Constanza V. Meyer – Miembro de la ELP y de la AMP

Este tema nos enfrenta a una pregunta más general sobre los efectos de la pandemia en nuestra vida cotidiana y la aparente adaptación a las nuevas reglas del juego. Si bien resulta difícil saber cuáles serán exactamente los efectos de la pandemia sobre los vínculos y sobre el amor, de inmediato nos evoca el par presencia y virtualidad y la consigna del llamado “distanciamiento social”, una serie de recomendaciones a tener en cuenta para evitar el contagio y propagar la enfermedad. Algunos por miedo, otros por precaución, otros por ir contra las recomendaciones, otros aprovechándolas para esconderse tras ellas, todos y cada uno nos hemos posicionado ante ese sintagma.

En efecto, aquello que nos parecía distópico o del reino de la ciencia ficción se volvió el núcleo de lo cotidiano: no poder acercarse o tocar a los otros, o vivir, estudiar, salir en burbuja, tratando de marcar ciertos límites para que el exceso o la falta de la presencia real del cuerpo no se convirtiese en una amenaza al arreglo que nos sostenía en nuestra relación con el semejante. Ahí donde hasta la irrupción de la pandemia nos movíamos con cierta soltura en las relaciones con los otros, hoy nos encuentra despistados, desorientados, desconcertados incluso, y buscando una brújula que nos permita movernos en la convivencia.

Vale la pena, entonces, empezar por preguntarnos qué es lo que esta pandemia ha venido a trastocar. Parecía que teníamos una sed profunda de técnica y tecnología, con eso bastaba, ya no hacía tanta falta el encuentro cuerpo a cuerpo. Los jóvenes y los no tan jóvenes cada vez más hiperconectados eran un signo de progreso y avance, de cambio de paradigma, pero también de preocupación por cierto menosprecio y detrimento de la palabra, diríamos con Lacan del registro simbólico en beneficio de lo imaginario. De repente, esa oferta virtual pasó a constituir casi la única vía para encontrarse con amigos y seres queridos y había que aferrarse a ella. Se presentaba, en principio, como un recurso hasta nuevo aviso, hasta que acabara el confinamiento y pudiéramos volver a una cierta “normalidad”. Pero, ¿será posible volver al tiempo y al modo de estar con los otros anterior a la pandemia? No lo sabemos, aunque es muy probable que se trate de un retorno imposible porque los efectos están aquí y se han instalado entre nosotros sin visos de que desaparezcan.

Teletrabajo, conferencias online, aplicaciones de citas, cibersexo, sexting, una vida paralela en redes sociales eran prácticas ya existentes y hasta cierto punto frecuentes, pero no tan extendidas. Hoy estamos invadidos de ofertas de todo tipo de actividades virtuales que nos permiten hacer una vida “sin desconexión” aparente del otro y a la vez sin que el cuerpo en vivo se ponga tanto en juego.

Si hasta el inicio de la pandemia nos preguntábamos por lo que pasaba con los encuentros entre los cuerpos, hoy, esa pregunta se hace insoslayable. Antes, las pantallas, las citas virtuales eran un modo de abordar el encuentro con el otro con una cierta protección, con la tranquilidad de poder desconectarse si algo no marchaba como se esperaba o incluso de bloquear a alguien que se volviera persona non grata. Así, era frecuente que las personas mantuvieran relaciones pura y exclusivamente a través de una red social, se enamoraban e incluso se separaban. Podríamos decir desde el psicoanálisis que cuanto más se huye del malentendido en el que estamos inmersos por ser seres de lenguaje, más se apuesta por el algoritmo con la ilusión de que sea capaz de superar ese desencuentro que será siempre estructural. Algo que para algunas generaciones era tan frecuente terminó volviéndose imprescindible para casi todos. La emergencia sanitaria irrumpió con toda su fuerza instalando la incertidumbre y la angustia en la vida cotidiana y dejó a la vista también el cortocircuito en las relaciones con los otros.

El lazo de familia

En este tiempo se puso en cuestión también lo familiar y quedó al descubierto que la familia, aquello que siempre estuvo pensado como natural, biológico y genético, no es en realidad más que un conjunto de ficciones que cada uno de nosotros va construyendo para responder a la curiosidad por el origen. Lo que nos permite dar respuesta a la pregunta por nuestra venida al mundo, es el deseo y el amor, no la genética. Y ahí radica precisamente el empeño de algunos en buscar salir del malentendido que es para Lacan (Seminario 27, Disolución, clase 6, inédito) el verdadero trauma del nacimiento al que se refería Otto Rank. Ese trauma tiene que ver con llegar al mundo entramado en el deseo del otro, que de ningún modo puede ser un deseo anónimo. Ese cuerpo vivo se irá inscribiendo en lo simbólico y en las leyes del lenguaje por la vía de la familia lo acoge y en la que consiente a alojarse.  

Amor y lazo

Parece que los psicoanalistas siempre estamos hablando del amor y en parte es así porque como bien señaló Freud desde el inicio de su descubrimiento del inconsciente, no hay psicoanálisis sin amor, es lo que él llamó transferencia y es el motor de la experiencia analítica. Pero además, como dice Lacan en el Seminario 19: “Del amor se habla en el análisis. (…) Es claro, entonces, que hablando se hace el amor” (S. 19, p. 152). Pero el psicoanálisis se aleja de un amor entendido como concepto universal y objetivo para mostrar que el amor es lo que permite poner la mira en el otro porque en él encontramos precisamente algo que toca nuestro deseo, lo despierta y lo aviva.

Como bien señala Freud, el primer objeto de amor del niño es el que ocupa el lugar del Otro primordial, la madre o cualquier otro que lleve a cabo esa función. Y es en el movimiento de dirigirse al Otro donde se jugará la partida entre la necesidad, la demanda y el deseo y donde podrá emerger un espacio para el amor más allá de la satisfacción de una necesidad. Toda demanda en el fondo es demanda de amor y nada tiene que ver con la obtención de un objeto.

Freud destaca que en el amor también se trata de la repetición, es decir que en la elección del objeto amoroso se jugarán asimismo las condiciones que pesaron en la primera infancia. El hallazgo del objeto es un reencuentro, nos recuerda en 1905 en los “Tres ensayos…” y subraya la satisfacción pulsional que tiene lugar en la relación con la madre. Esta satisfacción será la brújula inconsciente que oriente al sujeto a la hora de elegir su partenaire amoroso y de goce.

La existencia de estas condiciones, siempre ligadas a rasgos significantes y trenzadas con elementos imaginarios y marcas de goce, muestra bien que precisamente porque somos seres hablantes carecemos del instinto que permite a los animales encontrar su pareja para la reproducción y de ese modo asegurar la continuidad de su especie. Las personas estamos inmersas en un mar de lenguaje que marca los cuerpos e instala una manera singular de gozar que orienta la elección del partenaire a partir de condiciones irrepetibles y únicas. Lacan nos recuerda que los parlêtres se reparten en “(…) dos que no hablan la misma lengua, que no se escuchan, que no se entienden (…) dos que conjuran para la reproducción, pero de un malentendido cabal (…)”. (S. 27, clase 6).

Lacan lo formuló también como “No hay relación sexual” que, lejos de querer decir que no hay encuentros sexuales, apunta a señalar ese malentendido, la no complementariedad entre los sexos, la imposibilidad de hacer de dos, uno, como imaginaba el mito de Aristófanes. Porque si al trauma original que implica la llegada al mundo del lenguaje y conlleva un agujero y una irrupción de goce, cada uno responde con su síntoma, ese goce no podrá complementarse o hacer pareja con ningún otro. Es justamente en este imposible donde el amor como velo, ficción viene a permitir el encuentro de los cuerpos, de los seres hablantes, sexuados y mortales.

El amor, entonces, poco tiene de libre elección, es una fixión, mezcla de ficción y fijación, que suspende la imposibilidad del encuentro entre dos goces. Como dice Julio Cortázar en Rayuela para señalar el carácter azaroso, contingente del encuentro amoroso: “Como si se pudiera elegir en el amor. Como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio”. Una contingencia que toca el cuerpo y pone en juego el síntoma con que cada uno respondió al agujero y a la emergencia de goce del acontecimiento de cuerpo inaugural.

Freud señalaba además en su trabajo sobre el narcisismo que en el amor se ama al propio yo realizado a nivel imaginario. Sólo a través de la mediación simbólica de la palabra se podrá instalar cierto orden y traspasar la vertiente agresiva de lo imaginario. El Ideal es otro elemento importante entre las condiciones de un sujeto a la hora de elegir un partenaire. El anhelo de alcanzar por medio de la relación con el otro una completud y una unidad narcisista perdida para siempre. Lacan nos recuerda en el Seminario 11 que el amor es engañoso en esta vertiente de espejismo especular.

Los discursos

Freud desplegó la función de la cultura y la civilización como un modo de tratamiento de la pulsión que habita a cada sujeto sin soslayar los impasses que siempre vuelven por la vía del síntoma y el malestar. Lacan, por su parte, exploró los vínculos desde diferentes perspectivas a partir de su retorno a Freud, pero en los años 70 encontró una manera novedosa de abordarlos que aspiraba a traspasar el nivel del relato o de lo mítico. Se trata de lo que él denominó discursos, maneras en que los sujetos se posicionan con respecto a los otros y que habilitan al vínculo social. Son modos de pensar las relaciones que pueden establecerse entre cuatro elementos (tres que son significantes: el sujeto dividido, el significante amo que lo representa, el saber, y el a, en tanto goce) que pueden ocupar los lugares del Agente, el Otro, la Verdad y la Producción dar cuenta de un tipo de lazo.

Al escribir los discursos, Lacan se pregunta por el estatuto y el lugar del goce en la vida y la sociedad de hoy, teniendo en cuenta los tres imposibles señalados por Freud: gobernar, educar y psicoanalizar, a los que añade una cuarta imposibilidad, la de hacer desear en el discurso de la histérica. Freud había señalado ya en El malestar… que el ser humano podía verse amenazado por su propio cuerpo, por un elemento exterior que concierne a la naturaleza, o por los vínculos con sus semejantes.

Cada discurso pone de relieve una imposibilidad entre los términos situados en la parte inferior del matema, algo propio de la estructura misma del lenguaje: en el del amo se trata de la imposibilidad del sujeto de restituir su goce. En el universitario, los estudiantes en tanto que producto de la universidad no pueden situarse en el lugar del amo que está ocupado por un saber completo. En el discurso de la histérica no es posible que el amo interrogado alcance a dar cuenta de un saber sobre el goce, En el analítico queda claro que es imposible identificarse al saber, lo que deja al analizante con su S1 para alcanzar un nuevo arreglo con el goce. El discurso del analista se sostiene en un saber supuesto y su producción, un S1 singular, un sinthome, no se presenta en absoluto como ese rasgo alrededor del cual podría conformarse un grupo por vía de las identificaciones.

Si bien Lacan no retomó los discursos en la última parte de su enseñanza, constituyen una manera de abordar las relaciones sociales y permiten analizar la conmoción o crisis de discurso que la pandemia desencadenó. Algo que Lacan también auguró en concreto para lo que en 1972 denominó “discurso capitalista”. Cabe destacar que se trata de un pseudo discurso ya que en realidad no promueve una modalidad de lazo: los vectores, las flechas y sus direcciones fundamentales en los otros discursos, están aquí al servicio de una circularidad infinita que abole la imposibilidad.

Duelos

Decíamos que la pandemia había conmovido profundamente el montaje que cada uno de nosotros construye para poder hacer frente a la no complementariedad entre los goces, pero también el que concierne a la muerte. Los seres humanos nos arreglamos con la ausencia de inscripción de la muerte en el inconsciente con la ayuda de los recursos simbólicos que nos ofrecen, por ejemplo, los rituales o los relatos. Cada cultura y cada religión disponen de una serie de costumbres con las que se tramita, por ejemplo, la enfermedad y la muerte. Así, nos acompañamos y nos abrazamos para llorar a los muertos en comunidad. Precisamente esos rituales se vieron afectados y no pudieron tener lugar durante el confinamiento, así como tampoco el acto de acompañar a los seres queridos durante un ingreso hospitalario. La soledad se presentó de manera cruda y descarnada para cada uno, remitiendo una soledad estructural. En muchas ocasiones no hubo ni siquiera la opción de recuperar el cuerpo del familiar para poder despedirse. Episodios que se asemejan a las desapariciones forzada de personas o a situaciones de tiempos de guerra. Todos los tenemos en la memoria y los evocamos con un sentimiento de horror porque implican duelos infinitos e imposibles sin el recurso a un mínimo tratamiento simbólico. En el duelo se trata justamente de la desaparición de alguien para quien uno era su falta, aquel a quien uno le hacía falta. Con la persona querida desaparece también un lugar en el que nos alojamos por lo que se experimenta un verdadero desamparo como aquel del que nos advertía Freud.

Con respecto a la muerte se observaron también otras reacciones: una actitud de renegación por la cual se desmentían imágenes tan siniestras como la caravana de féretros en Lombardía, o se ponían en cuestión las cifras de fallecidos como un modo de no enfrentar la magnitud del horror.

¿Qué efectos entonces en el lazo social, en el amor después de lo experimentado en este tiempo de pandemia?

Vemos con cierta sorpresa un empuje al goce desenfrenado en los jóvenes. Muchos sienten las restricciones como una privación de su libertad y en nombre de ésta, desafían a la autoridad, arriesgando la vida de sus semejantes al exponerse al contagio. Es ineludible volver al Discurso capitalista, el que hoy domina el mundo en su vertiente neoliberal extrema, rechaza de plano la castración, lo que deja fuera de juego el amor y el vínculo con el otro y desbanca por completo la dimensión del deseo.

Las modalidades contemporáneas del poliamor o la pareja abierta a los intercambios respondería a este empuje al goce donde lo simbólico aparece más bien devaluado, tiene poco efecto. Recordemos la vertiente simbólica del amor: dar lo que no se tiene, el falo, a quien no es el falo. Es decir que es un juego que requiere de la instancia de la falta más que de los partenaires tomados como una serie de objetos intercambiables y con fecha de caducidad.

El declive de lo simbólico es otro de los elementos que se derivan del funcionamiento de este discurso que no es tal ya que, en realidad, promueve un goce más bien solitario que hace obstáculo al lazo. Prima el slogan del “tú puedes” e invita, empuja, más bien, a un circuito de consumo sin fin en el que no hay lugar para el deseo. 

Como decía Lacan: “el sujeto opera sobre el significante amo como verdad, lo que significa que el sujeto dirige la verdad, por eso este discurso (el capitalista) supone el rechazo de la castración”. Más adelante añade “No se trata en absoluto de que yo les diga que el discurso capitalista sea tonto, al contrario es algo locamente astuto. Locamente astuto, pero destinado a reventar. Finalmente, después de todo es lo que se ha hecho de más astuto como discurso. Pero no menos destinado a reventar. Esto porque es insostenible. (…) Una pequeña inversión entre el S1 y el S… que es el sujeto… basta para que marche sobre ruedas, no puede marchar mejor, pero justamente marcha demasiado rápido, se consuma, se consuma tan bien que se consume.”[1] (Milán 1972)

Nos habla de un sujeto que se hace amo de la verdad y un discurso que rechaza la falta, algo que resulta familiar hoy con el auge de las fake news que se tragan sin cesar y fundamentalmente sin cuestionar. Lo que está, entonces, en primer plano es el consumo, el funcionamiento mismo depende de ello. Para que funcione hay que alimentarlo de consumidores dispuestos a dejarse consumir como dice en la última parte de la cita.

En parte, el confinamiento y la imposibilidad de los encuentros presenciales también han potenciado el protagonismo de lo imaginario, siendo la pantalla del ordenador la última defensa frente a lo real… Una defensa que vino a acomodarse a la perfección al modo en que el sujeto contemporáneo encuentra hoy su lugar en el mundo. Así, el retorno a los encuentros en vivo estuvo marcado por la distancia de seguridad entre los cuerpos y el vínculo debía respetar las condiciones de la denominada burbuja. Ambos significantes han comandado los vínculos sociales y familiares, subrayando el riesgo de transgredir cualquiera de esas normativas. Una respuesta fue el empuje a la transgresión, otra, una desvitalización, una caída de la libido que se tradujo en un verdadero aplastamiento del deseo.

En apariencia podíamos hacer nuestra vida de siempre y estar en cualquier parte por el simple hecho de estar conectados, buscábamos una rutina de puertas adentro que nos creara la ilusión de que fuera nada ocurría. Los límites, las fronteras entre el adentro y el afuera, las distancias, comenzaron a desdibujarse, alcanzando el extremo de poner en cuestión la diferencia entre vida y muerte. Los ecos de esta conmoción se vieron en la clínica y cada sujeto fue recomponiendo su fantasma como pudo. El miedo hizo su aparición ante este virus que amenaza por doquier y que además necesita de un cuerpo vivo para poder él mismo seguir viviendo. Pero también se introdujo la sospecha y el cuerpo del otro y el de cada uno se volvió un poco extraño. La mirada escrutaba lo propio y lo ajeno como Otro, como alteridad. La sensación de desamparo por la falta de referentes también provocó un profundo sentimiento de soledad ligado a la presencia ubicua de un real descarnado.  

La ciencia y el agujero en el saber

Uno de los grandes desconciertos que ha planteado la pandemia ha sido también la dificultad de la ciencia para responder con un saber sobre el virus y una manera de tratarlo. El mundo desarrollado que había demostrado ser capaz de logros impensables y del que se esperaba una solución se mostraba impotente a la hora de aportar una orientación. De repente, la aparente garantía que nos ofrecía una confianza ciega, una fe casi religiosa en el saber científico, nos dejaba flotando en la marea de opiniones encontradas. Quedaba al descubierto el campo del no saber cuyo agujero en lugar de ser preservado, venía a llenarse de palabras y recomendaciones, dejando a los sujetos nuevamente en el desamparo y la angustia. Esto se multiplicaba con la lucha discursiva y en muchos casos orientada ideológicamente en la que también hacen su festín las fake news en la era de la postverdad.

Se observa, entonces, una deriva hacia un reclamo de “cada uno con su verdad” que no es sino cada uno legitimado por su posición de goce. Los fenómenos de segregación que se extienden cada vez más en nuestros días también tienen que ver con esto, en tanto que el goce no conjuga y más bien hace obstáculo a la relación con el semejante. El problema radica en que siempre es el otro el que no goza bien, el goce del otro se vuelve insoportable, se lo rechaza. 

¿Cómo pensar, entonces, el lazo social y el amor a partir de ahora y hacer frente a lo inevitable del “fracaso de las utopías comunitarias”?

Ante las promesas de respuesta del mundo moderno, los discursos de coaches y gurús que aseguran que la voluntad es garantía de éxito, la irrupción de la pandemia abrió un espacio de incertidumbre al que no se puede responder a nivel generalizado y a la vez mostró que la vía será de cada uno. Para algunos fue una conmoción de los cimientos en los que se sostenía su anudamiento, el que le permitía funcionar en la vida. Para otros, por ejemplo algunas psicosis, que el real tocara a todos comportó cierto alivio. Algunos encontraron la oportunidad de hacer con su malestar de una manera inédita hasta el momento y salir del impasse en el que se encontraban.

El discurso capitalista rechaza el inconsciente y es allí donde se aloja el malentendido del que hablamos al comienzo. Escucharlo abre la puerta a la equivocación, al chiste, al sinsentido que rompe con el imperativo de goce sin pérdida al que nos vemos empujados hoy en día en nombre de la eficiencia y el progreso. Podemos, tal vez, recuperar el espíritu que la palabra crisis tenía en el mundo griego: separar, elegir, decidir. Se trata de decidir alojar algo del límite frente al empuje desenfrenado del goce y dar el buen lugar a la singularidad que nos habita. Apostar por aquello que nos distingue, esa diferencia que nos nombra.

Lacan recurría al apólogo de los tres prisioneros que deben encontrar una salida conjunta para introducir los tiempos lógicos y mostrar que para hacer lugar a lo común hay que ceder algo del goce del uno solo que insiste en cada ser hablante. Los tres tiempos: el instante de ver, el tiempo de comprender y el momento de concluir no pueden tener lugar a la vez y de la misma manera para todos. Hacerle espacio a la diferencia tiene que ver con dejarse orientar por ese goce que no puede borrarse y que, en efecto, nunca se complementa, por lo que sólo puede condescender al deseo por la vía del amor. Así se puede encontrar, quizás, la salida con los otros en una apertura al lazo, al vínculo, a un amor más digno como lo llama Lacan en la última enseñanza.


[1]  Lacan, J., Discours de Jacques Lacan à l’Université de Milan le 12 mai 1972.

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