El encuentro entre dos sujetos siempre es fruto de una contingencia, la posibilidad de que suceda o no dependerá de muchos factores aleatorios, pero también de ciertas decisiones y pasos que se van dando y que generan un acercamiento gradual hasta un punto donde suele ocurrir la colisión. Se trata de estar en el lugar y la hora indicados para coincidir.
Según el diccionario la contingencia también implica un riesgo, la proximidad de un daño o un peligro que nos aleja de la sensación de seguridad, por lo cual no sería loco pensar que cuando dos sujetos caminan el uno hacia el otro el riesgo de daño puede aumentar.
El buen-encuentro nunca está garantizado, incluso si sucede, en un principio nada nos asegura que se sostendrá de esa manera a lo largo del tiempo. Por supuesto, esto nos lleva a preguntarnos por el enganche, por esos detalles que hacen las veces de prendedor y que mantienen la unión entre dos. Me refiero a rasgos inconscientes que resuenan en el otro y que en ocasiones pueden estar teñidos de agresividad, fuerza y destrucción, como es el caso de la relación entre Picasso y Dora Maar.
Lacan afirma que, en sustitución a la no relación sexual, surge el amor [1]. ¿Había amor entre Dora Maar y Picasso? ¿Qué los unía? Hablemos un poco sobre sus vidas por separado y luego de cómo fue su vida cuando se juntaron a partir de ese primer choque de miradas.
¿Quién fue Dora Maar?
Su verdadero nombre fue Henriette Theodora Markovitch, nacida en París, pero criada en Buenos Aires hasta sus 13 años debido al empleo de su padre, famoso arquitecto croata quien, orgulloso de su trabajo, la llevaba a “la torre Miradora” para admirar su obra con un telescopio. Desde su infancia ya se va perfilando la relación de Dora con la mirada, que será un elemento central a lo largo de su vida y en la relación con Picasso.
Mientras el padre la induce a mirar, Dora es mirada por la madre, que la vigila a través de una puerta de vidrio cubierta por una cortina que separaba la habitación de sus padres de la suya. También sabemos que desde esa puerta ella presenciaba las frecuentes peleas de los padres, que desembocaron en la separación [2].
Su madre tenía una tienda de sombreros que ella misma elaboraba y se dedicó a vestir a Dora con ellos de forma teatral y extravagante. Esto fue un rasgo que Dora retomó en su vida adulta y que le permitía captar la mirada de los otros.
Una vez de regreso a París se consagró a la fotografía con gran entusiasmo, siendo reconocida por los medios y por el grupo surrealista de la época por el estilo dramático y extraño de su obra, formando parte de dicho movimiento rápidamente.
Era descrita por sus conocidos y parejas como una mujer de carácter fuerte, orgullosa, “propensa a estallidos”, “testaruda”, “con mal genio y que llora” [3].
¿Quién fue Picasso?
Pablo Picasso nace en Málaga en una familia de pintores. Su padre era profesor de dibujo y lo educó desde niño en la pintura académica, que aprendió bastante rápido y bien. Sin embargo, poco a poco iba experimentando con sus propias maneras, haciendo garabatos y deformando las figuras.
Su madre lo veía como el niño ideal capaz de lograr cualquier cosa que se propusiera, alentándolo a ir más allá de su padre. Dalila Arpin retoma este punto tan importante diciendo que Picasso “no deja de pintar con y contra su padre” [4]. Picasso y Don José tenían cosas en común, como la pasión por la tauromaquia (por cierto, al igual que Dora), pero al mismo tiempo, Pablo despreciaba a su padre. Cada intento de Don José para que su hijo se formara en academias clásicas era otra oportunidad para rebelarse contra él tomando una decisión distinta.
No es banal que Pablo dejara a un lado el apellido de su padre, Ruiz, y tomara el de la madre para firmar sus obras. “Elegir a alguien es, en cierta medida, matar a otro” [5], le dirá más adelante Pablo a Françoise, su próxima pareja después de Dora. Esto podría aplicarse en este sentido también. ¿Elegir el apellido de su madre podría leerse como una forma simbólica de matar al padre? El artista inventó su propio estilo dislocado y desproporcionado sin seguir las indicaciones del padre, sin seguir ninguna ley preestablecida. A Picasso lo movía el desafío, quería romperlo todo, crear a partir del caos.
Picasso tuvo muchas mujeres, y hace con ellas lo mismo que hace con el arte: desafía las reglas del juego, las deforma, las retuerce y las pone a su merced. Por supuesto, da con ciertas mujeres que efectivamente se pliegan ante su orden. Sobre algunas de ellas, Picasso dirá que eran como felpudos, las enaltece al principio y luego las pisotea.
En este sentido, Picasso reproduce con Dora su posición respecto a su padre. Hay tres frases que podemos poner en cadena que se asemejan a un silogismo: “Ella (Dora) me gustaba como si hubiese sido un hombre”, “para mí, el hombre es mi padre”, “la felicidad suprema es darle al padre por el culo”. Es fácil concluir que Dora termina siendo un equivalente del padre. Pisotearla, hacer lo que quiera con ella, se convierte en el modelo predilecto de trato hacia Dora. Esta es la interpretación que Dalila Arpin nos propone [6].
Primera escena: Sangre en la mirada
Picasso y Dora se conocen en el café parisino Les Deux Magots, donde acostumbraban a reunirse los surrealistas. Apenas la vio, Picasso quedó impresionado por su apariencia, no sólo por su belleza, sino también por su estilo y por sostener su mirada firmemente. Dora se sienta, saca un cuchillo, pone su mano sobre la mesa y con los ojos cerrados va clavando el cuchillo entre sus dedos. Al levantar la mano hay rastros de sangre. Picasso queda hipnotizado por la escena y le pide el guante que tenía en su mano ensangrentada, a lo que, al parecer, ella le responde “Toma mi mano, yo me entrego” [7], en el mismo momento en que le entrega el guante como si fuera un objeto fetiche. Dora se ofrece así en sacrificio, como mujer herida ante la mirada del Otro. A partir de esta performance perversa se instala una dinámica de sumisión y violencia que será el hilo conductor de toda la relación, bajo una combinatoria pulsional entre la mirada y la agresividad.
Dalila Arpin, citando a Miller en El partenaire síntoma, plantea que “Pablo y Dora aman como hombre y mujer respectivamente […] el hombre es fetichista, mientras que la mujer es erotómana” [8]. Para el hombre, la mujer ocupa el lugar de objeto de deseo y, sobre todo, de su goce, centrándose en un elemento de la mujer que puede ser una parte de su cuerpo o algo que use, como algo de la vestimenta o de su estilo. La mujer, por el contrario, “desprovista del objeto fálico, es con todo su ser que aspira a ser amada” [9], por eso, Dora se entrega a la espera de ser amada, pero termina siendo presa del goce de Picasso.
Dora era una mujer muy inteligente y con mucho talento, solía fotografiar a Picasso, pintaban y pasaban los veranos juntos. Picasso venía de una mala época artística cuando la conoció, en la que no estaba produciendo prácticamente nada, y el encuentro con Dora reavivó su ímpetu creativo, tomándola como modelo de una serie de retratos bastante prolífera. Dora es mirada por Picasso.
Nunca vivieron bajo el mismo techo, pero solían ir a comer cada día. Dora esperaba fielmente a que él la llamara por teléfono para ordenarle que bajara para ir a comer, y ella obedecía encantada. Así era su relación, él demandaba ciertas cosas, sacrificios, obediencia, la maltrataba mucho física y psíquicamente, y ella lo admitía todo, cumplía de modo tal que Picasso la llegó a comparar con un perro. Llegaba a decirle que no estaba enamorado de ella, que no la amaba, y contaba que Dora lloraba mucho tras sus palabras, pues ella sentía un amor profundo y único hacia él.
Es por esto que uno de los retratos más impactantes que Picasso hizo de Dora es la “Mujer que llora”, siendo él el verdugo que la hacía llorar. ¡Pero no caigamos en la trampa! Dora no es la mera víctima de Picasso, lo cual no quiere decir que no haya sufrido el maltrato. Traigo a colación una frase de Lacan en el Seminario 14, donde dice: “El masoquista, por su parte, que no es esclavo -por el contrario, como les diré enseguida, es un vivillo, alguien muy fuerte-, sabe que está en el goce” [10], que es donde se juega la partida en la perversión, y plantea la pregunta “aquello de lo cual gozamos, ¿goza?” [11].
El sádico parece gozar del cuerpo del Otro, mientras que el masoquista se consagra a una identificación con el objeto rechazado, “él es menos que nada, ni siquiera un animal, un animal maltratado, y también sujeto que, de su función como sujeto, ha abandonado, por contraste, todos los privilegios” [12], quedando así bajo el mandato del Otro. Pero esta búsqueda de la identificación está ligada a la captación del goce, el masoquista se entrega al juego, y siendo quien se ofrece para que el Otro obtenga satisfacción, en esa posición de servicio goza de ser el objeto de goce.
Picasso y Dora intentan hacer existir la relación sexual, la complementariedad, a través del juego del goce, a través de “las modalidades del verdugo y su víctima” [13], donde no pueden existir el uno sin el otro. Inventan su modo de relación. Pero esta misma invención, estos rasgos que los unieron en un principio, los llevaron hasta un extremo que ya no pudieron seguir sosteniendo. Picasso deja definitivamente a Dora tras varios ataques de llanto y escenas de celos, es decir, cuando aparece la locura, lo ilimitado del goce femenino.
“Después de Picasso, sólo Dios”
Pablo conoce a Françoise Gilot y Dora pierde su posición de amante, pues una nueva musa ha aparecido para él. Este suceso, que coincide con la muerte de su madre, provoca la desestabilización de Dora, quien se desnudaba en lugares públicos y actuaba erráticamente en general, por eso fue ingresada e incluso sometida a terapia de electroshock. Tiene varias citas con Lacan, quien afirmó que la solución de Dora sería o “el chaleco de fuerza o el confesionario”.
Siguiendo los pasos de su madre, Dora se enfocó en la religión católica y encontró en esto un nuevo sostén. Una vez estabilizada vive en la casa que le había regalado Picasso y se dedica a pintar y a escribir sin necesitar más intervenciones ni medicación. No salía ni hablaba con nadie, se dedicaba a Dios. Primero estuvo presa en una relación de dolor en la que ella era la servidora: “Yo no fui la amante de Picasso, él sólo fue mi amo”, y luego, siguiendo una solución semejante que le permitió recomponerse, se recluyó para servirle a Dios.
Picasso dijo que “El arte es una mentira que nos hace darnos cuenta de la verdad”. Se puede hacer la siguiente fórmula a partir de esa frase: el amor es una mentira que, cuando fracasa, nos hace darnos cuenta de la verdad, a saber, que no hay relación sexual.
Jocelyn Mendoza – Socia sede Madrid de la ELP
NOTAS
[1] Lacan, J. (2006) El Seminario, Libro 20: Aún (1972-1973). Buenos Aires: Paidós.
[2] Arpin, D. (2018) Parejas célebres: Lazos inconscientes. Buenos Aires: Gramma Ediciones.
[3] Ibíd., p. 172.
[4] Ibíd., p. 173.
[5] Ibíd., p. 188.
[6] Ibíd., p. 178.
[7] Ibíd., p. 178.
[8] Ibíd., p. 179.
[9] Ibíd., p. 179.
[10] Lacan, J. (2006) El Seminario, Libro 14: La lógica del fantasma (1966-1967), p. 299. Buenos Aires: Paidós.
[11] Ibíd., p. 331.
[12] Ibíd., p. 332.
[13] Arpin, D. (2018) Parejas célebres: Lazos inconscientes, p. 182. Buenos Aires: Gramma Ediciones.