J. Alemán, O. Montón, A. Ceverino y A. Castaño

“Todo el mundo está en su mundo. Clínica de las invenciones singulares».

Por Ana Castaño Romero – Miembro de la ELP y de la AMP

Esta noche nos convoca el tercer encuentro en torno al tema de las próximas Jornadas de la ELP.

En primer lugar, quisiera resaltar como la normalidad en “Todo el mundo está en su mundo” queda cuestionada en una época de empuje neoliberal a ser precisamente normal y resiliente.

Lacan en su Seminario III sobre La Psicosis, nos recuerda que la locura forma parte desde sus inicios del Lenguaje de la Sabiduría, rescatando el valor de Elogio a la locura de Erasmo de Rotterdam y también a Pascal que señalo que hay una locura necesaria, siendo una locura de otro estilo no tener la locura de todos.

Podemos decir que “De cerca nadie es normal” como nos muestra Marcelo Mosenson, cineasta argentino, en su film de cine improvisado. Un grupo de amigos se reúnen pasados unos años y van desvelando las ficciones de la memoria desde la singularidad sintomática de cada uno.

Somos seres hablantes, sexuados y mortales, marcados por el lenguaje y nuestros modos de goce, avocados a arreglárnoslas con eso y a padecerlo, por tanto, siempre llevaremos nuestro mundo en la relación con el otro.

Esta noche conversaremos sobre “Invención y construcción en el Lazo social».

Antes de dar paso a mis colegas, dos puntualizaciones:

La primera sobre el Estado de Bienestar que se sustenta en las llamadas políticas públicas, sanidad, educación, empleo, vivienda….

Estas políticas se despliegan en la lógica del Para todos, aunque en el momento actual donde predomina el neoliberalismo, añadiría, para todos los que produzcan. Se sustentan en la evaluación, cuantificación, la excelencia y la calidad satisfactoria, es decir, en las cifras y los protocolos.

JAM lo señala bien en su libro “Todo el Mundo es Loco” diciendo que el solo hecho de aceptar la evaluación con lleva la destitución del sujeto como incomparable, siendo precisamente ahí donde reside  su singularidad                       

y la posibilidad de una invención.

¿Es posible descompletar esta lógica del Para Todo?

Están emergiendo diferentes intentos de lo común con la pretensión de agujerear parte de lo instituido.

Acaba de publicarse un libro “Malestamos” de Javier Padilla y Marta Carmona, donde abordan el dolor universal y las soluciones colectivas en un sistema neoliberal que fomenta lo individual, la resiliencia, para borrar las desigualdades. Se trataría de «El malestar de la esclavitud» y la propuesta que nos traen es politizar ese malestar para promover movimientos populares, comenzando por lo local, los barrios.

En un artículo de “El Salto” sobre “La felicidad perjudica seriamente la salud mental», la autora cuestiona a las personas vitamina, tan de moda en las redes con sus tips, e incluso aboga por considerar la terapia como un espacio político de insumisión y rebeldía.

Hay determinantes sociales que nos afectan, pero debemos estar advertidos sobre lo que dijo Freud 1937, en su texto “Análisis terminable e interminable»:

Hay tres profesiones imposibles, Psicoanalizar, educar y gobernar, imposibles en tanto nunca van a cumplir con las expectativas generadas. Van a producir un resto, siendo el psicoanálisis el que trabaja y teoriza con ese resto.

Hay una pregunta que insiste de diferentes maneras, ¿Cómo tener en cuenta lo singular en cualquier proyecto colectivo institucional o no?

Cada loco con su tema

Por Antonio Ceverino – Socio de la Sede de Madrid de la ELP

“No hace falta decir que una cultura que deja insatisfecho a un núcleo tan considerable

de sus partícipes y los incita a la rebelión no puede durar mucho tiempo, ni tampoco lo merece”.

S. Freud. El porvenir de una ilusión.

“Lejos, pues, de ser la locura el hecho contingente de las fragilidades de su organismo, es la aparente virtualidad de una falla abierta en su esencia.

Lejos de ser “un insulto” para la libertad, es su más fiel compañera; sigue como una sombra su movimiento.

Y el ser del hombre no solo no se lo puede comprender sin la locura, sino que no sería el ser del hombre si no llevara en sí la locura como límite a su libertad”.

J. Lacan. Acerca de la causalidad psíquica.

“Las agrupaciones humanas tienen un propósito principal:

conquistar el derecho que todo el mundo tiene a ser diferente, a ser especial,

a sentir, pensar y vivir cada uno a su manera.

Para conquistar ese derecho, defenderlo o ampliarlo la gente se une.

Y de ahí nace un prejuicio horrible pero poderoso:

en aquella unión en nombre de la raza, de Dios,

del Partido del Estado se ve el sentido de la vida y no un medio.

¡No, no y no!

Es en el hombre, en su modesta singularidad, en su derecho a esa particularidad,

donde reside el único, verdadero y eterno significado de la lucha por la vida.”

Vasili Grossman. Vida y destino.

Introducción

En esta mesa[1] quisimos dar cabida a los aspectos relacionados con lo social, cómo puede describirse o articularse esa tensión, ese antagonismo, entre la singularidad y lo comunitario, y lo común, tanto en el ámbito de la política, como en la institución educativa y la institución de salud mental, las tres tareas imposibles para Freud.

El punto de partida es que los proyectos colectivos tradicionalmente han exigido cierta renuncia a la singularidad de cada uno, este es el argumento de El malestar en la cultura[2]. Para acceder a determinadas formas de lazo social, a la cultura, tiene que haber una renuncia pulsional, y el fracaso histórico de ciertos proyectos comunitarios puede atribuirse precisamente a esa renuncia de lo singular de cada uno que exigieron, y que a veces llevó al extremo de la segregación.

Disidencia

Pensando cómo abordar el tema, Todo el mundo está en su mundo, en la institución pública de salud mental, cómo declinar esta tensión entre homogeneidad y singularidad, he recordado a Enrique Rivas y su libro Pensar la Psicosis,[3] que subtitulaba: El trato con la disidencia psicótica y el diálogo con el psicótico disidente… Enrique, él mismo era un disidente, un hereje en la Psiquiatría, lo sé muy bien porque vi las dificultades que tenía en la parroquia… Decía Jean Oury, continuador de Tosquelles en el proyecto de la psicoterapia institucional, que, cuando el equipo terapéutico está agotado en su deseo, o devastado por la barbarie de los especialistas[4], lo mejor es marcharse. Pero Enrique no abandonó, hoy que tantos profesionales jóvenes abandonan la institución, que no hay forma de encontrar sustitutos, agobiados por unas condiciones en las que no hay manera de hacer una clínica digna.

Hay muchos herejes, muchos disidentes… Hace unos días dimos comienzo al estudio del seminario de Joyce[5] y sabemos del efecto de su invención, el mundo avanza a golpe de invenciones singulares que abren nuevos mundos. En aquella época decíamos que la introducción del psicoanálisis en los servicios públicos de salud mental, en su extimidad, debe advenir al modo de un proceso de invención. Se trata de inventarse un modo de hacer con la demanda, frecuentemente una demanda de reducción inmediata del sufrimiento y ante la que el analista no puede limitarse a taponar esa irrupción de lo real con el repertorio de terapias de la relajación y la sugestión. Lacan, hacia el final de su vida, decía que el trabajo de cada analista es el de reinventar el psicoanálisis.

Libertad y política

La cita que abría el libro de Rivas era de Lacan, en Acerca de la causalidad psíquica:

“Lejos, pues, de ser la locura el hecho contingente de las fragilidades de su organismo, es la aparente virtualidad de una falla abierta en su esencia.

Lejos de ser “un insulto” para la libertad, es su más fiel compañera; sigue como una sombra su movimiento.

Y el ser del hombre no solo no se lo puede comprender sin la locura, sino que no sería el ser del hombre si no llevara en sí la locura como límite a su libertad”.[6]

Durante gran parte del siglo pasado y hasta la revolución conservadora, la izquierda progresista, la contracultura, el surrealismo, reivindicaron al psicótico, al esquizofrénico, como una especie de héroe cultural por su posición subjetiva como disidente en el campo del sentido, desamarrado de todo discurso y por la forma en que impugna los imperativos e ideales sociales… Una posición un poco ingenua, es cierto, porque desconoce los efectos de derelicción y desamparo sobre el sujeto, expulsado de la casa del Padre e invadido por el goce precisamente porque la operación significante no ha producido la extracción del mismo y llevan el objeto “a” en el bolsillo. Pero lo cierto es que sirvió para dignificar las condiciones de la atención y la izquierda antipsiquiátrica hizo de la locura uno de sus campos de batalla en la acción política, y promovió el gran movimiento de la desinstitucionalización y la reforma psiquiátrica.

Un panorama muy diferente nos encontramos de las décadas que siguieron: Si la transformación política o la emancipación tiene hoy el dilema fundamental de cómo hacer cabida a la subjetividad o las singularidades implicadas en la misma, es descorazonador cómo la izquierda en nuestro país –seducida por el discurso cientificista de la psiquiatría más biológica- ha abandonado a la locura, a la singularidad más radical, a su suerte en manos de los especialistas, los ingresos y los medicamentos. E incluso, ahora que la salud mental ha pasado de repente a ser un motivo de preocupación general, en los medios de comunicación, en las declaraciones de los políticos, y se ha convertido en un significante en disputa que ha ascendido al cénit del debate social… lo que vemos es que muchos están intentando arrimar el ascua a su sardina, intentando sacar provecho o ventajas corporativas.

Eso en un extremo, porque en el otro es peor… en la proliferación de singularidades que los sujetos reivindican como un derecho a veces retorna cierta nostalgia de lo Uno que se aprecia en los autoritarismos y los discursos paranoicos de odio a la diferencia en la ultraderecha.

Singularidad y diferencia

Todo el mundo está en su mundo, y aparentemente tan contento. Pero hay algo paradójico: el mundo de cada uno parece una construcción elegida libremente (y por ahí se dice que el título de las Jornadas señala la posición antisegregativa del psicoanálisis[7])… pero al mismo tiempo es una cárcel de la que no se puede salir, presos de nosotros mismos. Nadie puede salir de su mundo… y extremando, igual que el psicótico ama su delirio, podríamos decir que cada uno ama su mundo, y no quiere abandonarlo, por más mortificado que se encuentre en él. Tiene algo de lo que hoy se llama “la zona de confort”, un refugio (donde a veces parece que no estamos solos del todo, estamos con otros en identificaciones imaginarias o en comunidades de goce), pero también el mundo de cada uno tiene algo de la caverna (como se decía en las sesiones anteriores de este ciclo) en las que estamos cautivos y cautivados, y de la que todos queremos salir, tiene algo de inframundo asfixiante. El capitalismo, que ha captado perfectamente esta condición libidinal del sujeto, relanza sin cesar en sus operaciones la falta y el exceso, y produce un empuje a ser diferente, a salir del propio mundo y conectar con los otros mundos, y en esa búsqueda incesante de la heterogeneidad quedamos incluidos en la homogeneidad de la mercancía que devenimos.

Pero esto curiosamente solo nos pasa a los neuróticos: Los neuróticos quieren ser diferentes (y en esa pretensión son como todos), pero los psicóticos, sin embargo, los psicóticos que atendemos en la institución con frecuencia solo quieren ser normales. Solo quieren andar por la calle sin que nadie los mire ni les eche el guante. Por eso con frecuencia, a pesar de su disidencia radical, son de derechas, en el fondo aman el orden, les desestabiliza profundamente la invitación de la izquierda al disfrute de los goces de la libertad. A pesar de que hoy el mundo está al revés, y son precisamente las derechas ultraderechizadas quienes se han apropiado del significante “libertad”. Si la derecha tradicional conservadora antes identificaba a la izquierda como el desenfreno de la libertad y la abolición de las normas (sobre la propiedad privada, la sexualidad, la familia, etc.), ahora estas nuevas formaciones la acusan de todo lo contrario: de ser cada vez más moralizante y autoritaria, e impedir la vida, escudándose en el principio de la responsabilidad para todos. La izquierda, que siempre ha alardeado de cierta superioridad ética sobre las derechas (a las que acusaba de justificar las pulsiones egoístas del sujeto), parecería que ahora se ha vuelto superyoica, ascética, y son las ultraderechas las que se han vuelto libertarias e invitan a disfrutar de los goces de la vida (a quienes puedan pagárselos, claro), y a desafiar todas las autoridades simbólicas (anarcocapitalismo, lo llaman), incluida la autoridad de la ciencia (a la que la izquierda sigue venerando con cierta ingenuidad). El escenario de la política ahora es la vida y los cuerpos, la biopolítica, y esta defensa de la libertad es una reivindicación del goce. Por eso, puede afirmarse (en palabras de Jorge Alemán[8]) que la ultraderecha se nutre del derrumbe del Nombre del Padre, no tiene más remedio que reclutar psicóticos y tener incluso al frente de sus formaciones a locos y locas, y que incluso hoy entender a la ultraderecha es pensar la Psicosis.

La locura ha sido ese inaprensible objeto de estudio de la Psiquiatría durante toda su andadura, y las respuestas se han producido en una especie de vaivén. Como nos recuerda Lantery-Laura[9], toda la historia de la psiquiatría es una oscilación entre, por un lado, modelos discontinuistas, categoriales, estructurales, como queramos llamarlos, donde existe una neta separación entre cordura y locura, o entre neurosis y psicosis, o entre la locura universal/necesaria/normalizada y la locura clínica… y, por otro lado, modelos continuistas, dimensionales, o nominalistas (como el último Lacan) donde existe un continuum, y se puede hablar de locura parcial, de suicidio lúcido, o con Pinel se puede decir que incluso en el loco más loco existe un grano de cordura.

Hoy parecería que se ensancha el campo de la normalidad, o la locura normalizada, o aceptada, hoy se permiten particulares elecciones y modos de vida que antes –en sociedades más disciplinarias- entrarían en el ámbito de lo patológico y hoy reivindican su despatologización… pero, al mismo tiempo -no nos engañemos- avanza el campo del diagnóstico: Cada vez es más difícil no ser diagnosticado de algo.

En la institución de salud mental encontramos otra paradoja: Los neuróticos desean ser diagnosticados, buscan denodadamente ese significante que los represente y nombre su malestar… pero, por el contrario, los psicóticos rechazan indefectiblemente el diagnóstico, y por eso a veces (cuando todo el mundo intenta conseguir una cita en salud mental) ellos no quieren ir a la institución. Cuando empecé mi formación como psiquiatra recibí una enseñanza muy extraña de un compañero en las guardias de psiquiatría: No ingreses a los que quieren ingresar a toda costa, ingresa siempre a los que dicen que no les pasa nada y quieren volverse a casa. Cada loco con su tema, como la canción de Serrat, y como he titulado esta intervención.

Los neuróticos se inventan un mundo a su medida del que luego no pueden salir, y el psicótico que está en su mundo libre termina también… en la cárcel del manicomio, del diagnóstico o de la medicación.

Quizás la pregunta sería: ¿Tu mundo tiene un lugar en el mundo? ¿Permite algún tipo de inscripción en el Otro? ¿Tiene tu soledad la posibilidad de insertarse en algún común? Si la respuesta es negativa estamos ante la psicosis desencadenada, donde solo en la experiencia excepcional del folie a deux se fabrica una forma aunque delirante de vínculo social, una forma de socialización de la locura. Y de otra manera, más o menos precaria, en las otras maniobras de re-estabilización que puede realizar el psicótico. Los psicóticos no se estabilizan solos… padecen del Otro en sus persecuciones y las voces alucinadas, pero precisan también de él para estabilizarse, bien en las identificaciones imaginarias (como en la melancolía, que se viste con los ropajes del Otro), bien en el delirio (que incluye al Otro, aunque sea al modo persecutorio o erotómano), incluso en el pasaje al acto (en el pasaje al acto criminal) que precisa del Otro de la ley que lo sancione y les devuelva un lugar de sujeto; y por supuesto también en las invenciones singulares, en la escritura, por ejemplo, Joyce precisó publicar y augurar generaciones de universitarios descifrando sus enigmas durante 300 años.[10]

Un problema para los psicóticos, no digamos para la inscripción en el Otro que es una expresión demasiado grandilocuente, sino para al menos cierto lazo en un dispositivo de escucha, es que a veces la única posibilidad es como personas diagnosticadas, con la etiqueta ya puesta… y por eso a veces sí vienen a la institución. Ese siempre es un interrogante pertinente: por qué vienen los locos a conversar con nosotros. No es por nuestro saber, desde luego, porque el saber –bajo la fórmula de la certeza- está de su lado. Quiero pensar que con frecuencia es por la soledad sideral en que se encuentran, y por eso consienten con el diagnóstico.

Diagnóstico

Pero los diagnósticos hoy en día, por la extrema reducción clasificatoria de los manuales al uso[11] no dejan ningún resquicio a lo real, y se limitan a un procedimiento estandarizado, donde no encontramos otra cosa que el resultado nuestras propias convenciones, agrupamientos monosintomáticos como lugares de identificación[12], los depresivos, las fibromiálgicas, los suicidas, “unificados” por la homogeneidad de las escalas, las asociaciones de afectados o familiares, las unidades especializadas, etc.[13] Este carácter serial, estándar del diagnóstico que aloja al sujeto en un “todos iguales” que borra sus diferencias, contrasta con la exigencia de singularidad que a menudo es reivindicada. Esta práctica no solo empobrece la clínica y borra la singularidad del caso, sino que además elimina la singularidad del clínico[14], y por eso –lo decía al principio- hoy tengo tantos compañeros (amantes de la clínica en sus inicios) que abandonan la institución. No olvidemos que el subtítulo de las jornadas es “clínica de las invenciones singulares”… lo cual parece un oxímoron… ¿Cuál es la otra clínica entonces? Ahora lo sabemos: No la clínica psicoanalítica sino la clínica de las agrupaciones sintomáticas, la clínica del DSM que podría realizar una máquina., construida con significantes tomados del discurso social y del derecho que obliteran la pregunta del sujeto por la verdad de su ser.

Hoy los clínicos son empujados en la institución a encarnar, como figurantes fantasmagóricos, determinados lugares:

  • A veces más que en una consulta, los profesionales tienen la sensación de que son operarios en un taller de reparaciones de ciudadanos a los que hay que devolver cuando antes, sea como sea, a la cadena productiva;
  • O administradores de lenitivos y recursos para pobres y excluidos, gestores del sufrimiento en unas consultas que son el vagón de cola, el último tren que ya pueden coger, la única puerta que no se les cierra. Lo sanitario siempre ha venido a funcionar en nuestro país como una válvula de seguridad de un estado del bienestar subfinanciado;
  • O lo peor, los clínicos son empujados a ejercer de agentes del orden público y el control social[15], los que deciden si un sujeto puede andar solo por la calle o tiene que ser internado, si es capaz para actos civiles o debe ser tutelado, etc.
  • La consecuencia de todo esto es evidente: todos enfermos, todos medicados. Con una atención primaria y unos servicios de salud mental desbordados, el único recurso que puede ofrecerse en ocasiones es el psicofármaco. El medicamento es el remedio, y a la vez es la prueba fiable: la enfermedad es lo que el fármaco cura. En cierto modo, si solo tienes un martillo, todo lo que encuentras son clavos. Sin olvidar en absoluto que los psicofármacos han permitido una gran mejora de la calidad de vida de los enfermos mentales, hay consenso en que en nuestros días se utilizan de forma abusiva para aliviar malestares cotidianos. Este verano se publicó una noticia sorprendente: el Manzanares es el río más contaminado por fármacos de Europa[16], sobre todo por antibióticos y no pocos antidepresivos y tranquilizantes. En estas circunstancias se acabaron las discusiones teóricas, “lo que en tales casos se necesita son menos discusiones y mejores vendedores”[17].

Mecánicos del taller de reparaciones del capitalismo, gestores del sufrimiento, agentes del orden o vendedores de crecepelo… todos estos lugares son fuente de malestar e incomodidad entre profesionales que queremos dedicarnos a la escucha del sujeto, y que continuamente tenemos que inventar prácticas para hacer emerger el agujero de lo singular, de lo real del síntoma. No existe otro diagnóstico que la forma en que cada sujeto responde a lo real, y por tanto neurosis, psicosis y perversión son formas sinthomatizadas de un anudamiento que es siempre fallido[18].

La institución de salud mental

Bueno, pues así estamos en los centros de salud mental comunitarios, con locos de atar y con los locos que vienen ya atados ya de casa… La pretensión de este modelo, que surgió con gran optimismo tras una reforma psiquiátrica que quedó inacabada, es que la singularidad extrema del loco que antes estaba institucionalizado pudiera insertarse en cierto modo de vínculo comunitario, que pudieran vivir en sus casas, en sus barrios… Hoy sin embargo cabe preguntarse ¿qué comunidad?, qué comunidad queda donde puedan insertarse tras la profunda mutación social que ha devastado los antiguos espacios de soporte social y escucha espontánea, el patio de vecinos, el lavadero, la fábrica, la taberna, la plaza del pueblo o del barrio. Quizás, con Laclau, que afirmó “la sociedad no existe”[19], hoy podemos decir que la comunidad ha desaparecido en muchos lugares y la escucha tradicional ha sido sustituida por la escucha mercenaria y profesional.

En este escenario, en lugar de favorecerse un cierto desplazamiento del malestar y sus expresiones desde el campo psi al campo de lo social tal y como el enfoque comunitario propugnaba, se ha producido un efecto inverso, y los dispositivos asistenciales se ven hoy forzados a acoger –y a veces a medicar- la queja de los malestares cotidianos, la angustia de la crisis y el desempleo, el malvivir urbano[20], en estos tiempos en que la felicidad se ha convertido en un objeto político. “Por primera vez en la historia vivimos, probablemente, en una sociedad donde las personas son infelices de no ser felices” (en palabras de Pascal Bruckner[21]). Como en el resto de las especialidades médicas ha ocurrido un proceso similar, adicionalmente la consulta en salud mental se ha convertido en el coche escoba que va recogiendo los casos excluidos por otros especialistas, los desahuciados, los desechos, en la nave de los locos, Stultifera Navis[22], que se va hundiendo pero donde todos seguimos tocando como la orquesta del Titanic[23], como si nada.

Voy a terminar con una pregunta, que quedó sin responder tras las palabras de Javier Garmendia en la presentación de la primera de las mesas redondas de este ciclo: Freud encontró en Schreber su loco de atar, Lacan encontró en Joyce su loco atado (anudado por el sinthome que fabricó, aquello que supo atar para no terminar atado). Con Schreber aprendimos todo de la locura clínica, y con Joyce todo de la locura no clínica.  Nosotros, sin embargo, estamos huérfanos de loco hoy. ¿Cuál es nuestro loco de hoy? ¿Qué nos enseña la locura contemporánea?

Antonio Ceverino Domínguez.

Psiquiatra, psicoanalista. Servicios de Salud Mental de Hortaleza (Hospital Ramón y Cajal, Madrid).

Sección de Psicoanálisis de la A.E.N. Socio de la Sede de Madrid de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis.


[1] Modificado de intervención oral en mesa redonda “Invención y construcción en el lazo social” el Martes 18 octubre de 2022 en la sede de Madrid de la ELP. Dentro del ciclo de Las Noches de la Escuela: Hacia las XXI Jornadas ELP “Todo el mundo está en su mundo. Clínica de las invenciones singulares».

[2] Freud, S. El Malestar En La Cultura. Madrid: Biblioteca Nueva, 1999.

[3] Rivas Padilla E. Pensar la psicosis. Málaga: Miguel Gómez ediciones, 2005.

[4] Ortega y GassetH. La rebelión de las masas. Madrid: Espasa-Calpe, 1948.

[5] Lacan J. El sinthome. Seminario 23. Buenos Aires: Paidós, 2006.

[6] Lacan J.  Acerca de la causalidad psíquica. En Escritos 1. Buenos Aires: Siglo XXI, 2002. Esta afirmación la articula de manera aún más concluyente en su “Breve discurso a los psiquiatras”, texto inédito de 1967, señalando que “los verdaderos hombres libres son precisamente los locos”2. No hay demanda al Otro del objeto a, porque él lo tiene, por ejemplo, sus voces.

[7] https://todoelmundo.jornadaselp.com/to-presentacion-de-las-jornadas/

[8] Alemán J. Nombre del Padre/ Ultraderecha.

[9] Lanteri-Laura, G. Ensayo sobre los paradigmas de la psiquiatría moderna (Historia y teoría de la psiquiatría I). Madrid: Triacastela, 2000.

[10] Lacan J. El sinthome. Seminario 23. Buenos Aires: Paidós, 2006.

[11] VV.AA. El arte del diagnóstico.  En: Apuntes para una  epistemología  psicoanalítica.  Colegio Epistemológico y Experimental. Buenos Aires: ICBA, n. 7,  2003.

[12] Recalcati M. Lo homogéneo y su reverso. Clínica psicoanalítica de la anorexia-bulimia en el pequeño grupo monosintomático, Málaga: Miguel Gómez, 2007.

[13] No es lo mismo singularidad que particularidad. Esta última tiene más que ver con el síntoma en su apariencia fenomenológica, imaginaria, que permite agrupaciones sintomáticas (los obsesivos, las alimentarias, etc.), puede haber un efecto de contagio, puede ser epidémica, etc. Por el contrario, la singularidad del síntoma tiene que ver con lo real del mismo. Mientras que no cualquier particularidad tiene un efecto de estabilización sinthomática, la singularidad tiene más que ver con el sinthome, con la creación, es invención exnihilo, creacionista, es solución singular que no puede ser imitada ni contagiada epidémicamente.

[14] Miller J.-A. El lugar y el lazo. Buenos Aires: Paidós, 2013.

[15] Clara Bardón (coord.), Montserrat Puig Llobet (coord.). Suicidio, medicamentos y orden público. Barcelona: Gredos, 2010.

[16] Disponible en: https://elpais.com/ciencia/2022-02-14/el-rio-manzanares-es-el-mas-contaminado-por-farmacos-de-europa.html

[17] Goodman N. Maneras de hacer mundo. Visor,  col. La Balsa de la Medusa.Madrid, 1990.

[18] Rivas Padilla E. Pensar la psicosis. Málaga: Miguel Gómez ediciones, 2005.

[19] Laclau E. Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo. Buenos Aires: Nueva Visión, 2000.

[20] Rendueles G. Las falsas promesas psiquiátricas. Madrid: La Linterna Sorda,2017.

[21] Bruckner P. La euforia perpetua. Barcelona: Tusquets Editores, 2001.

[22] Foucault M. Historia de la locura en la época clásica (Vol. I). Fondo de Cultura Económica (3ª ed.) México, 2015.

[23] https://ctxt.es/es/20220801/Firmas/40526/carta-al-suscriptor-comunidad-Santiago-Alba-Rico-capitalismo-izquierda-Charles-C-Mann.htm

«¿Cómo hacer para enseñar lo que no se enseña?”

Por Olga Montón – Miembro de la ELP y de la AMP

“A mí me gusta mucho enseñar;

sobre todo porque,

mientras enseño, estoy aprendiendo”

Jorge Luis Borges.

“¿Cómo hacer para enseñar lo que no se enseña?”, se pregunta J. Lacan en “Lacan por Vincennes”, 1978. Y es que el acto educativo tampoco se enseña. Se pueden aprender los contenidos y transmitirlos, pero el estilo, la entonación, lo vivo de la letra, los silencios y la intervención en el aula, cuando hace falta, no se enseña. “Uno solo puede enseñar el amor por algo. Lo importante es revelar belleza y solo se puede revelar la belleza que uno ha sentido”, en palabras de Borges (“Borges profesor” 1966). Lo importante es lo que cada docente inventa para trasmitir su deseo, incentivando a los alumnos a buscar las respuestas a sus propias preguntas.

¿Cómo hacer esto en un momento histórico donde los sujetos no se hacen preguntas? Donde todo el conocimiento está a un click de aparecer en pantalla. Estas y otras preguntas trabajamos en el GIPE (Grupo de Investigación Psicoanálisis y Educación) con distintos profesionales del mundo educativo. Es un work in progress…..

Como comentó en el primer encuentro Sergio Larriera, el encuentro del sujeto con el lenguaje supone un traumatismo singular para cada uno, “el Otro se introduce de contrabando en su goce. Es el choque de las palabras con una maraña de pulsiones inorganizadas”. Y con esas palabras hay que arreglarse como sujeto. Subordinados a esa relación primitiva, originaria y traumática entre el significante y el goce; el parlêtre, ante la perdida de realidad, frente al vacío, aparecen las fantasías, los sueños y las atribuciones de sentido con las que habitará su cuerpo y el lazo social con los otros. Todo esto se pone en juego en la institución educativa.

Ese encuentro con el lenguaje, dentro de lo que Freud llamó la novela familiar, se reedita,  se renueva, se reimprime, se reinventa, en el encuentro del sujeto con la escuela. Hay un pasaje de lo singular a lo común……, cuando lo que tenemos de común es lo singular que hay en cada uno de nosotros, como explica Jorge Alemán en sus textos. En este sentido, aparece la institución educativa como lugar donde poner a trabajar el síntoma, hacer lazo, construir un futuro con las marcas que traes. Encontrar maneras de hacer con su “lalengua” que porta cada uno y con los afectos que se generan dentro de la escuela.

Si pensamos que nos pasamos, al menos, los primeros 18 años de nuestra vida en la institución educativa. ¿Qué queda de ello? ¿También hay marcas en nuestro inconsciente? Se constata en análisis que los analizantes hablan de ello en muchos casos. De lo que supuso el encuentro con ciertos profesores para su desarrollo profesional o personal, sobre todo los que luego se dedicaron a la docencia. Encuentros a lo largo de los años, buenos y malos…. Que en muchos casos les impulsó a la vida cambiando su destino. Como es el caso de Daniel Pennac (1944). El docente puede aparecer como una figura que ayude a construir un nuevo punto desde donde mirarse, como es la aportación que el maestro de Daniel Pennac le hace. Lo cuenta en su biografía “Mal de Escuela”. Siendo Pennac “el zoquete” su maestro le propone escribir una novela a razón de un capítulo por semana con las fabulaciones que traía para justificar su falta de estudio o de deberes. Su maestro dice sí a lo más singular, hace una excepción, transgrede la ley y el protocolo. No lo trata como un objeto que lo estigmatiza, el zoquete, sino como un sujeto de su propio desarrollo. Aparece el sujeto como efecto del lugar dado desde el Otro. El lenguaje es la dimensión en la que se forma el ser. Y es mediante el lenguaje que el sujeto está representado allí por un deseo, un deseo no anónimo, que el alumno localiza en el Otro (padres, docentes)

¿Cómo dio esta respuesta su maestro? ¿Cómo se le pudo ocurrir?  ¿Dónde aprender esto?

Me parece que hay un paralelismo entre lo que Lacan llamó “Mi enseñanza” Paidos (sobre teoría y práctica psicoanalítica), y el mundo educativo. Porque una cosa son los contenidos y otra la experiencia. Por eso afirmaba que no es suficiente con asistir a la universidad, que también había que psicoanalizarse, hacer la experiencia.

El trabajo del psicoanalista es solitario, depende de la transferencia, de la dirección de la cura, de las supervisiones. En definitiva hay en el encuentro en sesión algo del “acto”, del que muchas veces solo se puede dar cuenta en “après coup”. ¿No es esto mismo lo que viven los docentes? Si, transmiten contenidos, pero cada encuentro es contingente, no hay un saber previo sobre lo que sucederá en el aula. No hay garantía.

Actualmente la introducción de la estadística en la existencia humana ha desbaratado la educación igual que la salud, también la salud mental. Promueve una estandarización generalizada de una supuesta “normalidad, alojando al sujeto en un: “todos iguales”, que borra lo más singular. Ofreciendo soluciones colectivas para la regulación de los diversos modos de goce. De esta forma se ha alojado el “saber hacer” fuera del aula. Hay un especialista fuera que nos dará la respuesta, la receta, como si hubiera una sola forma de respuesta correcta, LA RESPUESTA. El docente ha retrocedido frente a su acto……. Cualquier comportamiento disruptivo o que no se atenga a lo “normal” necesita una intervención externa, se retrocede frente a lo que podría ser “la transferencia de trabajo”, poner a trabajar a los alumnos inventando en cada ocasión, en cada encuentro donde la sorpresa aparece. Como es el caso de la película “La profesora de historia” de Marie-Castille Mention-Schaar, película francesa del 2014, basada en hechos reales.

Este estar cada uno en su mundo tan actual se acompaña de la tendencia al grupo, a la masa, que tan potente es en la adolescencia. ¿Cómo apuntar hacia un anudamiento sintomático desde la transferencia al propio estudio, hacia el saber que no se tiene? Habría que apostar por un lazo que sostenga tanto la singularidad como la pluralidad, un lazo social fundado en el uno por uno.

Se trata de la transmisión de una experiencia para animar el deseo de saber, no de un saber ya establecido. Y esto no lo puede dar la pantalla.

El padecimiento causado por las ficciones que el sujeto se inventó para tratar lo real son llevadas a la institución por cada uno de los asistentes, desde los docentes hasta los alumnos. Cada uno con su malestar. Todo el mundo está en su mundo.

La institución educativa sostiene, ignorándolo, un malestar estructural inherente al sujeto que se revela como generador de conflictos, provocando el sufrimiento de una relación imaginaria entre el docente y el alumno.  Por otro lado, la institución educativa es el espacio donde alojar a los alumnos para que puedan encontrar un lugar en la estructura social del momento histórico que viven. Como vemos, el sujeto de la educación no llega al aula, hay que convocarlo y darle un lugar para que construya su camino con la oferta que hace cada institución. Por otro lado, el alumno tiene que dar su consentimiento a este acto.

Pero ¿cómo sostener el deseo del docente en un momento histórico donde el objeto de consumo está elevado al cenit? Donde el saber ya no tiene ese brillo agalmático que tenía en otros momentos históricos.

Los sujetos están cautivos de algo que desconocen y que genera malestar, lo que por otro lado posibilita la invención desde el rasgo más singular de cada uno. Esa invención que le permitiría transitar por la institución y por la vida, sí, pero ¿cómo hacer para no caer en la exclusión?, de manera que no se haga de la excepción más singular un acto de exclusión…

Agresividad, fracaso escolar, tristeza, desordenes en la alimentación, hiperactividad, conductas de riesgo, acoso escolar, adicciones, son manifestaciones sintomáticas para ser leídas en función de una causa. Al universalizar los conceptos, las terapias cognitivo-conductuales, reducen el problema a la “comprensión”, de forma que los alumnos quedan “cosificados”: el zoquete, el agresivo, el que “llama la atención”, el adicto a videojuegos, el hiperactivo. Entonces los sujetos se convierten en objetos privilegiados de protocolos de prevención, control o reeducación, sepultando lo más singular.

¿De qué manera generar el buen encuentro con un alumno que tiene arreglos que son tan diferentes a los arreglos del ideal de cada uno y que su propia experiencia de vida ha gestado? ¿Qué lugar para el docente si “todo el mundo está en su mundo”?

El psicoanálisis propone la diversidad, el “uno por uno”, en la medida en que el docente haga valer y sostenga el acto educativo, en su dimensión más contingente. Fundando un nuevo lugar que acoja al alumno ante la desorientación en la que pueden perderse actualmente.

En la institución educativa hay un saber expuesto, sí, pero ¿no habría también un saber supuesto como en el discurso del analista? Un saber hecho para causar el deseo.

En un colegio de primaria donde trabajé con los maestros uno de ellos planteó que había una niña que iba al baño de niños y ante la sospecha de cambio de identidad de género se activaron los protocolos pertinentes. Le pregunté si le habían preguntado a la niña porque iba allí. Pues no, nadie le había preguntado. En el siguiente encuentro nos contó que la niña decía que iba al baño de niños porque estaba más lejos y se entretenía por el camino.

¿Cómo es posible que nadie se hiciera esta pregunta tan básica? ¿Por qué esa delegación de funciones en el protocolo de un saber exterior? Cómo responder ante preguntas para las que no tenemos la “buena respuesta”. Como si esto fuera posible…

“¿Cómo hacer para enseñar lo que no se enseña?” “lo que es imposible de enseñar es sin embargo enseñanza y no obstante un enseñar necesario” dice Miller. Así que tenemos dos términos del enseñar: el enseñar tomado como imposible y el enseñar del lado necesario. ¿No se trataría de la experiencia, de la trasmisión desde la experiencia de cada uno que en todo caso no es “para todos”?

Aunque el aula integre a un grupo de alumnos, a veces desbordante, el verdadero encuentro que supone dar y recibir una clase es subjetivo. Es el encuentro de dos subjetividades. Se encuentra la subjetividad de ese docente con la subjetividad de cada alumno uno por uno.

Abordar el reto de transmitir algo de una experiencia es el reto que tiene todo docente frente a cada alumno. De forma que no se trate de un saber acabado, sino de un proceso que se relanza con los intercambios y se reactualiza con los interrogantes. Intentando integrar la polifonía de voces que supone un aula a la manera de una gran orquesta. Tendremos al primer violín, pero también el que porta el triángulo es importante para que el conjunto suene bien y avance en su proceso formativo mientras el docente da lugar, con su batuta, a cada uno de los participantes del aula.

Transmisión y deseo de Escuela se articulan a partir de lo que Lacan llama “transferencia de trabajo”.  Lacan define “la transferencia de trabajo” como el modo en que el psicoanálisis se transmite, bajo transferencia de un sujeto a otro. La transferencia de trabajo conecta un deseo de transmitir con un deseo de dejarse enseñar en el marco de la Escuela. Lacan en la nota adjunta al Acta de Fundación: “La enseñanza del psicoanálisis no puede transmitirse de un sujeto a otro más que por las vías de la transferencia de trabajo”.  Si bien esto lo desarrolló Lacan para la enseñanza del Psicoanálisis, creo que bien podría aplicarse a la institución educativa. Lo que Lacan llamó en su ultimísima enseñanza “la clínica de las invenciones singulares”.

¿Cómo inventar? ¿No sería dejando que trabaje el inconsciente?

Volvemos a la pregunta de Lacan. “¿Cómo hacer para enseñar lo que no se enseña?”. Dice Miller en su seminario “Todo el mundo es loco” 2015: “es la puesta en paradoja de todo lo que había sido afirmado anteriormente, es decir que hay un imposible, la tesis es: la enseñanza del psicoanálisis no cesa de no escribirse, y se trata de conseguir que de tanto en tanto, pueda cesar de no escribirse”. Cosa que siempre será del orden de la contingencia. Se trata de enfrentar lo imposible de enseñar.

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