Conozco a Domenico Cosenza hace 25 años, más o menos. Fue en un “viaje de investigación” que hicimos a Milán con Constanza Meyer y Blanca Medina, otra amiga psicoanalista. Nos interesaba la anorexia y fuimos a un Centro, ABA, creado para el tratamiento y la enseñanza en relación a dicho síntoma. Ahí comenzó un largo camino que aún no ha terminado. Luego fuimos varias veces a Milán, conocimos a otros psicoanalistas, y uno de ellos era Doménico Cosenza. Entre todos comenzamos a organizar actividades en torno a la anorexia también en Madrid. Fue una experiencia muy buena y bonita que se prolongó a lo largo de unos diez años. Nosotras seguimos trabajando de esa manera.

Hace unos pocos años Domenico publicó un libro, después de varios, que a mí me gustó especialmente, se titula La Comida y el Inconsciente. Ahora, cuando acaba de salir otro libro suyo que, en un sentido, es continuación del anterior, nos piden a Constanza y a mí que lo presentemos y se produce una nueva coincidencia o anudamiento.

Yo llevo todo este tiempo leyendo a Doménico y también a otros psicoanalistas italianos muy interesantes.

La Clínica del Exceso es un libro muy bueno, que da gusto leer. Tiene el estilo didáctico

propio de su autor y da una vuelta, actualizando a Lacan en muchos de sus recorridos. Los comentadores, J. Ma. Alvarez y Emilio Vaschetto al comienzo del libro, dicen que El Muro de la anorexia, el libro anterior, La Comida y el inconsciente y la Clínica del exceso constituyen una trilogía sobre la anorexia, creo que es una buena idea, una buena manera de valorarlos. Por otro lado, uno se pregunta por el título de este volumen, ¿por qué el exceso? Encontraremos el exceso en el cuerpo, que plantea Lacan, hasta sus posiciones, en textos de los últimos años, en torno al exceso en la sexualidad. El exceso es, es en nuestro caso, un viaje anoréxico en torno a Freud y a Lacan, muy ilustrativo y didáctico, donde nadie se queda pensando ¿Qué habrá querido decir? Doménico dice todo con mucha claridad, lo que hace muy grata su lectura.

En este breve comentario y siguiendo a Doménico iré desde la puesta en marcha de Freud y su clarividencia hasta Lacan, con sus “nuevos síntomas” hasta lo que puede parecer un final, aunque yo creo que en realidad no lo es.

Domenico comienza con un retorno a Freud, su retorno, es una vuelta que no pone la mira tanto en el inconsciente como pura estructura significante, sino en aquello que lo excede desde el interior y que es más que el lenguaje. Es decir que, de entrada, aparece el sujeto con su goce, pero sin la protección de lo simbólico. Hablamos de sujetos fuera de discurso, en los que no se puede localizar el pathos de hoy.  

Domenico se interesa por Los Tres Ensayos de una Teoría Sexual y por El Más allá del Principio del Placer, donde va a investigar alrededor del estatuto enigmático de la pulsión. Dice que Los Tres Ensayos inauguran un recorrido por el misterio de la satisfacción libidinal. Se trata de una vuelta al trieb de Freud, a la dimensión de la pulsión.

Lacan hará de guía en este regreso a la pulsión de Freud, guía necesaria para esclarecer el estatuto particular de la dimensión del exceso.

El enigma fundamental para Freud es este: ¿cómo puede un sufrimiento ser causa de una satisfacción libidinal y empujar al paciente a su repetición? Freud quiere pensar que hay un equilibrio en el funcionamiento del aparato psíquico, pero deberá ir aceptando que en el ser humano hay una economía de satisfacción cuyos resortes están más allá del principio del placer y de su homeostasis imposible, desestabilizada por el empuje pulsional. Aquí surge, después de un largo recorrido, la hipótesis de la pulsión de muerte.

En un momento Freud quiere estructurar algunas observaciones sobre el cuerpo, el lenguaje y el goce, que reflejan los tres registros de lo que será la experiencia subjetiva lacaniana.

Esta concepción ya estaba en Freud para el cual el problema con la comida adopta dos formas. Una va en dirección al rasgo histérico y el rechazo de la comida, si bien el rechazo, rechaza al objeto que desea, aunque sea de forma inconsciente. Pero la primera vía que encontró Freud tenía que ver con la melancolía, como indica en el Manuscrito G donde afirma que “la neurosis alimentaria paralela a la melancolía es la anorexia”.

Aquí lo primero que hay es la ausencia de toda investidura libidinal con el objeto, la libido se condensa en el cuerpo y mantiene una relación de no separación con el objeto primario. La anorexia nerviosa y la inanición nerviosas se sitúan para Freud en el nivel de la primera fijación en el estadio oral o caníbal.

En este contexto el rechazo de la comida corresponde a un goce enteramente condensado en el cuerpo que no tiene pérdida y es absoluto.

Para Freud, en primer lugar, el objeto nunca se pierde. Estos sujetos no han experimentado la pérdida del primer objeto de satisfacción, no han podido incorporar la ley edípica y tienden a reproducir regresivamente la relación simbiótica con el objeto primario a través de la relación con el objeto, sustancia de goce adictivo. Suelen encontrar más fracaso aquí que en su vida sexual.

Por otro lado, Lacan concibe la anorexia como un fracaso en el destete. Aquí utiliza por primera vez una de las dos palabras fundamentales: rechazo. Luego utilizará la segunda palabra, veinte años más tarde: nada. La fenomenología nos informa de que se trata más bien de un objeto invisible e irrepresentable, como lo son todos los objetos que causan deseo, que Lacan denomina objeto a. La anorexia pone de relieve el peligro de confundir el objeto de deseo que está delante nuestro como un objeto fenoménico del mundo, con el objeto que causa el deseo y está por detrás nuestro.

Doménico nos dice que el enfoque analítico concibe la continuación de la anorexia o la bulimia en términos de una creación por parte del sujeto, aunque ésta sea precaria o patológica. Se trata de una solución a un problema que el sujeto no puede abordar de otra manera.

Los diagnósticos psicoanalíticos se establecen según la manera como el paciente se vincula con su circuito de goce y con el Otro.

Los llamados síntomas contemporáneos se presentan como síntomas desconectados del inconsciente, se trata como dice Lacan de “sujetos desabonados del inconsciente”. Estos síntomas no trasmiten ningún significado a la persona que los padece, no encierran ninguna significación inconsciente. No funcionan sobre la base de un principio fundamental de la metáfora, en referencia a otra escena. Se instalan en la vida del sujeto como condensaciones de goce que funcionan ancladas y se repiten. El sujeto no se opone a estas prácticas, sino que entabla una relación de afinidad con el síntoma. Para él es una forma de vida, una solución.  

Entonces, hay síntomas donde no es posible identificar al Otro, el sujeto permanece a la espera. Tales síntomas encarnan un rechazo radical del Otro que el sujeto no puede representar. La pregunta fundamental aquí es ¿para qué le sirve este síntoma?

Los apoyos psicoanalíticos se organizan según el modo en que el paciente se vincula transferencialmente, cosa que este sujeto de goce no hace. Estos no son síntomas del ser hablante.

Domenico indica que Miller habla de un cambio en el corazón del psicoanálisis contemporáneo anticipado por Lacan en sus últimas enseñanzas. Se trata de una transformación que se corresponde con un cambio en el discurso social, de la centralidad de la verdad a la centralidad del goce. Dice Miller “este desplazamiento da la verdad al goce, da la medida de aquello en lo que se convierte la práctica analítica”.

Para Miller este desplazamiento es el resultado de una sustitución en Lacan que marcó su intento de distanciarse del Freud en los años 70. Se trata de un cambio que se ve bien en la conferencia “Joyce, el Síntoma”, el sinthome, un pasaje del psicoanálisis del inconsciente que se apoya aún en la noción freudiana de inconsciente, se dirige al psicoanálisis del ser hablante, noción inventada e introducida por Lacan en el final de su enseñanza. En la conferencia Joyce el síntoma 

Los síntomas del inconsciente transmiten un mensaje, tienen un sentido para el hablante, transmiten un significado inconsciente enigmático.

En cambio, los llamados síntomas contemporáneos, donde están las anorexias y las toxicomanías, se presentan como síntomas que no transmiten ningún significado a las personas que los padecen, no quieren decir nada. Sin embargo, para los sujetos son una solución. Aquí surge además la palabra enigma, el sujeto tomado por el goce, tampoco participa del enigma, propio del sujeto neurótico. No se sabe bien lo que es un enigma, pero este sujeto del goce, lo echa de menos, busca tenerlo.

Para Miller este desplazamiento es el resultado de una sustitución en Lacan. Se trata de un cambio que se capta bien en la conferencia “Joyce, el sinthome”. Se trata de un momento donde Lacan suelta la mano de Freud y coge la de Joyce para pensar el papel de lo real en la experiencia analítica e inventa el neologismo “ser hablante”. Este es un significante creado para definir el estatuto del ser hablante.

Domenico hace un trabajo muy interesante, toma los síntomas contemporáneos y los divide en tres grupos, según las tres dimensiones de Lacan.

Podemos comenzar con la comida y la oralidad.

La función de la alimentación y la relación del sujeto con la comida se ven muy alteradas en estos casos. Estos pacientes se niegan a comer porque se atormentan pensando que su comida pudo ser envenenada, mientras el Otro encarna el Otro maligno. Cuando estas pacientes entran en la esfera de su relación con la comida, así como con el espejo y la imagen corporal, se enfrentan a un agujero negro. Se ven atrapadas por prácticas fuera de lo común. La relación perturbada con la comida y la imagen corporal constituyen los dos agujeros negros de la psicopatología de la conducta alimentaria. Carolle Dewambrechies describe estas dos dimensiones como “dos áreas fuera de discurso”, sin conexión con el vínculo que los seres hablantes suelen tener con ellas.

También, otras veces la comida puede estar sostenida por un delirio religioso.

En Freud el problema adopta dos formas, una va en la dirección de la histeria y se insinúa en Tres Ensayos donde establece una relación entre anorexia y asco histérico que rechaza al objeto comida.

Pero la primera vía que encontró Freud para encarar la anorexia fue la melancolía.

Luego Lacan hablará del fracaso en el destete en la anorexia nerviosa (igual que en la toxicomanía) y, más adelante, utilizará por primera vez una de las dos palabras clave: “rechazo”. Aquí Lacan utilizará “rechazo” por primera vez.

Veinte años más tarde, utilizará “nada” en la anorexia. La fenomenología ya ha dicho que no se trata de un objeto del mundo, visible y representable, se trata, más bien, de un objeto invisible y irrepresentable, como son los objetos a, aquellos que causan deseo. Lacan introduce la nada como objeto causa de la anorexia en contra de la creencia común y de la supuesta evidencia fenoménica de que el paciente no come nada o casi nada. Sin embargo, afirma que el sujeto anoréxico come, pero lo que come es rien, nada. En la anorexia mental el goce es de la nada, es un goce ilimitado e infinito, es el goce del Uno que quita poder al sujeto. Dice Domenico que los pacientes con anorexia aguda caminan hacia la muerte sin darse cuenta, arrastrados por este modo de goce absoluto. Hay distintas maneras de pensarlo. Una colega argentina dice que se trata de un objeto no perdido incrustado en el cuerpo. El sujeto anoréxico no entrega su objeto al Otro.

Sabemos que en la anorexia una de las dimensiones más alteradas es la distorsión de la relación con la propia imagen corporal. En el Estadio del Espejo el niño paga un precio por obtener una Gestalt unificada, esto es una pérdida de goce, algo esencial de su ser que no puede verse en la imagen reflejada. Lo que no aparece es lo real de la pulsión que no puede reducirse a la representación. Esta es la experiencia de discordia primordial. En la neurosis es una crisis de identidad, que puede manifestarse en relación a cuestiones importantes, de peso. En la anorexia y la bulimia se pone en juego algo más radical, se trata de una esencia de su ser que no aparece en el espejo y no puede verse en la imagen reflejada. (Pag 193)

Los llamados síntomas contemporáneos

La lógica de Freud es rigurosa. El individuo no tiene otra posibilidad que entrar en el lazo social, es decir de encontrar su lugar en la sociedad, de humanizarse, si no es pagando el precio de una pérdida de goce, de una pérdida de libertad. El sujeto neurótico es alguien que ha aceptado la pérdida de goce, precio a pagar para encontrar su lugar en el lazo social y sufre los efectos mortíferos de esta pérdida.

El sujeto psicótico, por el contrario, no ha aceptado que algo frene su libertad de gozar para entrar en el lazo social de manera estructurada. Dado que rechaza pasar por la ley de castración conserva intacta su libertad de goce, pero al precio de una condición trágica que lo deja a merced de un goce sin límites que devasta su cuerpo, sus pensamientos o su sentimiento de vida. 

 Lacan indica que el capitalismo contemporáneo se caracteriza por colocar el goce como pivote principal del funcionamiento social por medio de los objetos que lo encarnan. (En relación al capitalismo contemporáneo, en lugar del imperativo)

Dos años después Lacan complejiza su teoría del discurso, que se presenta como equivalente a la de lazo social en Freud. Lacan propone cuatro formas posibles de lazo que se corresponden con los discursos. Entonces, ¿en qué consiste esta nueva estructura que presenta Lacan? Para él se corresponde a una mutación interna en la estructura discursiva que traduce un rasgo específico de la sociedad de consumo actual, donde queda anulada la función del límite y de la imposibilidad. Aquí se pierde la ley que introducía lo imposible y el límite. El discurso capitalista nos sitúa en un mundo sin ley con el goce en el centro del sistema.

Como dice Miller, “en el corazón de la posición del toxicómano y del anoréxico” hallamos un rechazo del Otro simbólico, condición para obtener un goce Uno, sin pérdida, en el ejercicio del propio síntoma.

Los nuevos síntomas muestran de manera radical una lógica interna del capitalismo contemporáneo, muestran el camino de la máxima inclusión en el circuito social del consumismo generalizado.

Como dice Doménico se trata de una “lógica de inclusión segregativa” que empuja a todos a gozar al máximo de su objeto, de sus mercancías y su identidad de goce.

Lacan quiso pensar la locura como algo estructural del ser hablante. Todo ser hablante aloja algo de locura. Freud denuncia una ausencia de correspondencia entre el ser hablante y una pérdida estructural de la realidad a la que cada uno responderá de manera singular, con una construcción inconsciente del lenguaje, una “elucubración del saber sobre la lengua”. Esta elucubración está organizada en la neurosis por el fantasma y en la psicosis por el delirio. Pero ni el fantasma del neurótico ni el delirio del psicótico serán su locura sino su respuesta a la locura.

Para el ser hablante la locura es la pérdida de la realidad en sí misma, más allá de la respuesta que pueda ofrecer como solución.

La afirmación de “todo el mundo delira” vale también en el campo de la anorexia, la bulimia y la sobrealimentación. Lo que está en juego en la mayoría de los casos es una ausencia de verdadero delirio y una gran pobreza de elementos fantasmáticos. El fracaso de la respuesta fantasmática y de la respuesta delirante son un punto esencial para adentrarnos en la lógica del campo de los nuevos síntomas en general y en particular en el campo de los trastornos alimentarios. El fantasma sostiene al sujeto neurótico en su inclusión en el lazo social, le da una identidad imaginaria y un goce que le permite soportar la alienación de estar en el lenguaje. El delirio sostiene al psicótico

en su reconstrucción del mundo después de la catástrofe del desencadenamiento que lo muestra estructuralmente fuera de discurso, excluido, fuera del lazo social por estructura. ¿Cuál es entonces la solución que el sujeto inventa para sostener su locura, cuando la anorexia, la bulimia se desarrollan como una respuesta estable? Aunque ya lo hice al comienzo, quiero agradecer a Doménico la escritura de este libro y su carácter “cariñoso”, porque así me lo parece.

Graciela Sobral, Miembro AMP y ELP.

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