EL 8 de julio 2020 La BOLM presentó del último libro de Jorge Alemán, Pandemónium. Notas sobre el desastre, en una conversación con el autor en la que participaron Ana Castaño, Miriam Chorne, Mercedes De Francisco, Manuel Montalbán y María Navarro. Coordinó el encuentro Antonio Ceverino, socio de la Sede de Madrid de la ELP.

Recogemos los textos presentados por Miriam Chorne, Manuel Montalbán y Merdedes de Francisco. Además en el enlace al final se puede consultar el video del encuentro.

Notas sobre el desastre. Por Miriam L. Chorne

Me gustó mucho Pandemónium, Notas sobre el desastre. Es lo mejor que he leído sobre la pandemia y lo que podemos esperar en la postpandemia. ¡Y he leído mucho durante el confinamiento!

Me pareció que atendía a la urgencia de una reflexión sobre la crisis, que tomaba posición frente a la coyuntura y que era útil para orientar las propias reflexiones.

Borges proponía -en una conferencia sobre Joyce y el Ulises- que ciertas  situaciones culturales de exilio, en las que los autores se sitúan como exteriores respecto de lo que se podría llamar la corriente principal les permite ser más libres, sentirse menos deudores y obrar muchas veces de manera innovadora. Me parece  que esta descripción caracteriza bien la situación de Jorge Alemán, creo que se mueve en la reflexión filosófica, social, económica, política e incluso en el psicoanálisis como alguien que guarda una relativa exterioridad fecunda.

Me gusta mucho también el libro como objeto, por lo que felicito a la editorial NED y a Alfredo Landman. Su trabajo, tan veloz nos ha permitido leer el ensayo durante la propia coyuntura. La cubierta del libro con “La arquitectura fantástica” de John Martin, muy bella, se inspira en El paraíso perdido de John Milton.

Pero no hubo paraíso perdido. A mediados del 2019 había ya múltiples revueltas, la gente se lanzó a las calles desde Chile hasta Hong Kong y desde París a México. Veníamos de un sistema capitalista agotado, y no habrá ninguna resolución utópica tras la pandemia. Los que predicen que podría ser un ataque a la línea de flotación del sistema e imaginan que de forma automática podría advenir una socialización de la economía confunden sus deseos con una predicción. En algunos momentos incluso parecen hacer un chiste a propósito de que las soluciones que se avizoran para la salvación de las empresas sea incluso entrar en su capital: llaman a eso un advenimiento del comunismo.

Jorge Alemán es muy claro, sobre todo en la crítica de las salidas hegelianas de la crisis, desagradablemente hegelianas en las que se sostiene no sólo que “de ésta vamos a salir” sino aún peor: que “la catástrofe es una oportunidad”. Por el contrario desde su primera página la definición del capitalismo como “una estructura acéfala que se reproduce ilimitadamente, una maquinaria que aún en los tiempos más críticos tiene capacidad de rehacerse” no alimenta ningún optimismo de una resolución superadora automática, sobre todo para todos por igual. Y mucho menos permite sostener la idea de que la resolución más justa se producirá sin necesidad de una praxis política específica, praxis que requerirá además que se constituya un sujeto autoconsciente de su fuerza material, lo que no se puede dar tampoco por sentado.

Puede haber cambio de la hegemonía, China se ha movido mejor en la coyuntura que Estados Unidos, las denuncias de enviados de este país -me refiero a EEUU- quitando suministros médicos en aeropuertos chinos, o negociando en Alemania la compra de la vacuna para que fuera utilizada exclusivamente por sus ciudadanos, han mostrado un país no sólo afectado más que ningún otro por la pandemia sino también respondiendo dentro de una lógica capitalista insoportable en las actuales circunstancias.

Pero ese cambio de la hegemonía internacional ocurrirá seguramente sin ningún colapso del sistema tras el control de la pandemia.

El hecho de que finalmente suceda lo que se sabía que iba a ocurrir provoca extrañeza.

Jorge relaciona este sentimiento con lo ominoso freudiano. Lo que sucede aunque suceda por primera vez es ya una repetición. “Lo que sucede nunca tendrá el derecho de volver a ingresar en el juego de la duda.” La certidumbre se transforma en angustia y por momentos experimentamos a lo largo de la pandemia el sentimiento de ser parte de una irreal realidad, ser un personaje de una mala película de ciencia-ficción.

Esta caracterización me recordó lo que dijo Lacan de las relaciones que mantienen neuróticos y psicóticos con la realidad. Rompiendo una vez más una lanza a favor de los psicóticos, dijo que ellos eran mucho más rigurosos. Que los neuróticos podían sostener tranquilamente que lo peor no tenía porque suceder.  

Sin necesidad de entrar en ninguna de las teorías de que el virus fue creado en laboratorios, ni mucho menos con la idea animista de que la pandemia sea el efecto de la revuelta de la naturaleza contra una explotación inconsiderada por parte del capitalismo, no cabe duda de que es un efecto no sólo del sistema sino más aún de su forma globalizada. 

Jorge Alemán nos propone que la pandemia no se ha producido “directamente por el movimiento del capitalismo” y seguramente habría que discutir la expresión “directamente”, dejándole lugar a la contingencia  o al “fenómeno aleatorio” tal como lo caracteriza  y con el que acuerdo, pero su difusión a través de los conglomerados humanos propios del capitalismo va quedando cada vez más al desnudo.

Si en la crisis de las vacas locas, encefalopatía espongiforme, fue la ganadería cada vez más intensiva que utilizaba para la alimentación de las reses piensos que aprovechaban los restos para que no hubiera el más mínimo despilfarro, en una lógica propia del capital, ahora los pequeños rebrotes en Europa emergen en mayor medida donde los trabajadores habitan en condiciones de vida terribles. En los frigoríficos alemanes por ejemplo, donde los trabajadores del este equivalentes a los temporeros de Huesca o Andalucía, enferman  como efecto del hacinamiento en el que trabajan y viven.

Lo más probable es que el sistema capitalista una vez más se rehaga, dice Alemán, sin embargo no deja de constatar que las condiciones actuales reúnen  lo que llama una tormenta perfecta. No me extenderé en su caracterización. que vale la pena leer en todo su detalle en las pp. 18/19 y 20. Pero sí tomaré una interrogación crucial para el devenir del mundo tras la pandemia. Lo cito “¿Hasta dónde la humanidad es capaz de aprender algo de las situaciones límites y traumáticas?” La experiencia de la historia parece haber puesto en entredicho tal aprendizaje. Y si acaso aprende algo el ser humano “¿puede transmitirlo colectivamente o deja una huella permanente en la vida social?”

El libro que es arriesgado, en sentido positivo -en la medida en que se atreve a reflexionar sin la perspectiva que da el tiempo, pudiendo recibir el desmentido inmediato de los hechos- lo es también en las propuestas emancipatorias que propone. Lo que hace bascular el texto desde un diagnóstico claramente pesimista -y soy consciente que Jorge dice que optimismo y pesimismo no le parecen categorías pertinentes para asumir lo que acontece en la realidad- a un forzado optimismo de que pudiera existir un destino distinto y separado del sujeto capitalista actual.

Me resultan muchos más convincentes y más convencidos, los argumentos que impugnan la idea de un cambio por el que la humanidad se proveerá por sí misma con una nueva lógica distributiva  de los recursos económicos para que se mantenga la supervivencia humana. Es una idea ingenua que ignora la existencia de la pulsión de muerte. Como asimismo la idea también errónea de que el cambio podría suceder sin mediar conflicto o antagonismo alguno.

El conflicto, que ya estaba presente antes de la pandemia mostró la cara del derrumbe civilizatorio, en una manifestación también globalizada e impresionante, frente al asesinato en directo de George Floyd. La reacción no puede independizarse del hecho de haber ocurrido contemporáneamente con el confinamiento y la amenaza de muerte universal. La aproximación de Alemán de las palabras de Floyd -“No me dejan respirar” mientras llamaba a su madre, comparándolas al efecto del sueño que Freud transcribe “Padre ¿no ves que estoy ardiendo?”-  nos revela nuestro propio desamparo.

Pero aunque las revueltas fueron particularmente largas, no perduraron en el tiempo ni lograron una organización que llevase sus efectos más allá de algunas reformas específicas que intentaron regular, apenas, una política policial extraordinariamente racista. O como dijo Alemán, también en una presentación anterior: Nada asegura que no vuelva a ganar Trump.

Me gustaron mucho algunos capítulos. El 4 “¿Estado de excepción?” Con su finísima y precisa crítica de la posición de Agamben. Exagera para leer la realidad con su teoría, sentencia Alemán. Aunque el campo de exterminio, la nuda vida, y el estado de excepción constituyen figuras importantísimas para pensar el mundo contemporáneo, no sólo no lo agotan, sino que “encubren una dimensión esencial sobre los antagonismos políticos que atraviesan al ser social”. Los antagonismos siguen operando, incluso respecto de este virus que es verdad que puede contagiar a ricos y pobres, pero que afecta de manera desigual a unos y otros dentro de cada país y entre países.

Por motivos diferentes, me gustó el capítulo 5 “Inmunidad de rebaño”, en el que Alemán tras analizar el neodarwinismo de la expresión, imagina que se tuvieran que aumentar las medidas de protección por la continuidad de la pandemia haciendo necesaria una financiación a pura pérdida, una especie de potlatch moderno. El paisaje de ciencia ficción de un don absoluto, un puro gasto sin beneficio, a cambio de nada, para poner a salvo la vida más allá de la utilidad, no fue siquiera evocada en esos términos por el propio Bataille en su elogio del despilfarro.

Alemán reconoce que aunque inquietante es impensable en cualquiera de los sistemas políticos actuales. Pero tan sólo imaginar la situación de que se debiera continuar una financiación a pura pérdida para evitar el colapso resulta una imagen tan onírica que produce extrañamiento.

Y me ha interesado especialmente el 6 “La hipótesis paranoica y la ultraderecha”, en el que Alemán considera que es esta una posición no sólo del sujeto sino colectiva, donde todo es interpretable, se vuelve signo de una amenaza. La ultraderecha ha elevado esta posición paranoica al estatuto de una praxis ideológica. “Cuenta a su favor con el hecho de que el neoliberalismo ha derrotado a las izquierdas, especialmente en los últimos años y principalmente en el aspecto subjetivo.”

La ultraderecha no es un fenómeno marginal, sino el resultado de una operación absolutamente calculada. Algunas veces para mi desesperación las reivindicaciones de Vox resultan calcadas de la ultraderecha mundial incluso cuando no se adaptan a la realidad española.

Pero lo que más me interesó en el capítulo, por razones personales, son las reflexiones sobre las relaciones de la ultraderecha con la verdad. Quizás porque es donde soy más resistente subjetivamente. Recuerdo que en más de una ocasión, ante mi desesperación porque se negara una realidad innegable, Jorge me ha dicho con evidente esfuerzo de paciencia “pero no Miriam, la verdad ya no importa”.

Se podría decir que el sujeto de la ultraderecha es “un tipo de sujeto que usa la lengua sólo para gozar y el odio es uno de sus goces privilegiados.” Posibilidad que la izquierda no tiene, ya que entre sus argumentos tiene que estar presente la verdad. ¡Lo que hace al combate tan desigual! Por otra parte, no se han examinado las consecuencias de lo que Lacan dijo acerca del discurso capitalista, que al carecer de punto de capiton, por su propia circularidad no encuentra falta, ni imposibilidad, ni freno. La función retroactiva no se puede efectuar lo que introduce la psicosis de diversas maneras en la realidad.

No debemos olvidar que la paranoia, añade, está presente en la constitución misma de los sujetos y que por eso siempre se podrá movilizarla.

La gran novedad es que por distintas razones históricas se está transformando en perfectamente combinable, estructuralmente compatible con el espíritu neoliberal del capitalismo actual.

Podría por supuesto resaltar muchos otros aspectos brillantes del ensayo pero prefiero limitar mi comentario para dejar a otros destacarlos, ya que esta presentación es tan ambiciosa y desmesurada como Alemán la ha querido, y quedan otros muchos aún para hablar de su libro.

Dejo dos preguntas: la primera en referencia a la expresión “estar en guerra” en la p.26 Alemán indica que un sentido inquietante de esta expresión se encontraría en la falta de solidaridad que algunos paises de la Europa protestante tendrían hacia los países del sur y también más afectados por la pandemia. Sin embargo -a diferencia de la crisis de 2008- las propuestas pueden ser diversas, el corte de los países se haría también de otro modo. Quizás porque las políticas económicas son ahora más expansivas, quizás porque países como Alemania o Francia también se han visto afectados. La pregunta es ¿no ha cambiado la relación de fuerzas y no afectará a las políticas económicas?

La segunda más psicoanalítica es cómo interviene el plus-de-goce en la política y en la ideología. En la entrevista con T. Appleton, la propuesta de Alemán es que ya en Althusser la ideología podía estar en relación con ciertas interpelaciones que provienen del otro (podrían tener un carácter superyoico o estar referidas al ideal del yo). Me parece interesante proponerlo al debate e incluso ponerlo en relación con lo que retomaba antes de las maniobras de la ultraderecha cuando ya no importa la verdad. 


Intervención de Manuel Montalbán

Muchas gracias a la BOL de Madrid por contar conmigo para poder compartir este encuentro. El texto de Jorge presenta una visión poliédrica de la pandemia, y del anticipo de la llamada “nueva normalidad”, una normalidad en afanisis, con una coloración angustiante que se filtra en múltiples escenarios de la irreal realidad.

1. Destacaría en mi intervención dos ideas que se pueden articular y que tienen implicaciones muy relevantes para pensar la izquierda, pero también para el psicoanálisis. Una es la referencia a la angustia, en concreto la definición que elige Jorge como aquello de lo que ya no se puede dudar. Lo real traumático se presenta como una certeza difícil de asumir, que lleva a nuestra realidad a la esquizia, sin fundamento ni justificación.

2. Esto, además, y es la segunda idea, convoca un segundo elemento en juego, un contexto general de erosión, no solo de deconstrucción, de los marcos simbólicos del amo antiguo.

Esta es una advertencia interesante tanto para la política, que acoge un deseo transformador de los vínculos sociales, como para el psicoanálisis. Y es que, además, a juicio de Jorge, el psicoanálisis ya no es el reverso del discurso del amo, porque el capitalismo ha desmontado las estructuras, la discursividad, del mismo. Por ello, el psicoanálisis podría pensar su nuevo lugar en la época, ese estar a la altura de la subjetividad de la época. ¿En qué medida? Voy a considerar brevemente dos escenarios que este libro me ayuda a aclarar.

3. Uno: Así, por ejemplo, considero que, tal como lo estamos elaborando, nuestro debate presencialidad-virtualidad puede desenfocarnos. No se trata de problematizar el futuro del psicoanálisis con la tendencia a la virtualización. Creo que todos estamos de acuerdo en que la virtualidad no sustituye a la presencia y el encuentro de los seres hablantes, y que se trata de un recurso para unas condiciones de excepcionalidad que habrá que calibrar en el uno x uno, en sus múltiples presentaciones. También para la transferencia de trabajo en la Escuela la virtualidad representa un reto, una herramienta para acercarnos y seguir conectados con una tarea constructiva, pero también una novedad que exige el posicionamiento singular. Estas coordenadas introducen cambios de registro en este debate: podemos hablar también de la virtualidad del deseo frente a la densa presencialidad del goce . Esto correlativo también a la diferencia a la entre la producción histórica de las subjetividades y el in-empleado estructural de la división del sujeto. Algo de esto creo que está en la base también de la proliferación de estos encuentros virtuales que, además están posibilitando, constituir redes, inestables, temporales, insistentes, que convocan el acontecimiento imprevisto también, a ambos lados del Atlántico.

4. Dos: Por otra parte, el envés de un discurso no es lo opuesto. El envés es un guante al que le damos el revés. El discurso capitalista que conjeturó Lacan, en 1972, fue una anticipación del neoliberalismo actual. Y es verdad que, al presentarse como un contradiscurso, el capitalismo, como un discurso que no tiene cortes, un discurso que no tiene ningún lugar donde establecer una fisura, la imposibilidad… se vuelve muy problemático de subvertir, de encontrar un espacio de maniobra donde lo político pueda operar. Por ejemplo, errará cualquier análisis de la pandemia que no tome en cuenta la cualidad esencial del capitalismo hegemónico que tiende a su reproducción ilimitada. Esto tiene también implicaciones para la Escuela como refugio, base de operaciones para la política lacaniana.

5. Alemán rescata una diferencia que combina muy bien con la propia distinción entre sujeto y subjetividad, que acabo de mencionar. Lacan en el Seminario XX, Aún, impartido en el curso 1972-1973, establece una diferencia básica entre revolución y subversión. Así asimila la revolución a un movimiento circular, giratorio, que siempre está destinado a evocar el retorno: da igual quién ocupe el centro de rotación, la concepción del mundo seguirá siendo esférica. Mientras, la subversión, afirma, “no está en haber cambiado el punto de rotación de lo que gira sino en haber sustituido un gira por un cae”.

8. Y termino con unas frases premonitorias del artículo que Jorge publicó en Virtualia en 2016: voy a intentar hacerlo con un tono poético…

“Yo estoy a favor del discurso del amo. Pienso que, en todo caso, de lo que se trata es de separar al discurso del amo del mercado. A eso lo denomino “hegemonía”, un discurso del amo organizado por la política y no por el mercado.


PANDEMONIUM. Notas sobre el desastre. Por Mercedes de Francisco

La poesía bordea lo real mejor que cualquier desarrollo posterior. Por ello es una apuesta difícil la que ha encarado Jorge Alemán siendo el poema lo que abre este libro. Qué al poema con su enigma, le sigan estos textos marcados por la “sencillez” me parece un acierto y permite al lector sintonizar o discrepar llevado por la ligereza de esta escritura.

Se recogen los sintagmas que poblaron nuestros días de confinamiento y sobre ellos los análisis, afectos y anhelos que deja entrever el autor.

Cuando un acontecimiento imprevisto, aunque anunciado, nos enfrenta a lo real y nos lleva a la angustia en su más pura expresión: “este miedo de reducirnos a nuestro propio cuerpo”, del que nos habla Lacan en la Tercera; nuestra realidad fantasmática cruje, nuestros principios ideológicos pueden tambalearse y nuestra aparente unificación yoica estalla en mil pedazos. Es ahí cuando se busca socorro en las distintas figuras que sostienen o sostuvieron nuestras identificaciones, pero se tornan insuficientes…y es aquí donde las ideologías llamadas “neofascistas” y otras no tan evidentes vienen a proponernos sus “bufones”, Trump, Ayuso, Bolsonaro, Jhonson, con esos rasgos grotescos que dan una falsa unidad incluso a los que hacemos memes o los criticamos, a sabiendas de que esta aparente unidad tiene los días contados. Pero bajo este semblante bufonesco, se esconde “la paranoia como praxis ideológica” como nos señala Alemán, que ubica la amenaza en un enemigo externo, el semejante que representa la diferencia, y que nos libera aparentemente de esa presencia del cuerpo como esa “carne arrojada al mundo”, como ese real, el cual portamos y del que no podemos desentendernos.

Se necesita coraje para afrontar este real, que se ha presentado con los ropajes de la muerte, pero que también afecta al lazo amoroso y a la diferencia sexual. La respuesta que nos propone Alemán se bambolea entre el optimismo de un posible cambio civilizatorio y la constatación de que el discurso capitalista con su funciomaniento acéfalo y afín a la pulsión de muerte, siempre recomienza de nuevo sin fin, ni corte. Un cambio civilizatorio donde Alemán muestra lo que me atrevo a considerar su “ilusión” puesta en los movimientos emancipatorios y estados con una autoridad simbólica soberana que fundamentalmente ubicaría en los países emergentes, Latinoamericanos. Un cambio civilizatorio que introdujera la lógica del no-todo en las instituciones como son el Ejército y la Iglesia, por otro lado, prototipos freudianos de la lógica de masas, sostenidas en el yo.  

Otra ilusión bordea estas páginas que no responde a ningún aspecto geopolítico, sino a la posibilidad de que esta pandemia llevara a alumbrar una civilización sostenida en el don gratuito y no en la acumulación retentiva. Casi una idea paradisiaca del cambio, pero no la que mantuvo el comunismo y del que algunos fuimos partícipes, sino de un paraíso con las aportaciones que tanto Freud como Lacan nos han legado. Una aspiración aún más pretenciosa que la mesiánica.

Estas notas sobre el desastre, nos enfrentan a este vel alienante, o considerar que el crimen del capitalismo es perfecto y que la pandemia solamente supondrá una mayor consolidación del neoliberalismo, y el neofascimo que lo sostiene, cada vez más velado por las bufonadas de sus representantes; o la apuesta por un cambio civilizatorio imposible, pues sabemos que la pulsión, la locura, el mal, no son erradicables. Aquí me gustaría considerar una diferencia que Lacan nos muestra entre el funcionamiento pulsional y el amor. La pulsión no conoce día o noche, es un circuito continuo sin corte y siempre consigue su fin: satisfacerse, por ello no participa de lo imposible; sin embargo, en el amor que inventa Lacan, lo imposible está en el centro, la contingencia es su germen y lo sinthomático su insistencia, aquello que anuda pero no unifica.

Otra aspiración de Alemán es considerar y diferenciar, también para los psicoanalistas, que la no justicia distributiva que en Lacan está referida al goce, no puede confundirse con la justificación de la desigualdad social y tratar de reducir a gran parte de la población a su “ser de necesidad” por la supervivencia. Lacan en la dirección de la cura nos dice de Freud: “¿Quién ha protestado como ese hombre de gabinete contra el acaparamiento del goce por aquellos que acumulan sobre los hombros de los demás las cargas de la necesidad?”. En este momento de pandemia y sobre todo de confinamiento hay algunos que consideran que el sometimiento a este recorte de libertad en pos del mantenimiento de la vida, reduce nuestra vida a su carácter más bio, y nos aleja de nuestra dignidad. Sin embargo, no se les nota muy preocupados cuando se reduce a parte de la “humanidad” a la pobreza y la indigencia, a vivir en campos de refugiados, a la falta de libertad por no estar documentados; en definitiva, a ser exclusivamente seres de la necesidad cuya satisfacción de dicha necesidad encima se les niega.

Dejo para el debate y para la reflexión, también por mi parte, significantes como soberanía, héroe, líderes con carisma y autoridad, etc, que además no considero que interese intercambiarlos por heroínas, lideresas o mujeres con carisma. Los términos bélicos a mi entender intentan unificarnos frente al enemigo en un intento de atemperar la angustia, de enmascararla, que tiene como saldo que cuando la responsabilidad tiene que hacer su aparición con la desescalada y lo comunitario, lo que impera es un olvido de lo ocurrido y una algarabía de goce. La nueva normalidad, que supone blanquear la realidad anterior calificada como normal es otro de los significantes que organizan la subjetividad de la época y de la que tanto la derecha como la izquierda participan.

En este momento los rasgos personales de los expertos como Fernando Simón son encumbrados, no solamente en España, y hasta llega a la portada de la revista del periódico El País, quitándole todo atisbo de su peculiaridad, para enmascarar el no-saber de la ciencia y su falaz progreso pues hemos tenido que recurrir a los procedimientos usados en las pestes de siglos pasados, confinamientos de las personas y cierres de las ciudades, eso sí con tecnología punta.

La forma en que los llamados expertos o autoridades científicas y los gobiernos hablaron de este virus desde el principio, aparentemente para tranquilizar a los ciudadanos, era que fundamentalmente afectaba a “los viejos”, basta del eufemismo de personas mayores, y a las personas con alguna patología o enfermedad crónica. Esto ya es una forma discursiva eugenésica de informar de la que nadie se ha librado y que ha tenido sus consecuencias. Después el gran olvido de los niños y el tratamiento que se les ha dado en relación con su escolaridad, su alimentación en los casos con menos recursos o incluso en estado de pobreza, y el tema de las mujeres. De la cuestión de los viejos, está claro los efectos, dejarlos morir sin atención y sin la menor dignidad, pues los que explotan “las residencias de ancianos” son en su mayoría empresas de fondos buitres; a los niños más vulnerables se les ha dado comida basura durante tres meses que ha enriquecido a algunos y con las mujeres se ha acrecentado la brecha social y profesional. Y esto no ha tenido “consecuencias políticas”.

Alemán, vuelve a tener que alertar como Freud en 1930 que se trata de la batalla entre Eros y Tánatos, a sabiendas que Lacan nos advirtió que la pulsión de vida y la pulsión de muerte están anudadas y es una ilusión pretender separarlas.

Agradezco este texto tan personal de Jorge Alemán que me ha permitido desplegar mi lectura.


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