Quisiera sobre todo agradecer la organización de este homenaje, en nombre de la familia. En particular a Graciela, a Constanza, y a quienes hayan colaborado. Por supuesto a la Escuela y a su director. Y también a todos los que estáis aquí un sábado por la mañana, que se está tan bien en la cama, aunque estéis ya acostumbrados a los seminarios del campo freudiano.

Para mí es un poco difícil, y quizá muy pronto, para poder hablar o decir algo relevante…

Mi madre “se ha ido” y me cuesta reconciliarme, como imagino a muchos de vosotros, con la idea de que ya no la puedo llamar, mandar mensajes, y de que no la volveré a ver o tocar en, siendo optimistas o pesimistas, tal vez cuarenta años de vida que me queden.

Me recuerda mi padre, con respecto a su actitud y su manera de ser ante la vida, y también ante la muerte, que nos demostró con creces que no quería que esta la distrajera de sus amistades y de sus afectos, de sus placeres, de sus preocupaciones y de su trabajo, que eran toda su vida. Y también una cita de Hanna Arendt: «El temor a la muerte y lo inadecuado de la vida son las fuentes del deseo, mientras que, por el contrario, la gratitud por el hecho de que la vida nos haya sido concedida (…) es la fuente de la memoria. En última instancia, no son la esperanza o el deseo las que alivian el miedo a la muerte, sino la memoria y la gratitud».

Sé que mi madre sigue viva en la memoria y en los corazones de los que la conocisteis y quisisteis, y que, aunque suene a lugar común o algo que uno dice para consolarse, no solo vive en el recuerdo, sino que vive también en toda una constelación de vida, gestos, valores, costumbres y actitudes.

Sé que mi madre sigue viva cuando hago borsch o torta de puerros, al beber un malleolus, al disfrutar un buen desayuno, que es lo que más le gustaba en el mundo, al acordarme de alguna anécdota divertida de mi abuela Lula, o al reír de su forma amable de hacer críticas, caracterizada para la inmortalidad por su respuesta a mi hermano cuando quiso tocar la batería con “que linda la guitarra eléctrica, ¿no?”. Sé que sigue viva en nuestros ideales políticos, como la marea blanca sanitaria, y tantas otras causas justas, que en parte son los suyas, y en la risa que me produce su recuerdo gritándole al televisor cada vez salía alguien de la derecha o seguía los debates políticos, como Nanni Moretti en Aprile “ma di qualcosa D’Alema!”. Sigue viva en el disfrute de muchas series y películas, en los viajes que compartimos y compartisteis, en Denia, en Hoyo, en Almería, en las fotografías, cuadros o collages de Bacon, Dora Maar, Nusch Éluard y tantos otros. Sé que sigue muy viva, y eso sin duda es de lo que más le gustaría, en varias generaciones de alumnos del NUCEP, en muchos de los que publicaron por primera vez en Cuadernos, en los colegas que supervisó, de los que aprendió, a los que admiraba y quería.

En otras palabras, sí, sé que “aunque el resplandor que en otro tiempo fue tan brillante hoy esté por siempre oculto a nuestras miradas, y aunque nuestros ojos ya no puedan ver ese puro destello que antes nos deslumbraba, aunque nada pueda hacer para volver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo”.

También sé que incluso si no viviera en el recuerdo de nadie, habría vivido una vida plena, haciendo casi hasta el final lo que más le gustaba en el mundo: atendiendo pacientes, que le encantaba, estudiando, leyendo por trabajo y por gusto, que a menudo se confundían o combinaban; con una vida social más rica que la mía -mi novio siempre solía bromear, cuando yo la iba a llamar, con que no iba a estar en casa-, en sus tertulias literarias, de cine, de política, en exposiciones, teatros, conciertos. Sé también que no entró dócilmente en esa buena noche, que la vejez ardió y se desbordó al final del día; sé que se rebeló y lucho contra la muerte de la luz…Y a pesar de todo, nada de eso me consuela, y la echo muchísimo de menos.

Laura Díaz, hija de Miriam

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