RESPUESTAS SINGULARES A UN MALESTAR UNIVERSAL

Miriam L. Chorne – Miembro de la ELP y de la AMP

Quisiera comenzar invitándolos a retroceder conmigo un poco más de un año atrás, cuando en marzo de 2020, nos encontramos un día al salir de casa las calles vacías, la ciudad desierta y un silencio que no habíamos podido imaginar.

La enfermedad que comenzaba a ser mundial, es decir pandemia, nos hacía experimentar un fuerte extrañamiento por sentirnos inmersos en una situación que hasta entonces habíamos asociado con la ciencia ficción. Nos parecía ser actores de una mala película del género, sentimientos que provenían seguramente de la irrealidad que acompañaba a nuestra experiencia ¿Esto está ocurriendo de verdad?

Una amenaza cierta pero de la que no poseíamos las claves, el desconcierto de los gobiernos y de los científicos, que no sabían qué era, cómo se podía luchar contra ella, se asociaba a un sentimiento de siniestro. Había ocurrido lo que nos habían dicho que iba a suceder, y ya no podíamos continuar en el juego de la duda. Los científicos nos habían estado advirtiendo que la humanidad estaba creando las condiciones para su fin, nos habían estado advirtiendo sobre el cambio climático y la posibilidad de alguna pandemia. Pero continuamos creyendo que lo peor podría no suceder, o no tan pronto.

No me refiero ahora a los negacionistas activos sino a todos nosotros, a quienes manteníamos la secreta esperanza, muchas veces casi informulada, de que lo malo se podía evitar o llevar asintóticamente hacia un futuro que no se alcanzaría en el tiempo de nuestras vidas. Lacan refiriéndose a esta actitud comparó una vez la posición de los psicóticos y los neuróticos, apostando como en muchas ocasiones a favor de los psicóticos. Son más rigurosos, nos decía, más consecuentes, a diferencia de los neuróticos que podemos creer que lo peor podría no suceder – incluso cuando todo en la realidad desmienta nuestra creencia.

Una siniestra combinación de incertidumbre y de certidumbre nos acompañaba: al inicio de las noticias quisimos creer, más allá de lo que era legítimo, que era una enfermedad que padecían los chinos. Es verdad que hubo antecedentes, otros SARS que se habían limitado a Oriente, pero esta vez no fue así. No sabíamos cómo se transmitía esa enfermedad que amenazaba nuestra vida, no existía terapia, los médicos ensayaban medicamentos que habían servido en otras enfermedades, y esto era además transmitido en tiempo real.  No sabíamos cuánto tiempo duraría, pero muy pronto se vio que sería más largo de lo que inicialmente habíamos imaginado e incluso empezó a aparecer que un cierto final no supondría su desaparición sin más, al contrario, la añorada normalidad sería una “nueva normalidad” muy alejada de la que habíamos gozado con tanta inocencia y desaprensión. Pero sabíamos, teníamos la certeza, de que lo que nos habían advertido ya había sucedido.

Las respuestas a lo que sucedía, a un malestar que era universal eran sin embargo singulares. Bastará que enumere las diversas posiciones -incluso apenas las manifiestas- para que se advierta que cada uno responde en función de algunas de sus determinaciones pero también en función de sus elecciones inconscientes. Desde los negacionistas radicales -los oscurantistas actuales- pasando por los que admiten que existe la enfermedad y que es aún una amenaza descontrolada, lo que no les impide asumir conductas de riesgo, como hemos visto en el final del estado de alarma, por ejemplo, hasta los que mostraban la desolación por sentir que debían redoblar su prudencia para contrarrestar las conductas irresponsables de otros, hemos visto que las respuestas frente al peligro han variado mucho.

Lo que me permite hacer una primera observación en relación a nuestro tema de hoy. Hemos oído numerosas veces, incluso en nuestro medio, hablar de la pandemia como una situación traumática, incluso de la irrupción de un real. Quisiera decir que, aunque en términos biológicos e incluso sociales podemos hablar del coronavirus como una irrupción de un real, no se trata de lo que psicoanalíticamente consideramos como tal. El real de la biología, el real de lo social no coinciden necesariamente con el real psicoanalítico, por esa razón nosotros hablamos de respuestas singulares. E incluso de traumas singulares. Muchas veces la psicología habla de traumas universales: un accidente, una seducción de un adulto, incluso en algunos momentos algunos psicoanalistas han hablado en estos términos. Otto Rank por ejemplo hablaba del trauma del nacimiento y el propio Freud no sólo utilizó el término, sino que consideró el trauma fundamental la pérdida de la madre. Pero en sentido estricto, psicoanalíticamente hablando, no podemos prever lo que constituirá un trauma para un sujeto en particular. Cuando lo hacemos debemos saber que hemos atravesado los límites del psicoanálisis. De todo esto nos habló Carmen Bermudez en la primera clase del ciclo. Repito, para el psicoanálisis la intimidad de cada ser hablante es única, en tanto contingencia irrepetible, diferencia absoluta imposible de ser reabsorbida en leyes generales: sean éstas estadísticas o normativas.

Culpa y odio

He elegido para hablarles de estas experiencias recientes de una manera más concreta, quizás más comprensible, hacerlo a partir de un relato que leí el último verano. Es un cuento o novela corta de Philip Roth, “Némesis”[1], en la cual un joven profesor de gimnasia y deportes de un centro de verano de Newark -cercano a Nueva York- tiene que enfrentarse al hecho de que ha contagiado una enfermedad terrible y a veces también mortal, a sus alumnos más queridos, de los que se ocupaba con mayor frecuencia y atención.

Aunque la novela de Roth se refiere al virus de la poliomielitis, la enfermedad se manifestaba en el año en que el autor sitúa la acción, 1944, con muchas de las características que tiene la actual pandemia.

Al principio, nos dice, no se sabía cómo se contagiaba la polio, surgían entonces los prejuicios para atribuir por ejemplo el contagio a los italianos, una comunidad dentro de la comunidad, que mantenía entre sí contactos más frecuentes. Hasta que el avance de la epidemia fue mostrando que también otros grupos padecían y propagaban la enfermedad. Este tipo de afirmación muestra de una manera aguda cómo se puede utilizar cualquier motivo para promover la segregación y el odio hacia el diferente.

Es un mecanismo paranoico bien conocido, el mal está en el otro, mecanismo utilizado en la política y que encuentra un terreno abonado en la propia estructura psíquica que en su constitución es paranoica. Un momento de esa constitución subjetiva es la vivencia imaginaria de la criatura de que su yo se constituye en rivalidad con el otro, aparece expresada en la relación al otro como una alternativa insuperable es “yo o el otro”, la relación con el otro especular, una especie de doble se reduce a su filo mortal. Es un momento de la experiencia especular que sólo la dimensión simbólica puede aliviar. Y que con las peores intenciones es reavivada en esas políticas de odio.

El sentimiento de que el mal podía ser transmitido por cualquiera, que la persona más querida, la más cercana, la más inocente podía contagiar y es más, que nosotros mismos podíamos ser ese contagiador asintomático, volvía la amenaza en Newark, igual que recientemente para nosotros, en aún más espantosa.

Tampoco entonces se conocía un tratamiento. Ni existía aún ninguna vacuna. Hubo que esperar, me refiero a esa epidemia de poliomielitis -pero no se les escapará que por momentos es confuso de cuál epidemia hablo- hubo que esperar, decía, once años todavía para que se descubriera la primera vacuna, y entretanto hubo otras epidemias de polio en otros lugares. Tengo un recuerdo de infancia importante para mí, una epidemia similar en Buenos Aires, Argentina. Justo un año antes de que se descubriera la vacuna. Recuerdo que entonces, los padres que podían llevaban a sus hijos a localidades al borde del mar, donde se decía que el aire y la menor densidad de población hacía más difícil el contagio. Fue una situación tan o más amenazante que la actual, aunque su carácter de pandemia y su duración hace de lo que ocurre hoy algo verdaderamente inédito.

Dos jóvenes muertos el primer día que se transformaron en once al día siguiente, hasta que todo el barrio en el que enseñaba el protagonista, Bucky Cantor, se fue convirtiendo en un foco de la enfermedad. Todos estaban trastornados y especialmente los padres que no sabían cómo proteger a sus hijos de una enfermedad, que atacaba más a los jóvenes.

No les cuento otros detalles de la narración porque no quiero arruinarles más la lectura. Es un libro que vale la pena leer. Seguramente soy injusta con el relato al dejar fuera elementos importantes, pero sobre todo con el personaje, que Roth describe, por ejemplo, como un joven afable y responsable, amado y respetado por sus alumnos y apreciado por los padres. Y sobre todo, dejando fuera la relación amorosa del protagonista con Marcia, tan extraordinariamente descrita por Roth, con su encanto, sus dudas y sobre todo el erotismo en juego.

En todo caso con lo poco que les he contado, puedo destacar un aspecto que ya se anunciaba en el título que me propusieron para mi intervención, la cuestión de la respuesta subjetiva, a un fenómeno que alcanza a todo un grupo, en función de condicionantes singulares.

Se trata, como ya han evocado antes de mí los otros docentes, de una situación de crisis. Una situación traumática en sentido social, que nos ha hecho experimentar que la continuidad de nuestra experiencia en la vida se quebraba. G. Bataille escribió[2] -refiriéndose a otra crisis, el inicio de la segunda guerra mundial- que su impresión había sido la de sentirse “un extranjero en el mundo”. Y añadió que esa situación no lo sorprendía: “los sueños de Kafka, de diversas maneras, son, más a menudo de lo que pensamos, el fondo de las cosas”. Me gusta mucho esta idea de que los relatos de pesadilla de Kafka constituyen más a menudo de lo que querríamos “el fondo de las cosas”.

La vivencia de Bataille de la segunda guerra como esa catástrofe que le hace experimentar el extrañamiento del mundo, es similar a la experiencia del protagonista del relato de Roth. A la epidemia de polio, se añade la experiencia de la guerra, recuerden que ocurre en 1944, cuando EEUU se había sumado a la batalla, tras el ataque de Pearl Harbor. Veremos después cómo afecta ese hecho, la guerra, también de manera singular al protagonista.

El relato evoca la dificultad de vivir la tragedia sin buscar inmediatamente al culpable. Lo hace a través de las acusaciones de algunos de los padres que sin saber la causa del contagio lo atribuyen a los más diversos factores, desde la circulación del dinero, al reparto de la correspondencia, la tía del primer niño que muere, acusa al bar donde el niño comió algo, o una madre al propio profesor por haber tenido a sus hijos practicando deportes en pleno verano. Olvidando, en primer lugar, que ha sido ella quien ha enviado a sus hijos al Centro deportivo.

Pero otros en cambio se experimentan no sólo como responsables de la propagación de la enfermedad sino incluso como culpables de ella, es la posición del protagonista. Hay numerosos diálogos en los que algunos otros significativos intentan convencer a Bucky de que no existía ningún motivo para lo que sucedió. Que no había ninguna explicación que respondiera a sus continuos porqués.

Antes de seguir adelante con mi análisis quiero dejar claro que no se trata de un caso clínico, sino de un personaje. Aunque volver a leerlo para preparar esta exposición me permitió admirar -más allá de su calidad literaria- la sabiduría psíquica del autor, la finura con la que contrapone, encarnadas en diversos personajes, las distintas posiciones singulares frente al conflicto, no deja de constituir una creación literaria, genial, conmovedora, que nos permite comprender algo más nuestra propia experiencia, pero eso, una invención, un producto del arte.

¿Cómo entender los continuos porqués de Bucky, el protagonista?

Preguntarnos incansablemente por qué sucedió lo que sucedió suele ser la posición que adoptamos cuando chocamos con un real, con lo imposible de explicar, por ejemplo la muerte de un ser querido. Ese hecho abre un agujero en nuestra realidad psíquica y ponemos en juego todos nuestros recursos imaginarios y simbólicos para tratar de rellenar la hiancia abierta en nuestra experiencia. Queremos dar sentido a lo qué se convierte en un imposible de explicar, y así por ejemplo frente a la muerte nos preguntamos. ¿Por qué él o ella? O nos revolvemos contra lo que ha ocurrido sintiendo que “no es justo”, ¿por qué tuvo que salir? ¿Por qué tuvo que reunirse con esa persona? ¿Por qué le sucedió a esa persona, a la que era la más buena?

Es la situación de nuestro protagonista, para él haber enfermado, y sobre todo haber contagiado a algunos de sus alumnos que más apreciaba, lo arroja a una infatigable interrogación. Roth afirma: “Que sea gratuita, contingente, absurda y trágica no lo satisface. Que sea un virus capaz de proliferar no lo satisface. Este mártir, este maníaco del porqué busca desesperadamente una causa más profunda y encuentra el porqué ya sea en Dios, ya sea en sí mismo o, de una manera mística, misteriosa en la temible unión de ambos como el único destructor.” La crisis religiosa en la que cae es muy intensa, no voy a entrar para nada en ese aspecto que les dejo para que disfruten con su lectura, aunque sin duda es parte de su respuesta singular.

Roth desnuda una determinación estructural de nuestras respuestas singulares: la búsqueda del sentido, la interrogación sobre nuestro lugar en el mundo. Lacan habló de la dificultad que tenemos para experimentar que somos el fruto de un malentendido radical, de “dos que no hablan la misma lengua, que no se escuchan, que no se entienden (…) dos que se conjuran para la reproducción de un malentendido cabal (…), Seminario 27, clase 6, que ya había citado en su intervención Constanza Meyer.

El Otro nos habla antes de que hablemos, y al hacerlo produce una huella que es una primera identificación. La identificación primaria es un significante amo S1, aislado, que no está en relación con los otros significantes nombrados como Otro o como S2, es decir, es una marca singular, propia, de la cual por estructura el ser hablante nada puede saber. No es un saber, en el sentido de una articulación significante, de una relación del S1 con un S2, que debe entenderse como otro significante, pero que representa asimismo al tesoro de los significantes, es decir a todos los demás.

Para el psicoanálisis la definición de trauma es desde Freud la experiencia de un acontecimiento que no encuentra lugar en el saber por parte del sujeto, que no encuentra lugar en su realidad psíquica. Es una desgarradura de la trama de los significantes que constituyen su mundo. Por eso para Freud la experiencia traumática era inicialmente fundamentalmente sexual. Porque hay una parte de la sexualidad que escapa a la red significante. Se trata de una irrupción de goce. Pero como lo recordaba Carmen Bermudez a partir de la primera guerra mundial, y del retorno de los soldados que padecían neurosis de guerra, a esta irrupción se sumó la ruptura, el forzamiento impuesto por los peligros de la guerra, bajo la forma de la repetición infernal de las experiencias que no se podían incluir en la trama significante.

Lacan retomando estas definiciones ha generalizado más aún que Freud la experiencia traumática y ha planteado que por estructura, es decir de un modo general, nuestra entrada en el lenguaje es ya traumática. Una irrupción de goce, singular, que es una marca, pero que es también agujero, en el sentido de que su significación escapa. Freud hablaba de represión originaria, postulada por sus efectos pero imposible de alcanzar.

Hay pues dos traumas que son estructurales, el primero en la medida en que somos seres hablantes, hablados por el Otro, es la marca impresa en nuestro cuerpo por entrar en el lenguaje como seres prematuros. Otro es la entrada de la sexualidad en estos seres hablantes, que cobra siempre la forma de una intrusión. El fantasma de seducción imaginariza el modo de irrupción del goce en el cuerpo. Pero también otras experiencias que por su carácter sorpresivo y la extrañeza que producen se vuelven traumáticos. Estoy recordando muchas de las cosas de las que nos habló Carmen en la primera clase.

Pero para algunos sujetos esa investigación incesante sobre su lugar en el mundo, que como ya he dicho es estructural, se duplica, a partir de las contingencias de su venida al mundo. Son sujetos para los que un discurso primitivo, a la vez puramente impuesto y marcado por una arbitrariedad radical, sigue hablando, bajo la forma de lo que llamamos superyo.

Bucky se considera culpable y eso -unido a la enfermedad, por supuesto- ha arruinado su vida. No quiso continuar su relación amorosa con una novia que amaba e idealizaba a partes iguales y más allá de ella, idealizaba a su familia. No podía creer y experimentaba una gran felicidad cuando imaginaba que iba en el futuro a ser “su” familia. Pero prefirió perderla, renunciar a lo que más deseaba.

Cuando enfermó no quiso ni siquiera dejar hablar a Marcia, su prometida, porque sentía que cargar toda la vida con él, un inválido, era una injusticia para ella, que él no le podía infligir.

Nada de lo que ella intentó decirle, que ella era adulta y él tenía que dejarla elegir, por ejemplo, tuvo ningún efecto sobre él. Cerrado sobre sí mismo en una actitud de aislamiento -como la que   Andrés Borderías explicó en su clase- resultaba impenetrable al decir de cualquiera.

Uno de sus alumnos contagiados, Arnie, con el que se encuentra muchos años después, le dice

 “-Fue la polio la causante de todo. Usted no fue el responsable. Usted no hizo nada por propagarla. Fue una víctima en la misma medida que cualquiera de nosotros.” Y poco después añade “-No sea su peor enemigo. Ya hay suficiente crueldad en el mundo tal como están las cosas. No las empeore convirtiéndose en un chivo expiatorio.”

Vemos así, que aunque ninguno de los dos, la madre de los niños enfermos y Bucky, pueden asumir el sinsentido de la tragedia, sin embargo producen dos respuestas casi antitéticas frente a la “misma” situación traumática, desde el punto de vista médico-social, que es traumática de un modo singular para cada uno. Ambos no pueden explicarse, hacer entrar en su aparato psíquico la existencia del sinsentido de la enfermedad y la muerte, pero mientras la madre atribuye la culpa enteramente al otro, Bucky carga la culpa enteramente sobre sí. 

Podemos además preguntarnos por qué el protagonista responde de esta manera a la epidemia, por qué no le parece “un maligno absurdo de la naturaleza sino un gran crimen cometido por él”. P. Roth ensaya alguna respuesta. Su sentimiento de culpa es, cree, inevitable. “Una persona con aspiraciones morales tan altas estará condenada, nada de lo que haga alcanzará la altura de su ideal”. 

El descubrimiento psicoanalítico de las instancias psíquicas: el ello, el yo y el superyo, en lo que se conoce como la segunda tópica, coincide con esta explicación. El superyo tiene por cometido velar por el aseguramiento de la satisfacción narcisista proveniente de la coincidencia con el Ideal del Yo, que el Yo se sienta amado por su Ideal le proporciona felicidad, ya que sentirse amado por éste nos hace felices. Es un proceso similar al del enamoramiento cuando colocamos nuestro ideal en la persona amada y nos sentimos bien porque nos ama, aprecia nuestro Yo ideal.

Con este propósito el superyo observa de manera continua al yo midiéndolo respecto del ideal. El superyo, dice Freud, es un viejo conocido, es la instancia a la que damos habitualmente el nombre de conciencia moral.

“El superyo es el monumento conmemorativo de la primitiva debilidad y dependencia del yo”. Su propio nombre indica que tiene la facultad de contraponerse al yo e incluso de dominarlo ¿Cómo no registrar también que el superyo es tan arcaico como la marca primera que deja el desamparo original en el sujeto que habla, como ya hemos explicado?

El superyo, además, no sólo prohíbe nuestros deseos, esta es su cara de regulación de las pulsiones, lo que Celeste Stecco explicó diciendo -como Freud en El malestar en la cultura, por otra parte- que la ley moral resulta imprescindible en el proceso de humanización del sujeto. Explicó también que la ley, la propia regulación es a su vez responsable del sufrimiento, del malestar en las relaciones entre los hombres. Es que la dialéctica entre la cara regulación del goce de las instancias del Ideal del yo y del superyo y la cara imposición de mandatos, de ejercer un dominio a través de los imperativos de goce es compleja.

Esta cara imperativa del superyo: “Debes hacer que lo imposible sea posible” podría ser la fórmula de la orden superyoica que le reclama a Bucky lo imposible, haber evitado que cualquiera se contagiase cuando él era un portador asintomático, es decir no sabía que podía contagiar.

La paradoja es que cuanto más obediente al superyo se muestre el sujeto, más culpable se sentirá, ya que el superyo se alimenta precisamente de las renuncias al goce, y será tanto más severo cuanto más virtuoso sea el que padece su tiranía. Sade que de estas cuestiones sabía mucho, tituló una de sus obras Justine o los infortunios de la virtud y otra Juliette o el vicio ampliamente recompensado.

Lacan se refirió a este fenómeno de la mayor severidad del superyo cuanto más renuncie el sujeto a la satisfacción: lo bautizó como las paradojas del goce. Es lo que observamos en el protagonista de Roth, un joven de altos ideales dispuesto a postergar su felicidad a favor de los otros, que se ve llevado, más allá, mucho más allá de lo necesario, a renunciar a su goce, o parafraseando a Sade, a someterse a los infortunios de la virtud.

Cuando la identificación a los imperativos del superyo es máxima, el sujeto pierde la capacidad de orientar su existencia en el mundo real. Es lo que intenta transmitirle el alumno al que Bucky contagió años atrás y con el que se encuentra por casualidad en la calle. Este alumno, Arnold, del que hablamos antes, encarna otra posición posible, es decir que además de la posición de la madre que odia a los otros por considerarlos culpables de su mal, la enfermedad de sus hijos, y de Bucky que se considera culpable a sí mismo y arruina así su vida, Arnie en cambio asume la enfermedad como una catástrofe que ocurrió y frente a la cual es posible asumir las pérdidas que conlleva y tratar de compensarlas con sus actos.

Este personaje ha estudiado arquitectura y ha logrado crear con un colega una empresa exitosa, han desarrollado una arquitectura acorde con las dificultades de movilidad, encontrado una mujer que ama y a la que ama a pesar de sus dificultades, secuelas de la enfermedad, y disfruta de sus hijos, que le proporcionan una gran felicidad. Es la encarnación de la felicidad de la que Bucky se ha privado.

Pero volvamos a las razones que Roth nos ofrece para la posición de Bucky. Más allá de la explicación explícita -alguien que tenga aspiraciones morales tan altas fallará siempre ante su ideal- nos proporciona otros elementos para pensar su respuesta a la fatalidad de la enfermedad. Antes he mencionado la circunstancia de que esta epidemia es contemporánea de la segunda guerra mundial y el joven Cantor ya se sentía culpable, antes de haber sido portador asintomático de la polio, porque sus dos mejores amigos estaban arriesgando su vida en el frente, en Francia, mientras él había sido rechazado para servir en filas, a causa de sus impedimentos visuales. Desde pequeño había usado gruesos lentes y cuando estaba sin ellos apenas veía.

En cierto sentido podemos decir que la polio actúa como un trauma para él, sobre la existencia de una culpa ya existente, ser un sobreviviente, cuando sus amigos están arriesgando su vida.

¿Y más atrás en su vida? Bucky es el hijo de una madre que era muy joven cuando lo tuvo, veinte años, y que además murió en el parto, y de un padre jugador y que estuvo preso, durante la infancia de Bucky, porque cometió un delito en la empresa en la que trabajaba, para cubrir sus deudas de juego. También lo abandonó dejándolo al cuidado de sus abuelos. Ellos fueron muy amorosos y lo cuidaron y educaron bien, pero ello no quita que él haya experimentado la defección de su padre.

Su padre falló doblemente, su deuda -como en el caso del padre del Hombre de las Ratas, el célebre caso de Freud- se produjo porque cometió una falta, un crimen social, robó en la empresa en la que era contable, para cubrir un fallo personal, que es además una falta en su deseo: amar el juego más que a nada, y falló moralmente porque abandonó al niño del que era responsable.

Pero, Bucky ¿es culpable de esas fallas? ¿Es que los hijos son culpables de los actos de sus padres? Sabemos que, aunque racionalmente no sea así, los hijos experimentan a veces esa culpa. Antes hablaba del Hombre de las Ratas, su gran trance obsesivo previo a la consulta con Freud, es una loca e insensata carrera por pagar una deuda imposible de pagar. Tanto Freud como Lacan la relacionan con la contingencia de que el paciente se encuentra en la coyuntura de tener que elegir entre dos mujeres, la mujer rica y la mujer pobre y que esa coyuntura reactualiza la deuda de su padre.

¿Bucky es acaso culpable de la muerte en el parto de su madre? ¿O de las faltas de su padre?

Lacan evocó al respecto las palabras de la Biblia, con las que Jeremías se ocupó de la relación de los efectos en la vida de los hijos de los pecados de los padres preguntando “¿Qué pensáis vosotros los que decís que los padres comieron las uvas agrias y los hijos tienen dentera?”

Jeremías introducía así una concepción más individual, más singular de la culpa. Consideraba que cada uno debe ser responsable de sus faltas y que los hijos no pueden ser culpables de los pecados paternos.

Podemos pensar que los altos ideales de Bucky tratan de contrarrestar la delincuencia de su padre. Que se observa a sí mismo con sospecha temiendo descubrir en él algún rasgo por el que pudiera identificar sus actos con el modo de procurarse ventaja de su padre. Este rasgo alude al modo de gozar del padre y al mismo tiempo a su no saber si él, Bucky, porta dicha marca. Lacan hablaba de la perversión del padre, jugando con la equivocidad en francés entre perversión y versión del padre, es decir consideraba determinante el modo de goce del padre. En uno de sus últimos seminarios RSI propone que importa menos la estructura psicopatológica del padre, neurosis o psicosis, para poder cumplir su función, que el hecho de que transmita que su deseo está orientado por un partenaire, su versión hacia una mujer, que causa su deseo.

Pero es necesario distinguir culpa y responsabilidad y entender porqué para Freud y para Lacan, aunque las determinaciones inconscientes señalan para el ser hablante recorridos posibles y también imposibles, sin embargo ello no permite al ser hablante eludir su elección, incluso bajo la forma del consentimiento. De esa elección cada uno es responsable.

Freud en un artículo dedicado a la responsabilidad sobre nuestros deseos aún si son inconscientes que lleva por título “La responsabilidad moral por el contenido de nuestros sueños” (O.C. Tomo III, Biblioteca Nueva), afirmaba que nuestra responsabilidad es innegable. Y con una argumentación rigurosa nos decía que “si el contenido onírico -correctamente comprendido- no ha sido inspirado por espíritus extraños, entonces no puede ser sino resultado de mi propio ser”.

Lacan con su habitual radicalidad nos propone que “De nuestra posición de sujetos, somos siempre responsables. Llamen a eso terrorismo donde quieran. Tengo derecho a sonreír, pues no será en un medio donde la doctrina es abiertamente materia de compromisos, donde temeré ofuscar a nadie formulando que el error de buena fe es entre todos el más imperdonable.” (“La ciencia y la verdad” p. 343)

Con esta distinción entre culpabilidad y responsabilidad traemos también a la reflexión nuestra particular forma de causalidad, me refiero a la teoría psicoanalítica sobre la causalidad psíquica. Para el psicoanálisis el reconocimiento de la determinación no implica dejar de lado la elección, lo que supone también una forma original de la causa.

La experiencia de la cura es que entre un efecto y su causa no existe una relación de continuidad y determinación absoluta, sino un espacio de indeterminación, una hiancia. Este concepto, que es traducción de béance, abertura, juega un papel decisivo en la consideración de la estructura subjetiva, puesto que dicha indeterminación tiene consecuencias, no sólo clínicas, sino fundamentalmente éticas, en la medida en que para Lacan la acción inconsciente, no exime al sujeto del deber de asumir la responsabilidad de su acción.

Bucky Cantor no es culpable como él creía por haber contraído y transmitido la enfermedad, pero sí es responsable de su posición de sujeto: su aislamiento, su desenganche del deseo y de la vida, de haberse convertido, literalmente, en un sobreviviente. “Su personalidad original, toda aquella determinación vital que te asaltaba en cuanto le conocías, parecía haberse desprendido, haberse separado de él a pedazos como si fuera la delgada corteza que arrancó del abedul la primera noche que pasó con Marcia en la isla del lago en Indian Hill.”

Podría seguramente analizar parte de los efectos de la polio en Bucky en relación a esta fragilidad de su determinación vital, pero voy a dejar por el momento esta consideración para que podamos conversar de lo que ya he propuesto.


[1] Roth, P. “Némesis” en Las Némesis, Literatura Random House, 2014, Barcelona.

[2] Bataille, G., El culpable, Taurus, 1974, Madrid.

Enlace a la clase:

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