ENCUENTROS DE LA BIBLIOTECA
 “Primavera sombría” de Unica Zürn

Por Sonia María Riera Gata – Socia de la sede de la ELP de Madrid

Buenas noches, antes que nada, quisiera agradecer a todas, a todos, vuestra asistencia a ésta la primera actividad presencial de la Biblioteca de la ELP de Madrid. Tenemos compañeros y compañeras en la sala, invitados y, por qué no, otros invitados y compañeros que han querido estar a través de Zoom a los que agradezco también su asistencia. También quiero agradecer a Carmen, directora de la comisión, por haberme invitado a coordinar esta actividad.

Debo confesar que es la primera vez que estoy en la sede de la escuela, después de dos años de ausencia. La echaba de menos.

Esta noche vamos a conversar sobre una escritora que probablemente sea desconocida para muchos de Uds., para mí lo fue hasta hace poco, pero debo decirles que, si alguna vez se hubieran acercado a cualquiera de sus obras, no se habrían quedado indiferentes. Por eso, de forma anticipada invito a todos a que la lean. Una obra o dos, la primera página, la última página o cualquier página elegida al azar.

Estoy hablando de:

Unica Zürn, transgresora, doliente, herida, perturbada, arrasada, alucinada, fascinada con su mundo imaginario, devastada por la realidad. Es una escritora que impacta, golpea en la piel, en el mismísimo centro de la palabra con la que muerde, con la que sabe jugar: la vuelve, la revuelve, la revuelca, porque la palabra es su vida, la escritura una prolongación de su cuerpo.

Dice Pessoa en el Libro del Desasosiego: “Las palabras son para mí cuerpos tocables.”

Única Zürn se apropia de cada trazo con el que escribe, con el que dibuja y ahí se detiene hasta llegar a un pozo insondable donde la creación se vuelve trance, delirio, un mundo repleto de visiones inquietantes. Búsqueda insaciable parta tocar el cuerpo de la palabra.

Centraremos la conversación sobre uno de sus textos “Primavera sombría” un relato hermosamente estremecedor.

Tomo una cita de otro de sus libros “El hombre jazmín, impresiones de una enfermedad mental.”  Es la respuesta que da a una paciente cuando le pregunta por qué está ingresada. Ella dice:

“¡Oh- responde ella con aire misterioso-, he oído a un gran poeta recitar una poesía dentro de mi vientre!” (El hombre jazmín, pág. 66)

Unica Zürn estaba preñada de un deseo insaciable. Un cuerpo comprometido con las voces, aquello que la empujaba desde dentro para actuar con verdadero desenfreno, para recibir el dolor y golpear, golpearse. Una vida doliente, hundida en la erótica del maltrato, en la fascinación de un amor inválido, incompleto, un amor ansiado hasta llegar al borde de la ventana para contemplar la caída de su cuerpo.

Es en “Primavera sombría” donde la muerte de una Niña-adolescente aparece como anticipo de la suya propia.

“Se acabó” son las últimas palabras antes de arrojarse por la ventana…

Para terminar, leeré una cita, el primer párrafo del prólogo de su libro “Primavera sombría” escrito por Lurdes Martínez:

“Yo, la gran ensimismada, la que surca la materia espiral de un pensamiento, la que unge los espejos de rasguños, la que vivió una vida más alta, y murió una muerte más pura” Son los últimos versos de un poema de Unica Zürn, autosemblanza con tintineo de oráculo de la alucinada, abismada en las propias visiones.” (Primavera Sombría, pág. 7)

La mesa está compuesta por dos invitadas:

Lurdes Martínez: es profesora de educación secundaria, poeta y miembro del Grupo Surrealista de Madrid desde 1992. Coeditora de la revista Salamandra. Y es autora del prólogo de “Primavera Sombría” ed. Pepitas

Lurdes hará un recorrido por la vida y la obra de esta poeta, novelista y dibujante tan singular. Así como también dará cuenta de su lectura y minucioso estudio de su obra.

En su presentación contará con la colaboración de la poeta Leticia Vera quien leerá una selección de fragmentos de “Primavera sombría” a modo de ilustración.

Blanca Cervera: psicoanalista, miembro de la ELP y de la AMP.

Blanca nos hablará de cómo llegó a la lectura de Unica Zürn y como quedo atrapada en su manera de escribir y las preguntas que le ha suscitado el texto que hoy nos ocupa.

Luego tendremos una conversación entre todos.

Conversación a propósito de PRIMAVERA SOMBRÍA, de Unica Zürn.

Por Blanca Cervera – Miembro de la ELP y de la AMP

Quiero manifestar mi alegría y agradecer al equipo de la BOLM, y especialmente a su directora, Carmen Bermúdez, por estar hoy aquí en esta mesa junto con Lurdes Martínez, y con Sonia Riera también, para conversar alrededor de este libro. Además, hoy la alegría es doble por volver a hablar desde esta mesa, en presencia.

Yo llegué a los textos de Unica Zürn sin saber nada de la autora ni de lo que iba a encontrarme, salvo por las palabras del librero que me recomendó Primavera Sombría y El hombre Jazmín, diciéndome que podían ser “unos de esos libros difíciles que suelen interesarme”. A pesar de que en la tapa y la contratapa de ellos se anunciaba la relación entre la escritura de la autora y su diagnóstico de esquizofrenia, no me acerqué a ellos movida por un interés de estudio, o si se quiere por un interés profesional, cuestión que en tanto psicoanalista podría haber sido posible. Pero no se trató de eso. Llegué a Zürn en tanto lectora de novela, a partir de mi gusto, bien captado por mi librero, por ciertas lecturas, que él nombró como difíciles, y en las yo que encuentro una forma de escribir a partir de un cierto desgarro, un intento de decir ahí donde resulta difícil, donde las palabras no alcanzan, y donde, precisamente en ese esfuerzo, algo se insinúa, algo se traza. Leer estos dos libros no me dejó indiferente, y de hecho escribí en aquel momento, hace ya algunos años, un pequeño texto en el que intentaba despertar el interés por Primavera Sombría como parte del trabajo de la Comisión Bibliográfica de unas Jornadas de la Escuela.

¿Por qué la obra de Zürn, y particularmente este texto, me pareció y me parece de interés, a pesar de su crudeza? Digo a pesar de su crudeza porque su lectura, al menos a mí, me resulta por momentos desgarradora, e incluso, en ocasiones tediosa. Lo cuál no quita que también me parezca una obra enormemente lúcida y bella. Creo que esto tiene que ver con aquello a lo que apela la escritura tan particular de esta autora en estos dos textos coetáneos, el terreno donde se adentra, y lo pienso en al menos tres sentidos que quiero destacar, sin ser ninguna experta en literatura y hablando en tanto lectora.

El primero tiene que ver con la manera de escribir de Unica, una escritura directa, breve, concisa, que narra algunas cuestiones sin demasiados velos. Lo cual puede fácilmente no ser del gusto de todos. El pudor y la vergüenza que Freud, en “Tres Ensayos para una teoría sexual” (1905), aisló como diques pulsionales que dan cuenta de la represión, no parecen tener especial relevancia para Unica, y nos encontramos por momentos con una manera explícita, dura y reiterativa de hablar de cuestiones que atañen al goce y la sexualidad de la joven protagonista del relato. No creo que esto responda a una intención transgresora, de provocar al lector o de dividirlo o ruborizarlo, sino mas bien me parece que se trata para ella de narrar como fue su experiencia y su despertar sexual en la salida de la latencia, una experiencia a cielo abierto, sin demasiados diques o velos.

El segundo aspecto que quiero destacar de su escritura tiene que ver con el intento que encuentro en Zürn de explicarse a ella misma allí donde las palabras resultan insuficientes y el sentido escasea. Hay que tener en cuenta que, si bien Unica escribe en tercera persona, ambas obras tienen un marcado carácter autobiográfico, pero eso no quiere decir que se trate de un relato de sucesos de su vida, o de una novela en la que la autora ficcione a partir de ciertas experiencias. Se trata mas bien en su escritura del esfuerzo inmenso de Unica para dar cuenta del real que la habita. Esfuerzo entonces valiente sobre un fondo de imposible. Lo desgarrador en la obra de Unica Zürn es para mí su intento de explicar ese desgarro del que es producto, ese real que la atraviesa. Es precisamente en ese intento de explicarse que la propia escritura adquiere una enunciación desgarradora.

Hay para mí un tercer motivo que hacen la obra de Zürn cruda e interesante a partes iguales. Sabemos gracias al psicoanálisis, que el real que nos habita a los seres humanos es siempre un real singular, que va a tener que ver con el modo en que cada ser hablante puede habitar el goce, el cuerpo, el amor y la vida. Podemos decir que todo ser hablante tiene la experiencia de lo real, y por otro lado que ese real y esa experiencia va a ser distinta en cada uno. Y el real del que Unica testimonia en estos dos textos es especialmente desgarrador al tener que ver con “un desorden provocado en la juntura mas íntima del sentimiento de la vida en el sujeto”, parafraseando a Lacan en De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la Psicosis (1958).

En El Hombre Jazmín, obra que subtitula Impresiones de una enfermedad mental, Unica va a abordar la cuestión a partir de su experiencia del desencadenamiento psicótico que se produjo ya entrada ella en la cuarentena, y que la llevó a precisar de diversos ingresos psiquiátricos hasta su muerte a los 54 años tras arrojarse por la ventana. En cambio, en Primavera Sombría, nos va a hablar de un paso por la pubertad inspirado en el suyo propio. Da la sensación que ella necesitara precisamente explorar ese momento de la vida para dar cuenta de lo que le sucede mas adelante. Y va a mostrar como, si bien la locura aparecerá muchos años después, los ejes sobre los que se sustenta la misma están ya presentes antaño, así como la posibilidad de salir de la escena acabando con la vida. Pareciera queZürn, es este texto, intentase situar las coordenadas que hicieron a su existencia y también su respuesta singular a la misma. Y al hacerlo, lleva su psicosis mucho mas allá, o mas acá, de la enfermedad y la patología. De alguna manera, al encaminarla a un modo de anudamiento singular, la dignifica, sin en ese paso, y esto me parece sumamente interesante, idealizarla o restar nada a los problemas con los que esa elección insondable la confrontó.

La pubertad es efectivamente un momento importante, de “metamorfosis”, como dijo Freud (La metamorfosis de la pubertad, 1905), no sólo del cuerpo, sino a nivel subjetivo. El púber se confronta con un real que hace agujero en el saber: no sabe sobre lo que acontece en su cuerpo, un goce que se sale del marco de la ventana que se había construido en la infancia, no sabe sobre cómo relacionarse con su nueva imagen que le resulta extranjera, no sabe qué y cómo hacer con el amor y la sexualidad ante el acceso a la posibilidad del encuentro de los cuerpos. Hay algo que lo desborda y el saber acuñado durante la infancia es insuficiente para responder. Zürn habla de una manera muy bella en Primavera Sombría de ese agujero al que se confronta, tomo un ejemplo: “Cuando se va a dormir, observa tumbada en la cama los travesaños de la ventana. La cruz que forman le recuerda a un hombre y a una mujer: la línea vertical es el hombre y la horizontal, la mujer. El punto en el que ambas líneas se cruzan es un misterio. (Ella no sabe nada del amor).” El púber entonces, empujado por la angustia frente a ese agujero, va a tener que dar un marco, una respuesta subjetiva a aquello nuevo que emerge y que acontece. Por eso la pubertad es, además de un momento delicado, un momento productivo. Y por eso, me parece, Unica se retrotrae a este momento para tratar de explicar algo de la causa que es siempre inaprensible.

No voy a hacer un recorrido por el libro, os recomiendo leerlo, habría muchas partes a reseñar de este testimonio singular, pero sí me interesa resaltar un par de cuestiones que me han hecho hacerme algunas preguntas a partir de la lectura de la obra, y también a partir de la lectura del magnífico prólogo de Lurdes Martínez, en la cuidada edición de Pepitas, y que pueden quizás abrirnos a una conversación.

Lurdes, en el prólogo, se opone a ciertas opiniones que toman a Zürn como una víctima de su relación supuestamente masoquista con Bellmer, juzgada así a partir de la obra artística de éste, y que sitúan en él, o si se quiere en la relación con él, la causa de la enfermedad de Unica y de su suicidio posterior. En mi opinión, precisamente leer Primavera Sombría, nos hace salir de ese reduccionismo al que objeta Lurdes, y ver la complejidad de la autora incluso mucho antes del importante encuentro con el que fue su compañero. Creo que efectivamente no es de interés abordar la obra de Zürn desde un juicio moral, que además me parece lleva a devaluarla. Tampoco creo que sea posible, ni que nos corresponda, situar la causa última de su desencadenamiento o de su pasaje al acto. Pero si podemos preguntarnos por el estatuto de ese masoquismo del que tanto se habla cuando se aborda a esta autora. En este sentido, Unica nos relata en el libro las prácticas onanistas de la niña asociadas a fantasías que ella misma nombra como masoquistas o en las que asocia el encuentro del placer en el dolor. Siguiendo la lectura del libro, no parece que sea esto lo que la perturba o lo que le empuja al acto en la novela. Mas bien, y aunque la falta de ciertos diques la dejen en una repetición incesante, me parece que en estas prácticas encuentra un cierto marco y unas condiciones eróticas, siempre las mismas, que vienen a localizar algo del goce que la invade, a recortarlo, ahí donde se abre para ella un abismo. Una cierta manera de responder a lo sexual en tanto agujero para el ser hablante.

Hay además en el texto una clara distancia, una separación, entre estas prácticas y la emergencia del amor. Un amor en la distancia que la empujará, tras un acercamiento donde algo del platonismo se quiebra, al acto logrado. Y ahí me parece que viene la otra pregunta que me surgió al leer el libro y el prólogo de Lurdes, que tiene que ver con el lugar del amor en esta autora, con la cercana juntura de la que testimonia entre amor y delirio, o si se quiere, del naufragio que el amor, devenido manía, supone para ella. Y en esto me parece que su lectura puede traernos una enseñanza a los psicoanalistas, que hay algunas cuestiones que ella muestra sumamente bien.

Si bien en Primavera Sombría ya aparece claramente planteada esta cuestión, ésta insiste con aun mas rotundidad en El hombre Jazmín, aportando algunas precisiones que me parecen de gran interés. Comienza el libro hablándonos de cómo aparece para ella la construcción, en la infancia, de la imagen del “hombre jazmín”, imagen del amor para ella, y que ella misma inmediatamente pone en tensión con el desencadenamiento de su delirio posterior. La visión del “hombre jazmín”, nos dice, le aporta consuelo frente a la experiencia radical de soledad que vive en la infancia. Es interesante que si bien ella habla de sus padres un tanto ausentes, sitúa mas precisamente esa soledad en relación a   la decepción, ligada al padre amado, y a su rechazo a la madre que nos dice nace a partir del horror que experimenta frente a ese cuerpo de mujer. Podemos decir que ahí, en ese punto complicado donde las palabras se fugan para ella y donde se abre un abismo, la pequeña instala la visión del “hombre jazmín”. Con ella, con esta imagen que ella mira, encuentra además un punto desde el que es mirada y que sostiene la escena del mundo subjetivo, al mismo tiempo que da una respuesta, de tintes erotomaníacos, en relación al amor. Ella nos dice finamente que además “él es paralítico”, y que eso “es una suerte”. Él, entonces, nunca abandona ese lugar desde el que la mira y que la sostiene. Además, hay otro detalle importante en esta construcción, se trata de un amor regulado por dos condiciones: distancia y pasividad. Y ella se casa con él en ese instante. Y “el hombre jazmín” estará presente, nos dice, a lo largo de su vida ya que “por encima del hombro de cada hombre en el que ella se apoya en el curso de los años, ella mira al hombre jazmín. Se mantiene fiel a las nupcias de su infancia”.

Pero también se ve bien en el texto como al mismo tiempo la propia solución es fallida, especialmente cuando ese Otro de la erotomanía no cumple con los dos diques de los que ella se provee: distancia y pasividad. Cuando cree encontrar la encarnación del hombre jazmín, cuando la imagen toma cuerpo para ella y el encuentro de los cuerpos se hace posible, entonces ella enloquece. El punto desde donde es mirada, que no era un punto ciego en su caso al no estar sustraído del campo de la visión, pero que se mantenía regulado, se vuelve persecutorio y aparecen las voces. Ella cree sufrir un encantamiento, él la habla, la guía, y en su delirio ella será fecundada por él y parirá una nueva Berlín unida. Es lo que nos relata en El Hombre Jazmín a propósito de su desencadenamiento, y lo que ella sitúa como causa del mismo. Aquello que finalmente, y a pesar de provocarle una “euforia, de la que ha gozado como de nada en su vida”, la lleva a la mayor de las bancarrotas.

PRIMAVERA SOMBRÍA, DE UNICA ZÜRN

LA INFANCIA Y SU POESÍA INVOLUNTARIA

Por Lurdes Martínez – Poeta y miembro del Grupo Surrealista de Madrid

Primavera sombría, novela en clave autobiográfica de la poeta, escritora y dibujante alemana, adscrita al surrealismo, Unica Zürn, es un acercamiento gozoso y trágico al despertar de la sexualidad en la infancia. A través de la protagonista del relato, “ella” o “la niña”, Zürn elogia con audacia los poderes que atesora este estado de gracia en que lo posible existe en plenitud. La infancia es el reino encantado de la imaginación y la intuición desbordadas y aun no sometidas al molde de la cultura, del ser cercano a los propios deseos, de la ensoñación y la bruma onírica, de la urgencia del inconsciente que no encuentra freno en el muro hostil de la realidad, del horizonte abierto a la espera, el asombro y la aventura. ¿No son estas las condiciones de la poesía? De una poesía involuntaria, “sin premeditación”, que diría Bataille.

La niña del relato de Zürn es celosa guardiana del territorio soberano de la “verdadera vida”, que protege del mundo adulto, fundado en la mediocridad y el aburrimiento. Defiende el bullicioso caos de la amenaza del “tedio que induce al bostezo”, acudiendo a las fuerzas del secreto, del lenguaje cifrado de los juegos, de los amuletos y fetiches que la guardan.

Estadio poco inocente, la infancia es el universo lábil del deseo, territorio de descubrimiento del poder arrollador de la pulsión sexual y de la construcción del imaginario erótico: de la imaginación soñadora arropando la crudeza del impulso. En Primavera sombría Zürn se demora en el proceso mediante el cual la urgencia del instinto se vela simbólicamente, y lo hace con los ingredientes del misterio, que en la niña provoca su padre ausente, de la crueldad y la violencia, que el hermano ejerce sobre ella y de la repulsión, que la madre inspira. La experimentación y el juego iniciáticos dominan el ambiente cenagoso de pasiones anárquicas, de afectos dislocados, de libertad en el exceso que la niña habita, y en cuyo seno se va configurando un imaginario de placer en el dolor (“Mientras soporta el placer, un indio la degüella poco a poco”) y la muerte (“Todas las noches revive la sensación de morir como si fuera la primera vez”), de disponibilidad y pasividad en el deseo (“Cuando se trata de adorar, es crucial permanecer impasible. Hacer de la inacción una ley”).

El tono insolente y provocador en la narración del impúdico muestrario del goce de la niña (tirones de pelo a la doncella, cuerdas que laceran la carne, perros que lamen su sexo, delirios de incesto), es enseña de la ingobernabilidad del deseo e invitación a aceptar que “la fuerza del deseo es negarse a servir”[1] (“Sufre en silencio y se pierde en ensueños masoquistas en los que no caben los pensamientos de venganza ni las represalias”).

Y el caos deseante, que se desliza del perro a la doncella y de la doncella a los compañeros de juegos, el deseo enardecido que la ahoga finalmente toma cuerpo y la niña descubre el amor. Se encarna en un hombre terrible, “idéntico al hombre oscuro” de sus noches de pechos en hoguera “en esa habitación negra con antorchas centelleantes”, y bello “que parece aunar en sí todas las razas nobles y hermosas”. Y ama, exigiéndose veneración y dedicación devota, consagrarse a adorar profunda y secretamente este amor que exalta la vida “embelesada por la opulencia de sus sentimientos”, y opaca su pretérita existencia en soledad. Es el triunfo del amor sobre la vida sórdida.

“Con este encuentro da comienzo un sufrimiento infinito”. “Esto es serio, extremadamente serio”, se dice. A través de este amor, la niña se hunde en el romanticismo de la desdicha y llega al conocimiento angustioso de la pasión. Comprende con Bataille “que el fundamento de la efusión sexual es la negación del aislamiento del yo, que solo conoce la pérdida de los sentidos excediéndose, transcendiéndose en el abrazo. La intensidad es mayor en la medida en que se vislumbra la destrucción, la muerte del ser”[2]. Cuanto más puro es el amor mayor es el tormento. 

En vista de las palabras que pone en boca de la niña, “la vida sin tragedia le parece insoportable”, Zürn compartiría aquellas del filósofo coreano Byung-Chul-Han cuando afirma que “el dolor purifica y opera como catarsis. El exceso de positividad aplasta y asfixia”[3]. La protagonista de Primavera sombría sufre y como sufre también disfruta, pues el placer y el dolor son las fuentes que nutren la fértil contradicción humana. Experimenta la vida en sus extremos, todavía no nivelada en la existencia adormecida de los adultos, traspasando así los límites de la realidad inmediata, que tanto desprecia, para alcanzar el éxtasis, que es también la muerte. Se comprende que deteste el hastío de un mundo regido por la necesidad, la obligación y las convenciones, pues la vida salvaje de la infancia está fuera de la razón basada en el cálculo de interés con la que se ordena una sociedad que quiere garantizar su supervivencia, imposible si se impusiera la soberanía de los impulsos primarios de la niñez. Ante la imposibilidad de vivir ese amor, la niña decide morir, no someterse, negarse a vestir la armadura de las costumbres y las leyes morales.

                                                              *

¿Qué hay en Primavera Sombría de la adulta Zürn? La niña del relato parece haber vivido todo, conocer todos los misterios de la vida…

Confesada por la propia autora la voluntad de describir su despertad sexual, es inevitable dejarse mecer por el vaivén de identidades. Y por otro bamboleo, que compromete al tiempo, y que nos asiste en la introducción de una autora poco conocida.

Zürn retrocede, a través del relato, al territorio sagrado de su infancia. “La infancia es la felicidad de mi vida”, deja escrito en uno de sus anagramas. Un pasado feliz e hiriente, como deja constancia en Las trompetas de Jericó:

“Tu infancia fue como un prodigioso e inmenso jardín, con veredas laberínticas, con arbustos secretos y furtivos que te servían de escondrijo […]. En tus pensamientos deambulas por la casa de tu infancia todos los días, del sótano al desván […]. Sí, me acuerdo de todo, pero no me gusta hablar de ello, evocar ese tiempo dichoso solo me causa tristeza […]. Mi cabeza está apesadumbrada por los recuerdos como si hubiera caído un grueso telón negro”.

Zürn nace en 1916, en Berlín, en el seno de una familia acomodada y se cría en el barrio berlinés de Grünewald. Su padre, Ralph Zürn, al que admira, es oficial de caballería, escritor, editor, viajero impenitente, de cuyos viajes regresa con objetos exóticos que decoran la casa, y miembro del partido nacionalsocialista desde 1932. Subastada la vivienda tras la separación de los padres y alejada de sus fetiches, esta atmósfera baudeleriana excitará la imaginación de la escritora de por vida. Zürn no abandona el paraíso encantado de su infancia cuya hoguera se mantiene inextinguible en su imaginación creadora, su capacidad para maravillarse y su gusto por lo prodigioso. La misma intransigencia hacia el mundo de los adultos blandida por la niña de Primavera sombría, mostrará la adulta Zürn hacia la realidad, enemigo irreconciliable del que se distancia sin retorno posible.

Embarcada en la escritura de su relato, hacia 1965, Zürn está inmersa en una relación de amor intenso, de amour fou, con el escritor, dibujante, pintor, escultor y fotógrafo surrealista Hans Bellmer. Se han conocido en Berlín, año 1953. Ella tiene 37 años, un pasado sentimental (casada con un ejecutivo que conoce en los círculos del partido nazi, ha tenido dos hijos, a los que se ha visto obligada a renunciar tras su divorcio) y creativo (libre del infeliz matrimonio, se sumerge en el ambiente de vanguardia de la segunda posguerra berlinesa, escribe y dibuja). A sus 51 años, Bellmer es una figura de reconocido prestigio dentro del movimiento surrealista. El impacto es mutuo. El porte aristocrático de Bellmer, su voz profunda (“barón negro”, lo llamará), el aspecto aniñado de Zürn (idéntico a las Poupés que él esculpe). Se enamoran. Perdidamente. Y deciden trasladarse a París, donde inician una relación a la que solo pondrá fin el suicidio de Unica. “Mi amor te seguirá hasta la eternidad” reza el epitafio que Bellmer inscribió en la tumba conjunta del cementerio de Père-Lachaise.

Sus imaginarios eróticos encajan a la perfección en una relación que, todo apunta, tiene un acentuado componente sadomasoquista. Ella carga con las vivencias infantiles que narra en Primavera sombría, a las que se añade un sentimiento de culpa cimentado con su implicación con el nazismo, el abandono de sus hijos y varios abortos sufridos. Él, erotómano, lector de Sade, amigo de Bataille, hace girar su creación en torno al deseo y la imagen del deseo, encarnada en ensayos (Anatomie de l’image), dibujos de alto voltaje erótico, esculturas de muñecas desmembradas, fotografías de sus amantes, de Nora Mitrani (“Nora on the Beach”, explícitamente pornográficas) o la controvertida serie que realiza de  Zürn, a la que retrata con su cuerpo atado en diferentes posturas, siguiendo el ritual de bondage sadomasoquista, y una de cuyas fotografías, de título “Conservar en frío”, sirve de portada del número 4 de la revista Surréalisme même.

Hay que esforzarse, al leer Primavera sombría, para que Bellmer no tome presencia en los pasajes donde la niña pone su deseo en palabras y describe al “hombre oscuro” que la enamora o los escenarios eróticos en que su imaginación se complace en el dolor. El eco de su relación íntima tan solo reverbera en esta novela, sin que se encuentren indicios en otros escritos, ni en los diarios, ni siquiera en Rencontre avec Hans Bellmer, donde evoca el encuentro y la vida en común, con un tono de profunda admiración hacia su amante y mentor.

Mientras tanto Bellmer ha introducido a Zürn en el grupo surrealista de París y la ha familiarizado con determinadas técnicas creativas surrealistas, el dibujo automático y la poesía anagramática, que ella practica con un fervor rayano en la obsesión y, desatendiendo toda cautela, se precipita deflagrando oraciones en la búsqueda de nuevos significados o dibujando faunas oníricas de exasperados arabescos.

Cuando Zürn está inmersa en la escritura del relato, ya han comenzado las crisis. La primera en 1960, se manifiesta en Berlín (a la ciudad de su juventud acude cuando decide romper la relación con Bellmer) y la mantiene ingresada durante varios meses en una institución psiquiátrica. Después, nada será como antes, ni siquiera cuando regrese a París y retome su vida con él. Zürn pasa los últimos diez años de su vida en un estado próximo a la locura y numerosas estancias en clínicas psiquiátricas marcan la etapa final. La locura es la atmósfera mental en que se escribe Primavera sombría, aunque la enfermedad no aparezca de manera explícita en la novela. En este y otros relatos de la última etapa, Zürn se aproxima a momentos transcendentales de su vida (la infancia, el embrujo del amor, las visiones de la locura y control de las alucinaciones, sus estancias hospitalarias y la decadencia final), narrándose a sí misma en tercera persona. La escritura y el dibujo le sirven de exorcismo y escapatoria cuando la enfermedad le da una tregua, enfermedad que, por otra parte, ella acepta, con la que dialoga y sobre la que reflexiona, en un intento por alcanzar a comprender su origen. Así, escribe en Rencontre avec Hans Bellmer:

“Serán estas las razones por las que ella adora su enfermedad. Su deseo de vivir en el delirio y su pasión por lo extraordinario. Lo ordinario de los días y sus acontecimientos son para ella insoportables y le viene el deseo ardiente de distanciarse de la realidad”.

 Unica admira y disfruta de las visiones y alucinaciones que la locura le proporciona como momentos exaltantes de la vida, que la empujan al límite del juego como lo hacen el abismo de la pulsión creativa, el amor pasional o los sueños y azares que integra en su vida cotidiana, signos vivos de una soberanía que se resiste a entregar. Manifiesta en El hombre jazmín:

“Si alguien le hubiera dicho que había que volverse loca para tener estas alucinaciones, no habría tenido inconveniente en enloquecer. Sigue siendo lo más asombroso que ha visto nunca”.

El relato constituye, además, un anticipo de su vida. Unos años después, en 1970, Unica se suicida como había imaginado en Primavera sombría. Es una visión tan poderosa como aquella que narra en El Hombre Jazmin, que le sucede a la edad de seis años, tras un sueño muy intenso:

“Y entonces aparece por primera vez la visión: ¡el hombre jazmín! Infinito consuelo. Con un profundo suspiro, se sienta frente a él y le mira. ¡Es paralítico! ¡Qué suerte! Él nunca abandona el sillón de su jardín donde florece el jazmín incluso en invierno”.

Cuando se suicida lo hace ante Bellmer, que está paralizado tras haber sufrido una hemiplejia el año anterior, y que no puede sino contemplar este acto desesperado de afirmación de una vida que si no se vive en la exaltación constante no desea vivirse.

Hay que comer la nieve.


[1] Paloma Villegas, “El feminismo devastador”, El Viejo Topo, nº 56

[2] Georges Bataille, La literatura y el mal

[3] Byung-Chul-Han, La sociedad paliativa

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