Reseña del encuentro: A debate, un niño no es un adulto.

El pasado 18 de abril de 2026 se realizó en la sede de Madrid de la ELP una actividad promovida por la Junta directiva con la coordinación de Blanca Cervera del Departamento de Psicoanálisis con niños del Nucep y Mariam Martín del Cereda y bajo la fórmula de “Debate”, para poder conversar, elaborar y sacar enseñanzas sobre el eje de la diferencia Niño/adulto. Como aportó Andrés Borderías, director de la Junta, debatir proviene del latín debattuere, significa batir, sacudir, combatir. Es un término que nos conviene, pues el psicoanálisis es un discurso que participa en la elucidación de los síntomas de nuestra época tomando en cuenta la dimensión del inconsciente y de lo real. Por eso subvierte y sacude el sentido común, que en nuestra época se presenta de un modo fundamentalmente utilitarista.

Para materializarlo se constituyó una Comisión en la que se integraron: Eugenia Caretti, Paula Fuentes, Marjorie Gutiérrez y Eugenia Viacava, junto a las coordinadoras Blanca Cervera y Mariam Martín. Para esta ocasión se tomó el eje: Diferencia Niño/adulto: Infancias apuestas y desafíos.

Tal como Mariam Martín explicó en la apertura del Debate, para esta Comisión se trataba de provocar un espacio de conversación, de permitir formularnos preguntas, sacar enseñanzas y provocar una elaboración compartida, porque consideramos que es necesario un aggiornamiento para estar a la altura de la subjetividad de la época, es decir, volver a formular cuestiones sobre el niño y su estatuto; sobre la fundamental relación infancia/sexualidad; sobre la opacidad del goce que irrumpe en el niño sin comprender nada de lo que le sucede; sobre la importancia del hecho de hablar y dirigirse a un otro del que recibe sus palabras que lo tocan y lo marcan; sobre la importancia de constatar que al parlêtre le faltan palabras para decirse y nombrar lo que le habita, ya que en la constitución misma del ser hablante hay un núcleo de opacidad para sí mismo; para pensar que significa, hoy, la diferencia niño/adulto en los diversos discursos que le atraviesan y aportando, en contraposición, desde el psicoanálisis la premisa fundamental que “el niño sea un sujeto de pleno derecho”, lo que nos convoca a dilucidar con todo rigor qué implicaciones tiene esta premisa.

Se conformaron dos mesas, una primera mesa epistémica con la participación Eugenia Caretti, Javier Garmendia, Carlos Montero, coordinada por Marjorie Gutierrez para debatir estas cuestiones relevantes bajo la modalidad de pregunta. Y una segunda mesa clínica en la que intervinieron Ascensión García, Paula Fuentes y Josefa Rodríguez con la coordinación de Blanca Cervera, que nos acercó a cómo es convocado a emerger el sujeto de pleno derecho en cada encuentro con un analista. 

Pudimos, en el debate, dar cuenta y afirmar que el niño es efectivamente un sujeto o, desde la perspectiva de la última enseñanza de Lacan, un parlêtre de pleno derecho. No es un adulto incompleto ni un ser presubjetivo, sino alguien ya implicado en una dimensión de sentido y de goce que no depende solo de la maduración orgánica, sino de su inserción en el campo del Otro y de las marcas que la lengua deja en su cuerpo.  Por tanto, la diferencia niño/adulto no debía pensarse como la que separaría a quien ya posee subjetividad de quien aún no la habría alcanzado, sino como una diferencia de posición respecto del lenguaje, del Otro y del goce.

En ese sentido, se puso de manifiesto que ya en el siglo XX, Freud tuvo una influencia decisiva en la percepción de la especificidad de la infancia y el niño, enseñándonos que dicha especificidad está determinada por la relación con lo pulsional y sus exigencias, momento en que el niño se le convoca a inventar algo frente a ese real que le confronta, y que al mismo tiempo es la posibilidad de emergencia de su posición de sujeto. Para el niño la irrupción de la sexualidad resulta traumática, produce un efecto de agujero, un troumatismo. De ahí la importancia del tiempo de juego para que el niño produzca sus propias ficciones que velen ese agujero y ensaye semblantes que le permitan enfrentarse a la vida.

Además, se puso de relieve como Freud en las Contribuciones al simposio sobre el suicidio apunta a la protección de este tiempo fundamental, y se planteó ¿en qué consiste esta protección? Y ¿qué ocurre cuando esta protección no opera? Se retomó, entonces, el vídeo de presentación del Debate, en el que hay una cita de J.- A. Miller: “Si borramos toda diferencia entre niño y adulto, son los fundamentos mismos de la democracia los que quedan cuestionados”. Afirmación con una gran contundencia que nos permitió debatir sobre ella.

El niño, con su diferente relación a la palabra, al goce y al Otro, encarna una posición subjetiva diferenciada: no quiere saber nada de la castración y está comprometido con el ejercicio de su condición de perverso polimorfo, -momento lógico fundamental que implica la necesidad de proteger el tiempo de la infancia, como afirmaba S. Freud. Desde esta posición no es posible considerarlo un ciudadano responsable, idea clave que sostiene la democracia. Aunque, el niño tiene derecho a ser escuchado, su palabra tiene otras condiciones al estar totalmente comprometida con el deseo del Otro, y es precisamente sobre esta diferencia fundamental que la palabra del niño no soporta el mismo peso que la del adulto, que el orden social está sostenido.

Al mismo tiempo se planteó que si el tiempo de la infancia es borrado no es posible diferenciar distintos grados de responsabilidad entre los sujetos, al borrarse e igualarse solo quedan dos consecuencias: se infantilizan los adultos o se empuja al niño a la adultez.

Hoy, desde algunos discursos, la protección de la infancia se realiza apartando de ella la injerencia de terceros, evitando el efecto siempre traumático del Otro, pues dicen puede influir u obstaculizar su supuesto desarrollo natural del niño. Pero en la clínica comprobamos que, si el Otro no se autoriza a desear algo del niño, éste se queda a solas con la pulsión. Si no hay un Otro que oriente y pacifique los embates de la pulsión, el Otro que opera pasa a ser directamente el cuerpo con sus exigencias pulsionales.

Las aportaciones de la mesa clínica, redundaron en señalar estas cuestiones en el caso por caso, ahondando en la diferenciación del niño como individuo, el niño en el discurso social, en posición de objeto de los padres, en el discurso de la educación, como objeto del derecho y el niño como el sujeto de pleno derecho, así como los momentos cruciales de su surgimiento en la cura. 

Este sujeto de pleno derecho es siempre un sujeto supuesto que en cada cura hubo que producirlo en los distintos dispositivos y gracias al acto del analista. En cada caso la emergencia del sujeto implicó el sostenimiento y puesta en marcha de la transferencia y la responsabilidad del propio sujeto sobre lo que le ocurría, encontrando soluciones para su malestar sostenidas en un buen-decir propio que da cuenta de que el discurso analítico encarnado, en cada cura por el analista, nunca infantiliza al niño.  

Para terminar, podemos decir que tuvimos un tiempo de reflexión para ir a contracorriente de la aceleración, del sentido común de los discursos, de los diagnósticos y protocolos listos para rápidamente etiquetar, un tiempo para oponerse a lo que, con acierto J. A. Miller denominó, el Un-dividualismo moderno.

Mariam Martín Miembro AMP y ELP

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