“Los complejos familiares en la formación del individuo” (1938), de Lacan, también conocido con el título falso de La familia, es un texto de una complejidad notable porque nos falta la carretera principal que organiza la estructura subjetiva. Me sirvo del ejemplo que pone Lacan en el Seminario 3, cuando introduce el concepto del Nombre del Padre y la metáfora paterna como la carretera principal de la que se sirve el neurótico para defenderse del deseo de la madre. Del otro lado, en la psicosis, al no operar el Nombre del Padre, el sujeto debe transitar carreteras secundarias para intentar llegar al mismo destino.

Estamos aquí en esas carreteras secundarias que Lacan utilizó para pensar y organizar el psiquismo.

Hay dos puntos que me gustaría resaltar de este texto.

Primero, encontramos un Lacan preestructuralista que anticipa el concepto de estructura con el de complejo, en su relación complejo-imago. Mariam resalta esto muy bien en su texto cuando habla de los complejos del destete, el complejo de intrusión y el complejo de Edipo.

Como dice Miller en su texto Crítica de los complejos familiares: “Aparece el complejo como antitético al del instinto”. Esto quiere decir que Lacan, ya en este momento tan prematuro, está orientado a separar lo humano de la naturaleza.

Nada le es natural al ser humano. Y ya podemos ver aquí una separación radical con la Ego Psychology o psicología del yo. Para esta corriente, la palabra clave es adaptación. La adaptación vital es connatural al instinto, mientras que el complejo estaría del lado de un saber inconsciente.

La cuestión es que Lacan aún no había llegado a la concepción de lo simbólico. Ante la falta de lo simbólico, de la concepción del sujeto como representado en un significante para otro significante, Lacan se apoya en los complejos como un factor cultural.

Además, ya había formulado el estadio del espejo (1936), donde establece una clara diferencia entre el yo y el sujeto. De aquí su separación con la psicología del yo. Lacan sostiene el estatuto de la división del sujeto y se opone a cualquier concepción unificadora. Esto lo acompañará hasta el final de su enseñanza. “La castración nombra la división del sujeto y es insuperable”. Por esto se opone a hacer del yo el pivote del análisis, dice Miller.

Me parece que esto también marca la singularidad del psicoanálisis lacaniano respecto a otros psicoanálisis o psicoterapias que conciben su práctica como la producción de una gestalt en el sujeto, una síntesis de los instintos y una suerte de realización consciente. Existe una resistencia radical a pensar la división del sujeto como algo definitivo.

Estos dos puntos me parecen centrales y constituyen tanto el punto de partida como el de llegada en la enseñanza de Lacan. Por un lado, la pérdida de lo natural en el ser: la pérdida del instinto, la falta de escritura en lo humano, que conlleva esa pérdida del instinto. Y, por otro lado, la división insuperable del sujeto del inconsciente.

Sabemos que después vendrán el Nombre del Padre, la dialéctica del deseo, la concepción del fantasma, la relación del sujeto con los discursos, las lógicas de la sexuación, el encuentro con la topología de lo real, lo simbólico y lo imaginario.

Pero me parece que todo ello estuvo siempre en relación con estos dos ejes centrales, ya presentes en este texto, donde se trabajan en la relación complejo-imago.

Por un lado, el complejo como una representación en conexión con el objeto perdido, en tanto que fija una etapa del desarrollo y genera una repetición.

Por otro, la imago, que ocuparía el lugar del significante, aunque, como dirá Miller, no permite la diferencia con el objeto. Toda la fantasmática humana queda en el paréntesis materno, del destete al Edipo, dado que la imago materna preside la pérdida primitiva y toda pérdida se reordena en el fantasma de castración.

Por otra parte, la imago paterna cumpliría una función de reparación o sublimación al proponer un tipo distinto de objeto que, más que un objeto de satisfacción, sería un objeto de identificación al ideal.

Se trata de todo un antecedente al Nombre del Padre y a la función paterna.

También podemos ver aquí una función ideal del padre. Lacan menciona el declive de la imago paterna como causa de las neurosis contemporáneas.

Mariam, en su texto, señala que Lacan no se queda atrapado en esta concepción de incidencia social del debilitamiento de la imago del padre, sino que realiza un esfuerzo constante de reelaboración del padre para poner en primer plano su carencia como real. También introduce la tesis durkheimiana de la contracción de la familia y el mito freudiano del padre de la horda en Tótem y tabú, que Lacan retoma para dar cuenta de lo real de la carencia del padre.

Preguntas

          1.       ¿Qué es lo real de la carencia del padre? Es decir, ¿cómo se puede entender la ausencia del padre como un real y no solo como una ausencia simbólica?

          2.       Al inicio de tu exposición mencionaste la investigación de las redes del Cereda y afirmaste que la familia no está en crisis, porque la crisis es el fundamento mismo de la familia. En relación con lo que plantea Miller en el argumento de PIPOL 12 sobre la familia como lo no dicho, ¿podrías desarrollar un poco más este punto?

          3.       Para abrir la conversación, tú que trabajas con niños tanto clínica como teóricamente en el Cereda (y que sabes que trabajar con niños es trabajar con familias), me gustaría preguntarte lo siguiente:

Recogiendo el final de tu exposición, en la que citas a Miller cuando dice: Servirse del padre no implica rendirle culto; reconocer su dignidad instrumental implica prescindir de él, si el psicoanálisis pretende ser algo así como una ciencia de lo real.

¿Cómo puede el psicoanálisis, como ciencia de lo real, operar en un contexto que hoy, más que nunca, está atravesado por transformaciones sociales y simbólicas?

Alejandro Tolosa, miembro AMP y ELP

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