Jorge Alemán – Hugo Savino – Miriam Chorne – Carmen Bermúdez

El amor de transferencia volvió a llenar nuestra sede

Por Carmen Bermúdez – Directora de la BOLM

El pasado 27 de abril se volvió a llenar la sala de Reina 31 tras el largo período en el que la pandemia ha impedido que pudiéramos reunirnos “en cuerpo y alma”. Es de agradecer a Sergio Larriera que nos haya traído este libro que a mí me ha parecido, como le dije tras leerme un fragmento cuando aún estaba en galeradas, un libro de amor.

Un libro de amor que comienza con una dedicatoria a su hija Vanesa: “Y cuando al viejo lo arrastró la corriente, la hija luchó por rescatarlo. Gracias, hija, por la energía, musitaba el resucitado.” Y termina evocando una dedicatoria que le había hecho a Marta Glasserman, su esposa, en un libro: “A Marta, mi esposa. Ella fue elegida para acompañarme hasta el final. Porque juntos hicimos tanto, aún contra nuestra moral y nuestro cálculo”; y puntualiza el autor: “Hay un lugar donde se hace contra la moral y el cálculo: la experiencia analítica. Nuestras vidas y el psicoanálisis estuvieron, desde el comienzo, enlazados en estrecha trenza”.

Entre este comienzo y este final va nombrando a todos con los que ha compartido cada una de esas fechas y experiencias que van jalonando las páginas del libro: el padre, los amigos, los colegas, los alumnos, los autores amados… la Escuela, cuya relación dice que se rige por el siguiente principio rector: “no pedir nunca nada, pero siempre decir que sí a todo lo que me propongan.”

Como dijo Miriam Chorne en su presentación, este libro es un canto a la vida, sin obviar que también está la muerte presente. Y digo yo que el acto también lo fue. Convocó la presencia de los cuerpos en nuestra sede, algunos de ellos desplazándose varios kilómetros. Fue una gran alegría ir recibiendo a los invitados, volver a ver arremolinarse alrededor de la librería a todos queriendo comprar el libro de Sergio y el resto de las novedades.

Las brillantes lecturas de Hugo Savino, Miriam Chorne y Jorge Alemán también llevaron la marca del vínculo de cada uno con el autor y el humor estuvo muy presente.

Finalmente, Sergio tomó la palabra para agradecer, emocionado y con el humor que le caracteriza, las intervenciones de los ponentes y la presencia de todos.


Presentación de Sobre la tierra de Sergio Larriera

Por Miriam L. Chorne – Miembro de la ELP y de la AMP

Es, sin dudas, el libro más personal de Sergio Larriera. Es una celebración de la vida. La experiencia de haber vuelto a nacer. Y el agradecimiento amoroso a su hija Vanessa con el que casi comienza el libro “Y cuando al viejo lo arrastró la corriente, la hija luchó para rescatarlo. Gracias, hija, por la energía, musitaba el resucitado”.

Acompañada con humor por las reflexiones sobre la fecha de su nacimiento, fecha que compartiría con Joyce, que nació un 2 de febrero y murió en 1941 y con el muy valorado Brisset, que murió el 2 de septiembre. También en la que Joyce escribió la primera de sus “cartas sucias”.

Sobre la tierra, pues, celebración. “Nacido en fecha de muerte soy una carta sucia. Un naipe marcado …”.

Las fechas lo llevan a confesar su alma de jugador -que comparte con su padre- “Siempre he leído los signos del mundo en clave numérica para posibles apuestas.” Todo es juego, motivo de celebración, aunque juego serio, con rigor y gravedad intelectual.

Es también la celebración de la vida en un sentido menos literal, en el libro desfilan sus pasiones, sus amores, sus amigos. ¡Cuántos son!

De sus pasiones, la primera de la que nos habla da también razón del título. “Hubo una primera relación con la tierra al comienzo del exilio. Fue durante la búsqueda de objetos: monedas, cadenas, clavos, puñales, bronces varios … más lejanas fíbulas y falcadas. Contemplar la tierra, arañarla, cavar. Siempre la tierra como superficie a penetrar, como aquello que se interponía entre el tesoro y yo.” En primer lugar, pues los objetos, a lo que se añade el sistema de los objetos reunidos: la colección.  Se funda sobre lo más singular. Antes se nombraba a los coleccionistas con una palabra que le gustará, creo, a Sergio. Eran amateurs. Con su doble determinación: la preferencia, el amor por un objeto y su carácter aficionado, la reunión de los objetos se practica por puro placer.

Hay en este amor por los objetos algo propio de la época -en sentido fuerte, esta es la época del interés por el objeto. Solemos destacar nuestra enajenación a los objetos, a la que nos arrastra el sistema capitalista. Todos consumidores de gadgets.

Sergio con la colección de objetos, de desechos abandonados del pasado nos abre a un modo singular del cenit del objeto en la época, les da un valor no de consumo. Lacan ilustra su reflexión sobre la obra de arte -en el Seminario 7- con la colección de cajas de cerillas de Prévert, que se encajan entre sí a través de la unión de la boca de una, su vacío, con el cuerpo de la otra. El arte actual, el del siglo XX hasta nuestros días, se interesa por un objeto que es vacío. El cuadrado negro sobre fondo blanco de Malevich sería el paradigma de este arte. El psicoanálisis de Lacan también se interesa por un objeto que es vacío. Lacan decía que lo poco de real en que consiste el objeto a   -su invención- es propiamente el agujero.  Por eso arte actual y psicoanálisis lacaniano son contemporáneos.” 

Es necesario entender que ese objeto en tanto real irá más allá del significante, de lo que se dice, incluso más allá de lo que se puede decir. Si el objeto no se puede interpretar es en la medida en que no está hecho de nudos de discurso, cualquier interpretación que se pretenda del objeto, de los objetos resulta delirante, forzosamente delirante (G. Wajcman dixit).

He aquí también un sentido más preciso de lo que Freud y Lacan afirmaban respecto del artista: que siempre va por delante del psicoanalista. No se trata sólo de un respeto extremo por su figura, la del artista, aunque lo merezca, sino de que el objeto, para el caso la obra de arte, es investido por Lacan del poder de interpretación. Es la obra la que interpreta.

En el psicoanálisis hay cuatro modelos básicos del objeto, según la pulsión que esté en juego, el objeto oral, anal, la mirada o la voz. El caso Kwaidan, uno de los primeros capítulos o escritos, nos da una pista sobre la pulsión que se pone en juego tanto en la colección que se arranca removiendo la tierra, como en las figuras topológicas, que como la botella de Klein, evocan un esquema donde las palabras sostienen la correspondencia entre un orificio del cuerpo y la entrada de un recipiente. Tan temprano como en 1966, Sergio encontró en el Psiquiátrico de Buenos Aires a un paciente que lo introduciría en la obra de Kwaidan (con la interposición de un amigo F. Schmied) y lo introduciría también en una topología delirante de la sublimación, en la que el ojo del intestino se besa con la boca del jarrón.

Es sensacional el dibujo del paciente de una botella de Klein. Para verlo es necesario ir a la página 32. Descubriremos allí una particularidad de este libro. Él también es un objeto visual. Los dibujos, los escritos manuscritos, las fotos hacen a la singularidad de esta obra. Es un objeto bello. Por el que hay que felicitar a Isidro Herrera, el editor, que no retrocedió ante la dificultad. Y por el que descubrimos que otra pulsión, la escópica está también en juego. Sergio Larriera nos da a ver un conjunto organizado de objetos que muestran, que nos muestra. La mirada es parte de la colección y del libro.

La tierra, también la encontró en Miraflores. “Fue lo más próximo a la palabra “tierra” que hallé en los primeros tres lustros de exilio”. Porque la tierra, la patria, es como decía Juan José Saer, la infancia y el comienzo de la lengua, por eso no podemos verdaderamente recrearla lejos. Podemos en cambio encontrarla, repentinamente, en los elementos más cotidianos que reciben su dignidad por ser “parte de esas briznas o astillas de experiencia y de memoria” (Saer), que arman una determinada imagen. Porque hacer un asado, que no es hacer una barbacoa, puede ser una peripecia interesante de la vida, que nos sitúe sobre la tierra.

Y escribir, a veces también leer, “es sondear y reunir briznas o astillas de experiencia y de memoria”.  En Miraflores leía Sergio a San Juan de la Cruz y se unían las voces de la tierra “con los suspiros de la Esposa”. Esos suspiros de San Juan oídos recitando ese magnífico poema, que evoca las voces y los sonidos más allá o más acá del sentido.

                         “Mi amado, las montañas,

                          los valles solitarios nemorosos,

                          las ínsulas extrañas,

                          los ríos sonorosos,

                          el silbo de los aires amorosos.

                          la noche sosegada

                          en par de los levantes de la aurora,

                          la música callada,

                          la soledad sonora …”

Del exilio nos queda poco, esa frase, el poema de San Juan en Miraflores, y alguna otra mención, en “Migrantes” por ejemplo, porque Sergio Larriera ejerce el pudor al tiempo que se muestra. Eso y una breve referencia a una conversación en el Café Gijón en 1980, en la que “un brillante intelectual de izquierda de ininterrumpida deriva posterior hacia la extrema derecha formuló un oscuro presagio: los argentinos en España serán los nuevos judíos”. Con discreción, es apenas una nota a pie de página, pero tuvo un carácter amenazador entonces. Sergio dice hoy que no fue, “más que una expresión de deseos, una interpretación de la historia construida a partir de un fantasma sádico anal del coso aquel”.

Y mostrando su generosidad al tiempo que la benevolencia que lo caracterizan, un carácter realmente positivo, supo hacer algo para sí con la maledicencia del “venenoso periodista” -que caracterizó la lengua que hablaban los psicoanalistas lacanianos como franco-lunfardo. Abrió por allí un camino, ese que define a Sergio en su devenir: del porteño- afrancesado (parisino corregirá después) que habré sido al castellano-lunfardo que estoy llegando a ser.

Voy a acompañar a Sergio pero con un poquito más de maldad, al dar al episodio más relieve, ya que Sergio dejaba al venenoso sólo en una pequeña nota al pie. En cambio, yo destacaré que esta xenofobia aparentemente banal que ejercía con maldad el periodista, esa que no pasa de causar una irritación pasajera, insignificante y que uno deja de lado porque tiene cosas mejores que hacer en la vida, no deja sin embargo, de grabar su amarga marca en el alma. Sergio la recuerda tras más de 40 años, porque la hostilidad de esa xenofobia sólo es aparentemente banal.

Pero por suerte hay otros encuentros como los que tuvo con Machado “¡(…) ojeando libros! Reunidos en unos pocos versos, Valonsadero, soporte rupestre del mágico encuentro con entrañables pinturas (las podéis apreciar en la contraportada del libro, en foto de Blanca Samaniego), y la milkilométrica y lejana Pampa, una monotonía fascinante”.

Para mí, otro encuentro con Saer, él también habla de la pampa gringa que, como subraya, no es la pampa porteña es la de Santa Fe, la de Serodino donde nació. Dijo: “la patria no es esa pasión abstracta, esa serie de valores que nos quieren hacer compartir”. Sergio afirma algo parecido en “Disolver identidades familiares, nacionales, religiosas” (p.128). “Hay que quitarle hierro a la idea de Patria, de Dios, de historia, progreso, gloria, victoria. El hombre es portavoz de una derrota universal: ningún hombre puede decir cuál es el bien para otro hombre.” Y añade más abajo “Es preferible (a una idea vigorosa, una firme convicción, una ilusión ardiente) una nominación sin fuerza ni esperanza. Hay raíces y troncos frondosos, el tiempo nos condena al pasado y al futuro, el espacio nos da orígenes y horizontes. Pero mejor no creer en ellos”.

Dije al comienzo que el libro era celebración de la vida y es también testimonio y testamento. O como lo escribe Larriera en la p. 116 Téxtasis: ¿textimonio o textamento?, con esos neologismos tan creativos y que tanto ama.

La última parte del libro reúne en la trama de los sueños la despedida conmovida y conmovedora y la presencia de Marta. El libro se abre así con un testimonio agradecido a Vanesa y se cierra con otro testimonio. Y en medio desfilan muchos otros, testimonios de amistad. Los amigos son nombrados casi uno por uno y quizás sin casi.

Me hubiera gustado mucho debatir los textimonios más estrictamente psicoanalíticos de Sobre la tierra, pero más allá de que probablemente no fuera lo más apropiado para una presentación del libro, la hubiera transformado en algo aún más largo de lo que ya está empezando a ser. Me hubiera gustado por ejemplo intentar una respuesta a una pregunta que Sergio deja resonando en “Una botella de boca aculada”, me refiero a su afirmación de que las alternancias y dominancias entre la lengua y lalengüa se juegan mediante un continuo de signos y añade la interrogación ¿Siendo los signos unidades opositivas y diferenciales se puede hablar de “continuos de signos”?  Pienso que se puede, en todo caso y sin entrar en el tema, me sirve para decir cuán original es siempre la reflexión de Sergio en el campo del psicoanálisis, mientras la mayor parte de los analistas se dedica a comentar cuando no a parafresar -y no crean que me excluyo enteramente de esta crítica- Sergio inventa.  

Creo, sin embargo, que la mayor grandeza de este libro es verbal. Sergio Larriera escribe bien, dota al texto no sólo de expresividad, intensidad, belleza sino también de la extrañeza y del necesario secreto e intriga de la lengua.

Les recomiendo dos textos profundamente literarios que se disfrutan con delicia. El primero “¡Nuestra poderosa madre!” en el que habla del comienzo del Ulises. Allí Buck, el compañero de Stephen tan diferente de él, introduce el enigma de la madre a través del mar. Evoca para ello dos versos de un poema de un amigo, Algy:

                   I will go back to the great sweet mother.

                   mother and lover of men, the sea.

“Una gran dulce madre, la mar es nuestra gran madre dulce. ¡Nuestra poderosa madre!”, dice Sergio, y sentimos que su énfasis nos brinda la grandiosa figura de la madre y amante de los hombres, el mar, como dice el poema. “Stephen, apoyado en el granítico parapeto desde el cual había contemplado el agua de la bahía, apoyó la palma de la mano en la frente, observando el borde deshilachado de la manga de su chaqueta, negra y lustrosa. “Un dolor, que no era todavía el dolor del amor, le roía el corazón”.

Querría leer este capítulo entero, todo, es muy hermoso. Pero me contentaré, dando un salto, con introducir la picardía, siempre asomando, de Sergio, al concluir la historia de ese momento con lo que Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares supieron hacer con la tortuosa relación de Stephen con su madre: un episodio de su Antología de la literatura fantástica (1940).

Componen así una página en la que abordarán la definición del fantasma y la aparición del espectro de la madre de Stephen.

                “¿Qué es un fantasma?, preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres.”

Enlazan con esta definición a propósito de que alguien considera a Hamlet un cuento de fantasmas la presentación espectral de la madre muerta de Stephen:

                 “La madre de Stephen, extenuada, rígidamente surge del suelo, leprosa y turbia, con una corona de marchitos azahares y un desgarrado velo de novia, la cara gastada y sin nariz, verde de moho sepulcral. El pelo es lacio, ralo. Fija en Stephen las huecas órbitas anilladas de azul y abre la boca desdentada, diciendo una silenciosa palabra.”

Y concluyen el “relato fantástico” con las palabras de la madre pronunciadas por su espectro:

                   “(Con la sonrisa sutil de la demencia de la muerte). Yo fui la hermosa May Goulding. Estoy muerta.”

Sergio goza y nos hace gozar imaginando “el estado de ebriedad literaria en la que los tres bandidos” – Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares están entre los autores más reconocidos de la literatura argentina- “logran extraer de los centenares de páginas del Ulises esta historia fantástica, que conjuga la definición del fantasma paterno con la alucinación del espectro materno”.

Otra página maravillosa, que abunda en la genealogía delirante que Sergio construye a lo largo del libro es “Antepasado”. El asombro vacila entre la rica invención de esas raíces imaginarias y la admiración por la expresión justa, precisa que describe con rigor esa fascinación por los números, esa entrega supersticiosa a la contingencia que culmina en la observación de que el 55 es en la smorfia rioplatense, los gallegos, como sus abuelos maternos.

Los dejo con la evocación de esas páginas. Merecen por sí solas la adquisición del libro. Lo agradecerán.

Puntos de vista

Por Hugo Savino

Parto de esta figura: hay tantas lecturas como lectores. Así que expongo una serie de puntos de vista con el libro de Sergio Larriera – no sobre el libro. Y los expongo en desorden.

Un libro hecho a lo largo de los años, algo así como una casa que se construye con piezas diferentes. Y tengo esta cita de Zacarías Marco para acompañar esta figura: «Hay que ser honestos, a conocer no se llega, tan solo a reconocer.»

Y también que es un libro que por la vía de su lenguaje nos hace pasar en imagen como se dice en un momento de la Biblia. Nos pasa imágenes y vemos cómo pasamos en imágenes.

Y pensé en esta cita de Guy Debord: «La lectura, como cualquier arte del cual hacemos uso, exige non solum conocimientos (y los trae); sed etiam una adhesión verdadera, una cierta dosis de espíritu crítico (incluso semi-consciente): no es nada fácil sumarse a un libro – «seguirlo», aun cuando se tenga una gran práctica de la lectura.» Esta cita me vino en la relectura del libro y pienso que el mismo Sergio muestra su manera de incorporarse a un libro, a los libros, al psicoanálisis.

Sobre la tierra se puede leer, entre otros puntos de vista, como un libro de fechas. Y un libro donde los dados arrojados sobre el paño verde abren siempre al azar. A un futuro de la lectura. Y están también los naipes marcados. Todo entremezclado. De naipe marcado a cifra, a misterio.

Y también es una escritura para la voz. Para la voz interior y para la voz que se recita fragmentos.

Y esta frase de Eugenio Trías: somos «una existencia en exilio y éxodo».

En el comienzo de Sobre la tierra hay un éxodo hacia atrás. Un viaje a la prehistoria. ¿Búsqueda de un origen? Es posible. Pero Saussure lo estableció para siempre: «buscamos el origen y encontramos el funcionamiento.» Finalmente se está Sobre la tierra, se quiera o no, y tal vez la aventura de aceptar este hecho impulse la poética de Sergio Larriera. No es tan obvio aceptarse en ese sobre la tierra. Siempre está la tentación de la sacralización, de la fusión, y sobre todo la sacralización de la poesía. Pero el libro de Sergio Larriera – ahora ponemos el apellido, porque el que escribe, no es ese al que conocemos, aquí no entra la persona social, al revés, se aleja, el que escribe trata de huir por la rajadura de la tela, escapar de la bestia social, de su varita mágica de la sacralización. Sergio Larriera desanda ese camino y entra en la historia, ya cuando fecha al inicio del libro: 2 de septiembre de 1941. Si leemos este libro históricamente, ya no hay sacralización. Sobre todo, de la poesía. San Juan de la Cruz, entonces, no es una referencia cultural, forma parte de la trama del discurso. Y, como se sabe, todo lo que está en la lengua, estuvo antes en el discurso. La lengua está ahí: «La lengua es el sistema del lenguaje que identifica la mezcla inextricable entre una cultura, una literatura, un pueblo, una nación, individuos, y lo que ellos hacen con ella.» (Henri Meschonnic) Una voz la perturba, la desordena. Tomemos el texto llamado Una vuelta a la manzana; es vertiginoso, como el juego, y me evoca el vértigo de El jugador de Dostoyevski. Qué más vértigo que sentir que se está «en vísperas de un acierto», y ahí cada palabra arma frase, que transmite esas vísperas, y ese fraseo pasa a la lengua y la violenta.

Mientras leía el libro asocié con otra figura muy activa y guerrera y me parece que entra aquí: es la vieja querella del realismo lógico y el nominalismo, y otra vez Meschonnic:

«La noción de individuo es muy preciada, porque usted es un individuo, yo soy un individuo. Hubo en el siglo XII en Francia un debate sobre lo que se llama humanidad. Para los partidarios del realismo lógico, la humanidad existe y los individuos son fragmentos de humanidad y no existen en tanto individuos. En cambio, para los nominalistas, siendo las palabras solo nombres que se dan a las cosas, la humanidad es solo el conjunto de individuos.

Los dos puntos de vista son puntos de vista. Como puntos de vista, no hay nada que decir. Pero hay consecuencias que hasta ahora no vi expuestas en ningún lado. Si para el nominalismo los individuos existen en primer lugar, siendo la humanidad el conjunto de individuos, defender la vida de una sola persona, es defender la vida de la humanidad entera. Hay una maravillosa frase de Montaigne en el libro III de Ensayos: “Cada hombre es portador de la totalidad de la forma de la condición humana”.» (Traducción de Raquel Heffes).

Esta noción atraviesa todo el libro.Los individuos existen y se mueven entre historia y prehistoria. Y a veces no se la dejan a los historiadores profesionales.  

Este libro también puede funcionar como un test de lo social. Uno, en este caso Sergio Larriera, escribe, hace un agujero en la red compacta de los relatos engatusadores. Pone su libro a circular y se aleja de su biografía (esa que construyen los otros) y alumbra su pasión: «Es un verdadero esfuerzo convertir la pasión del psicoanálisis, lo que puede comportar de sufrimiento, en una exhibición de la pasión».

Otra cita: «El sínthoma (sinthome) es construido para reunir síntoma (symptôme) y fantasma. La letra busca superar la dicotomía del significante y el objeto.

Este derrumbe de la concepción dualista dio nacimiento a la tentativa borromea. Reposa sobre un ternario, pero traduce fundamentalmente el esfuerzo por ir más allá del dualismo inicial».

Este libro, como dijo alguien, no se deja contar por teléfono. Cada cita que Sergio Larriera escribe es una apropiación que hace obra. Sergio Larriera es un pescador de perlas en el «nubarrón del lenguaje». Lo cito: «Obrar escritura: robar barro secritural.» Creo que hay que seguir este continuo que propone: leer con él a los que embarran la lengua. Él mismo la embarra. La lengua, que no se deja embarrar tan fácilmente, como cada uno sabe. Si este libro se inscribe en la orilla del lenguaje en la que están los libros no permitidos, entonces también puede funcionar como un test de los libros que se escriben en el bosque del clisé, de los libros oficiales, o sea: que se escriben en la línea del estilo. Mandelstam, que inventó esta figura, demostró que los libros permitidos solo están ahí para reforzar el lugar común.

Y está la trama: Cito a Sergio Larriera: «Los hilos de la trama están en constante movimiento, entrando en los agujeros como elementos formados pertenecientes a un orden y saliendo de los agujeros como fragmentos informes desordenados». Pero la trama, inevitablemente, se desordena, termina en errancia, entra el azar, el frotamiento con otras tramas, con otros discursos.

La materia de palabras hace frase, hace discurso, y Larriera está siempre atento a ese movimiento que no se deja encerrar en una estructura, Sergio Larriera encara la poesía como un sistema de valores, pone el oído en la manera y escapa, como dije antes, del estilo; Henri Michaux: «¿El estilo, esa comodidad que se instala e instala el mundo, sería el hombre? ¿Esta adquisición sospechosa con la que, al escritor que se regocija, se le hacen cumplidos? Su pretendido don se le va a pegar a él, esclerosándolo sordamente. Estilo: signo (malo) de la distancia incambiada (pero que hubiera podido, hubiera debido cambiar), la distancia donde equivocadamente permanece y se mantiene respecto a su ser y a las cosas y a las personas. ¡Bloqueado! Se había precipitado en su estilo (o lo había buscado laboriosamente). Por una vida ficticia, abandonó su totalidad, su posibilidad de cambio, de mutación. Nada de lo que estar orgulloso. Estilo que se convertirá en falta de coraje, falta de apertura, de reapertura: en suma, una incapacidad. / Trata de salir de ahí. Camina lo suficientemente lejos en ti mismo para que tu estilo no pueda seguirte.»

Hay un intento de no dejarse biografiar, puesto que la biografía es imposible, y de no dejarse auto-biografiar, más que imposible la auto-biografía, hay en Sergio Larriera un buscar del lado del poema. Está la cita de Roberto Harari (que el lector la descubra) –en un pequeño fragmento llamado Autolingüografía.

Sergio Larriera inicia una “reflexión sobre la lengua” y entra en los juegos de escritura (autolingüografía, textásis) y desarma la “pasividad repetitiva” frente a los textos, clásicos y modernos. Escribe con su historicidad de la lectura. Siempre una lectura crítica. Criticar no es denigrar, es situar históricamente y situarse. Escribe y a la vez re-aprende a leer. Todo en el mismo movimiento. Escribir, por un lado, y fingir que se aprende a leer, por el otro, es todo lo contrario de subvertir, es ser solidario de lo establecido, es pasar de la conciencia crítica a la buena conciencia. Y Sergio Larriera está en el continuo escribir-leer-vivir. Recuerdo otra frase de Guy Debord: «Para saber escribir hay que haber leído, y para saber leer hay que saber vivir». En fin, Sergio Larriera le da un espacio al museo, pero se opone a encerrar el lenguaje en un museo. En una gramática. Se permite la torsión. Escribe sus visiones: lo cito: «Lo que el visionario dice o escribe es una visión, no es la mirada como causa».

Y está el lunfardo y lo lunfardo: «Lo lunfardo, en cambio, se mantuvo en secretas ceremonias, en la manera de andar y de mirar, en cierto arrastre canyengue de algunas sílabas, y fundamentalmente en la ceremonia de la carne y el fuego.» El lunfardo y lo lunfardo como ejercicio de su oralidad. Una memoria de los discursos, y de los sujetos que afectaron la lengua: Carlos de la Púa, o Discépolo, o Julián Centeya o un diálogo escuchado en el colectivo.

En Sobre la tierra hay una verdad que se opone a una mentira.

Sergio Larriera tiene varios momentos de visionario: «Soy un visionante, nombre en el cual se insiste más en el acto de un mirar escuchando que en la capacidad de intuir el futuro propio del visionario.» La visión está en el oído. La trama insiste en su escritura. Hay que escucharla en todos sus tramos. Irreconstruible como estructura, en mi opinión. Larriera da un paso y la hace sistema. Su libro es punto de vista sobre el lenguaje, entra en una sistematicidad interna y nunca cae en esa tentación descriptiva llamada ciencias del lenguaje.

Está la rememoración: «La rememoración es otra cosa. Es otro proceder con el sentido del tiempo. La evocación es el mecanismo de la rememoración». La rememoración y el sentido se hacen y se deshacen. Esa apuesta es la que acepta este libro. Una actividad y no un producto. Paul Claudel inventó el responder, el responder a los salmos, a los libros, entonces, textásis puede leerse en esa vía. Un responder y no una respuesta.

Está la hipérbole y está la pasión neologizante, están en la visión del lenguaje que tiene Sergio Larriera: lo acompaño con dos citas, una de Henri Meschonnic y otra de Paul Claudel: «Entonces me parece que esta visión del lenguaje supone el todo e incluso el infinito antes que la parte». Y el mismo Meschonnic cita a Claudel: «La palabra está primero y no las letras, y es por lo cual estas están determinadas. (…) Es la casa la que contiene y hace los ladrillos, y no los ladrillos los que hacen la casa».

Está la etimología de la palabra «exilio» – le dejo esta página al lector – no la piso. Sergio Larriera tiene sus maneras de desalentar el mimetismo.

Para mí, leyenda es lo que debe leerse, lo que se recomienda leer, en el panorama arruinado por lo digital, mucho más, lo que hay que leer y releer. Creo que este libro pide ser leído. Tiene rasgos de manual de estrategia, de libro, de mapa, de trenzas, y más. Pero cada vez Larriera sabe que se las debe ver con la prosa oficial. «En este difícil ejercicio de notas al margen del libro en el intento de establecer una prosa, oscilando siempre entre lo que está escrito, Kêtìb, y lo que debe leerse, Qêrè. Ese es el modo de participar de un cuerpo extraño en el desciframiento y ciframiento de la prosa oficial psicoanalítica, así como en su preservación y transmisión.» Fin de la cita y fin de esta presentación entre Castellano/Español/Argentino.

Palabras para el maestro

Por Mario Coll – Socio de la Sede de Madrid de la ELP

(Intervención desde el público presente en la sala)

Buenas noches, quiero agradecer antes de nada las palabras de la mesa

y a Sergio la mención que me hace en su libro.

Seré breve. “Estamos ante una obra valiente y piadosa. Verdaderamente

magnífica. No se trata de un collage de artículos tal y como cuenta el autor

que alguien le dijo. Es “un inclasificable” como la propia vida.

Es un texto inclasificable que al mismo tiempo es telúrico y arqueológico,

geológico, y cartográfico del alma humana; prehistórico, genealógico, lingüístico,

místico, elogioso con los antepasados, azarosos ludopático y poético, topográfico y

hasta profético, erudito y por supuesto psicoanalítico. Pero sobre todo humano y

amoroso con el castellano.

En definitiva, es la obra de un santo castellano lunfardo acribillado por la vida.

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