Buena noches y gracias a la BOLM, a su director, Luis Seguí y, por supuesto, a Jorge Alemán por la invitación a estar en esta mesa.
Me alegra mucho poder presentar este libro cuyo título me evocó de inmediato el recuerdo de la primera vez que vi la imagen del hoy presidente de Argentina con su siniestra hermana. Me traía a la memoria a Calígula y Drusila en la versión que en 1979[1] Tinto Brass llevó a la gran pantalla. Un despliegue del exceso, el exabrupto, lo desbordado, la obscenidad, la crueldad en el marco de un gran imperio. Eso mismo, visto en las figuras que hoy ostentan el poder desmedido y deciden sin escrúpulos sobre la vida y la muerte de un pueblo, deja descolocado a cualquiera. Personalmente, no dejo de sorprenderme con horror cuando leo declaraciones o comentarios de los nuevos mandatarios teñidos de desprecio, odio, humillación, aún me resisto a creer que se pueda decir cualquier cosa sin consecuencias.
Por eso, resulta imprescindible poder hacer una lectura de ello para salir de la perplejidad y la parálisis, máxime cuando vemos que este tipo de personajes, los nuevos emperadores, se van multiplicando en diferentes países, todos elegidos como la “mejor opción”, un punto que junto con el lugar de la democracia en nuestros días que también se aborda en este libro.
Como ya he dicho en otras ocasiones, las reflexiones de Jorge Alemán me permiten tomar distancia de la angustia y pensar la política con las herramientas que ofrece el psicoanálisis, además de “consolarme” un poco con la posibilidad de que existe siempre un pequeño resquicio para escapar al cierre totalitario que se busca desde estos aparatos de poder. El ser hablante seguirá siendo, eso espero, sexuado y mortal, habitado por un goce que no podrá ser capturado del todo, por lo que todavía hay lugar para el inconsciente y el deseo más allá de este potente empuje al goce del que resulta difícil sustraerse. Como podemos leer en las páginas finales: el resto indómito que habita en cada uno de nosotros da cuenta, mientras estemos vivos, de que “no hay un dominio pleno del yo, no hay armonía final entre ley y deseo, no hay lenguaje sin equívoco, no hay comunidad sin antagonismo”[2].
No obstante entre los epígrafes que abren la puerta a la lectura del libro, además de la referencia a Freud y su afirmación de que el yo no es amo en su propia casa, hay una que introduce una duda inquietante que pondría en cuestión la posibilidad de una salida para el ser hablante. José Luis Villacañas en su libro Senderos que se bifurcan se interroga si debemos o no “dar por perdido eso que hemos llamado hasta ahora ‘ser humano’”, en clara referencia a la posibilidad de una mutación antropológica que estaría ya en funcionamiento.
Este es uno de los puntos neurálgicos de este libro porque apunta a las condiciones de posibilidad que permitirían que las cosas marcharan de otro modo en el imperio del goce del poder y del poder del goce. Como bien señala Alemán, cualquier análisis político-estratégico ve su alcance limitado si no tiene en cuenta la economía libidinal en juego ya que es desde ahí que estos personajes generan una mezcla de afectos que pasan del odio a la fascinación, llamando abiertamente a una identificación.
Me he preguntado en más de una ocasión, cada vez que se va un poco más lejos y se cruza un nuevo límite en la violación de los mínimos derechos humanos y de la legalidad, cómo hemos llegado hasta aquí, qué hechos hemos desestimado en este camino. Las palabras de Papo Kling que prologan este libro nos ponen en antecedentes cuando recuerdan el giro que se produce entre la Guerra del Golfo de 1990 y la respuesta a los atentados de Nueva York con la consiguiente invasión de Irak donde sin el amparo de la ONU se lleva a cabo una operación que tiene por objeto hacerse con los recursos de una región, previa destrucción de cualquier obstáculo que ose impedirlo. Así es como tiene lugar otra vuelta de tuerca que arrasa una vez más con la legalidad y la soberanía de los estados, atropelladas sin que pueda surgir una resistencia eficaz. Cualquier reacción se ve neutralizada rápidamente por la perplejidad que causan la obscenidad y el descaro con que se llevan adelante acciones violentas contra otros estados y contra los ciudadanos, cualquiera que represente un cuestionamiento al nuevo orden.
Como podemos leer en el prólogo, el libro muestra “cómo esta mutación de los criterios de legitimidad y los modos de obediencia están reconfigurando el lenguaje político mediante el retorno de la fuerza en todas sus variantes, con la novedad de la crueldad como elemento explícitamente reivindicado.”[3]
La referencia a la crueldad resulta de sumo interés para reflexionar acerca del eco y el respaldo que generan las caras visibles, los cuerpos que encarnan el goce del poder, verdaderos personajes esperpénticos (como el autor califica a quien hoy gobierna la Argentina) al mando de estas acciones.
La mención del esperpento resulta insoslayable y no se reduce a un mero calificativo cuando tenemos en cuenta el nivel de deformación de la realidad en las múltiples manipulaciones que se realizan, desde las imágenes hasta el lenguaje que, también hoy, se vuelve a servir del recurso a la cosificación y la animalización de quien se convierte en blanco de la vociferación, que no discurso, del neoemperador.
Este año se cumplen 100 años de la publicación de Tirano Banderas de Valle-Inclán, novela que da inicio al género que aborda la figura del dictador en lengua castellana y que despliega en el relato el sistema corrupto que se mantiene en pie gracias a la violencia y la complicidad de las élites alrededor de una figura idolatrada por decreto.
Sin embargo, la deformación que produce el reflejo en los espejos cóncavos del antiguo callejón del Gato de Madrid en la que el escritor gallego se apoyó junto con la referencia a las pinturas negras de Goya para definir el esperpento, se queda corta frente al aparato que ponen en marcha los emperadores de hoy. El marco del espejo ha estallado y ya no alcanza a contener el desborde porque es el personaje quien se erige como la medida del límite allí donde la democracia ha perdido su peso y el estado su centralidad. Los vaivenes en apariencia caprichosos de Trump son un buen ejemplo.
Por eso, podemos afirmar con Alemán que no estamos ni ante los tiranos de antaño, ni ante los imperios de otros tiempos. Como leemos en el texto la diferencia no es meramente institucional, sino clínica ya que el emperador encarna y “exhibe sin tapujos su voluntad de goce”[4] en el marco de una democracia que por estar tan debilitada pasa a un segundo plano, y donde la precariedad de la vida sólo parece dar lugar a un “sálvese quien pueda”. Ese es también el caldo de cultivo para las motosierras, el llamado a la mano dura, y para entender lo incomprensible: que el votante muchas veces termine eligiendo a aquel que antes o después lo perjudicará.
Varios son los elementos en juego: por un lado el neoemperador grita a voz en cuello “lo que debería ser el silencio de la pulsión de muerte”[5] y así genera fascinación al presentarse como lo “auténtico”. Por otro, la corrosión que fue llevando a cabo la versión neoliberal más brutal del capitalismo sobre la herencia simbólica y la memoria, que dejó a los sujetos huérfanos y ha generado “subjetividades flotantes” y “existencias volátiles”[6] que se abocan a un goce que les hace pensar que si ellos no pueden estar mejor, al menos podrán satisfacerse al ver que alguien estará peor. Leemos de inmediato que no se trata de condenar esta posición sino de interrogar “qué oferta imaginaria y simbólica quedó vacante” para que pudiera darse esa captura del sujeto.
Asimismo, desde el comienzo del libro queda establecida la referencia al padre de la horda de “Tótem y Tabú” para pensar la figura del neoemperador en relación con la cuestión del goce sin límites. Freud ya había puntuado que no se trataba “solamente un mito de la transgresión sino la cara exterior de la ley, su borde ineliminable”[7], un exterior oscuro que en la era del nuevo capitalismo se encarna en este tipo de personajes y es el rasgo que introduce la novedad frente a las tiranías y los imperios clásicos.
Este libro, en su aparente brevedad, recoge muchas de las articulaciones que podemos leer en anteriores textos de Alemán y que permiten entender la lógica en juego en nuevos aparatos de poder que buscan gestionar el goce de los cuerpos con la incalculable alianza que ofrece la técnica contemporánea. Cada una de las entradas que lo componen ofrece un sesgo que busca condensar la figura del neoemperador. Así la manera en que en dos páginas localiza el papel del megamillonario que se descubre en los archivos sobre Epstein, que Jorge no duda en compararlo con la siniestra República de Saló fundada por lo peor del fascismo italiano, pone al descubierto la red de abonados al club del goce pertenecientes a diferentes esferas del poder. Se trata, nos dice, de la “anticipación de la concentración de goce que la ultraderecha necesita acumular” para organizar la satisfacción, el reconocimiento y el castigo[8]. Nos recuerda asimismo lo que también señaló H. Arendt a partir de su trabajo sobre Eichmann, en relación al reverso oscuro que siempre acompaña a la ley y que en su vertiente más extrema se revela en la convicción de lograr “sustituir al ser humano por un bicho tecno-psicopático carente de límites”[9], como apunta el texto.
Otra de las vertientes que despliega muy bien el libro se desprende de las transformaciones del sujeto político y que tiene que ver con la intervención de la técnica sobre la vida de los seres hablantes convertidos en consumidores consumidos, muy solos porque los lazos se vuelven cada vez más frágiles y quedan colonizados por el empuje a pertenecer al grupo a cualquier precio diluyendo ahí cualquier atisbo de singularidad. Se produce, como nos dice el autor, “un nuevo régimen de temporalidad sin escansiones: presente perpetuo, memoria difusa, horizontes sin contorno y siempre a punto de colapsar”[10] que deja al sujeto sin red y a merced de los desbordes del sistema. El desafío consiste en reintroducir en este marco la posibilidad de lo común a partir de prácticas políticas que siendo más igualitarias puedan alojar y dar lugar a la diferencia.
Entonces, si todavía podemos seguir sosteniendo con Jorge que no hay crimen perfecto y que por más esfuerzos que haga el poder siempre será imposible clausurar la brecha ontológica del ser hablante, ¿cómo salir de este circuito mortífero al que nos arrastra esta modalidad despiadada del capitalismo que encarna el neoemperador? ¿Cómo volver a anudar historia, lenguaje y deseo en un proceso instituyente sin caer en la nostalgia? La clave vuelve a estar en la propuesta que nos hace el autor en uno de sus libros que más me gusta, Soledad:Común, que en este texto es retomada cuando nos habla de una política orientada por el no-todo que propone Lacan. Se trata, por ejemplo, de sostener “una igualdad como principio de no-dominación que no borre la diferencia y una diferencia como condición de lo común que no disuelva la universalidad política”[11]. La nueva militancia podrá surgir así en lo más cercano y local, con el vecino, en el barrio, para luego y sostenido en la red, poder trascender sus fronteras, y “si no hay recursos, que exista al menos el deseo de encontrarlos”[12]. Tal vez, si abrimos bien los ojos seremos capaces de hallar, por suerte, en nuestro día a día pequeños fenómenos que lejos de ser de masa, muestran que algo de esto es posible aunque los medios y las redes no les den cobertura.
Animo a la lectura del libro en el que además de estos aspectos que he elegido destacar, podrán leer sobre la tensión entre ideología y fantasma, el peso del declive de la función paterna, anticipado por Lacan en el 38, en el machismo virulento del que hacen gala los neoemperadores y sus seguidores.
CONSTANZA V. MEYER – Miembro AMP y ELP.
[1] Brass, T., Calígula, Penthouse Film Int., Italia, 1979.
[2] Alemán, J., Neoemperadores, Barcelona: Ned, 2026, p. 91.
[3] Kling, P., “Prólogo” en Alemán, J., Neoemperadores, Barcelona: Ned, 2026, pp. 9-10.
[4] Alemán, J., Neoemperadores, Barcelona: Ned, 2026, p. 19.
[5] Ibid., p. 25.
[6] Ibid., pp. 53-54.
[7] Ibid., p.18.
[8] Ibid., p. 71.
[9] Ibid., p. 72.
[10] Ibid., p. 42.
[11] Ibid., p. 89.
[12] Ibid., p. 72.


