Aportación de Miriam Chorne para el Seminario de Otoño de la ELP.

Me resultó muy interesante la invitación del Consejo de reflexionar sobre los cambios que introdujo e introducirá la pandemia en nuestra práctica. La propuesta que atiende a la urgencia de pensar cómo nos afecta la crisis, cuál es nuestra posición frente a la coyuntura y de qué modo repercute sobre la experiencia analítica misma es por lo mismo valiosa y valiente. Entre otras razones por el riesgo que toma de que las elaboraciones que alcancemos sean desmentidas por unos hechos que son impredecibles, demasiado nuevos y que se producen y modifican con una velocidad extraordinaria.

Quizás podría resumir en un significante lo que nos amenaza en el próximo y no tan próximo futuro: incertidumbre. Todos los expertos predicen cambios incalculables y los gobiernos se esfuerzan por cubrir las repercusiones de una crisis económica y social sin precedentes. Sobre todo buscan que los efectos inevitables de la crisis se puedan revertir dejando a la menor cantidad de ciudadanos fuera de juego y al sistema aún en pie.

Encuentro que, al menos en mi caso, la idea de poder nombrar una invención acorde a los tiempos actuales me resulta prematura. Creo que es necesario más tiempo para salir de la perplejidad que supuso para muchos de nosotros que finalmente sucediera lo que se sabía que iba a ocurrir.

Perplejidad acompañada de ese sentimiento propio de la angustia y tan bien explorado por Freud con el nombre de lo siniestro. En efecto a la incertidumbre sobre el futuro corresponde la certeza presente del afecto que no engaña como lo definiera Lacan, la angustia que nos ha hecho salir del juego de la duda y que nos ha hecho experimentar como una sombra que nos acompaña lo ominoso de la situación. Vivimos en una irreal realidad.

También me parece interesante en la propuesta que se haya puesto el foco sobre uno de los efectos inmediatos que hemos podido experimentar en relación a las medidas de prevención de la expansión de los contagios: el alejamiento sanitario, mal llamado social.

Ese alejamiento necesario ha promovido ciertas tendencias ya presentes en el discurso de la civilización actual: el empuje a una digitalización universal que por sus efectos de fijación de goce y de control nada asegura que no se perpetúe más allá de la aún incierta resolución de la pandemia, como indica el documento del Consejo.

Sin extenderme en este aspecto es verdad que es necesario contraponerlo a la especie de estallido que produjo en muchos lugares el levantamiento del confinamiento. Más allá de la insolidaridad y falta de responsabilidad que los medios atribuyen a quienes buscaron rápida e intensamente esos encuentros de los cuerpos, sobre todo cuando se refieren a los jóvenes, habría que considerar que son ellos quizás quienes experimenten de una manera más aguda el sentimiento de oposición a un aislamiento, a unos contactos reducidos a la relación digital que desmaterializa el mundo y deja fuera la presencia y los cuerpos.

Esta tensión entre una tendencia clara hacia la digitalización que ha constituido un instrumento de primer orden frente a las condiciones del confinamiento y el deseo de reunirse, de encontrarse ha estado presente también en la relación entre los psicoanalistas y los analizantes durante este periodo. Al principio algunos analizantes se resistían a continuar el análisis de forma virtual y ahora, tras el desconfinamiento, algunos, claro que no siempre los mismos, se resisten a volver a la consulta.

Presencia del analista

El desarrollo de la enseñanza lacaniana ha ido promoviendo cada vez más una orientación por lo real. Jacques-Alain Miller ha destacado en numerosas ocasiones que la definición misma de inconsciente se ha transformado en ese sentido ya a partir del Seminario 11 y del escrito “Posición del inconsciente”[1].Con la base de la teoría de los conjuntos, es decir introduciendo la lógica, Lacan propuso una nueva definición del inconsciente, de la transferencia, de la repetición y de la pulsión. Y con ellas una definición diferente de nuestra práctica.

El inconsciente había sido pensado hasta ese momento fundamentalmente como desciframiento y como correlativo de la práctica misma de la interpretación. Fue pensado de manera unilateral del lado de la operación de alienación. El cambio introducido por Lacan en esta época consistió en incluir el objeto de la pulsión en la definición misma del inconsciente y por lo tanto en articular, conjugar y separar en un movimiento de aleteo, de pulsación, el efecto de sentido y el objeto a como objeto de la pulsión.

Más tarde esta concepción del inconsciente recayó sobre la de la interpretación, hasta decir que debía apuntar al objeto a como causa de deseo. Es lo que aparece con claridad en el Seminario Aún donde el inconsciente fue ya decididamente pensado del lado de la separación, de la pulsión, del lado del goce. La dimensión de los efectos de sentido se vio reducida, se volvió secundaria hasta que el conjunto de estas dificultades precipitaron a Lacan a la construcción del nudo borromeo y a pensar las tres dimensiones del nudo como equivalentes. En ese momento vemos aparecer otro término para hablar de lo que se denominaba inconsciente: ser. Como en parlêtre, o parêtre. Era la inclusión del goce del viviente en el mundo significante eternizado en el discurso y para ello necesitaba un soporte, el cuerpo.

Esta definición de ser hablante como equivalente al inconsciente es completamente diferente de la definición del inconsciente como sujeto tachado, porque ella incluye bajo una forma que no es sólo visual ni orgánica, una referencia al cuerpo. Una referencia al ser que está allí para gozar, para padecer de aquello que acontece por el hecho de la existencia de la lengua.

En RSI endureció aún más las cosas: el significado y el efecto de sentido son de otra dimensión, corresponden a la debilidad del ser humano, que, con su cuerpo como imaginario fabrica sentido, leyendo las cosas de través.

Pero si el inconsciente no trabaja para el sentido, trabaja para el goce, se lo define entonces a partir de la escritura. La palabra analizante es concebida como condicionada por imposibles que están en el nivel de la escritura simbólica.

La ultra-breve síntesis con la que he querido hablar del desplazamiento en la enseñanza de Lacan hacia una orientación por lo real se acompañaba para mí antes de la pandemia de una creencia firme en la necesidad del cuerpo, de la presencia del analista para que su deseo de analista pudiera efectuarse. Requisito indispensable para que la maniobra y la operación de la transferencia se pudieran regular de modo de sostener la distancia entre el punto desde donde el sujeto se ve a sí mismo como amable y ese otro punto donde se ve causado como falta por el objeto a.

El sobresalto que supuso la pandemia me obligó, como a muchos de nosotros, a tomar en cuenta las posibilidades que ofrecía la virtualidad y el deseo de experimentar si, más allá de mantener el contacto con los analizantes como había sido mi primera espontánea respuesta a la necesidad del confinamiento, era posible mantener el análisis y con qué límites.

Lo que sigue es apenas una exploración, algunas observaciones de esta experiencia, a la espera de que el tiempo por transcurrir me permita en el futuro concluir más finamente sobre los cambios que esta modalidad de la práctica psicoanalítica actual supone.

En términos generales y para mi inicial sorpresa la relación analítica no sólo se mantenía sino incluso en algunos casos, era posible realizar un mejor trabajo. A esos casos me referiré sucintamente tratando de explicar una de las razones que concurrió para hacerlo posible. Se trataba en un caso de una reducción de la dimensión imaginaria. Es un analizante particularmente ingenioso y expresivo que transforma su discurso en algo divertido incluso cuando habla de cuestiones especialmente dramáticas de su vida y frente al cual muchas veces he tenido que hacer un esfuerzo para escuchar su decir tras la gracia que me hacían sus dichos. Para mi asombro esa neutralización se producía en mayor medida y sin necesidad de un gran empeño de mi parte, en la relación virtual, pudiendo atender con más facilidad a la dimensión simbólica y real presentes. Podía escuchar los significantes y sonidos en juego más allá de sus juegos seductores.

En el otro caso, un analizante paranoico, la neutralización de la mirada le permitió hablar sin sentirse juzgado de temas que había eludido en los últimos tiempos de tratamiento. Su sentimiento de sentirse extrañado de sus palabras, alienado, perdido en el otro disminuyó.

Quizás en términos generales podría decir que la ruptura de la ceremonia habitual, de los rituales del encuentro en la consulta -al menos en este primer tiempo- significó en otros casos una presencia más aguda del vacío que debemos preservar en la relación analítica, el silencio del analista se hacía en algunos casos más apremiante ante la comunicación exclusiva por la voz, llegando a veces, cuando dominaba la angustia, a la necesidad de confirmar la relación pática, la presencia misma del analista “¿Está ahí? ¿Hola?”

En el caso de dos pacientes que estaban realizando las primeras entrevistas preliminares me parece que continuó el trabajo sin grandes diferencias por el hecho de que la relación fuera virtual.

Por otra parte, he tenido también el sentimiento de que me resultaba más difícil realizar algunos actos que al mismo tiempo consideraba necesarios, por la modalidad (virtual) de la relación. No encontraba equivalentes a lo que en la consulta me resultaba cómodo, como interrumpir una sesión levantándome, por ejemplo, o realizar algunos gestos para “comentar” o puntualizar algo en lo que el paciente decía, pienso que quizás con mayor experiencia y explorando los recursos del medio podré ir encontrando modos de encarnar la presencia del objeto.

Sin dudas creo que para conducir un análisis al viraje en acto que permite un final conclusivo la presencia del analista resultará también después de la pandemia necesaria. De momento sólo puedo imaginar el momento actual, la virtualización del análisis, como un mal menor respecto de la interrupción de los análisis y espero que más pronto que tarde podamos practicar el psicoanálisis nuevamente en nuestras consultas. Aunque quedo abierta a los descubrimientos que esta nueva modalidad de la práctica traiga consigo.


[1] Miller J.-A. tomaré como referencia para hablar de este tema el Seminario La fuga del sentido, Paidós, Buenos Aires, 2012; capítulo XIII “El inconsciente y el sentido”.

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