Durante los días 22 y 23 de noviembre se desarrollaron las XXIV Jornadas de la ELP en Málaga «El acto a-tiempo», marcando un punto de encuentro entre lo epistémico, lo clínico y lo político de una Escuela de orientación lacaniana. Entonces… la Escuela existió en acto. Planteo algunas reflexiones que surgen como efecto de la transferencia de trabajo vivida en esta experiencia:
- «El acto como acontecimiento» con esta precisión, Santiago Castellanos nos invitaba a pensar la manera en que el acto analítico abre el camino hacia el inconsciente, siendo allí donde el lapsus dice “trauma” en lugar de “trama”. Por lo que el acto inaugura un nuevo tiempo, que implica la sorpresa y la pérdida, dando otro estatuto al decir, que además este decir es del orden del acontecimiento en el sentido de lo nunca dicho, y entonces es donde el analista promueve el acontecer del decir del sujeto. El acontecimiento, desde esta concepción, crea el tiempo y trastoca la duración de una sesión. Ahora, ¿cómo hacer que el sujeto produzca desde otro lugar, que permita lo nuevo, la sorpresa? ¿cómo se juega el deseo del analista en ese empuje, movimiento, forzamiento que produce el acto del analista?
- «La paradoja del actor» Por otro lado,Vicente Palomera traía la cuestión de que el actor es solo semblante, y que, en ese sentido, el analista no hace más que ocupar el lugar de objeto a en la sesión, y que es solo eso: semblante. ¿Y entonces, como entender la sesión analítica? Se colocaron sobre la mesa dos posibilidades: una sesión semántica y una sesión a-semántica. La primera apunta a la puntualización del S2, la segunda hacia la opacidad del goce. Me pregunto entonces, en la práctica actual ¿de qué manera el analista puede maniobrar cuando la transferencia luce cada más frágil? ¿cómo poder leer el deseo del analista en cada caso?
- «Acto clínico, acto político, acción lacaniana» ¿Cómo se pueden anudar estos tres hilos? Andrés Borderías, Enric Berenguer y Chus Gómez plantearon como, a diferencia de el acto analítico que ubica al analista en el lugar del objeto a, en el acto político el analista sostiene el lugar de analizante, de sujeto, convirtiendo al psicoanálisis como un lugar móvil, más allá del consultorio. Y al mismo tiempo, a la Escuela como una comunidad de experiencias. Me resuena mucho con la lectura que hace Laurent cuando propone al analista ciudadano, haciendo énfasis en que: «Los analistas tienen que pasar de la posición del analista como especialista de la des-identificación a la del analista ciudadano… Los analistas han de entender que hay una comunidad de intereses entre el discurso analítico y la democracia, ¡pero entenderlo de verdad! Hay que pasar del analista encerrado en su reserva, crítico, a un analista que participa, un analista sensible a las formas de segregación, un analista capaz de entender cuál fue su función y cuál le corresponde ahora.» Ese es el valor de la acción lacaniana, en movimiento, a la retaguardia, donde el analista pueda decir una cosa más allá de la masa. Retomo esta última frase con la pregunta: ¿Cuál es la función, el lugar, que corresponde a los analistas ocupar en la ciudad, hoy?
- «Una bien-venida» Presentar un caso clínico en estas jornadas, marcó para mí un punto crucial en mi trabajo alrededor de la pregunta: ¿Cómo trabajo en una Escuela que no es de la que «vengo»? De la NELcf a la ELP. De Caracas a Madrid. De la inhibición a la intervención. En ese constante movimiento ubicaba el hilo de un ir y venir que se veía movilizado por el deseo. Mi apuesta -enviar el caso- implicó dar cuenta de un lugar que, si bien no es de el que «vengo», es en el que ahora «estoy». Cuando apareció el «Si» al caso por parte de la comisión clínica, aparece también el «Si» -de mi lado- a consentir a otro lugar desde donde poder ubicarse, trabajar, cartelizar, interrogar. La presentación del caso abre, entonces, el lugar a una práctica que es singular, a una pregunta por el control del caso, y también a una conversación sobre ¿Cómo se analiza hoy? Los efectos aparecieron a los días: una sensación de ser bienvenido en la ELP. Las preguntas, los comentarios, la conversación sobre el caso fueron guiados y atravesados por una rotunda transferencia de trabajo puesta en marcha por los colegas de cada mesa de las simultáneas.
- «Una escuela de analizantes» Como punto final, pensar el pase en el horizonte es una orientación ética y política que tiene la Escuela Una. Por lo que en las Jornadas no se podía dejar de poner sobre la mesa, los problemas e invenciones que el pase produce y sus implicaciones en quienes pueden testimoniar sobre cómo el psicoanálisis permite otra salida ante lo mortífero del goce. En esta oportunidad, estuvo Neus Carbonell en conversación con Christiane Alberti, de lo cual resaltaré algunas frases y que dejaré con puntos suspensivos para para retomarlas en el trabajo por venir:
*No hay final sin decisión…
*Hacer algo con la pulsión, más allá del fantasma…
*De «Querer el final» a «Querer al final»…
*No hay ontología del final de análisis…
*Al llegar al final no hay verificación…
*El acto del analizante como un acto solo…
*No hay Otro que autentifica, sino un cartel (otros)…
*No hay verificación posible en relación con el síntoma…
Queda mucho por elaborar sobre el pase y lo que cada testimonio nos enseña sobre lo que el psicoanálisis enseña, el final -que supone su punto más candente- permite la entrada de la dimensión ética, de la posición del analista de ubicarse en la posición de desecho. Por esto, para mí, cada conversación sobre el pase deja entrever como una Escuela es una Escuela de analizantes, donde se producen analistas «de vez en cuando», cada vez y a su manera, uno por uno. Me quedo con las siguientes interrogantes: Apostar a que no hay una verificación posible al final ¿qué implica? ¿cómo puede el dispositivo del pase devenir en una política de la Escuela? ¿cómo la soledad del analizante se anuda a otros que dan cuenta de los movimientos en un análisis? ¿de qué lugar se autorizan los pasadores y el pasante? ¿cómo está el pase, hoy? Preguntas para seguir elaborando…
Diego Rodríguez