Para Miriam
Ayer, a la hora de escribir algo para esta ocasión, me asaltó la angustia de la página en blanco. Comprendí que se trataba de confrontarme a un vacío, y ante eso una parte de míse declaró en rebeldía.
Los homenajes tienen la costumbre de llevarse a cabo post-mortem, aunque hay excepciones.
Habría preferido (y creo que todos aquí compartimos ese anhelo) que Miriam estuviera sentada allí, en la primera fila, como solía hacerlo, como una estudiante aplicada, esa estudiante y estudiosa que nunca dejó de ser, pero también supo ocupar muy bien el lugar de enseñante, rigurosa, afable, alejada de la repeticiones.
No quisiera caer en el lugar común de exaltar todo aquello por lo cual la recordamos con tanto afecto. Además, es innecesario.
Prefiero entender un poco mejor qué es esa angustia ante la página en blanco, ese vacío que he logrado rodear de palabras, pero que sigue ahí.
Veo una mano pequeña que se introduce en una caja de galletas. La vi hace unos días, al abrir una lata y encontrar que estaba vacía. De pronto se formó la imagen de otra caja de galletas. La mano es mía, la mano de un niño, y la caja es de hojalata, grande y esmaltada con dibujos en rojo. Mi abuela la abre para que tome unas galletas. No son galletas comunes.
Las ha amasado ella. Las ha horneado, y ahora rebosan dentro de la lata. Bien cerrada, duran mucho tiempo.
Son “quíjeles”. No sé cómo se escribe eso, pero es la palabra en yiddish con la que se las nombraba en mi casa. Entonces se me junta la página en blanco, el vacío, y el borde redondo de lata llena de “quíjeles”. Los quíjeles se convirtieron en libros. Devoraba libros como galletas. Los libros salían de la biblioteca de mi abuela.
Quiero volver a comer esas galletas.
Voy a preguntarle a Miriam si tiene la receta, porque me contó que ella también las comía.
Galletas y libros.
Me doy cuenta de que Miriam ya no puede pasarme esa receta, y me quedo perplejo.
De todas maneras no voy a volver a comerlas. Tal vez otras, pero jamás esas porque se han perdido, y el borde de la lata rodea un vacío. ¿Acaso no es eso el psicoanálisis?
El pasado no era solo la patria infantil. Era también la formación que nos había brindado la Facultad de Filosofía y Letras, donde se cursaba y sigue cursándose la carrera de Psicología. Aunque no fuimos compañeros de estudios, ambos tuvimos la fortuna de descubrir allí no solo a un Freud imperecedero, sino a sus discípulos.
Aquí en España, evocábamos ese saber.
Coincidíamos en la suerte de haber leído autores extraordinarios que se habían ido olvidando. Nos preguntábamos cómo hacer para que los jóvenes psicoanalistas recuperasen esa riqueza. En Argentina, Germán García nos había enseñado a volver a leer, a leer de otra manera. Aprendimos que no hay temas psicoanalíticos, sino un modo psicoanalítico de hablar sobre cualquier tema.
Miriam hizo de esa frase una brújula y eso la dotó de un estilo, ese estilo discreto y elegante que le conocimos.
Ella fue un nervio importante de mi memoria. En nuestras conversaciones, me reintegraba parte de los recuerdos que la emigración se llevó consigo.
Tengo que resignarme a que ya no voy a encontrar la lata de galletas mágicas. Aunque como decía Freud, en el fondo no podemos renunciar a nada, solo conseguimos sustituir unas cosas por otras.
Entonces, si alguien de casualidad encuentra una caja parecida, que por favor me avise. A lo mejor adentro hay unos quíjeles que me recuerdan a los otros. Pero Miriam es insustituible, y eso no es fácil de aceptar.
Gustavo Dessal, Miembro AMP y ELP.