EL APAGÓN DEL AMOR
Hay noches en las que un pequeño accidente termina organizando el recuerdo entero de un encuentro. El pasado 27 de mayo fue una de esas noches. En la Biblioteca de Orientación Lacaniana de Madrid se presentaba El amor y sus enigmas, el último libro de Mercedes de Francisco, prologado por Amador Fernández-Savater, en cuyo nombre propio pareciera alojarse ya algo de esa posición amorosa que el propio libro interroga.
Apenas habían transcurrido unos minutos desde el comienzo cuando saltaron los plomos. Los micrófonos dejaron de funcionar, Zoom cayó de golpe y todo quedó suspendido justo en el momento en que el “filósofo pirata” —tal y como él mismo se define— pronunciaba las palabras “lo político”.
¿Casualidad? Ya sabemos que en psicoanálisis nada lo es del todo.
Y es precisamente esa apuesta por el no-todo en el amor, por aquello que escapa a las promesas de armonía y satisfacción plena, lo que atraviesa el libro. A lo largo de la noche fueron apareciendo también esas marcas de la época que la autora lee a partir de fragmentos tomados del cine, la filosofía o la literatura, cuestión sobre la que Eloísa Cano se detuvo especialmente al comienzo del encuentro.
No tardó entonces en aparecer una de las ideas que recorrería buena parte de las intervenciones: la dificultad contemporánea para convivir con aquello que desborda el control, con la falta, con lo imposible que todo amor implica. Frente a una época fascinada por la transparencia, el rendimiento y la promesa de satisfacción inmediata, el libro insiste en la necesidad de inventar otras formas de vínculo.
Desde esa misma tensión entre amor e imposibilidad, Amador Fernández-Savater retomó una de las formulaciones más potentes del libro: “el acto violento se precipita en la impotencia”. Su lectura fue enlazando las distintas formas de violencia contemporánea —la guerra, el negacionismo, la lógica sacrificial o la búsqueda permanente de culpables— con una época cada vez menos capaz de hacer algo con esa impotencia, con ese límite, salvo transformarlos en odio o destrucción.
Frente a ello apareció la lógica femenina, no entendida como identidad ni como esencia, sino como otra manera de relacionarse con lo imposible. Un amor “difícil”, siempre en construcción, capaz de hacer del obstáculo no un déficit sino una potencia de invención. Quizá una de las frases que mejor condensó el espíritu del encuentro fue precisamente esa: necesitamos de un amor que haga lazo, pero que “no asfixie, no ate, no mate”.
Conforme avanzaban las intervenciones fueron apareciendo también las distintas figuras de lo femenino que el libro interroga a través del cine, la literatura y la clínica. Concha Miguélez se detuvo especialmente en esas mujeres de las screwball comedies clásicas —decididas, excesivas, imposibles de domesticar— que desordenan las seguridades masculinas y confrontan a los hombres con aquello que no pueden controlar.
Porque precisamente allí donde tantos discursos contemporáneos intentan borrar la diferencia o neutralizar lo enigmático, el libro vuelve una y otra vez sobre aquello que inquieta, descoloca y no termina nunca de dejarse capturar del todo. La intervención de Concha Miguélez llevó además la noche hacia la cuestión de la soledad y del goce femenino, recordando que el amor no viene a suturar ninguna falta definitiva ni a resolver el desencuentro entre los sexos. Más bien aparece como una invención singular frente a aquello imposible de escribir. Un poco más adelante y desde Buenos Aires, Damasia Amadeo retomó esa dimensión fragmentaria del libro, compuesto por textos que parecen responderse unos a otros como variaciones alrededor de una misma pregunta. Había en su lectura algo musical: la idea de que cada capítulo, a modo de ostinato rítmico, vuelve sobre el amor desde distintos registros sin intentar nunca cerrar del todo el enigma.
Quizá se echó de menos una conversación más extensa con el público. Pero algunas de las preguntas que lograron abrirse dejaron resonando cuestiones especialmente vivas: el pasaje del amor al odio, la diferencia entre pensarse como víctima o como afectado por lo ocurrido, o incluso la idea de que habitamos formas de tecnofeudalismo que alcanzan también nuestra manera de amar y relacionarnos.
Así que, tal vez, no fuera tan mala metáfora de la época que aquella noche bastaran dos aparatos de aire acondicionado para que saltaran los plomos. Hubo que apagar el aire y abrir las ventanas. Continuar así, entre el calor y cierta incomodidad compartida.
Algo de esa pequeña escena parecía dialogar silenciosamente con el propio libro: con ese límite que ninguna promesa técnica termina de borrar, con esa imposibilidad que insiste incluso allí donde querríamos que todo funcionara sin fisuras.
Porque acaso también el amor tenga algo de eso: abrir las ventanas, soportar cierta incomodidad y seguir conversando…
Lara Alberich


