Este libro se ha escrito a partir de la tesis de doctorado que Santiago Castellanos presentó en el departamento de psicoanálisis de la universidad de París 8.
Conocí a Santiago hace 27 años cuando empezó a asistir a los cursos de psicoanálisis y he seguido su recorrido hasta el día de hoy, en el que tengo el placer de presentar su último libro. Por tanto, puedo dar testimonio de que a Santiago Castellano le mueve un deseo decidido que no se arredra ante las dificultades. No por casualidad se dedicó en su juventud a la gimnasia deportiva llevando al cuerpo al límite de sus posibilidades. Santiago se crece con los obstáculos y vuelve a sorprendernos a esta edad en la que algunos están pensando en su jubilación, realizando un doble salto: escribir una tesis y hacerlo en un idioma que tuvo que aprender.
Creo que en esta misma lógica se produjo el salto de la medicina al psicoanálisis que no se deriva de un proceso de evolución sino nuevamente de un salto, pues requiere algo tan serio como una mutación del sujeto que, por amor de transferencia, cambia de discurso en el sentido fuerte del término. Con esta última acrobacia (por el momento) Santiago tuvo que desprenderse de su saber anterior para encontrar otra manera de hacer con aquello que siempre le ha interpelado: el misterio del cuerpo hablante.
Su apuesta tiene antecedentes que nos llevan al origen mismo del psicoanálisis. Sigmund Freud pudo inventar un nuevo discurso cuando dejó de lado su condición de neurólogo y en lugar de dedicarse a la mente, alojada supuestamente en el cerebro, quiso aprender algo nuevo de aquellos cuerpos cuyas enfermedades no tenían una causa orgánica demostrable y que eran diagnosticados de histeria. Desde su origen, la clínica psicoanalítica dirige toda su atención a lo que, aconteciendo en el cuerpo, contradice la lógica científica del organismo. Más aún, el psicoanálisis se centra en un aspecto muy concreto del ser humano cuyas consecuencias son formidables: el punto de encuentro entre un organismo viviente y el lenguaje. Un encuentro inevitablemente traumático que agujerea nuestra relación natural con la vida hasta el punto de hacernos perder el instinto que funciona como un conocimiento genético sin saber, para intentar funcionar con un saber sin conocimiento. La consecuencia es que ningún ser hablante sabe cómo reproducirse, cómo encontrar pareja, cómo cuidar a las crías y todos viven dándole vueltas al pensamiento sobre el sexo y la muerte. Sobre los hechos naturales tenemos que recurrir a saberes cambiantes, ideológicos, sofisticados o delirantes que no hacen más que contornear el agujero que dejó la mordedura del lenguaje sobre el cuerpo. Lo antedicho puede reducirse al axioma lacaniano: La relación sexual no existe, no está escrita en el inconsciente y de ahí se derivan todos los síntomas.
Sigmund Freud, un hijo de su época, fue quien dio el salto decisivo que funda el psicoanálisis. Sin embargo, no es una casualidad que el nacimiento del psicoanálisis se haya dado en el tiempo de la ciencia moderna que necesariamente excluye la subjetividad para operar en su investigación. La función con la que se inaugura el psicoanálisis es precisamente hacerse cargo del sujeto que la ciencia excluye.
Todos nos beneficiamos de los progresos de la medicina y somos tributarios de los avances de la tecnociencia. Sin embargo, por la vía científica siempre quedará un resto irreductible que no se deja tratar, que escapa a todo saber, que emborrona la elegancia de la operación científica. Santiago cita a Lacan cuando este plantea que la medicina parte de una falla epistemosomática al ignorar los efectos del lenguaje sobre el cuerpo, precisamente esos a los que el autor dedica su vida. Todos experimentamos que hay palabras que duelen y que algunas producen traumatismos duraderos, pero no todos saben que, es mediante las palabras que podemos ser curados los mismos. Es por ello que la tesis de Santiago parte de una premisa: considerar el dolor como un lenguaje del cuerpo y, por tanto, susceptible de ser tratado por la palabra.
Su investigación comienza con un interesante recorrido por el campo de la medicina, la filosofía y la historia, tomando como referencia fundamental la fibromialgia que se convirtió en su objeto de investigación hace muchos años cuando trabajando como médico recibió una circular de reumatología en la que se rechazaba el tratamiento de los pacientes diagnosticados de fibromialgia. Es el encuentro con esta dimisión de la medicina lo que despierta en Santiago el deseo de atender precisamente a estos pacientes y le proporciona una importante experiencia clínica, que se refleja a lo largo del libro por la cantidad y calidad de los casos que nos ofrece para encarnar lo abstracto de la teoría. Parece que ese fue el comienzo de una mutación subjetiva que le llevó a interesarse por el psicoanálisis y, una vez allí, acabar eligiendo la clínica analítica. En cualquier caso, la posición de Santiago es eminentemente la del clínico dispuesto a mostrar cuál es su estilo y cuáles son los recursos que el psicoanálisis proporciona ante estos sufrimientos que no encuentran paliativos ni siquiera con los analgésicos y las drogas más potentes.
El dolor crónico ilustra como ningún otro fenómeno el concepto lacaniano de extimidad: palabra que conjuga lo más intimo con lo más ajeno. El concepto de goce que le debemos a Lacan es el que explica la paradoja de la extimidad que hace del propio cuerpo lo más Otro, extraño y misterioso. Cuerpo siempre impropio.
El autor comienza un recorrido tan ameno como interesante por la historia cultural del dolor, que es la historia del goce que se extrae del sufrimiento. La religión católica fue una gran promotora del dolor, ya sea el que Dios nos manda, ya sea el autoinfligido, no en balde hizo del Cristo en la cruz un modelo a seguir y de la flagelación el modo de obtenerlo. Hay que reconocerle que nos ha dejado la mejor representación del pathos a través del arte que adorna sus iglesias. La exuberancia y el desgarro del Barroco moviliza todas las emociones en torno al misterio del cuerpo. El éxtasis de Santa Teresa de Bernini inspiró a Lacan en su intento de formular aquello que Freud dejó sin resolver: el enigma del goce femenino. Apoyado en la teoría de Lacan sobre el goce femenino Santiago pone voz al mutismo de los datos estadísticos que demuestran que la fibromialgia es una enfermedad de mujeres y nos dice: “Encontraremos en la clínica de la fibromialgia dos modalidades de estrago en las mujeres: las relaciones con la madre y con los hombres”
El campo de lo que denomina “lenguajes del cuerpo” es el campo del goce, ese por el que Lacan quiso ser recordado. Es por esta razón que Santiago se orienta más por la histeria rígida propuesta por Lacan que por el cuerpo hablante afectado por metáforas reprimidas descubierto por Freud. La tesis del autor sobre los lenguajes con que se manifiesta el cuerpo es más próxima al grito, el sollozo, el crispamiento que a las metáforas del inconsciente. Entramos al campo de lo real al que nos hemos referido como ese resto que escapa a toda operación simbólica e imaginaria. Eso que no se deja, ni se dejara representar por mucho que la tecnociencia avance. Es en el campo enigmático de lo real que situamos la fibromialgia, los fenómenos psicosomáticos y los fenómenos psicóticos, objetos de investigación del libro. Un campo especialmente difícil que requiere una clínica diferencial muy precisa para orientar la dirección de la cura que siempre será caso por caso.
La medicina ha relegado a un segundo plano el tratamiento del dolor crónico reduciendo su foco de interés a los neurotransmisores cerebrales. ¡Como si fuera posible objetivar al sujeto y su goce! Los nuevos cartógrafos son los científicos que exploran el cerebro y aspiran a conseguir un mapa exhaustivo de sus circuitos y conexiones para comprender las propiedades intangibles de la mente, como pensar, escribir poesía, enamorarse. En su endiosamiento predicen el nacimiento de una nueva clínica que resolverá las enfermedades mentales. ¡Cuanto esfuerzo inútil! El santo Grial del mapa cerebral no les dará ninguna respuesta sobre los misterios del ser hablante. Sigmund Freud, que también era neurólogo, inventó un nuevo recurso consistente en escuchar al ser hablante que sufre del cuerpo, porque solo siguiendo sus palabras podremos aproximarnos a la causa de su malestar, así como a su tratamiento. Freud fue el pionero de una nueva vía de exploración del territorio ignoto de cada sujeto: el inconsciente y la pulsión de muerte. Jacques Lacan tomo el relevo de la exploración freudiana, aportando los elementos necesarios para establecer el “campo del goce”.
Santiago presenta el cuerpo como un calidoscopio, imaginario de espejos o, un montón de piezas sueltas y sigue a Lacan en su esfuerzo de formularlo a través de los tres registros: imaginario, simbólico y real. Su capacidad didáctica, la de Santiago, es tan notable que el lector, en este caso yo misma, podrá ordenar los conceptos de manera que este libro, que contiene todo el psicoanálisis, puede ser tomado como un libro de referencia a consultar.
La segunda parte del libro se inicia con la cita de Virgilio con la que Freud encabeza la Interpretación de los sueños: «Si no puedo persuadir a los dioses del cielo, moveré a los de los infiernos.»”. El deseo de Freud era incombustible y esa es la razón de la subversión que produjo no solo en el campo de la clínica, también en la historia del pensamiento.
Al mismo tiempo Santiago aborda la actualidad, los cambios en las subjetividades contemporáneas que suponen nuevas presentaciones de los síntomas y dan lugar a nuevos sintagmas, nuevos modos de goce y, por ende, nuevos síntomas.
Santiago pone de relieve que “El punto de partida de Freud ya no se corresponde con la clínica contemporánea del dolor crónico. Lo que se codifica en estos dolores de la fibromialgia y la fatiga crónica es que el cuerpo de la histeria contemporánea no porta nudos significantes a leer como discurso del Otro, y, sin embargo, las fibromialgias llevan las marcas del significante amo en las que irrumpe el goce de las pulsionales parciales. Estos dolores fatigosos portan lo mortífero de un goce que no está ligado al goce de la vida”.
Hay un aspecto del asunto que me resulta especialmente interesante, que es la diferencia entre la angustia que siempre se manifiesta en el cuerpo y el dolor. Cito al autor: “Freud examina lo que convierte el dolor psíquico en dolor físico y viceversa. Reflexiona sobre la diferencia entre el efecto de angustia y el afecto doloroso, refiriéndose al duelo y a la pérdida del objeto amado. Afirma: » el problema se complica en los términos siguientes: ¿Cuándo la separación del objeto produce angustia y cuando, quizá solo dolor?”
A mi modo de ver la definición más precisa de la angustia es la que hace Lacan cuando la plantea como el sentimiento de que el sujeto queda reducido al cuerpo. Experiencia horrible donde las haya. ¿El dolor supondría una defensa ante la angustia?
Santiago hace un excelente recorrido por el estadio del espejo para explicar que el dolor hace caer el velo de la imagen unificada del cuerpo que nos otorga cierta consistencia y nos conecta con lo siniestro del organismo. Aquí se suceden las paradojas a las que el psicoanálisis se dedica: Adoramos la imagen del cuerpo incluso de un modo infatuado, es decir, falto de razón y el dolor rompe el velo haciéndonos sentir el organismo como una especie de Alien que amenaza nuestra integridad. Sin embargo, la clínica nos demuestra que en algunos casos es precisamente el dolor el que da consistencia al sujeto y, entonces, hay que calibrar la función que cumple y derivar de ello el tratamiento.
Finalmente, Santiago desemboca en los bizarros fenómenos del cuerpo en las psicosis explicando algo fundamental para el tratamiento donde se hace necesario discernir si el dolor crónico o el fenómeno psicosomático es un síntoma a eliminar completamente o actúa como una solución, un soporte, un modo de mantener unidos los tres registros. Los casos que Santiago extrae de su práctica nos muestran como en ocasiones el cuerpo levanta campamento y se desanuda la consistencia imaginaria del mismo “Si el cuerpo se deshace – cito a Santiago- la consistencia imaginaria producida por el dolor corporal y los diagnósticos médicos, puede funcionar como una solución estabilizando al sujeto.”
El psicoanálisis apuesta por la palabra Aún, incluso en estos casos que parecen estar desabonados del inconsciente conseguimos extraer una palabra que resuene en el cuerpo y arroje luz a la tremenda opacidad de los dolores que lo habitan. Vale la pena seguir apostando.
Rosa López – Miembro AMP y ELP.