Insistir y sostener. Por Estela Canuto

Esta mañana me desperté con dos verbos en la cabeza, que ya no me dejaron seguir durmiendo: insistir y sostener.

Los hice míos a lo largo de muchos años de análisis, siempre articulados al deseo.

Hoy, en su empuje, vi que se abrían a un nuevo cariz: el cuidado y el amor que necesitamos estos días, para no enloquecer.

Insistir y sostener la vida, en este encierro, que implica la convivencia, o la soledad más absoluta. En la enfermedad y la muerte. En los cuidados y en los inventos para encontrarnos.

Vamos al día, aprendiendo a leer lo imprevisible.

Ínterin por Javier Norambuena-Ureta

la puerta entreabierta
titubea, del sonido
chirriante, entre camión y
celda resta
distancia en el aire, un
cuerpo amanece, otro
enfila: sendero mudo
apacigua respirar
mientras la bulla de las
calles, evacuadas, adereza
del cielo algo
vítreo, las ambulancias
arrebatan cuerpos a otras jaulas
propaga el polvo, amago
y ardor: estancia imposible
mientras muta
lo quimérico destas
jornadas, la
escena pausa, los
títeres transparentan
sus cerdas
mientras, los cadáveres
simulan a silvestre
árbol, a pies juntillas: melaza
incógnita, hay
nuevo suspiro.

Lo que nos queda. Por Yudmila Lima

El despertar nos acecha
Con dolor y con hastío
El dolor no es tuyo ni mío
Es del pueblo que sospecha

No sabemos si son ciertas
Las desbordantes noticias
Y creemos en la dicha
Que ya no toca a la puerta

Se nos escapa la lógica
De lo real imposible
Ya no somos invencibles
Como creíamos que éramos

Desolada la confianza
No nos bastan los saberes
Ya nuestros atardeceres
No se pintan de esperanza

Solo queda la distancia
Como remedio de base
Para pasar esta fase
Y que la curva se pliegue

Dura prueba nos han puesto
No podernos abrazar
No podernos consolar
Poniendo el cuerpo maltrecho

Pero nos queda el amor
El deseo entre palabras
Entre gestos y entre versos
Nos queda nuestro universo
Nuestros amigos cercanos
El soñar libre y lejano
Nos queda la poesía
Nuestra alma
Nuestra osadía
nuestro andar franco y lozano

QUÉ HACER ANTE LO SINIESTRO INESPERADO QUE NOS ACONTECE? Por Mila R. Haynes

No hay fe. No hay religiones. No hay libertad civil. No hay besos ni abrazos. No hay niños chillando, corriendo y persiguiéndose por las calles. No hay polución y sin embargo no sabemos dónde queda el horizonte. No hay dirección. No hay razón, no hay palabras. Por no haber no hay ni la posibilidad de despedirnos dignamente de nuestros muertos. Hay aislamiento. Es una noche muy larga donde todos estamos a cubierto de una lluvia que no vemos caer. Pero cala, muy adentro en nuestras almas, frías, húmedas, trémulas. Porque, una vez más, se pone crudamente de manifiesto que no sabemos, de esto no entendemos. Aunque si los hubo, como Bill Gates, que lo predijeron, visionarios a los que, como siempre, no escuchamos, y tiramos para adelante como si nada, haciendo oídos sordos de los discursos cristalinos de nuestros genios contemporáneos. Dónde, cómo, cuándo terminará todos esto?, qué consecuencias tendrá, que aunque muchos puedan encontrar oportunidades para lo peor, también los hay, como yo, que deseamos y vemos posible cambios mucho más que favorables, y esta vez, por fin, sin necesidad de que sea una guerra, con repercusiones mundiales. Tomemos el ejemplo del loco, que es capaz, con un hilo de vida, que aún extremadamente fino también brillante, de tejerse una certeza delirante de hierro que sostenga su frágil existencia. Ante el agujero inexpugnable donde nos arroja esta pandemia, también nosotros podemos “encontrar un roto para un descosido”, como escuché ayer decir a José María Álvarez, y ante ese roto que se nos hace por fuera y por dentro, cojamos los fragmentos que quedan por ahí sueltos e inventemos. Como el Arte Kintsugi de la cultura japonesa, que coge los trozos de sus cerámicas rotas y los unen con oro fundido, dejando ver claramente la huella de la fractura, de cada uno de los añicos, para no olvidar quizá, recorriendo como riachuelos de oro el conjunto de una nueva y magnífica pieza. Reinventemos, esa es mi propuesta.

Ruidos de lo traumático por María Victoria López Almansa

La sordera

Arrancar una palabra a la sordera/
Que le haga hablar/
Alguna palabra que se oiga/
Que se escuche/
El balbuceo de la sordera/

No se oye la palabra/
No se escucha/
No balbucea la sordera/
No se entiende/
No se oye/

La sordera no habla /
El silencio lo escucha/
Atormentada sordera sin palabra/
Acoplada al silencio/
Que tampoco la escucha/

La angustia

Una angustia sin aviso/
Una angustia sin anticipo/
Una angustia que se mantiene/
En aumento progresivo/

La nada la alimenta/
De infección emponzoñada/
Saltando de una a otra/
No se percata de su espanto/
El espanto de la angustia/

Busca un sitio fijo/
Sin sobresalto/
Sin ruidos/
Donde la espantada angustia/
Elimine el espanto/
Y quede la angustia/

TELEDIARIO: Por Joaquín García Ruiz-Zorrilla. 28 de marzo de 2020

El mundo

El presidente anuncia las nuevas mismas
medidas. No es que sea poco original.
Es que el virus es muy insistente.

Trump sostiene que
pese a los muertos,
hay que mantener la productividad.
Las respuesta, es ética y rotunda: No

Bolsonaro insiste en negar los hechos.
Es más necesario que nunca,
aplanar la curvatura…de la desmentida.

Miles de datos, discursos,
gráficos.
(ininterpretable)

La realidad

Los niños que se agolpan en la puerta de la casa
preguntan si se ya se puede salir.                                    

Al principio pensé que aplaudíamos
solo por los sanitarios. Ahora me doy
cuenta de que aplaudimos por cada
uno de nosotros.

La familia de abajo juega al
bingo hasta altas horas de la noche.
Gritan apasionadamente.
Ningún vecino puede decidir si eso le
enfada o le tranquiliza.

He visto flores llegar hasta las ventanas
y nidos de ave crecer en los buzones.
La vida es misteriosa, pero tiene sus motivos.

La gente decide con angustia cómo
poder atender a sus familiares enfermos.
Promesa a un navío nocturno:
hay esperanza.

Una destello irrumpe en mi cuarto.
Se oyen sirenas en la lejanía.
Es cierto, la luz tiene su potencia:
ahuyenta a las sombras.

Si te pido una salvavidas,
¿porque me das solo unas
palabras? Porque tú crees
mucho en los salvavidas.                   

La madre de una vecina ha muerto.
Me cuenta que no pudo cogerle la
mano ni despedirse. El entierro fue
muy rápido.  
Dice: no sé todavía si está viva
o muerta. 
¿El estado de emergencia
prohíbe también la compasión?

FRASE DEL DÍA: Nada más contrario a la lógica del capitalismo que
tener un hijo durante una pandemia.

Los comerciantes informan

El estanquero dice: “las bombas caen cada vez más cerca”. El frutero dice: “La tranquilidad es la vacuna” Dos cosas se comprueban: se fuma demasiado y hay que elegir bien al estanquero

CARTEL EN UNA LIBRERÍA DE POESÍA: Seguimos abiertos durante la crisis. Somos más que nunca, de “primera necesidad”.

Aplanar la curva

                                                                reducir
resistir                                 referir
maldecir                                              aludir
acudir                                                              No repetir
APLAUDIR asumir 
               discernir                                                                          Bien-vivir 
            insistir                                                     desmentir
sugerir                                                                                     Decir

Un acontecimiento histórico
ha transformado las palabras.
No infectado ha devenido tabú,
puro silencio.
Asintomático ha ascendido
a la mayor dignidad:
significa estar vivo.
Desasistido, es más desamparado que nunca.
Tranquilo equivale ahora
a inciertamente expectante.
Y la palabra gente,
que antes no significaba nada,
ahora, sin embargo,
significa muchas cosas.

La palabra
en los tiempos
del coronavirus

Ventana, Hauswand, Fachada De La Casa

“La vida estaba en
todas partes, y, sin
embargo, habría que
ir a buscarla.

No existían ya los
oráculos. Y en aquel
momento, nadie sabía
que hacer…

¿Cómo nos
reconectaríamos
ahora con la
realidad?, ¿Cómo
responder acorde a
los hechos?

La brújula de la
prudencia finalmente
dijo: hay estatuas que
ya no tienen sombra.

La noticia
corrió
como
la pólvora.

No bastaron desde
luego las lágrimas.
¿Quién hubiera
fallado a la cita?
Muros más grandes
cayeron, y sin
embargo…

Uno que era llamado
loco, solo enfermo de
lucidez en verdad, fue
el primero en
atravesar la violencia
de la armonía.

Susurrando, le dijo a
su compañera: Dame
la mano y salgamos
afuera.

Apenas segundos… y
otros muchos
comenzaron a
seguirles…”

Porque llegará un momento
que tengamos que salir…
Un final soñado.
Extraído de un poema (inédito)

Un real que se multiplica Por Sonia María Riera Gata

Intentando encontrar un lugar en mí casa, una nueva rutina; la enfermedad y la espera habían invadido mi tiempo. Finalmente el desenlace, la pérdida. Una desaparición sin despedidas. Y un pensamiento recorrió mi cuerpo: ella salió de escena y ya no vuelve más y en su lugar quedó ese agujero que no me deja pensar. De repente sentí que era un ser solo, en medio de una casa sola, en medio de una ciudad abandonada, silenciosa. Un ser que había perdido sus lazos. Abrí los ojos y me encontré con un real que confunde las direcciones y no sabes a donde te lleva, que desacelera el paso y te suspende en una cadencia que se repite, que transforma los lazos. Donde había presencia y cuerpo, ahora hay voz e imagen, pantallas y no ventanas se abren a un mundo que intentamos explicar. Una soledad compartida, dolor, angustia. Y un montón de palabras sueltas, un real sin sentido. Palabras que no alcanzan. Tuve que hacer esfuerzos para recuperarme e intentar volver a mis libros, a mis papeles y casi me obligué. Desperté de forma intermitente y me di cuenta que la vida seguía. Llamé y recuperé algunas voces y ahora tengo la continuidad de un cartel, algún curso o alguna conferencia de la Escuela de Psicoanálisis online y, por supuesto, a mi analista.

Volví a mis cuentos terminé uno que había empezado, en realidad lo pulí y lo repulí casi lo daño. Y decidí soltarlo y volver a otro. Y en eso estoy. A veces solo deambulo por la casa. Camino, medito y hablo con mi hija y mis hermanos.

Pensé que el encierro de la cuarentena por este virus que se multiplica me sería más fácil ya que tengo una soledad elegida muy preciada. Una casa amable repleta de vida, de libros, discos, cuadros, plantas, mi sofá y el piano. Sin embargo, me sentí como cuando he estado hospitalizada, como si me hubieran encarcelado. Como si me cortaran el fluir de la sangre. Quise retomar la pasión por la lectura pero algo del discurso narrativo se había roto. No podía leer novelas, ni cuentos, tampoco a Lacan. Ni siquiera esas lecturas para las que había estado pidiendo a gritos un poco de tiempo. Ahora lo tengo, todo el tiempo del mundo pero no me podía sostener en una frase. Mi vista saltaba, mi pensamiento se interrumpía y se quebraba como un puente del que caes al vacío o quedas colgando. Mi voz interna ensordecía, o daba vueltas sobre sí misma. Sentí entonces que tal vez la poesía. Así que retomé a Pessoa, a Pizarnik, Rimbaud, Vallejo, Cernuda, Gamoneda. La poesía me acompaña mejor y me embarco en la metáfora. Leo y revuelvo los cajones del recuerdo. Salto de una cosa a otra para volver a encontrar el lugar de sosiego y sigo.

Entonces cada día me despierto y me descubro viva. No me sorprendo. El café me devuelve al latir del tiempo, contemplo mis plantas: potos, cintas,  geranio que florecen frente a la mirada. Y comienzo a escribir. Confío en la palabra. Me asomo a mi propia ventana, esa desde donde contemplo el mundo. Recupero mis fantasmas, incluyendo aquellos que casi tenía olvidados y los devuelvo. Me siento en mi sillón de pensar. Tengo mi escritorio preparado para el estudio. Hoy, haré pan.

El discurso de la pandemia Por Ricardo Schapira. Madrid, 31 de marzo de 2020.

“Este virus lo paramos unidos”, reza el anuncio gubernamental que se repite por radio, televisión, prensa e internet.

“Quédate en casa”, es el eslogan que monopoliza los diversos anuncios publicitarios de las grandes empresas.

El discurso unánime en este insólito tiempo de pandemia nos homogeneiza.

Todos somos peligrosos, todos somos héroes salvadores: los sanitarios “en primera línea de combate”, el resto de ciudadanos confinados en sus casas evitando la propagación.

Estamos viviendo “a nivel planetario, una experiencia de lo real en lo colectivo como sujeto de lo individual en distintos registros de lo real” nos dice Miquel Bassols en un texto publicado recientemente[1], retomando una definición de Lacan de lo colectivo como “sujeto de lo individual”[2].

En esta catástrofe sanitaria inédita y global podríamos decir que lo real se ha desencadenado, y la respuesta social, al modo de un nuevo anudamiento, es lo que propongo nombrar Discurso de la Pandemia, o tal vez Discurso del Coronavirus, si se lo quiere definir por su agente.

¿Podríamos formalizar el “discurso de la pandemia” haciendo uso de las fórmulas que Lacan nos legó?  Me permito el ejercicio de hacerlo, me sirve para pensar este momento trágico que atravesamos como sociedad.

Me figuro este hipotético discurso como una variante del discurso del amo ubicando al Coronavirus en tanto S1 en el lugar de agente, una ciencia impotente y agujereada en el lugar del Otro, la comunidad “barrada” (incluso la Humanidad amenazada) en el lugar de la verdad, y cayendo al lugar del producto a los más a-fectados por el virus: enfermos de COVID-19 y víctimas mortales desbordando los servicios sanitarios, generando cifras de pérdidas que no se cesa de contabilizar.

“La referencia de un discurso es lo que manifiesta querer dominar” dice Lacan en el Seminario 17[3]. Hasta nuevo aviso este Coronavirus nos domina, y el discurso que ahora impera nos permite hacerle frente.

Somos tomados por este discurso dominante, y puestos al trabajo por el escurridizo virus. Por supuesto que de un modo variable, contingente y no totalizador.

En el lugar del saber, cual esclavos, no sólo están los científicos investigando en sus laboratorios, porque para paliar la urgencia de este momento incierto, se suman desde todas partes, por ejemplo, quienes producen mascarillas de los modos más inverosímiles y los que elucubran teorías de todo tipo para intentar explicar el fenómeno que nos está aconteciendo.

La relación con el goce del Otro también está variando.

Se observa con cierto asombro que la gente ahora es más amable, pareciera haber más tolerancia y solidaridad entre los vecinos.

Dice Jacques-Alain Miller: “Se quiere reconocer en el Otro al prójimo, pero siempre y cuando no sea nuestro vecino. Se lo quiere amar como a uno mismo, pero sobre todo cuando está lejos, cuando está separado.”[4]

Con el confinamiento, todos separados y cada uno en su casa, pareciera que el imposible mandamiento “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, de modo contingente, cesa de no escribirse.

Si el racismo es el odio al goce del Otro, en estos tiempos de pandemia, los “diferentes”, por su origen, religión o estilo de vida, ya no resultan tan amenazantes.

El virus, como amo absoluto, es lo más amenazante que nos está ocurriendo.

En el lugar del Otro, estamos todos concernidos. Y en el lugar de la verdad, en tanto comunidad, estamos barrados por el mismo mal.

No es posible segregar sólo a quien padece el virus, porque todos somos posibles portadores del mismo. El Coronavirus es un real que nos colectiviza, es a la vez íntimo y exterior, de todos y de nadie, pura extimidad. Un real que impacta en nuestros cuerpos, y en el cuerpo social.

El futuro que nos depara es incierto, pero también apasionante.

Resulta interesante pensar los efectos que el discurso dominante está produciendo, pero también los que pudiera producir en el futuro, cuando ya no rija nuestras vidas.

Hay cierto acuerdo en que este traumático acontecimiento que estamos viviendo marcará un antes y un después, un punto de inflexión en la historia de la humanidad.

La incógnita que está en el aire, y es motivo de muchas reflexiones, es qué vendrá después, cuando la amenaza del virus desaparezca, termine el confinamiento y podamos volver a salir, a acercarnos y mezclarnos entre nosotros nuevamente.

La devastación económica que nos dejará la pandemia, ¿quién la va a pagar? ¿los de siempre? ¿o podrá ser una oportunidad para construir una sociedad más justa?

El “entre todos” de la lucha contra la pandemia ¿se desvanecerá o conservaremos algo de la sensibilidad social que ahora nos embarga?

¿Será capaz la humanidad de reinventarse y desviarse así del rumbo que le conduce presumiblemente a su autodestrucción?

Si, como ha dicho Heidegger, en el peligro crece lo que nos salva, podría ser alentador que se preservara algo del lazo social solidario que la experiencia de la pandemia suscitó.


[1] Miquel Bassols, La ley de la naturaleza y lo real sin ley, publicado por la ELP, Comunicación ELP, 24 de Marzo de 2020.

[2] Jacques Lacan, Escritos. Ed. Siglo XXI, Mexico 1966, p. 203.

[3] Jacques Lacan, Seminario 17, “El reverso del Psicoanálisis”. Ed. Paidós, Buenos Aires 1992, p.73.

[4] Jacques-Alain Miller, Extimidad. Los cursos psicoanalíticos de Jacques-Alain Miller. Ed. Paidós, Buenos Aires 2010, p. 53-54

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