Resonancias del 39º Festival de Otoño

Por Carmen Bermúdez – Miembro de la ELP y de la AMP

Del 11 al 28 de noviembre tuvo lugar en Madrid el 39º Festival de Otoño bajo la dirección artística de Alberto Conejero que comenzó su andadura en este cargo ya en la anterior edición. Con Alberto hemos tenido ocasión de conversar acerca de lo que distingue a su teatro hace unos años para la revista Letras Lacanianas nº 10 como así también, recientemente, en las ultimas Jornadas de la ELP.

El pasado año, gracias a su empeño y al de su equipo, se pudo llevar a cabo a pesar de las restricciones y a ello hace referencia en su texto de presentación del festival de este año:

“Creo que fue ejemplo de la voluntad conjunta -de la ciudadanía y de los creadores- por permanecer unidos, por proteger un arte tan frágil y poderoso como es el teatro, aun en circunstancias muy adversas. Las cifras de espectadores y taquilla avalan el éxito del esfuerzo realizado, pero más allá de éstas, no olvidaremos nunca la emoción compartida por haber podido celebrar, en todas las acepciones del término, nuestro Festival de Otoño.

Un año después, nos enfrentamos todavía a las consecuencias de la pandemia; nos preguntamos qué vendrá ahora, cómo volver a estar juntos. Ante esas preguntas, formidables y pavorosas, estará el teatro para acompañarnos.

En este tiempo hemos sido conscientes de la fragilidad y de la potencia de nuestros cuerpos, de su misterio y de su elocuencia, de lo singular y de lo universal de cada uno de ellos. Toca ahora volver a estar juntos y continuar, aunque no sepamos muy bien hacia dónde.

Esta edición del Festival de Otoño se pregunta cómo y desde dónde vamos a construir ese porvenir compartido. En otras palabras, quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser al poner de nuevo unos cuerpos junto a otros: el cuerpo como signo central de la existencia. Así presentamos piezas que, desde el teatro físico, la danza o la performance, exploran las posibilidades poéticas, filosóficas y estéticas del cuerpo.”

Entre las piezas que tratan de recoger esta temática del Festival están el Tríptico de Peeping Tom y Cuerpo de baile de Pablo Messiez. Sobre estos dos espectáculos aportaremos el comentario de Pilar Berbén y Carmen Bermúdez, respectivamente.

Sigue comentando en su presentación el director del Festival: “Ante la posibilidad de la desaparición, hemos sentido también la importancia de la herencia y del vínculo. Nos preguntamos qué es lo que debemos salvar a cada instante del incendio al que llamamos tiempo. Del vivísimo diálogo entre de la contemporaneidad con la tradición, presentamos Transverse Orientation de Dimitris Papaioannou o Imprenteros de Lorena Vega y sus hermanos”. Recogemos también sendas reseñas sobre ambos espectáculos.

Por último, se refiere Conejero a otro centro de interés que ha tratado de recoger la presente edición del Festival: “Ante las amenazas y retos del mañana pospandémico (crisis climática, precariedad laboral, ascenso de los totalitarismos, etc.), una pregunta emerge inevitable: “¿quiénes seremos allí donde nos dirigimos?”. De este interrogante nacen propuestas como Fairfly de La Calòrica.”

El objetivo principal, por tanto, este año ha sido que el teatro recupere su razón de ser como “arte de la reunión” y tratar de volver al teatro presente y en presencia.

Ha tenido este festival la vocación de ser una ventana a la creación internacional, pero también se programan compañías que están comenzando.

Dichos objetivos han sido cumplidos con creces.

Cuerpo de baile De Pablo Messiez

Pablo Messiez, del que seguimos su trayectoria hace años, se ha prestado en sucesivas ocasiones a propuestas que le hemos hecho en nuestra Sede como, por ejemplo, la entrevista que nos concedió junto con Alberto Conejero para el número 10 de la revista Letras Lacanianas, a partir del estreno de su aclamada obra La piedra oscura. Es para nosotros lo que a veces denominamos coloquialmente un “amigo del psicoanálisis”.

En esta ocasión lo que nos convoca es su estreno en el 39º Festival de Otoño de su última obra Cuerpo de baile. Se trataba de uno de los espectáculos imperdibles en esta edición del festival.

En esta pieza la danza forma parte de un mismo cuerpo con el teatro y la música. Messiez, que ha trabajado con textos propios y ajenos a lo largo de su carrera, vuelve a concebir una dramaturgia que busca, a través del cuerpo “no hacer lo que ya hacíamos”.

En Cuerpo de baile aparece alguna palabra, repetida por cada uno de los actores, pero no hay texto literario.  Convoca al espectador a través de sensaciones y vibraciones de la música, asistiendo a los movimientos de esos cuerpos en un escenario desnudo, a la búsqueda de sus sentimientos y emociones.

A partir de la lectura de Cuatro Cuartetos de T.S. Eliot, inspirados en el Cuarteto para cuerdas nº 15 de Beethoven, dice Messiez que empezó a armar la pieza. Luego desapareció el texto para dar paso a uno de los movimientos de dicho cuarteto titulado Canto de agradecimiento a la divinidad de un hombre que sanó, y que es la música que suena en el último acto de la función. Junto al material clásico de Beethoven, hay composiciones originales, música brasileña y recuerdos lejanos de zarzuela.

Comienza la función con cuatro seres desubicados en escena, perdidos en un espacio cerrado, Poliana Lima busca un amigo que nunca vendrá, Lucas Condró repite “déjalo, déjalo, acá es así, es así”. Un mundo sin agarraderos, de paredes descubiertas, en el que tan solo vemos un cuadro de Degas pequeñito que nada cubre. La pieza se irá dividiendo en cuadros (El aire, Las canciones, Lo que vibra, La lengua, El canto de agradecimiento), cuadros en los que sin palabra estos personajes van desglosando sus pérdidas, sus heridas, sus afanes. Destaca un baile de Condró con música de los Cantos de Auvergne de Canteloube, Bailero, un baile de cuerpo roto, torcido, descompuesto pero que aún sigue buscando.

En un momento de la obra todo se para, todo acaba. Poliana Lima sigue buscando a su amigo, a un Godot que esta vez se topa con la muerte. Juan José Rodriguez le contesta: “Está muerto. Todo ha muerto. Todo aquello” dice, señalando al público. “Pero también todo es movimiento. Somos ese río. Nadie no se mueve. No se puede. Escucha”, ahí comienza a sonar el “Canto de agradecimiento a la divinidad de alguien que ha sanado, o se ha recuperado”, Cuarteto de cuerda opus 132 de Beethoven, pieza musical que compuso después de sanar de una enfermedad que casi le lleva a la muerte. La obra acaba en sanación. Los cuatro cuerpos presentes en escena, en una escena que ha sido delimitada como ataúd, como nuestro propio mundo, ahí, justo en esa realidad concebida y asumida como nicho, esos cuatro cuerpos bailan, se reconcilian, sanan. Precioso y luminoso final: “Al poder volver a las salas, mi necesidad fue un poco la de empezar de nuevo. Sin escenografía ni vestuario. Los cuerpos en el espacio y ver qué pasaba ahí”, explica Messiez.

Messiez reconoce que el vértigo de lanzarse a un terreno tan desconocido hizo que, en los inicios del proyecto, en el que los cuatro bailarines y el propio director han creado la coreografía, introdujera algunas palabras, que fueron desapareciendo conforme avanzaba el espectáculo.

Para el viraje Messiez se ha agarrado a dos actores y dos bailarines. El bailarín Lucas Condró “es un animal, un niño animal bestial que baila como caballo salvaje. Y eso es lo que me interesa de él: su imprevisibilidad”, explica Messiez. La incombustible Claudia Faci “el cuerpo de Claudia, su modo de escuchar, esa especie de fragilidad que es su fuerza”. La brasileña Poliana Lima: los límites en Poliana se van ensanchando en direcciones múltiples”, sintetiza Messiez. Y un actor que ya es la cuarta vez que trabaja con Messiez, “Juan José Rodríguez es actor total, me interesaba tener a un actor total ya que lo que quiero es justamente borrar esa clasificación que nos quita potencia. Pensarse actor, bailarín, músico, solo le viene bien al mercado”.

“Uno nunca sabe cuándo y cómo nacen las obras”, explica Messiez, pero en el caso de Cuerpo de baile, el director sí cree que está muy ligada a la pandemia por la covid. “El confinamiento que pasamos fue un momento muy doloroso ante la perspectiva de no saber si íbamos a poder volver a encontrarnos. Después de tanto tiempo encerrados tuve la necesidad de poner el foco en la cualidad ritual del teatro como una actividad humana que tiene que ver con el encuentro y el espacio”.

 “Si no hay cuerpo, no hay teatro. Es el corazón del corazón de lo escénico”, asegura Pablo Messiez, a quien desde hace tiempo le molesta la distinción entre teatro, danza y música. “Siento que el teatro está tomando una deriva, al menos aquí en Occidente, en la que te lo dan todo resuelto y yo busco no plantear ninguna resolución. La danza es puro presente, con unos actores que hacen cosas y no representan”.

Y aunque este paso hacia la danza no lo ve Messiez como una ruptura en su trayectoria, sí está claro que algo cambiará, advirtiendo, por otra parte, que no abandonará el teatro de texto.

Fuentes: Programa del Festival de Otoño, Diario.es y El País.

Transverse OrientationDe Dimitris Papaioannou

La enorme figura de un toro, arquetipo de la cultura mediterránea, es una de las potentes imágenes escogidas por el director griego Dimitris Papaioannou para Transverse Orientation, que, con el fondo de la música de Vivaldi, proyecta, mediante la danza, una serie de reflexiones sobre la historia de la humanidad, sobre su circularidad y la relación entre hombres y mujeres. La orientación transversal del título de este espectáculo es la trayectoria que siguen insectos como las polillas impulsadas por un mecanismo interno, que se desbarata cuando cae sobre ellas la luz artificial, a la que se ven atraídas irremisiblemente girando en círculos. Este desvío de trayectoria lo aplica Papaioannou a la humanidad, que ha venido girando a su vez en círculos atraída por la idea de la divinidad en los sucesivos cambios de civilización, impulsados por un equilibrio entre la energía masculina y femenina. Las consecutivas y hermosas escenas de Orientación transversal invitan, según la idea de Papaioannou, a considerar estas mutaciones y la relación con nuestros antepasados

El ateniense Dimitris Papaioannou fue un reconocido pintor y dibujante de cómics, antes de que su carrera se enfocara hacia las artes escénicas, en las que ha ejercido de director, coreógrafo, intérprete, diseñador de decorados, vestuario, maquillaje o iluminación. También estudió en la Escuela de Bellas Artes de Atenas. Formó inicialmente Edafos Dance Theatre en 1986 para crear sus propios montajes, híbridos entre el teatro físico, la danza experimental y la performance. En 2004, Papaioannou se hizo mundialmente conocido por la dirección de las Ceremonias de Apertura y Clausura de los Juegos Olímpicos de Atenas de aquel año. Es considerado hoy como el genio de la escena griega.

Papaioannou es la parte más visible de un pequeño pero floreciente movimiento de nueva danza griega, que comienza a despuntar en los escenarios internacionales con otros nombres y otras estéticas.

Habitado por hombres, usualmente desnudos, escasas mujeres y abundantes seres negros de pequeñas cabezas que parecen fugados de un tebeo, el universo insólito de Transverse Orientation está en constante transformación y parece siempre avanzar hacia la catástrofe. Se inicia con el pequeño desperfecto de un tubo de neón en una impoluta pared blanca y termina con el escenario desmontado, desguazado e inundado.

Entre medias, una cascada de imágenes de superlativa belleza.

Está muy presente el legado de la cultura griega. El enorme toro, manipulado hábilmente por los bailarines, inspirado en el Minotauro de la mitología griega. El desnudo masculino, de un blanco marmóreo, nos recuerda la tradición estatuaria clásica de la cultura griega, aunque parece conectar con la abierta militancia homosexual del coreógrafo.

En cualquier caso, una lectura posible de esta obra polisémica arroja una mirada contrastada entre el ideal de perfección del pasado clásico y nuestro presente caótico. La paulatina deconstrucción del escenario, parece un avance lento pero indetenible hacia la destrucción y la catástrofe. Una catástrofe bellamente representada que no abandona su dimensión trágica.

No hay una narrativa convencional en Transverse Orientation, pero sí múltiples sugerencias que el espectador podrá ordenar y acomodar a su antojo. Monstruos y seres andróginos creados al enredar los cuerpos de dos bailarines. Hombres que son sirenas. Un buzo desnudo. Entes extraños en labores indescriptibles. Cuerpos inertes que parecen esculturas. Toros gigantes, figuras minúsculas. Ladrillos, escombros y fuentes de agua. Mucha agua… las imágenes se suceden indetenibles y quedan abiertas a ser leídas.

A los comentarios recogidos en la página oficial del Festival y algunas crónicas de prensa, quisiera aportar mis impresiones. Aparte de estar totalmente de acuerdo con la belleza de las imágenes de los cuerpos que atraviesan el escenario, desnudo también. Una pared blanca como fondo con una pequeña puerta por la que entran y salen los distintos personajes y un grifo del que recogen agua. Cuerpos enredados entre una escalera, un somier u otros cuerpos, realizando movimientos a cuál más bello.

Algunas imágenes me impactaron especialmente y en ese escenario de destrucción en el que de un muro que se atisba por la pequeña puerta acaba volviéndose a construir otro muro. La escena final en la que debajo del escenario deconstruido se halla el agua, no pude por menos que ver la plasmación bella y siniestra, hoy día, del mar Mediterráneo.

Fuente: Programa del Festival de Otoño

ImprenterosDe Lorena Vega

Es una obra de teatro documental que revisita el lugar perdido por tres hermanos: una imprenta del extrarradio bonaerense argentino donde se criaron rodeados de papeles, tintas y guillotinas, y que les fue arrebatada. Con cintas de vídeo, fotos y bailes, se reconstruirán los sucesos que llevaron a la imprenta a su desaparición. Este biodrama, en el que participan los protagonistas directos de la historia que no son actores junto a un equipo actoral encargado de recrear las situaciones, es un encuentro de distintas disciplinas artísticas y laborales. Y plantea una reflexión, desde una mirada femenina, sobre el universo del oficio gráfico; el retrato de una familia atravesada por un oficio y las vicisitudes de un país, de un tipo de clase, en una época cambiante pero que encuentra resistencias.

Lorena Vega es actriz, directora, dramaturga y profesora, con una trayectoria de más de 15 años como intérprete. En teatro ha estrenado más de 50 obras, entre las que destacan Salomé de chacra,La vida extraordinariaAmor a tiros y Yo Encarnación Ezcurra. Además, cuenta con premios y nominaciones por diversas obras teatrales, y ha sido galardonada con el Premio Konex 2021 a la Mejor Actriz de Teatro de la década. En cine ha trabajado desde 2005 en largometrajes, telefilmes y cortometrajes, entre los que destacan Aire libre, La paz, Diablo y La memoria del muerto.

Nos dice la autora: “Mi abuelo gráfico, mi padre gráfico, mis hermanos gráficos. Todos crecimos entre resmas de papeles, olor a tinta y sonidos de máquinas. Hoy no puedo regresar a lo que queda de la imprenta de mi padre, y es entonces en el espacio escénico donde busco las formas de recorrerlo nuevamente. Y así, ir descubriendo los puentes tendidos entre un oficio y el otro. El de imprimir y el de actuar.” 

Esta pieza permite este encuentro propuesto por el Festival de Otoño entre la tradición y la actualidad. La oferta escénica de Lorena Vega hace dialogar su tradición familiar y su apuesta por la actuación, frente a lo traumático de la imposibilidad de regresar a la imprenta. La escena final con los cuerpos a modo de máquina impresora me pareció genial.

Fuentes: Programa del Festival de Otoño y página web de Timbre 4.

Fairfly De La Calòrica

La reflexión política y el humor recorren el teatro de la compañía La Calòrica, que lleva más de una década sobre los escenarios. Y a ello responde Fairfly, premio Max al mejor espectáculo revelación en 2018. El mundo laboral y la crisis económica constituyen el marco de un relato sobre cuatro amigos que intentan organizarse después de que la empresa donde trabajan les haya comunicado la apertura de un ERE (Expediente de Regulación de Empleo). Entre ellos discuten si defender los puestos de trabajo o hacer realidad una vieja y brillante idea que tuvieron en el pasado. Fairfly, según sus autores, incide en una realidad del presente, la del intento de gobiernos y mercados de maquillar las cifras del paro y acabar con la conciencia de clase, de manera que intentan demostrar que si la vida profesional es precaria, infeliz e insatisfactoria se debe a la falta de “cultura emprendedora”. Y así, a la vez que se liberalizan los despidos y se recortan los derechos laborales, proliferan las campañas de ayuda a las start-ups y los eslóganes motivacionales como: “Sal a cumplir tu sueño” o “Sé tu propio jefe”.

En un escenario minimalista, sentados alrededor de una mesa los cuatro actores van dialogando en distintas escenas hasta que nos muestran cómo ese “sueño” prometido para los “emprendedores” se puede convertir en pesadilla. La pieza permite da la opción de despertarse de ese mal sueño…

Fuente: Página del Festival de Otoño

Triptych: The missing door, The lost room and The hidden floor (Tríptico: La puerta que falta, La habitación perdida y El piso oculto) – De Peeping Tom

Por Pilar Berbén – Socia de la sede de Madrid de la ELP

El pasado mes de noviembre se ha celebrado en Madrid el 39º Festival de Otoño. Lo inauguró la Compañía belga de danza y teatro Peeping Tom, fundada por Gabriela Carrizo y Franck Chartier.  

Desde hace dos décadas ha desplegado su fascinante universo creativo por escenarios de todo el mundo. Su imaginario parte de un contexto hiperrealista, desarrollando un lenguaje personalísimo donde se mezcla la danza acrobática, el ilusionismo, así como atmósferas inquietantes, suspense… y mucho más.  Pero ese realismo pronto queda roto, transportando al espectador a mundos inconscientes, destapando pesadillas, miedos o deseos y esas atmósferas perturbadoras en las que enmarca sus reflexiones, les han reportado fama internacional. 

La escenografía de esta obra, representada en los Teatros del Canal, reproduce tres platós cinematográficos, uno por cada parte del tríptico, sus personajes viven entre la realidad y la imaginación, atrapados, pero a la deriva, como en un sueño.

The missing door.  Sucede en una habitación desconcertante, rodeada de puertas que se abren y se cierran.  Bailarines que se retuercen como atravesados por la posibilidad de la muerte, pero también del amor. Mientras, un hombre se debate entre la vida y la muerte. 

The lost room. Está ambientada en el camarote de un barco, donde se encuentran unos personajes atormentados. Es un espacio de locura y pesadilla. Las puertas de salida se convierten en puertas de armarios que esconden monstruos del pasado. Los bailarines aparecen y desaparecen (literalmente, son tragados por las paredes, la cama, el suelo), como si fueran fantasmas. Así llegamos a la última parte.

The hidden floor. Parece un restaurante abandonado, pero la catástrofe hace estallar lo cotidiano.  Hay fuego, el suelo se inunda de agua y el viento sacude los cuerpos de los personajes y también al público. Es impresionante.

Los tres espacios recrean un mundo inquietante, oscuro y cerrado del que sus personajes intentan escapar mediante un lenguaje de movimientos increíbles y espectaculares, que es la esencia de todas las producciones de la compañía belga. 

Este lenguaje corporal, que desafía la lógica de los espectadores, con movimientos imposibles: flexiones extremas, equilibrismos, contorsiones siniestras, como si se tratara de un muñeco de trapo y todo ello sublimado por una ejecución deslumbrante. 

Son tan impactantes estas imágenes, junto conla iluminación y el sonido compuesto por fragmentos musicales y diferentes ruidos, que hacen de este espectáculo algo único. Despierta emociones, perturba y quizás sea por todo esto, que perdure en la memoria durante mucho tiempo. Al menos ha sido así para mí.  

Fuentes: Programa Festival de Otoño y Diario El País.

Numancia

Por Graciela Sobral – Miembro de la ELP y de la AMP

He ido a ver Numancia, de Cervantes, escrita en 1585.

Pensaba que sería una obra muy clásica y expresada en términos tradicionales, pero, desde el primer instante hasta el último, la obra dirigida por Ana Zamora fue un más allá de Cervantes y nos llevó a otro mundo. Desde mi punto de vista la música, los instrumentos musicales antiguos, las voces, el movimiento de los actores en la escena, la economía de medios fueron un conjunto extraordinario, para mi pocas veces visto en relación a un autor del siglo XVI.

Me ha parecido que la forma de modernizar o de traer al presente un texto de hace cinco siglos es bella y muy rigurosa, inclusive ritual. Los actores danzaban con extraños movimientos, se revolvían como muñecos plásticos y, mientras tanto, sin que lo notáramos mucho, se iban produciendo la destrucción de Numancia y la muerte.

Para mi ha sido una experiencia importante ver la manera como la directora muestra la triste historia de una ciudad valiente que ha elegido su desaparición frente a la posible entrega a los enemigos romanos. Se trata de un grito mudo que vela el horror de la situación donde uno tras otro va cayendo para no quedar sometido. Muestra una decisión ética y política con pureza, con delicadeza y con el uso de metáforas envueltas en música y movimiento.

Os invito a ver esta obra donde lo trágico, sin desaparecer, es velado y transformado en poesía.                                                                      

  • Numancia – Teatro de la Comedia (Madrid), hasta el 30 de diciembre.
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