Lautaro Perotti y Santi Martín. «Próximo» Escrita y dirigida por Claudio Enrique Tolcachir

Marta Mora-Doldan Moreno, Socia de la ELP de la Sede de Madrid

Resonancia: «Próximo» de Claudio Enrique Tolcachir

Empieza la función… me distrae ese actor…, al borde del escenario, tan cerca… ¿plancha de verdad? …y ¿con que enchufe? Parece que sí plancha…mientras habla con otro que está detrás que no se miran ni se tocan…

Desde el inicio, la magia del teatro de Tolcachir, director y autor, me atrapa.

Asistimos a la relación de dos seres. Un inmigrante argentino en Australia, (Pablo), y un actor de telenovelas, (Elián) español residente en Madrid, hijo de un político.

Pablo ( Lautaro Perotti)  y Elián (Santi Martín), excelentes actores, que aunque comparten escenario, no están en el mismo espacio, usan móviles y ordenadores para conversar pero nunca se han encontrado físicamente.

Mientras ellos hablan y se mueven en la escena vemos como construyen un vínculo afectivo, se van necesitando mutuamente, como en el amor. Hablan y como la anécdota que cuenta Freud sobre una niña que temía a la oscuridad y le pide a su tía, “¡Háblame!” y la tía le dice “¿Para que?”, “porque cuando hablas hay más luz!!”, dice la niña.

Y si, hablan y se va haciendo la luz acerca de la inmensa soledad que padecen y la intensa necesidad de la presencia del otro, de la distancia que provoca angustia, del deseo de que el otro esté ahí, al alcance de la mano, de la tensión entre protegerse y comprometerse, de la tensión entre el deseo de unión con el otro y la imposibilidad de concretar un encuentro de los cuerpos.

Con sutiles detalles en el diálogo Tolcachir nos muestra la diferencia de clases, cada uno habla desde su realidad, aunque el inmigrante sin papeles no ignora tanto la realidad del otro. Los dos están muy solos.

Un día la añoranza del cuerpo es tal que Pablo pregunta: ¿y tu a que hueles? Elián hace caso omiso del detalle romántico, pero cuando el amor y la ausencia se intensifican, es Elián el que pregunta lo mismo y Pablo contesta: ¡a Kebab! La ironía y el humor están presentes… ¡Y duele, vaya si duele! 

Con un vestuario mínimo, a cargo de Cinthia Guerra, sabremos que Pablo,el inmigrante, trabaja duramente en distintos oficios mal pagados. En ese sentido es interesante la escena casi al final, cuando no sabemos ¿¿si Pablo se está vistiendo de bombero?, de barrendero? sus mangas y sus pantalones a media pierna amarillos nos engañan…hasta que se embute la cabeza de Burt Simpson!!!

Sin quejas ni decires dramáticos ambos transmiten su inmensa soledad, como cuando Pablo dice “Tengo que pasar por maternidad. Se abrazan todos con todos, a ver si alguien me pega un abrazo” o cuando dice no saber si lo tratan bien o mal, como no sabe el idioma ¡no sé si me insultan!  

La obra es como un trampantojo, Sofia Vicini, construye la escenografía como un salón que puede pertenecer a Pablo o a Elián, quienes a miles de km de distancia se comunican como si estuvieran juntos. Al fondo del escenario, un gran guardarrail de carretera partido, ¿tal vez para explicitar la distancia que los separa?, el afuera de sus casas?

La tecnología está presente sólo en los objetos con los que se comunican y esto seguramente tiene que ver con lo que declaró Tolcachir a un periódico argentino: El teatro es una vibración distinta. Me gusta mucho no depender de la tecnología, que lo espectacular no esté en la puesta en escena. Los climas cambian sin nada. Eso no lo puede hacer el cine. El teatro lo hacen los actores, en complicidad con el deseo del público de creer. En eso es imbatible”.

Y así nos coloca en una situación similar a la de los protagonistas, pura voz y mirada, casi con su misma angustia. Lo “imbatible” hace posible recrear una relación virtual y los avatares de un vínculo de amor, con sus tiempos, sus malentendidos, sus distanciamientos, sus ofensas y sus deseos, sin los cuerpos.

Eso que falta, que de tan ausente está presente, empujará al encuentro. Marta Mora-Doldan Moreno.

Sonia María Riera Gata, socia de la ELP de la sede de Madrid

Resonancia: «La lluvia amarilla» de Julio LLamazares, Adaptada y dirigida por Jesús Arbués

Ainielle

Donde la lluvia no cesa

“…lejos el pórtico invadido de zarzales, las maderas podridas, el tejado

vencido y el sólido bastión de la espadaña que todavía se yergue sobre la destrucción

y la ruina de la iglesia como un árbol de piedra,

como un cíclope ciego cuya única razón de pervivencia fuese mostrarle al cielo

la sinrazón de un ojo ya vacío.”

 La lluvia amarilla de Julio Llamazares

Un lugar donde el recuerdo habita; donde las ventanas de las casas, a manera de ojos vacíos, continúan contemplando la vida y la muerte que allí fue; donde la voz del tiempo arrulla la maleza que va cubriendo todo el cuerpo de aquel pueblo que sigue latiendo bajo los escombros. Ainielle, pueblo abandonado, memoria en el tiempo, la España vaciada.

Se me hace imposible pensar que Ainielle no sigue habitado por las sombras y las voces de sus antiguos habitantes, sobre todo la de uno, el último: Andrés de Casa Sosas, quien se resiste a vivir fuera de sus recuerdos. Y se queda solo, completamente solo, para aguardar a la muerte rodeado de sus fantasmas. Con voz afilada reclama al viento todo lo sucedido. Muerde su historia para extraer el dolor y el placer de la vida. Desesperado, vaciado él también como su pueblo. Abre un agujero en su recuerdo, en su carne, y se rodea de sus seres más querido, más odiados para convocar el dolor de la ausencia, de la perdida, del amor y de la rabia. Un cuerpo desgarrado con una boca gigante, que se transforma en un grito sordo. ¿quién lo escucha?

Portada de la novela «La lluvia amarilla» de Julio LLamazares

“La lluvia amarilla” es una de las novelas más emblemáticas de Julio Llamazares publicada en 1988. Narra el final desesperado del último habitante de Ainielle, un pueblo del Pirineo Aragonés que quedó deshabitado, como muchos otros en la década de los 70. Pero la historia contada trasciende lo personal para convertirse en una alarma que señala la despoblación rural, y la pérdida que esto significa: La incapacidad de nuestra sociedad de llevar la vida al medio rural.

Jesús Arbués adapta y dirige magistralmente la obra de Llamazares, dándole vida no sólo al personaje de Andrés, sino también a la casa que habita.  Una casa que va transformándose en el tiempo. El frío y la nieve, la vejez y el deterioro en sus paredes, las ventanas ocupadas por las siluetas de rostros, de manos. Luces y sombras que en su intermitencia van transformando las imágenes. Y las hojas, hojas del otoño que como lluvia amarilla no cesan de caer. Se recrea una atmósfera que se hace densa, que cambia con la palabra. Así lo expresa Llamazares en su libro de poemas titulado: La lentitud de los bueyes, memoria de la nieve:

“Con la primera palabra nace el miedo y, con el miedo, se incendia la hojarasca del conocimiento y el olvido”

Desde la butaca que ocupas en la sala te da la sensación de que hasta el aire es palpable. Porque en la escena todo tiene cuerpo, presencia. Cuando en realidad el único mueble que hay es una cama, porque lo demás son sombras, imágenes, proyecciones y las palabras.

Dos actores en escena Ricardo Joven y Alicia Montesquieu uno a cada lado para narrarnos lo acontecido en el último día de Andrés Casa Sosas mientras espera la muerte.

Él es un grito desesperado, “un triste cadáver insepulto”. ¿Loco? No, no está loco. Pide cuentas al tiempo, a su historia, a la vida. Un hombre desgarrado por la perdida. El actor gesticula, con una voz rotunda llena de llanto y dolor.

“Me dejaron aquí completamente solo, abandonado, royendo como un perro mi propia soledad y mis recuerdos”

 Como contrapunto ella que, desde la más tierna y triste dulzura, canta. Canciones que te recogen, te duelen, pero muy adentro. Él agitado cavando su tumba antes de que se le congele la sangre. Ella serena transformando el tiempo en una línea melódica que suaviza las palabras. Palabras envueltas en una tela suave, una caricia que consuela, que acompaña.

Toda la poesía que encierra la obra de Llamazares queda manifiesta en esta adaptación al teatro. Y te la llevas a casa, y la abrazas y la vuelves a leer y descubres lo que una vez dijo:

“Yo pienso que todo lo que he escrito y todo lo que voy a escribir en mi vida es el primer verso de mi primer libro de poesía: Nuestra quietud es dulce y azul y torturada en esta hora. / Todo es tan lento como el pasar de un buey sobre la nieve”

Sonia María Riera Gata

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