4ª MUESTRA 16 DE NOVIEMBRE DE 2018

JUSTO BARBOZA

Julio Barboza - Encuentros con el Arte - ELP Sede Madrid

Julio Barboza

 

Una vez más estamos aquí y seguimos. Es el efecto del deseo de mantener abierto ese puente, entre psicoanálisis y arte, inaugurado en 2016.

Hoy tenemos el placer y el honor de contar con JUSTO BARBOZA, que como saben, es un reconocido dibujante, ilustrador, pintor y….escultor, de larga trayectoria y como se deduce, diversa, fecunda y multifacética.

Luego de una palabras introductorias a este momento, lo invitaremos a que nos cuente un poco cómo llega a la aventura que hoy nos invita a disfrutar en esta muestra.

Me llena de satisfacción que cada vez, este Espacio de Encuentros con el Arte, que surgió como un experimento, tome más y más cuerpo. Los responsables de éste, nos complacemos en ese suma y sigue que nos enseña cada vez, algo respecto a lo incomparable de cada obra, respecto a esa función creacionista, propia de lo que llamo acto pictórico.

Voy a plantear algunas preguntas y ocurrencias que surgen ante esta muestra.

Respecto a lo incomparable, en cada artista, me parece que en la tarea de crear, no se trata sólo de una acción que repite un proceso, que implica un método, sino de algo que se mantiene intacto y que atraviesa su obra como una marca singular que la distingue.

En lo que hace a nosotros, espectadores, que contemplamos lo que el artista da a ver: su creación, cumple con el hecho de suscitar nuestra mirada. Es un atrapa-miradas.

En la historia de la obra de arte, muchos se han interrogado por esta singular actividad propia del ser que habla. Se preguntan por ejemplo:

¿qué tarea es la tarea de la pintura? ¿Qué nos enseña el arte, la obra de arte?¿ En qué radica la satisfacción ante la obra de arte para quién contempla?

Una, de las tantas, me satisface bastante: es la de Paul Klee: la tarea del pintor No es hacer lo visible sino Hacer visible.

Esto, por supuesto, abre a muchos sentidos posible que, no es hoy el momento de tratar. Aunque solo evocaré uno, el de aquel mito que opero y atravesó la idea de que pintar era copiar, imitar la realidad.

De lo que no caben dudas, es que se trata para el artista en su cada-vez-estar-ahí, ante el blanco , de un momento fecundo creacionista, en el que al producirse la obra, en el gesto en que culmina, hace nacer un elemento que no estaba antes. Un objeto nuevo, cuya producción misma es instaurar algo donde había nada. O mejor: donde había un vacío. Vacío que es a la vez, condición de toda obra.

No es exactamente un lugar en blanco, aunque lo es , pero ¿ no es esa pantalla, hoja, lienzo en blanco que espera, la condición para depositar allí lo que se prepara en otra escena y hace surgir el objeto?

Respecto al cuadro. Allí en el cuadro, es donde la mirada no se deja reducir   a la visión . Ya que lo que da a ver el artista, hace deponer- como se deponen las armas-, hace deponer nuestra mirada.

¿Qué nos atrapa en lo que es creación artística? Algo que pasa porque el cuadro, la obra, entra en relación con el deseo.

Freud lo decía así: una creación del deseo, pura al nivel del pintor.

Allí, se deposita, depositamos una satisfacción que se alimenta en la contemplación sí, pero que apunta a algo que no pasa por los ojos, como soporte de la visión, ni por las palabras, sino que podríamos conjeturar que pasa por hacer visible lo que queda oculto a la visión.

Valga esto como formula para decir de ese efecto experimentado ante la obra.

Y para concluir.

Cuando se montaba la muestra, atrapó mi mirada un juego espléndido de colores que, en aparente desorden y agrupamiento me invitaba a perseguir en los siguientes cuadros un hilo que parecía enlazarlos y, sin embargo, al modo de guiños traviesos, ya era otro hilo…

Ah! Es el señuelo. El señuelo que envuelve o quizás incluye esta aventura que así se configura! Es el señuelo que toda obra arrastra para lograr detener, apresar nuestra mirada….que así logra descansar en el goce de la satisfacción que le da alimento.

Y, en este caso- al menos para mí-, el trabajo de JUSTO BARBOZA, apacigua esa exigencia de alimento que el ojo pide para la mirada y su satisfacción.

Mónica Unterberger

Madrid, 16 de noviembre 2018


Comentario para la inauguración de la exposición de Justo Barboza. Miguel Ángel Alonso

“Identificados debajo de un pentágono casi transparente en estado laminar restos sin indicios de violencia solo trazos cruzados de tinta a pincel donde no figura ningún conducto revelado pautas de estilo que delate al sujeto en fuga solo vagas caligrafías indecisas huellas digitales estructuras ahuecadas impresas sobre paños tal vez pintados a rodillo bridas ocres propias de la intemperie velos máscaras rojo celofán o desgarros azules pliegues y brillos inevitables pretextos del tiempo consumido en novelar el ir y venir”. (Justo Barboza)

Este espacio viene a ser la continuación de un grupo de investigación llamado Arte y Psicoanálisis, en el que trabajamos varias personas bajo la dirección de Mónica Unterberger durante un período de siete años.

Si se lee la convocatoria elaborada sobre la presentación de la exposición de Justo Barboza, allí se verá un pentágono transparente, obra del artista, y un comentario añadido por él mismo. Diría que, sin pretenderlo, ese comentario sugiere perfectamente algo esencial del trabajo que fuimos desarrollando a lo lardo de esos siete años. Sin la figura humana, sin el objeto, se nos ofrece una laminilla pentagonal que nos mira para sugerir el velamiento sutil de la Cosa, o lo que es lo mismo, la evanescencia del sujeto. O, en términos beckeettianos, esa laminilla, siendo lo pintado, sin embargo es lo que impide pintar, si pensamos lo pintado como aquello que no puede alcanzar lo que se sustrae.

Y dos autores literarios que evocan esa falta como objeto paradójico del ser. Primero Alan Pauls, en El factor Borges, dice:

“… los artistas que por medio de la nostalgia convierten en mito todo aquello que no tienen”

Me parece muy atinada esta frase, es como que los artistas se sostienen en un saber hacer con esa pérdida de la Cosa. Y que no pudiendo traerla a escena, la rodean, procuran trazarla, la mitifican, la enmarcan con su arte. De tal manera, la laminilla pentagonal se revela como el entusiasmo pictórico que insiste, como la nostalgia, en representar la falta.

Por su parte, Roberto Piglia, amigo de Barboza, en su libro Los casos del comisario Croce, planteaba algo muy interesante y que, me parece, podemos aplicar a la exposición del artista. Dice allí: “La luz de las estrellas no viene del espacio, viene del tiempo. Soles remotos, muertos hace miles y miles de años” (Roberto Piglia. 2018: 13. Los casos del comisario Croce. Editorial Anagrama. Barcelona)

Ilustra perfectamente cómo para los seres que hablamos, la Cosa está perdida, el objeto está perdido. Si acaso, podríamos remedar a Piglia diciendo que la pintura no viene del objeto, viene de la falta que el lenguaje introduce en lo vivo. El objeto de la pintura es como esa estrella, un objeto atávico, perdido desde que, hace miles y miles de años, el ser habla. Es desde ese lugar que concebimos la pintura, o el arte, como cruce entre el sujeto y lo real de la existencia, es decir, lo real como aquello que el lenguaje no puede decir, no puede objetivar.

Siguiendo la línea que sugiere el Seminario 7 de Lacan, La ética del psicoanálisis, es evidente que la pintura como arte alcanzó un hueco fundamental dentro de la cultura, hay que decir que cada momento de la pintura y del arte en general, tiene que ver con la cultura de su tiempo. Pero la pintura no nos interesa tanto como tal producto cultural, sino en la medida en que da morada a la cara oculta de la cultura que habitamos, a la cara oculta que esa cultura rechaza en tanto responde al emplazamiento de la ciencia y la técnica para llevar a cabo la homogeneización de todo lo humano y su reducción a la simple animalidad neuronal, genética, biológica y viviente.

Nos interesa la pintura, como la de Justo Barboza, en tanto aloja, no el supuesto realismo de la Cosa, no la supuesta objetividad del mundo, sino la singularidad de un artista que es capaz de asumir su libertad desde la evanescencia de lo humano, desde la figura rota de la identidad imaginaria, como en Picasso, desde la inconsciencia o desde la imagen descompuesta de los sueños, como en Dalí o en el Surrealismo, desde los signos extraños, en esos “trazos cruzados”, como dice Justo Barboza, que quizá lo miren a él desde su cuerpo como esas marcas primarias que determinaron su singularidad. Creemos que sólo desde ahí, desde esos vacíos, desde esas rupturas, sugeridas sin duda en la pintura de Justo Barboza, es posible reclamar la devolución de un verdadero espacio de libertad para lo humano.

Miguel Alonso

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