Durante mucho tiempo la distopía perteneció a la literatura. Orwell, Huxley, Bradbury, construyeron mundos que parecían imposibles. Vigilancia masiva, manipulación política, destrucción del pensamiento crítico, alienación mediática. Sus herederos fueron las series distópicas. Manipulación tecnológica, desigualdad extrema, selección sexual y social, sobrevivientes de guerras nucleares. Entre la ficción y la realidad existía una distancia tal, que permitía pensar que no sucedería. Hoy lo que aquellas obras lograron captar forman parte de nuestro universo epocal.
Es desde esta atmósfera y desde una teorización rigurosa que Alemán escribe Neoemperadores. El goce del poder.
Toda época necesita nombres que permitan reconocer una figura que organiza lo disperso. El término neoemperador nombra esa figura que emerge en nuestro tiempo y condensa las transformaciones políticas y subjetivas que componen una suerte de nazismo futurista.
Este libro articula dos registros que Alemán nunca ha dejado de examinar entrelazados: las transformación última del capitalismo y la estructura del sujeto tal como la teoriza el psicoanálisis.
Los neoemperadores, desde esta, su particular perspectiva, solo pueden ser analizados desde la economía libidinal del poder, desde el modo en que el goce, la pulsión y las identificaciones inconscientes no solo intervienen en el sujeto sino también en lo político.
Que el neoemperador funciona como condensador de goce es el punto central de este libro. Organiza pasiones colectivas, autoriza formas de crueldad y promete protección frente a las democracias neoliberales caídas en desgracia.
Autoriza también la descarga pulsional. Su brutalidad se desentiende de los velos del pasado y llama a la venganza y a la descarga del fantasma inconsciente.
Comprender esta figura exige, por tanto, tener en cuenta esa versión anterior del capitalismo, que el autor analizó en su libro ultraderechas, y que posibilitó su emergencia. Las ultraderechas prepararon las condiciones que hicieron posible que amplios sectores sociales hayan encontrado en el mando duro una respuesta imaginaria a su malestar.
En Occidente, la fascinación popular por el neoemperador surgió cuando la democracia dejó de ser vivida como protección y pasó a sentirse como desamparo. El postfascismo se ofreció entonces como un instrumento de las pasiones más primitivas: amparo, pertenencia y castigo. El neoemperador no es, por tanto, una anomalía, sino una solución congruente, un verdadero síntoma de época.
El neoemperador da un rostro al Imperio, lo encarna. Exhibe sin tapujos su voluntad de poder y de goce. Su legitimidad no descansa en coronas ni en ideologías totalizantes, sino en una mezcla de plebiscito permanente, performance mediática, obsesión por la seguridad y capacidad de generar miedo y coerción. El agujero en el orden simbólico que ya se venía gestando dio lugar a este intento de mutación radical.
Allí donde el orden democrático había intentado regular y domesticar las pulsiones, el neoemperador las autoriza a través de la brutalidad verbal, la humillación del adversario, el rechazo de lo femenino. Su machismo descarado es un guiñol que reemplaza la posición viril, situada en sus antípodas.
Funciona en una escena donde la crueldad se convierte en señal de autenticidad y la transgresión en prueba de poder. Los neoempearadores invierten la escena woke: ya no son ellos los acusados, sino las víctimas.
El liderazgo neoimperial produce fascinación. En contextos donde amplios sectores sociales llevaban décadas de impotencia y desprotección, esta figura que no reconoce límites es vivida como una encarnación imaginaria de una potencia perdida que sería recobrada. Su gran mentira.
Aunque comparten rasgos, entre los neoemperadores existe diferencias que dan cuenta de la idiosincrasia cultural y política que los preceden.
En el caso de Trump, la neoimperialidad opera dentro de un sistema formalmente constitucional, donde la batalla se centra en el control del Ejecutivo y la erosión de intermediaciones.
Mientras Netanyahu destruye el legado simbólico de la Shoa, Milei, grotesco títere de Trump, destruye el país. Los tres despliegan su megalomanía y una psicopatía sin freno.
Basta leer las construcciones narrativas que acompañan al trumpismo y a sus tecnoteóricos para confirmar que intentan producir una revolución mundial, un giro radical, una nueva etapa de la civilización. Se trata de una parodia de revolución antiilustrada.
La neoimperialidad personalista-securitaria es más propia de Rusia, donde el Estado funciona como prolongación de las redes de lealtades y estrategias de guerras históricas unidas a la nostalgia del antiguo Imperio.
La neoimperialidad Partido-Estado es más propia de China: una centralidad del líder dentro de una arquitectura institucional disciplinaria. Su fuerza reside en la capacidad de coordinación, planificación y control sistémico propia de la mezcla entre capitalismo, burocracia y partido.
No hay neoemperador sin guerra, nos recuerda una de las entradas del libro. Nihilismo, voluntad de poder y pulsión de muerte constituyen la tríada que se expande en la marea de las guerras que hoy siembran el horror en el planeta. Más allá de los intereses económicos, una vez más, Alemán no olvida el factor pulsional. La nueva versión histórica de la pulsión de muerte consiste en gozar no solo de la acumulación de poder y de territorio, sino también del odio destructor.
Alemán se inscribe en este libro en las huellas freudianas.
Volver al Malestar en la Cultura – como lo hace este texto – en este tiempo del horror es volver a impugnar con Freud cualquier intento de anular la insatisfacción propia del deseo. Es volver a descreer de paraísos terrenales, de sectas salvacionistas, de gobiernos mesiánicos.
Volver al Malestar en la cultura hoy es indagar con qué ropajes se visten actualmente los intentos tecnológicos y morales, para intentar suprimir la hiancia inevitable entre el sujeto y la felicidad plena por la restricción inevitable de la pulsión por el acceso a lo simbólico.
La reflexión freudiana se opone al encuentro con la satisfacción plena en esta vida, o en otros delirios marcianos y lunáticos, y apuesta por ir más allá de la moral reinante en cualquier época.
Cada tiempo histórico queda atravesado por su propio malestar. Alemán lee al neoemperador como una expansión planetaria del malestar en la cultura. Promete cerrar lo que no puede cerrarse y ofrece sutura para una fractura estructural e ineliminable.
Ningún orden político puede sostenerse sin una cierta economía de las satisfacciones pulsionales; el nuevo poder las administra a su favor.
Estos líderes convocan identificación, odio y fascinación, de forma análoga a la figura del padre de la horda primitiva que describió Freud y que funciona en el texto freudiano y en este texto como un condensador de goce ilimitado.
En El problema económico del masoquismo Freud ensaya una genealogía de la moral. El eje central es que el masoquismo moral logra que la conciencia del sujeto quede capturada por un tipo de satisfacción en la que se mezclan exigencias incumplibles y pulsión de muerte.
Según Freud, su génesis se encuentra en pulsiones primarias destructivas dirigidas originalmente hacia los otros parentales, y por temor a perder su amor se vuelven contra el propio sujeto. Este queda entonces atrapado en una repetición autopunitiva donde nunca alcanza lo que cree se espera de él. En esta tesis, estas renuncias al temor de perder el amor del otro retornan sobre el sujeto como sentimiento inconsciente de culpabilidad y necesidad de castigo. Sabemos por la clínica que ninguna desculpabilización ni aclaración en la conciencia sobre lo injusto del autocastigo tendrá éxito.
En el mismo texto, Freud establece también que el nombre inconsciente del imperativo categórico es el Superyó. En la época del neoemperador el Superyó se convierte en un mandato de obediencia, en una forma de esclavitud.
Alemán sigue el texto freudiano y plantea, en un giro audaz, un superyó propio del capitalismo que el Neoemperador ha sabido utilizar. Sectores despojados y empobrecidos cargan sobre su existencia una culpabilidad enigmática que permite pensar en una transmisión del masoquismo moral a escala social. Por ello, hay sectores que votan y se adhieren a propuestas que les perjudican. La subjetividad mortificada encuentra salida a través de este tipo de líder que promete liberar de la culpa autorizando el daño.
Alemán también vuelve a inscribirse, una vez más, en las huellas de Lacan.
El discurso capitalista, que nunca dejó de abordar en su obra, ofrece en este libro una nueva vuelta para dar cuenta de la mutación antropológica en marcha.
Parte de la forclusión del punto de capitón, punto de anclaje que permite que haya historización, que pueda haber una lectura retroactiva desde donde se pueda discernir pasado, presente y futuro. Pero aquello que permite resignificar retroactivamente la historia y resignificar las herencias, los legados y los proyectos políticos pretenden hoy ser abolidos.
El discurso capitalista sigue siendo para Alemán el álgebra fundacional que explica la destrucción de los puntos de capitón en el sujeto y en lo colectivo.
Somos hablantes, sexuales, mortales.
Como hablantes, estamos fuera de la literalidad absoluta que pretende el poder y que lleva inexorablemente a un régimen persecutorio. Frente al conflicto de interpretaciones, ofrece la lengua de madera, y frente al debate, la consigna. El poder que promete decir lo real tal cual es, se ve forzado a sancionar y expulsar a quien no encaja en su literalidad.
Como sexuados, estamos enfrentados a la complejidad del deseo y a su imposible satisfacción. El neoemperador intenta convertir esa complejidad en una moral cerrada y se transforma en su policía cultural. Se trata por tanto de una moralina que se separa definitivamente de la ética del deseo. Se produce una inversión de los imperativos éticos, se intenta sustituir al ser humano por un bicho tecno-psicopático carente de límites.
Somos mortales. La mutación antropológica en marcha pretende negar la muerte, la pretensión delirante de la que los megamillonarios hacen gala.
Estas tres dimensiones permiten precisar una tesis central de este libro. El inconsciente, implícito en el lenguaje y en la experiencia del cuerpo y la muerte, introduce la imposibilidad de un dominio constitutivo que limita toda pretensión de poder absoluto.
Esta tesis, sin apartarse de un saber para la clínica, se convierte, como en todos sus libros, en una advertencia civilizatoria.
Si en libros anteriores Jorge Alemán había analizado las transformaciones del neoliberalismo y las mutaciones de las nuevas derechas, en este texto da un paso más. No se limita a describir procesos históricos dispersos, sino que aísla la figura que los condensa. Allí reside su novedad.Este libro no es solo un diagnóstico. Es también un acercamiento a las posibilidades que aún permanecen abiertas cuando el futuro parece clausurado.
Los neoemperadores van ocupando todo el horizonte.
La salida posible frente a este tiempo cruel no es solo política sino también ética. Pasa por volver a construir un sujeto colectivo capaz de defender lo común, de recuperar un horizonte histórico, de posicionarse firmemente contra la guerra, de unir voluntades políticas que puedan transformar la escena.
La tarea de la política – si volviera a resurgir después de ellos – cuestión que aún no sabemos, pero que, en palabras del autor en otros ámbitos, estamos obligados a desear – sería también no negar la fractura incurable que divide tanto a los sujetos como a lo social.
Las malas noticias del psicoanálisis – la persistencia de lo indómito, la ambivalencia constitutiva, la imposibilidad de una reconciliación plena – no clausuran lo político. Las malas noticias pueden ser buenas para una política democrática ya que no hay ningún poder totalmente cerrado. Siempre habrá un resto, un exceso, un desajuste. Ese resto puede transformarse en una invención que permita habitar lo común en lugar de ejercer una furia segregativa.
La distopía ya está aquí. Ya no es una profecía. Pero mientras exista un sujeto dividido, hablante, sexuado y mortal, el sadofascismo no podrá cerrar definitivamente la historia.
Elina Wechsler


