
Joaquín García Ruiz-Zorrilla, participante del Nucep
Canción
Levántese el gran telón del mundo
y protéjase la simiente pisoteada
y aguante la palabra
sin arrojar arena a los ojos de los días.
Prosiga la llama,
el cauce silencioso entre las generaciones
y que se escuche bien alto
la canción que nos hermana,
de luchas compartidas,
de siemprevivas.
¿Hubo olor de incienso?
¿Ofrendas anunciando
una nueva profecía?
Detrás de los héroes caídos
entre banderas y proclamas
crece una verdad pequeña
pero capaz de agujerear la patria.
Una verdad, que quizás algún día,
podrá llamarse nuestra.
Las hijas del aire
No escuchéis las acusaciones
de los severos patriarcas
lanzadas desde sus púlpitos intachables
que solo custodian la
dura ley y la muerte.
Os increparán,
llamándoos locas, histéricas,
pero el cuerpo
tiene sus propias armas
para defender el deseo.
Porque ¿quién es dueño de la verdad?
¿Quién conoce las cartas
de su propio destino?
¿Quién puede vivir la vida
de otro?
No guardéis recuerdos
en cajas antiguas. El deseo
exige desprenderse.
No sobreviven
los amantes
en días congelados.
Rumor de fuentes salvajes,
promesas cifradas. Quiero
que la vuelta me contéis
lo simbólico del viaje,
no los entresijos de
las máquinas.
Y, ¿para qué hablar
ahora de miedos y consejos,
de sudor y de ceniza?,
¿Para qué anticipar
lo que habréis de descubrir por
vosotras mismas?
La vida no hace cuentas
y de ella, apenas sabemos nada.
Ni siquiera la luz existe de antemano
y tenemos que crearla.
Retazos de la tierra
madres desprendidas,
¡vais hacia el porvenir, hacia la luz,
hacia el mañana siempre!
Volad, volad vosotras libres,
hijas del aire.
Joaquín García Ruiz-Zorrilla



