Buenas noches, tengo el enorme placer de presentar el libro de Manuel Fernández Blanco, ¿Soy lo que digo que soy? Psicoanálisis y civilización, un libro que ha sido editado por Vicente Palomera en la colección ELP de la editorial RBA hace menos de un año.
Manuel Fernández, Manolo para los amigos, que son muchos aquí y entre los que me encuentro, ha reunido en este volumen trece textos que ha escrito a lo largo de veintidós años, entre el año 2000 y el año 2022, un periodo de tiempo que coincide con la vida de la ELP y con el inicio de este nuevo milenio.
Para Introducir su libro, voy a tomar unas palabras de la Introducción que Manuel hace en el arranque del volumen. Allí afirma:
“En ¿soy lo que digo que soy?: psicoanálisis y civilización se recopilan trece trabajos que responden al deber ético de situar al psicoanálisis como intérprete de la civilización. He dicho trece trabajos -dice Manolo- pero tal vez sería más adecuado decir doce más uno, ya que el primer texto fue mi aportación a la publicación en castellano de La regla del juego. Testimonios de encuentro con el psicoanálisis, un texto testimonial que titulé “El fin de la neurosis”, donde se puede intuir la razón de mi gusto por la puesta en valor del psicoanálisis en la clínica y en la civilización. Ese texto es el marco que encuadra todos los trabajos que le siguen”.
Hay que decir que no es nada habitual encabezar una selección de textos, de textos que toman la forma del ensayo por su estilo argumentativo y su propuesta de investigación e interpretación, con un testimonio así, un testimonio que da cuenta de la transformación subjetiva del autor como efecto de su análisis, un testimonio que además nos dirige hacia la razón última de su empeño y su gusto por la clínica y la acción lacaniana, una razón última que como efecto de su análisis ya no se sostiene en su fantasma, ni en una ideología, sino en una posición y un uso nuevo de su síntoma.
Por eso me parece importante evocar las palabras de Manolo sobre este punto, que extraigo del primer capítulo titulado “El fin de la neurosis”, un texto de 2008.
Refiriéndose a su propio análisis, y tras haber relatado el efecto de la interpretación de su analista sobre el síntoma que le había llevado al análisis, disolviéndolo, y del periodo posterior de su análisis en el que construyó su fantasma fundamental y que le permitió aclarar la lógica de su vida amorosa y la del goce extraído de su fantasma, Manolo relata su travesía en un tiempo posterior de una experiencia inédita en la asociación libre, una travesía que le condujo finalmente a la producción de un significante nuevo, velado por la repetición de su inconsciente y que puso límite y fin a su análisis. Ese significante, dice, “supone la revelación de lo más íntimo del ser y ya no llama a la asociación libre, solo permite el consentimiento de una forma de gozar y estar en el mundo…solo me quedaba entonces vivirlo como lo más real de mí mismo, como mi nombre-síntoma. Síntoma ya liberado del conflicto neurótico, que me permitía vivir la pulsión sin la hipoteca del fantasma. Así fue posible para mí pasar del deber ser a consentir ser: soy lo que hago.”
De modo que el mismo título del volumen “¿Soy lo que digo que soy?” toma después de este primer texto, retroactivamente, un alcance insospechado, puesto que la pregunta que lo titula y que apunta a la interrogación y al cuestionamiento del cógito contemporáneo, aquel que pretende autodefinirse, es a la vez la pregunta que se puede ubicar como necesaria para iniciar un recorrido analítico, el de Manolo mismo, y que en su conclusión se presenta de este otro modo: “soy lo que hago”. Un “soy lo que hago” que nada tiene que ver con la autoafirmación del sujeto neoliberal de nuestros días, pues su fundamento último es un “soy lo que hago a partir de mi síntoma, de mi forma de gozar”, como resultado de un análisis llevado hasta su conclusión lógica. Este es el punto en el que se anudan la intensión y la extensión de su trabajo en el volumen.
De ahí su afirmación final cuando concluye ese primer texto que encabeza los doce ensayos siguientes, cuando dice: “En el plano político, mi síntoma me permite responder bien al trabajo de extensión y puesta en valor del psicoanálisis, para eso, debo admitirlo, mi síntoma me viene como anillo al dedo”.
Así arranca este volumen, con un testimonio de Manolo en el que revela las condiciones de posibilidad para que un psicoanalista pueda interpretar los síntomas de sus analizantes y los síntomas de su época, una vez que ha podido tomar distancia sobre la incidencia que su propio fantasma introducía en ese mismo gusto antes de finalizar su análisis. Una posición muy diferente del “sentimiento sacrificial del deber con el que entregó su juventud y el comienzo de su vida adulta a la militancia política”.
Este primer capítulo de su volumen me parece de suma importancia y me gustaría invitarle a hablar después un poco más acerca de esa frase (“En el plano político, mi síntoma me permite responder bien al trabajo de extensión y puesta en valor del psicoanálisis, para eso, debo admitirlo, mi síntoma me viene como anillo al dedo”) , pues, de hecho, hemos puesto en marcha en el espacio del pase de esta comunidad un lugar de reflexión acerca del cambio de posición de un sujeto respecto de la Escuela a partir de su final de análisis.
He conocido de cerca y he compartido con Manolo muchos momentos en su esfuerzo en el trabajo de interpretación y de acción lacaniana en nuestra Escuela, de su intervención en el campo de la política, sobre aquello que jam denomina los impasses de la civilización que amenazan la existencia misma del psicoanálisis, de modo que he leído con mucho interés la serie de textos que él ha elegido para componer este volumen.
Ustedes saben seguramente que Manolo ha escrito mucho durante estos años, ayer mismo evocamos aquí la relevancia de su trabajo sobre Los complejos familiares de J.Lacan. Su libro sobre La repetición como concepto fundamental del psicoanálisis del año 2010 es sumamente recomendable para quien quiera profundizar sobre este tema, y su colaboración en la sección de Opinión de La Voz de Galicia bajo el título de Los síntomas de la civilización se sitúa en la misma dirección interpretativa de nuestra civilización que la de los textos que ha seleccionado para este volumen. Para aquellos interesados, pueden encontrar en los archivos de la Voz de Galicia sus contribuciones periódicas, el último de ellos de hace unos días, titulado “El éxito de Trump”. Quién sabe, quizás algún día Manolo se decida a publicar una selección entre los numerosos artículos que ha publicado en la prensa, un género que obliga a la concisión.
Sin embargo, para componer este volumen Manuel ha elegido textos que me atrevo a caracterizar como “ensayos psicoanalíticos”, por su carácter argumentativo y porque exploran cuestiones candentes de nuestra actualidad. En la mayoría de ellos encontramos un primer tiempo en su desarrollo el que Manuel despliega la arquitectura teórica del síntoma que se dispone a interrogar, sus fundamentos epistémicos. Encontramos allí valiosas referencias a la obra de Freud y de Lacan, de modo que son muy útiles como material de investigación. En un segundo momento, Manolo señala las transformaciones que ha experimentado el orden simbólico y su incidencia en ese síntoma, o en ese fenómeno y a continuación tenemos un “Donc”, un “entonces, un “por esto” que aplica a la elucidación de las formas contemporáneas que ha tomado el malestar en la cultura. Allí encontramos observaciones agudas sobre la época, articulaciones sugerentes sobre la fenomenología del malestar actual que terminan por ubicarse respecto de su fundamento estructural. En esta elucidación del malestar, Manuel construye un trayecto que se sostiene en un antes y un después, un antes y un después del ascenso al cenit social del plus de gozar con el declive de los grandes relatos, del Ideal Uno, de la evaporación del Nombre del padre y el cortocircuito sobre la castración.
Su estilo argumentativo es fuerte, y tiene en ocasiones el tono del aforismo, la sentencia y la máxima, especialmente en los capítulos que corresponden a la primera década.
“La extranjeridad del sujeto está en su goce. Nuestros goces más íntimos nos pueden parecer como extraños,como odiosos, como inaceptables, por eso el odio al extranjero que nosotros mismos somos, porque somos racistas de nuestro propio goce”. ( pg 40, El lenguaje del yo en la modernidad ).
“El goce para mí, la culpa para el otro, porque el sujeto actual defiende su libertad, pero no acepta su responsabilidad”.
“Apantallamos el mundo”, “yo soy si me contactas” ( p 53 cap 4 Pantalla-Mundo )
E incluso greguerías, como cuando en el capítulo 10 ( La promoción del sujeto sin punto de referencia ) dice : “Cuando el sujeto se relaciona, su goce entinta el vínculo.”
Una última palabra sobre su estilo, pienso que hay un cambio en la estructura de los textos de Manolo más recientes y en su estilo mismo, quizás menos demostrativo y menos aforístico, donde encuentro a un autor que se sumerge directamente en la complejidad de nuestra época de la mano de la última enseñanza de Jacques Lacan. En estos textos, como el titulado “Diversidad, diferencia y singularidad sexual” ( c 9, de 2022 ), o “La promoción del sujeto sin punto de referencia: discurso capitalista, autodesignación y nuevos lazos” ( c10, 2021), o en “¿Qué hace familia?” ( c12, 2007 ) –un texto muy útil para PIPOL XII, por cierto- Manuel explora la función del síntoma, la nominación, la identidad, en su función de suplencia y anudamiento, en su función de constitución de nuevas formas de vínculo social. No es que esa dimensión no esté presente en los primeros textos, pero pienso que toma un lugar preponderante en los últimos. Quizás él quiera decir algo también sobre este punto después.
Los textos
Después de esta introducción, vayamos ahora a los textos que Manolo ha seleccionado para construir este volumen. Cada uno de ellos abre preguntas y líneas de investigación e introduce claves para pensar la fenomenología del campo sintomático al que se dirige.
La secuencia de los doce textos siguientes al de su testimonio no sigue un orden cronológico, pero sí un criterio lógico, que va de la política a la clínica para finalizar de nuevo en la política. En el corazón de ese recorrido Manolo explora lo intratable del goce por la política en cualquier época, antes y después de, un intratable que examina en el cruce y la tensión del goce pulsional y del goce femenino, entre la lógica masculina y la femenina. Diría que ese es el nudo epistémico sobre el que gravita su trabajo, y a partir del cual aborda el racismo, el odio, la segregación, la violencia hacia las mujeres, también las adicciones y finalmente la cuestión del cogito contemporáneo.
El núcleo real del malestar está presente desde el principio, como factor de la política.
Comienza con Política, lazo social y síntoma, un texto de 2005 en el que explora las coordenadas actuales de la dificultad para el pacto social y para la gestión política a partir de la siguiente constatación: el vínculo social requiere de un tratamiento de la pulsión y del resto de goce refractario al orden simbólico en cada sujeto. Freud, en Psicología de las Masas y análisis del Yo señala la función civilizadora que el Ideal del yo, el padre y la castración juegan en ese sentido, y en El malestar en la cultura muestra ya otra perspectiva al acentuar los límites y los impasses del padre como operador de la función civilizadora. Cuestión que es retomada por Jacques Lacan al ubicar un más allá del Edipo con el concepto de discurso, y mostrar los límites del discurso del amo respecto de lo real intratable del goce, hasta hacer del síntoma el verdadero estatuto del lazo social. De modo que las coordenadas actuales de transformación del viejo orden simbólico, los efectos de la democratización y feminización sobre la lógica clásica, sobre el régimen del Uno del patriarcado, sobre los semblantes, obligan a la política actual a una transformación que sepa gestionar el actual panorama de los síntomas. Un saber hacer que oscila entre el decisionismo de C.Schmitt y el normativismo de Kelsen, recuerda Manolo, al que podríamos añadir el pactismo de Rorty, en tiempos de los comités de ética.
Manolo interroga allí lo propio del campo político actual, cuestión sobre la que vuelve en el capítulo 10 – escrito 16 años después, en 2021- cuando aborda la transformación del discurso del amo clásico en el discurso capitalista actual y en el último capítulo, de 2020, en el que examina más de cerca la relación entre el poder y el saber. Dice allí: “El político se esconde detrás de aquel científico que sigue la lógica del discurso universitario, aquel que trata el retorno mortífero de lo real que escapa a su dominio y su operación por el saber estadístico”.
Son tres capítulos dedicados a elucidar la relación y las dificultades actuales de la política y en la política respecto de un real que se ha transformado de forma acelerada en el último siglo como consecuencia del discurso de la ciencia y del discurso capitalista.
Por otro lado, tenemos los capítulos en los que se centra de modo más claro en examinar los síntomas actuales: el capítulo 3, “El lenguaje del yo en la modernidad”, texto de 2009, entra de lleno en la cuestión que justifica el título elegido para el volumen, el cogito contemporáneo, aquel que formula “Puesto que esto pienso, esto hago”, o bien “tengo derecho a gozar y la responsabilidad o la culpa para el otro”, o bien “Gozo, luego soy” como resultado de una nueva alianza entre el Yo y la pulsión que a diferencia del resultado de un análisis no es una posibilidad sino un deber, o una exigencia que cortocircuita sus determinaciones inconscientes.
En otro texto, posterior, capítulo 9 “Diversidad, diferencia y singularidad sexual”, Manolo recorre la actualidad última de esta aspiración del sujeto contemporáneo a una identidad autoconstruida en el terreno del género, aspiración que vuelve a examinar en el capítulo 10 “La promoción del sujeto sin punto de referencia: discurso capitalista, autodesignación y nuevos lazos”.
El resto de capítulos están dedicados a la imaginarización del mundo (capitulo 4 “Pantalla-mundo”); a la extensión de la depresión como uno de los síntomas por excelencia del sujeto moderno, (capítulo 5 “Felicidad, culpa y depresión”); a las nuevas formas y coordenadas de la angustia, en el capítulo 6; a la anorexia y la toxicomanía en el capítulo 7 titulado “Los objetores de la relación sexual”; a las transformaciones de la familia en nuestros días, en el capítulo 12.
En cada uno de ellos encontraremos claves para pensar la naturaleza de estos síntomas, su estructura y sus transformaciones. Manolo aborda cada vez el antes y el después de su fenomenología, antes y después de la transformación del orden discursivo que caracteriza la actualidad, y lo hace examinando con finura la fenomenología que les corresponde, sin perder de vista sus consecuencias en la conformación del cogito contemporáneo.
Así comienza por ejemplo el capítulo 4 “Pantalla-mundo”: “En nuestro mundo, y especialmente en el de los jóvenes, lo real se reabsorbe en la imagen, lo real está apantallado. Apantallamos el mundo. Por eso, nada parece que exista si no puede verse en una pantalla. Por otra parte, la extensión de lo visible inaugura una presencia virtual continua y la omnipresencia de la mirada produce un empuje al exhibicionismo. La reabsorción de lo real en las pantallas tiene consecuencias ontológicas: yo soy si me contactas; estar conectado es ser.”
¿No hay aquí una resonancia de lo que M.Heidegger anticipó en su célebre conferencia de 1938 La época de la imagen del mundo cuando afirma que el mundo actual ha reducido el sera su representación imaginaria? Tal y como señala jam en El ser y el Uno, Heidegger dice que el mundo devino a partir de Descartes una imagen concebida por el sujeto, pues a partir de él todo lo que es se sitúa en y por la representación.
Descartes es la figura clave en esta historia, figura que Manolo trata con cierto humor en el capítulo anterior, el dedicado al Lenguaje del yo en la modernidad, cuando resalta la pereza del cogito contemporáneo, cuando no su rechazo respecto del pensamiento – y más aún del pensamiento inconsciente- respecto del esfuerzo de Descartes por alcanzar a partir de la duda metódica un punto de certeza sobre el ser.
“Cada vez que alguien dice “sum” se engaña, cada vez que alguien dice “soy” pensando que despeja su identidad se engaña, porque la verdadera respuesta a la identidad no vendrá nunca del yo cartesiano, sino del inconsciente freudiano…” afirma Manuel en la página 41 del libro.
El cogito contemporáneo es una variación del cogito cartesiano, un cogito sometido al imperativo del plus de gozar, un cogito perezoso que cortocircuita el pensamiento y más aún, rechaza el pensamiento inconsciente y la verdad de su goce, para dirigirse directamente a su autoafirmación narcisista.
Jacques Lacan ha desarrollado en su enseñanza el alcance de la operación cartesiana como el punto de capitón que ha sostenido el giro fundamental hacia la modernidad con el desarrollo del discurso de la ciencia, un discurso que inició la evaporación del nombre del padre y terminó por deconstruir el viejo orden simbólico. Este es uno de los hilos rojos que recorre todos estos capítulos.
En la época en la que se realiza la imaginarización del mundo, vivimos bajo el privilegio de la mirada y la representación, del exhibicionismo y del voyeurismo generalizados, de la extensión de la pornografía. Las consecuencias políticas de esta expansión la encontramos en la crisis de la relación del sujeto con el saber y la verdad en un mundo donde las redes sociales han irrumpido en el escenario político de un modo abrumador bajo el fenómeno Fake, una de las cuestiones que se insinúan al final de este artículo y que va a retornar en otros capítulos del volumen.
En el capítulo dedicado a Felicidad, culpa y depresión, Manuel, después de recorrer la génesis del sentimiento de culpa en Freud y el estatuto de la depresión como consecuencia de la renuncia al deseo, se dirige a su actualidad, para resaltar que “hay algo en la depresión actual de que la falta de goce hoy es imperdonable, de modo que para el neoliberalismo imperante somos culpables de nuestros fracasos y en especial del fracaso para gozar y por ello la culpa sustituye a la reividicación”, dando lugar a términos tan aberrantes como el de Producto de Felicidad Bruto. Sin embargo, si consideramos la depresión como una enfermedad de la verdad, podemos entender por qué Manolo considera que la transferencia analítica, en tanto moviliza el deseo, sea el antidepresivo mayor.
Este capítulo enlaza así con el siguiente, el sexto dedicado a la angustia, del que tomo una frase: “¿Por qué la angustia es actualmente un fenómeno con una prevalencia clínica ucho mayor que en otros momentos, precisamente cuando contamos con fármacos supuestamente eficaces para combatirla? Creo que la causa de esa prevalencia es el desfallecimiento de lo simbólico en nuestra civilización, del poder de la palabra, de la importancia de los grandes relatos en los que se sostenían los discursos universales de nuestra civilización, que va de la mano del declive de los ideales…Si el Dios del destino ha muerto, tal y como afirma Lacan en La transferencia, solo queda el sinsentido como forma de estar en el mundo, y eso nos aboca al sujeto contemporáneo al sacrificio a los dioses oscuros”.
En el siguiente, “Los objetores de la relación sexual”, dedicado a la anorexia y las adicciones, Manuel subraya su parentesco en el rechazo del Otro que ambos comparten. En tanto que síntomas contemporáneos, no se presentan como formaciones de compromiso sino de ruptura con el goce fálico.
Llegamos por fin a lo que denominé el nudo epistémico del volumen, que se despliega en cuatro capítulos consecutivos, 8, 9 10 y 11, en los cuales Manuel examina la extensión de la lógica femenina “que no se rige por el aplastante y obsesivo para todos lo mismo” que viene acompañado de una pluralización de los modos de goce y una dilución creciente de las categorías de género según la oposición binaria masculino-femenino. Señala Manuel aquí el origen de las actuales políticas identitarias y sus movimientos paradójicos: “Recordemos que Lacan relaciona el ocaso de la función paterna con la entrada en un horizonte de segregación en la civilización. La diferencia, ahora, tiene que ver más con los pequeños mundos de cada uno. Así la diferencia hombre-mujer se vuelve más inesencial frente a las diferencias que definen y organizan a las minorías sociales.
Y un poco más adelante añade: J.A.Miller ha señalado que el no-todo que caracteriza a la sociedad de la globalización, no es un todo que incluya una falta, sino por el contrario, una serie en desarrollo, sin límite y sin totalización. Por eso, “hay quien llora por el elemento tradicional, algo que ya se captaba hace medio siglo, a saber, que lo viril está asediado”. Esta feminización puede ser engañosa, lo vemos en la clínica donde florecen las patologías que se describen como centradas en la relación con la madre. Pero la madre no es la mujer, o bien es la mujer que se relaciona con sus propios objetos a…así el todos iguales, referido a los sexos, se haría equivalente a todos con su objeto, sin el Otro. El no-todo que induce la civilización actual no tiene que ver tanto con un auge de lo femenino como con la fragmentación de la pluralización de los goces que no hacen conjunto”.
Es sobre este punto, donde hay que diferenciar lo propio del goce femenino y su naturaleza refractaria a la identificación y lo propio del goce pulsional autoerótico, rebelde a la relación con el Otro.
La sexuación no depende solo de las identificaciones, sino fundamentalmente del modo de gozar, y la diferencia masculino-femenino no da cuenta de todo lo que agita el cuerpo y ese goce singular es innombrable y se resiste a ser colectivizado. Tenemos aquí los elementos para repensar la causa del odio, del racismo y del rechazo extendido en nuestros días como nuevo factor de la política.
No voy a seguir con el comentario de los capítulos, que ustedes van a poder leer en cuanto se hagan con un ejemplar de este libro, pero no quiero dejar pasar la oportunidad para preguntarle a nuestro invitado sobre el punto que acabo de subrayar: no conviene diferenciar lo propio de la experiencia del goce femenino de la del goce singular innombrable de la pulsión? No nos ayudaría eso a diferenciar el racismo y el odio vinculado al modo de gozar del Otro del racismo que parte del rechazo al goce femenino?
Concluyo entonces aquí con mi intervención para darle la palabra a Manuel Fernandez Blanco, a Manolo, para que tengamos un tiempo para conversar con él sobre algunas de las cuestiones que le hemos planteado y sobre otras que quizás les hayan sugerido nuestros comentarios, entre las muchas que él ha abordado en su libro y que les invito encarecidamente a leer pues como dice Vicente Palomera en el final de su prólogo, el lector descubrirá cómo un psicoanalista que supo llevar su análisis personal hasta su final lógico ha podido unir a su horizonte la subjetividad de su época.
Andrés Borderías, Miembro AMP y ELP. Director de La Junta Directiva de la Comunidad de Madrid de la ELP