FAMILIAS

Unas palabras solamente. Hablemos de familias, porque para mi madre la familia lacaniana era una familia más, con sus más y sus menos según las épocas. Desde bien pequeño la recuerdo subrayando sin parar los Seminarios y preguntándole, sin segundas, cuándo se terminaba el libro y que me contestara que “ese libro no se terminaba nunca”.

También la recuerdo muy militante y poco presente cuando éramos pequeños, aunque cuando se lo comentaba decía que era ella quien nos llevaba al colegio todos los días…

Como pasa con las familias y las militancias, mi vivencia esta transida al mismo tiempo por ciertos celos, por el tiempo con ella que nos robaba el trabajo y el compromiso, y cierta envidia, por la cantidad de amigos e inquietudes que el psicoanálisis vehiculaba.

Su militancia, como siempre, fue evolucionando. Cada vez le fue interesando menos la “política” y las peleas internas, y más enseñar, los jóvenes, el psicoanálisis en contacto con otras materias que iban desde el cine, hasta la política, la sociología, las exposiciones, la defensa del sector público, etc. Fue una persona con mucha curiosidad y mucha pasión hasta el final. Bastante perfeccionista, no se conformaba con los esfuerzos a medias. Lo que les exigía a los demás se lo exigía también a sí misma. Le costaba decir que no a peticiones. Recuerdo pedirle ayuda para un trabajo escolar sobre “El malestar en la cultura” o preguntarle sobre la diferencia entre Imaginario, Simbólico y Real y salir escaldado porque no podía hacer las cosas a medias.

Seguramente todo se resuma en que tuvo una buena vida, una vida rica e interesante, bastante suerte con bastantes cosas, pasión por su trabajo y se divirtió mucho. Solo poco más se puede pedir.

Aquí un poemita que escribí hace tiempo, que me consta que le gustaba. Me sorprendió ver que guardaba una copia en papel entre sus papeles de psicoanálisis cuando la estuvimos cuidando en su casa en los últimos meses:

“ Cuando le toca” (tango)

   Cuando le toca a uno bailar con la más fea

   No hay nada que hacerle ya

   La noche pasó y de pronto suena la última canción

   Y todo fue breve como una vela al apagarse

   No queda otra pareja

   Cualquier palabra suena vieja y desgastada

   Y la luz es vulgar y la calma ciega

   No queda otra pareja

   Desnuda te recuerdo pero la lengua de resaca

   No sabe como decirte, como llamarte

   No queda otra pareja

   Miran para otro lado los demás

   La luna no alumbra lo suficiente

   No queda otra pareja

   Y yo no puedo ver el rostro de la mía

   Sólo la sombra de tu silueta en el suelo

   No queda otra pareja

   Sólo zapatos gastados, polvo, sudor

   Las canciones pasadas y el eco de una melodía

   No queda otra pareja

   Sino la ausencia, el estúpido final

   Que el ritmo de los pulmones reconoce

   Que la piel niega

   Y todo fue breve como una vela al apagarse

   La noche pasó y de pronto suena la última canción

   No hay nada que hacerle ya

   Cuando le toca a uno bailar con la más fea

   Cuando le toca a uno bailar

   Cuando le toca a uno

   Cuando le toca

Y aquí, para cerrar, un gran poema de César Vallejo que nos mandamos en la familia cuando nuestros padres perdieron a sus padres y no había mucho más que decir, como ahora mismo:

Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Juan Pablo Díaz, hijo de Miriam

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