Hace un poco más de un año Domenico Cosenza me contactó para invitarme hacer la traducción de su último libro. Acepté con mucho gusto y de inmediato por varias razones: mi gusto por la tarea de traducir y más cuando se trata de la lengua italiana, pero fundamentalmente porque agradezco la confianza de un colega que admiro por su trabajo de investigación constante y riguroso desde hace ya muchos años. Llegó a mis manos en su versión italiana y enseguida me embarqué en su lectura. Este texto, de hecho, se une a otros dos que marcan el inicio de un recorrido o, como se propone en el prólogo que escriben los directores de la colección (Álvarez y Vaschetto), una trilogía en la que podemos ver cómo se transforma el sintagma “síntomas contemporáneos” en esta magnífica orientación que constituye pensar una clínica a partir del exceso.
El psicoanálisis tiene mucho que decir sobre ello por lo que el exceso se constituye en la brújula que permite este viraje de la clínica de la falta a la clínica del goce en el marco que se traza a partir de la intervención de Lacan en Milano en 1972 con su propuesta del pseudo discurso capitalista.
Por otro lado, este giro no habría sido posible sin la aguda mirada y la fina escucha de Domenico cuya práctica clínica e investigación se centraron en los trastornos de la alimentación y las posiciones de goce que estos síntomas comportan.
Hallamos desde sus primeros textos una preocupación por el lazo entre el sujeto y el Otro, el vínculo con el semejante, y la modalidad de goce de cada parlêtre, así como los anudamientos posibles para cada uno. ¿Qué se observa en la clínica en relación con el empuje al goce sin límites que desconecta al sujeto del Otro y lo deja a merced del objeto ante el cual toda barrera simbólica fracasa? ¿Qué vemos en la oscilación entre una desconexión del Otro y la hiperconexión al objeto? ¿Cuál es entonces la vía para tratar estas patologías en las que la palabra a menudo no tiene el alcance deseado ante un rechazo del inconsciente tan frecuente en esta época? Domenico es en este punto categórico y se apoya en la enseñanza de Lacan para afirmar que la presencia del analista, su estar en cuerpo es la apuesta por una intervención que por la vía del acto cortocircuite la deriva de un goce mortífero.
El subtítulo escogido para acompañar al sintagma “Clínica del exceso” da cuenta de lo que se trata en esta apuesta y de cómo leer las patologías que se nos presentan hoy en día: “derivas pulsionales y soluciones sintomáticas en la psicopatología contemporánea”.
Para esta presentación he escogido algunas partes del libro que me han interesado especialmente y que me resultan novedosas porque muestran la manera singular del autor de perfilar la clínica del exceso, pero todo el libro está lleno de indicaciones clínicas muy valiosas. Me resulta especialmente interesante interesante el retorno y la puesta en valor del texto freudiano “Tres ensayos de teoría sexual” para situar la cuestión del exceso en el plano libidinal, en el cuerpo del partlêtre. A partir de esta vuelta, el autor pone el foco en el inconsciente real, en lo que del mismo no puede abordarse por la vía significante, así como en las Nuevas Formas del síntoma (concepto acuñado por Freda y Lecoeur hace ya unos años) que a menudo dificultan el diagnóstico, por lo que Domenico propone afinar para ir más allá, hacia una clínica del exceso donde impera particularmente el goce sin Otro.
Recuperar la contundencia ya presente en Freud es clave y constituye uno de los puntos que aborda este libro, la satisfacción libidinal de los seres hablantes. Esta entrada será la brújula del recorrido que nos propone el libro, pero además permite marcar una frontera entre el abordaje del síntoma y las patologías contemporáneas que se deriva de la enseñanza de Lacan y cualquier otra propuesta psicoterapéutica. Por ello, retomar la frase de Freud de “Tres ensayos…” de que los síntomas son la práctica sexual de los enfermos es destacar una vez más la genialidad del descubrimiento del inconsciente a la hora de localizar la satisfacción en juego en el síntoma, así como la dificultad de localizar la pulsión en una clasificación tópica. Por ello, como señala Domenico, Lacan aporta con la topología y el recurso a la banda de Moebius y a los nudos, un modo de resolver ese obstáculo: la pulsión es, subraya el autor, “(…) íntima, endógena y extranjera y ajena a las intenciones del sujeto (…)” (p. 38), en definitiva, imposible de domesticar por la vía de la voluntad. Alrededor de este funcionamiento de la pulsión giran los significantes con los que cada parlêtre trama su demanda inconsciente. Por eso, en este recorrido de lectura, el autor nos recuerda el punto de inflexión que constituye el Seminario 11 donde Lacan introduce el inconsciente pulsional, dejando claro que sólo en singular podemos pensar lo que Lacan nombra como el “montaje surrealista de la pulsión”. Allí fracasa cualquier forzamiento a recurrir a la biología por lo que queda al descubierto la “dimensión de creación inconsciente interna a la construcción de la dinámica de la excitación y de la satisfacción libidinal de cada uno en su singularidad” (p. 40).
Entonces, el exceso, el gran protagonista de este libro, es consustancial al cuerpo vivo del ser hablante, ya no es posible desconocer esa dimensión en que como recoge el autor en palabras de JAM en su “Comentario a La Tercera”: “el cuerpo humano está en problemas con su goce: éste le resulta opaco, se presenta siempre como algo en exceso”. Por lo tanto, no hay opción de ahorrarse el síntoma en el que siempre se aloja una satisfacción.
Asimismo, de aquí se desprende una reflexión tras señalar la extrema dificultad de separación del objeto en nuestra época, donde encontramos a menudo un rechazo radical a la cesión del objeto aspirando al acceso a “circuitos de goce sin pérdida” (p. 50). ¿Cómo pensar, entonces, lo que ocurre con la sexuación hoy en día si hay un rechazo de la pérdida? También de esto este libro cuando aborda la adolescencia y la cuestión de los vínculos hoy.
Las patologías del exceso dan cuenta de este rechazo que el autor nos propone rastrear ya en un texto temprano de Lacan, “Los complejos familiares en la formación del individuo”, en concreto en el complejo del destete donde se juega la relación con el Otro primordial y con el objeto de esa primera satisfacción. En estos sujetos se trata de no ceder el objeto que ofrece la ilusión de “garantizar” un goce pleno como aquel que se experimentó en relación al pecho materno, vivido como una parte del propio cuerpo, un objeto que es más del niño que de la madre. Como nos recuerda Domenico, no puede operarse ahí una se-partition, una separación que dé lugar al deseo de otra cosa, abriendo la vía del deseo y a un lazo con el otro.
En estos casos se da también un rechazo de la sexuación, tema que el autor analiza a la luz del escrito de Lacan sobre El despertar de la primavera de Wedekin. Una relectura de este texto permite destacar la vigencia de la enseñanza de Lacan hoy en día para pensar las diferentes respuestas de los seres hablantes a la hora del encuentro con el Otro sexo, con la alteridad radical que habita en cada uno. En este sentido, es sumamente orientador el apartado del libro sobre la adolescencia contemporánea donde se despliegan y analizan todos los elementos en juego en la relación con el exceso de goce y las particularidades que ofrecen los discursos de nuestra época para renegar del encuentro con la falta. De ahí las dificultades que se observan en los jóvenes con respecto al amor cuando además, como se señala aquí, se ha diluido “el velo que preserva el enigma del sexo” (p.131). Se trata de un apartado que constituye una auténtica brújula clínica para quienes recibimos adolescentes en la consulta.
En los últimos capítulos se trabaja un tema que nos interesa hoy especialmente de cara al próximo congreso Pipol sobre el malestar en la familia. Dado que el tema de este año se enmarca en una serie que se inició con la interrogación sobre el deseo de hijo, la filiación, siguió luego con el patriarcado para desembocar en la cuestión de la familia. Domenico se ocupa de la filiación pero fundamentalmente de la trasmisión de la familia residuo, que hace eco de algunos de los ejes de Pipol 12. Allí, a partir de una vuelta a “Los complejos familiares…” del 38 y la “Nota sobre el niño” del año 69 se ocupa de la familia contemporánea como consecuencia de una deriva a la feminización en el siglo XXI. Destaca entonces, la importancia de que en la que hoy llamamos pareja parental tenga lugar la trasmisión de un deseo no anónimo, encarnado, que es donde verdaderamente se juega la filiación. Esta transmisión que concierne a la falta y al deseo deberá funcionar como una “formación humana”, como dice Lacan, que pueda acotar el goce. “Humanizar el exceso en el discurso familiar es volverlo para el niño un plus-de-goce inscrito en el vínculo discursivo” (p. 273). Este detalle de la humanización resulta de sumo interés ante el escenario que nos propone la técnica a las que muchos sujetos recurren para poder ser padres, para tener hijos. Sin este elemento humanizador, sin la inscripción en un discurso que introduzca algo de la falta, la filiación se convierte en un producto más de consumo en la “aletosfera” en la que nos movemos, plagada de “letosas” que vienen a obturar la imposibilidad, tornándola en impotencia, queriendo desconocer lo real de la filiación en este caso. Como nos recuerda Domenico, Lacan subraya “el misterio del ser por venir ligado al deseo de hijo y a su causa” ya que siempre habrá algo imponderable, imposible de calcular por la vía de la ciencia y la técnica. La ilusión de borrar cualquier fallo que cada vez con mayor frecuencia se escucha hoy en el discurso de quienes consultan.
Todas las reflexiones que conciernen al abordaje de la anorexia y que recuperan una trayectoria en la investigación de estos temas muestran un avance en el esclarecimiento de estas posiciones de goce tan extremas y en riesgo. Graciela se explayó/explayará más sobre ello. Por mi parte, me interesa detenerme en el capítulo dedicado al yo en la anorexia para pensar en la cuestión imaginaria de la época. Me resultaba ya muy atractiva la propuesta de Domenico en su libro anterior de pensar la cuestión del ideal hipertrófico del cuerpo delgado en la anorexia como un goce narcisista que tiene un núcleo invisible. A partir de una fórmula acuñada por Bassols sobre el cuerpo de la imagen (idea tomada de un poema de Lezama Lima), es decir la estructura significante de la imagen que sólo puede funcionar si el choque de lalengua en el cuerpo ha dado lugar a una pérdida. Como podemos leer en la página 234: “Al estar ausente el efecto de pérdida, la imagen no funciona como significante para el sujeto, sino que permanece fijada, congelada, holofraseada, desvinculada del Otro” por lo que la distorsión de la imagen en el espejo en la anorexia responde a un impasse que no permite que se metaforice la imagen que quedará, por ello, fuera de discurso. Nos aclara el autor que este fuera de discurso puede ser de hecho o por estructura, lo cual nos permite pensarlo como algo transclínico. En este sentido, me pregunto y se lo pregunto también a Domenico, si esta fórmula no nos sirve también para pensar el predominio de la profusión imaginaria y narcisista tan característica de nuestra época (en neurosis y en psicosis). Hay ahí también una desconexión del Otro y un aislamiento de los otros que deja a los sujetos muy solos, mirándose en un espejo infinito que rechaza la falta, algo que afecta también a la cuestión de la responsabilidad del goce y a la verdad subjetiva.
Podría seguir comentando distintos aspectos novedosos del libro, pero creo que será mejor que lo descubran ustedes mismos. No obstante, para terminar, quería destacar dos rasgos de la escritura de este libro que constituyen una marca de estilo del autor: una es el uso decidido de la primera persona singular, algo que cuando empecé a traducirlo comentamos con Domenico en relación con la introducción que él escribe y que para la versión en portugués se había apostado por el uno de la primera persona. Esa decisión da a leer una enunciación diferente que le otorga a la investigación la dignidad de hacerse responsable de su palabra, algo que cuando se trata de un texto de psicoanálisis no es un detalle a despreciar. Creo que además la primera persona suscita en el lector la confianza de hallarse ante un trabajo serio y comprometido. El segundo aspecto es ya un rasgo de Domenico presente en sus otras publicaciones y es que justamente porque se trata del recorrido de una investigación se sirve de diferentes recursos para sustentar sus hipótesis e incluso no retrocede a la hora de dirigirse a otros discursos a veces distantes del analítico, como estadísticas o informes económicos que sirven para avalar su punto de vista y sostener su demostración. Tampoco titubea a la hora de cuestionar ciertos abordajes, demostrando por qué no alcanzan a dar cuenta de lo que se trata cuando hablamos de las modalidades de goce y del exceso en el ser hablante. En definitiva, creo que como se decía en el anuncio de esta presentación, este libro es decididamente una herramienta útil para el quehacer del psicoanalista en tiempos en los que encontramos un rechazo del inconsciente y una verdadera dificultad para hacerse responsable de la propia posición de goce.
Constanza Meyer, Traductora del libro «Clínica del exceso«. Miembro AMP y ELP.