¿Pasa algo cuando hablamos?[i]

Por Amador Fernández-SavaterFilósofo, investigador, editor.

Cuando hablamos, me refiero, cuando leemos, cuando escribimos, cuando escuchamos, en relación al lenguaje en definitiva, ¿pasa algo? ¿O no pasa nada? ¿O sólo pasa la nada?

La pregunta se puede formular de otro modo: el lenguaje, ¿es una potencia de acontecimiento o una fuerza nihilista?

Nihilista en el sentido nietzscheano: no tanto la nada como el deseo de nada. El deseo de que no nos pase nada, de que nada nos toque, de que nada nos mueva, ni nos conmueva. De seguir iguales, idénticos a nosotros mismos, por siempre jamás.

Esta segunda hipótesis es explorada por el maestro Carlos Fernández Liria en su lectura de Freud[ii]. La resumo aquí, con todo el riesgo que esto implica, muy brevemente.

La nada parlante

El hecho de que haya vida humana exige la domesticación del ello, del cuerpo pulsional, de la “naturaleza” que hay en nosotros.

El ello no reconoce -ni reconocerá nunca- el tiempo o la contradicción, la muerte o la alteridad. No renuncia jamás al deseo de un estado de totalidad, completitud y autorreferencialidad que experimentó efectivamente con el cuerpo de la madre. No hay manera de hacer una sociedad con esos mimbres.

Esta domesticación (de la fiera) no sólo pasa por la fuerza que prohíbe, que reprime, que dice no, sino también por la seducción. Más en concreto, por la seducción del lenguaje. El niño que pide fresas, y se enrabieta cuando se las niegan, se contenta finalmente con la promesa de que habrá fresas más adelante, se contenta con palabras, con nada.

El lenguaje, exactamente como el sueño, es un mecanismo de satisfacción sustitutiva, de compensación. Realiza el deseo en lo imaginario, sin efectos reales. Sin que pase nada. La vida es sueño, literalmente, porque los seres humanos habitamos el lenguaje y este no es otra cosa que un sueño diurno.

El lenguaje permite gozar de la castración. Hace creer al ello que todo sigue igual, que no ha perdido nada, que sigue entero y completo. El lenguaje tranquiliza, estabiliza, entretiene.

La lectura que hace Carlos de Freud -más amplia, más compleja- permite entender esa experiencia alucinante que es hablar con alguien que no escucha absolutamente nada de lo que estamos diciendo y monologa con nosotros enfrente. Se está masturbando con el lenguaje, sólo somos su pretexto.

Estructuralmente, por la estructura del Edipo, todos somos unos bocazas (¡pero unos más que otros!). 

Nuestros síntomas -un tic, un rubor, un tartamudeo- son los “daños colaterales” de esta castración. La huella que deja en nosotros cada uno de los deseos frustrados. El tributo a pagar por el acceso a la vida lingüística. Puede ser que nos amarguen la existencia, pero al mismo tiempo la hacen posible.

De modo que el acceso al principio de realidad nos introduce de cabeza en una caverna: un teatro de compensaciones donde no pasa nada pero podemos vivir juntos. ¿Se puede, se debe, salir de este lenguaje-caverna?

La discusión política

La religión ha sido históricamente el sueño más poderoso. ¿Y hoy? Las redes sociales son uno de los mecanismos de compensación privilegiado. El lugar ideal para los bocazas que estamos hechos.

Tomemos el fenómeno de la discusión política, analizado por Jean-Claude Milner. La política -como ejercicio activo de deliberación y decisión sobre los asuntos comunes- ha sido secuestrada por la política de los políticos, al servicio de las exigencias del mercado. El objeto político es “imposible”. Nuestro deseo de participación o implicación queda así castrado, pero podemos sin embargo opinar.

¡Ah, el gozo insuperable de opinar! Identificarnos con la obra que se representa ante nuestros ojos o al menos con alguno de sus personajes. Ponernos en el lugar de los que deciden aunque nosotros no decidamos nada. Criticar, poner en la picota y desahogarnos. Hacer “como si” interviniéramos, publicar ideas terriblemente revolucionarias, sin que nada de esto produzca el más mínimo efecto de cambio real.

Tal y como decimos coloquialmente, “opinar sale gratis”. Supone hablar sin que lo que decimos esté sostenido por un cuerpo, sin que tenga consecuencias para nosotros, sin mayores implicancias. La opinión es la manifestación del corte entre lo sensible y lo inteligible, entre el cuerpo y la palabra, entre las razones y el deseo, el corte exigido por nuestro mismo acceso a la realidad.

Opinando gozamos en ese corte y lo olvidamos. Como en el goce de la discusión política olvidamos el corte fundador entre quien decide y quien no decide, quien tiene el poder y quien no lo tiene, los gobernantes y los gobernados. Madurar, nos dicen, es aprender a conformarnos con la representación de nuestro deseo, sin pretender efectos reales (¡eso sería “totalitarismo”!). Saber compensar lo que se ha vuelto imposible de vivir.

No por casualidad, cuando describió la sociedad del espectáculo, Guy Debord parafraseó justamente a Freud: “el espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada, que no expresa finalmente más que su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián de ese sueño”.

El lenguaje como volcán

¿Cuándo pasa algo en el lenguaje? Porque a veces pasa. Alguien nos dice: “te quiero”. En la calle se grita: “lo llaman democracia y no lo es”. En un libro leemos: “soy lo bastante fuerte como para dividir en dos la historia de la humanidad”. A veces algo pasa. Hay palabras de fuego. Nos mueven y conmueven, nos tocan y desplazan.

El lenguaje se vuelve un volcán. Transporte de afectos, acarreo de fuerzas. Eso ocurre cuando el cuerpo se mete en las palabras, cuando las palabras prolongan el cuerpo, cuando el lenguaje se vuelve un trozo de más de piel. Cuando reconectamos con aquello que quedó a las puertas en nuestro acceso a la realidad oficial.

La salida del lenguaje-caverna pasa por enhebrar lo desgarrado. La reconexión entre lo sensible y lo inteligible, el sentido y lo sentido, la palabra y el cuerpo. La re-sensibilización del yo, de-sensibilizado como condición de entrada en el mundo común.

Las instituciones que regulan el mundo (occidental) se fundan en el corte -naturaleza/cultura, arte/vida, trabajo/existencia- y lo reproducen. Pensemos por ejemplo en la academia: el cuerpo está allí prohibido. No puede aportar al conocimiento más que un error. Es la fuente de todo lo peor: “subjetivismo”, “irracionalismo”, “posmodernismo”.

El gesto de reconexión es de primeras un gesto contra-institucional, extraño a la lengua instituida, anómalo, rebelde. La declaración de amor relanza lo que había quedado congelado en el matrimonio. El 15M sacude la democracia por fuera de la democracia establecida. Nietzsche piensa y escribe más allá de la academia. La lengua instituida -el discurso del Otro, si se quiere- está fundada en el corte.

Empuñar el malestar

Habría que revisar entonces la historia que nos hemos contado del Edipo occidental. En lugar de ver en el ello-naturaleza la fiera a domesticar, privando de ese modo al yo del apoyo necesario para desafiar al súper-yo cultural, pensarlo como la alianza (difícil) que volver a tejer.

El síntoma no sería entonces simplemente un tributo necesario a pagar, el sacrificio necesario para acceder a una vida lingüística, sino el malestar a activar. Allí donde duele, está lo que salva.

Porque duele acudimos a un psicoanálisis, que no es ninguna terapia de adaptación al mundo, sino una guerra interna por la auto-transformación.

Porque duele nos juntamos con otros y emprendemos una acción política, que no es la mera gestión de lo existente, sino el desafío a lo establecido que empuja sus límites más lejos.

No acudimos a un psicoanálisis, ni nos implicamos en una acción colectiva, por una “exigencia de la razón pura”, sino por una exigencia de la vida dañada. No por una necesidad lógica, sino por una necesidad de existencia. No porque dos y dos sean cuatro, sino porque esto duele.

El síntoma es en realidad un resto de nuestra derrota originaria. Un residuo de nuestra primera rebelión, denigrada a menudo como “rabieta infantil”. El síntoma es lo que no se adapta del todo a la realidad oficial, haciendo de paso de nosotros sujetos disfuncionales. Lo que no encaja en el mundo de los vencedores y chirría. Podemos entretenerlo o escucharlo. Engañarlo o interrogarlo. Dormirlo o elaborarlo.

El síntoma es un acceso a la verdad, no la verdad objetiva de la adecuación razón/mundo, sino la verdad como un desplazamiento. Que pase algo -en el lenguaje o la política- pasa por desplegar nuestros síntomas. Escuchar lo que no funciona, politizar el malestar.

Chispazos de paraíso

Esta reconexión de la que hablamos no consiste en ningún tipo de fusión.

Walter Benjamin fantaseaba con un lenguaje originario -adánico, paradisíaco- donde los signos son las cosas mismas: las alumbran, las acompañan sin forzar en su venida al mundo.

Este paraíso -si lo hubo- ya no está a nuestro alcance. Ha habido una “caída”, un “pecado original”, un corte violento entre lo sensible y lo inteligible, el cuerpo y la palabra, la razón y el deseo.

Podemos enhebrar lo que quedó roto pero será sólo por un momento. Nuestra aguja es la de Penélope, hace y deshace. Anudamos por un momento cuerpo y deseo, pero el nudo se deshará en el momento siguiente. Las palabras que una vez hacen pasar intensidades se convierten después en signos fetichizados. Y así.

Como Sísifos del lenguaje, empujamos sus límites para hacer pasar algo. Pero la roca vuelve a caer siempre. Sólo hay chispazos de paraíso. ¿Malas noticias? Fue Albert Camus quien nos invitó a imaginarnos a Sísifo contento.


[i]Redacción de las notas leídas en el encuentro “Cada uno está en su mundo. Clínica de las invenciones singulares” el cuatro de octubre de 2022 en la Escuela Lacaniana de Madrid. 

[ii]Yo accedí a esa lectura primero a través de la parte final de su libro En defensa del populismo y ahora de los vídeos que Carlos sube regularmente a su canal de Youtube.

*Amador Fernández-Savater es autor de «Habitar y gobernar; inspiraciones para una nueva concepción política» (Ned ediciones, 2020) y «La fuerza de los débiles; ensayo sobre la eficacia política» (Akal, 2021).

Erótica amorosa en senectud 

Por Jorge Alemán – Miembro de la ELP y de la AMP

Gracias a la invitación de mi querida colega Olga Montón, ayer propuse en la ELP  una erótica amorosa para lo que llame irónicamente senectud. Entiendo por senectud, no el final catastrófico de la salud física o mental, sino aquellos años donde la vejez aún está habitada por las encrucijadas del deseo.

Para estar a la altura de las mismas hay que  combatir políticamente con todos los medios al alcance, el proyecto neoliberal de reducir el paso de los años a la pérdida de la potencia. Perder potencia es el equivalente neoliberal de perder  el valor de cambio.

Para el neoliberalismo envejecer es perder y de allí su propuesta implícita de  aniquilar la temporalidad del deseo presente en los cuerpos. Se trata de reducir a los mismos a un catálogo de enfermedades o a la oferta de artilugios que paliarían los efectos nocivos. En estos casos la vejez es el ingreso definitivo a la lógica del Biopoder y la consiguiente entrega de los cuerpos a la nuda vida.

Propongo al psicoanálisis como un trabajo alternativo que haga posible todas las experiencias eróticas que cumplan con la siguiente  condición:

Mantener las relaciones de amor con los otros cuerpos por fuera del narcisismo y su cortejo de rivalidades. En la vejez del psicoanálisis no debería haber  lugar para el narcisismo ni para sus apropiaciones indebidas, ni para las rivalidades idiotas propias del goce fálico. El horizonte del No Todo fálico femenino constituye la inspiración política de esta apuesta.

En cambio y a diferencia del narcisismo,  el Reconocimiento como la vía regia hacia la singularidad de cada uno debe mantenerse abierto en sus posibilidades. Así como el Reconocimiento no es del mismo orden que el narcisismo, del mismo modo  el amor puede y debe  existir en su altura sin las coartadas fantasmáticas de los celos.

No hablo aquí de un modelo progresista ni de ideales a imitar, tan solo invito a un debate sobre cómo impedir que la senectud sea expropiada de su temporalidad singular y no sea reducida a su desmontaje biológico.

  • Jorge Alemán es autor de «Capitalismo: crimen perfecto o emancipación» (2019), «Pandemonium. Notas sobre el desastre» (2020), «Ideología. Nosotras en la época, la época en nosotros» (2021) editados en Ned Ediciones, entre otros.
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