Reseña primer encuentro Ador@dos

En el primer encuentro del ciclo Ador@dos se trabajó el tema «La metamorfosis de la pubertad y sus síntomas», en un diálogo enriquecedor entre el psicoanálisis y la práctica institucional. El encuentro dio cuenta de la potencia de la orientación psicoanalítica en el ámbito institucional e invitó a interrogar qué puede enseñarnos hoy la práctica con adolescentes acerca de las formas contemporáneas de transitar la adolescencia.

La adolescencia fue presentada como un momento de quiebre, de irrupción de un cambio para el cual el sujeto no dispone todavía de palabras ni de recursos simbólicos suficientes para nombrar eso nuevo que le ocurre. Se destacó la vulnerabilidad que implica habitar un cuerpo en transformación, atravesado por un sentimiento de fuerte extrañeza. Ese despertar de la primavera puede vivirse como un exilio del propio cuerpo y exige la invención de nuevos modos de hacer con él, de nuevas maneras de nombrarse y de aproximarse al otro sexo, para confeccionar los semblantes necesarios para sostener el lazo social.

Las presentaciones hicieron referencia a la época actual como una época del exceso. Golpearse, cortarse, anestesiarse o aislarse aparecen frecuentemente como modos de tratamiento de la angustia que prescinden de la subjetivación del sufrimiento por la vía de la palabra. Como señalaba Beatriz García, pareceríamos asistir a una suerte de «analfabetismo introspectivo», expresión que apunta a una pobreza de recursos simbólicos para tramitar el malestar. Sin embargo, también se planteó la pregunta acerca de si toda época no ha vivido su presente bajo el signo del exceso, intentando encontrar modos singulares de hacer con aquello que irrumpe como nuevo. Si antes predominaba la culpa por gozar, hoy parecería imponerse la culpa por no gozar lo suficiente. En este contexto, los adolescentes se ven empujados a inventar sus propios ritos de pasaje allí donde los universales han perdido eficacia, privándolos de referencias que ayuden a metaforizar la metamorfosis puberal.

Desde la práctica institucional se interrogó qué psiquiatría es posible hoy para acompañar esta metamorfosis desde un centro de salud mental público. Se trató de pensar un pasaje de la impotencia a la imposibilidad. Aun en dispositivos atravesados por la masificación de las consultas, la premura de los tiempos y las múltiples demandas provenientes de las familias, la escuela y la propia institución, se mostró que sigue siendo posible encontrar una orientación clínica sostenida en el caso por caso.

Asimismo, se presentó un estudio reciente publicado en la revista Nature que señala un adelanto de aproximadamente cuatro años en el inicio de la pubertad respecto de la década de 1960. Este dato encuentra resonancia en lo que se observa actualmente en las consultas: el progresivo acortamiento de la latencia. Asistimos así a infancias y adolescencias en permanente metamorfosis, con crecientes dificultades de elaboración y acompañamiento por parte de un mundo adulto —familiar y profesional— frecuentemente desbordado por la urgencia de las demandas contemporáneas. Este fenómeno suscitó además preguntas acerca de cómo pensar la incidencia de los cambios de época sobre los cuerpos y las formas contemporáneas de atravesar la pubertad.

El debate posterior resultó particularmente interesante porque permitió cuestionar cierta nostalgia de un tiempo pasado, posición que suele aparecer con frecuencia cuando se abordan las transformaciones actuales de la adolescencia. Frente a ello, se propuso una lectura alejada de toda idealización retrospectiva. No se trata de sostener que antes los arreglos funcionaban mejor, sino de trabajar con los recursos que cada sujeto encuentra en su época para responder a aquello que le toca vivir. Desde esta perspectiva, el síntoma aparece no solo como un padecimiento, sino también como una solución singular.

Los casos clínicos presentados mostraron precisamente que la respuesta por la vía del cuerpo no depende exclusivamente de la disponibilidad de recursos simbólicos de los adolescentes. Incluso adolescentes con importantes posibilidades de elaboración pueden encontrar soluciones que se juegan en el cuerpo. De allí que surgiera la pregunta acerca de si nuestra función como analistas no consistiría en ofrecer la posibilidad de pensar con otro, introduciendo un tiempo para comprender allí donde domina la inmediatez. 

Por último, quedó abierta una pregunta que da nombre al ciclo y que seguirá orientando el trabajo de los próximos encuentros: ¿Hay diferencia entre los cuerpos amados y los cuerpos adorados? Y, si la hay, ¿Cómo pensarla hoy?

Antonia Sessarego

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