohibía a las mujeres el goce de su cuerpo y la sometía a la opresión patriarcal. Ahora estas antiguas minorías perseguidas parecen retornar a una nueva moral civilizada en busca de norma y familiarismo, y este deseo de normalidad, del que esta ley se hace eco, escandaliza a los conservadores, porque antes al menos los excluidos, por ser más reconocibles, podían mantenerse a distancia, y ahora son más peligrosos por ser menos visibles, y –no lo olvidemos- por el temor a cierto efecto contagio.

Esta reivindicación de la audeterminación de género que permitiría transitar libremente de un extremo a otro de un espectro líquido, en una especie de decisión preformativa que no permite a veces ni el tiempo de comprender ni un espacio para la escucha y la conversación (para soslayar la acusación de patologización), ha suscitado la reacción del llamado feminismo radical, porque –afirma- esta propuesta de ley en su empeño en desustancializar el término mujer, invisibiliza una vez más a las mujeres, y, además de comprometer los espacios de las mujeres, desdibujan la situación de desigualdad estructural de estas respecto a los hombres. El hecho de que un porcentaje abrumadoramente mayor de casos de demandas de transición corresponda a chicas que manifiestan su deseo de convertirse en hombres trans, puede interpretarse en términos del rechazo a lo femenino y quizás explicar en parte esta oposición de algunos sectores del feminismo radical, que ven en esta presión un nuevo intento de “borrado” de las mujeres.

Este cuestionamiento radical de las nociones de normalidad aplicadas a la sexualidad no es ajeno al psicoanálisis. Si la heterosexualidad como práctica dominante se ha erigido en la norma desde la que se patologiza a las otras prácticas sexuales, no ha sido con la complicidad del psicoanálisis: Lacan señala que la sexualidad es intrínsecamente perversa, y separa el deseo de la heterosexualidad como norma, porque este no está orientado por el género del partenaire elegido sino por el objeto a, en su función de causa, o como agalma en la experiencia amorosa. En este dilema, entre los dos extremos que representan, por un lado, una teleología esencialista que considera el sexo como sustancia y, por otro, un historicismo voluntarista que piensa en el sexo como una significación, el psicoanálisis afirma que no hay un saber sobre la sexualidad, y precisamente el inconsciente, que no puede ser asimilado ni a lo biológico ni a lo cultural, es el índice del fracaso de ambas instancias para determinar la posición sexuada.

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