El sujeto y la época, modalidades sintomáticas


Muchas gracias por la invitación a este espacio preparatorio, porque aceptar estas invitaciones
siempre pone mucho al trabajo. El título del encuentro es “El escándalo del celibato”, y las
coordinadoras pensaron en mí para esta intervención a raíz de leer una pequeña aportación que hice
en el blog del Congreso de la AMP donde describía un fenómeno de la época, la sologamia, que se
refiere al acto de la mujer que decide casarse consigo misma. Podemos entender la sologamia como
una de las tantas maneras de hacer existir la relación sexual que no existe. De eso se trata este
encuentro, de pensar acerca de las distintas modalidades sintomáticas de la época.
Para comenzar, quería referirme al título del encuentro ya que me llamó la atención “El escándalo
del celibato” ¿Por qué escándalo?, me pregunté. Luego, hablando con Esperanza, caí en que
efectivamente algunos fenómenos de la época suelen provocar una reacción de escándalo, por ejemplo
-algunos términos los he conocido realizando este trabajo- la sologamia, los incels, femcels, volcels…
¿Cómo acercarnos a estos fenómenos que encontramos en la clínica? Si bien el ser hablante se
encuentra siempre con los problemas que produce el efecto del lenguaje sobre el cuerpo y todo lo que
esto implica, con la problemática de hacer con la pulsión, de cómo hacer lazo con otros, de
acomodarnos a un cuerpo al que nunca logramos hacernos del todo… Las condiciones de la época
producen marcas en la subjetividad de los seres hablantes, y hay que atender al Otro contemporáneo
para acercarnos a la clínica que encontramos hoy en día. Como nos enseñó Freud, el sujeto individual
y el sujeto social están íntimamente imbricados, y no es posible entender uno sin el otro.
El psicoanálisis nace con Freud en el siglo XIX, en una época caracterizada por la prohibición de la
sexualidad. La época de hoy, más de un siglo después, en un contrapunto a este empuje a la represión
del goce, hace bandera de lo contrario: la libertad sexual, la mostración de lo sexual. Al individuo se
le ordena sobre todo gozar y este imperativo, este deber gozar, tiene sus efectos en los sujetos y en el
lazo social.
Este revés de los ideales de la época respecto de la sexualidad no impide que siga habiendo síntomas,
y que lo sexual siempre suponga un problema para el ser hablante. Ya Freud indicó que la sexualidad
y la muerte son del orden de lo irrepresentable para el individuo. Es decir, la sexualidad no tiene nada
de natural para el ser hablante. Cada uno ha de hacer con ello, hay algo traumático en el encuentro
sexual en tanto el ser hablante no tiene un programa que le indique qué hacer.
Con la caída del Nombre del padre han caído los ideales que ordenaban y cercenaban el goce.
Podríamos decir que ya no existe un discurso preponderante acerca de cómo uno tiene que ser hombre
o mujer, o cómo relacionarse con el partenaire. En cambio, existen muchos modos distintos, y esa
multiplicidad de maneras se refleja en la multiplicidad de formas en que el sujeto contemporáneo se
identifica, en un despliegue de identificaciones a las que se invita como si de una oferta comercial se
tratase, y como si uno fuera del todo libre en su elección. Podemos entonces hablar de las modalidades
sintomáticas de la época.


Sobre el celibato


Encontré dos referencias de Lacan respecto del soltero. Una se encuentra en el Seminario 17, El
reverso del psicoanálisis (1969-1970). Aquí Lacan viene hablando del acto psicoanalítico, y
recordando el contexto de la revuelta estudiantil de mayo del 68, retoma el aforismo del artista Marcel
Duchamp -El soltero se hace él mismo el chocolate-, advirtiendo: “tengan cuidado de que el
contestatario no se haga el chocolate él mismo” (pág. 213).
La otra referencia está en Televisión (1973), donde se refiere a la “ética del soltero”, poniendo en
juego la figura de Kant y de Henry de Montherlant, escritor francés. Kant se mantuvo célibe hasta su
muerte y Montherlant, defensor de la soltería, representaba en sus obras a hombres que evitaban el
compromiso con las mujeres, más allá de tener o no relaciones sexuales. Aluden ambas figuras a la
del soltero que evita el vínculo íntimo con el otro sexo.
Al empezar a leer sobre el tema del celibato, me llamó la atención la transformación que se ha
producido en su significado. Antes el concepto de celibato estaba restringido para denominar a aquella
persona que elige no tener pareja y hace un voto de castidad, orientado por una elección religiosa. Sin
embargo, el término parece haberse ampliado ahora también para referirnos a un estado de soltería,
desligado de lo religioso, con la peculiaridad de que no siempre implica la renuncia a la sexualidad.
Esta última sería la figura del célibe moderno, representada en la cultura a través de muchas películas
y series televisivas, por ejemplo, el protagonista de Dos hombres y medio, Charlie Sheen. La figura
del celibato está sobre todo representada por hombres, caracterizando un modo de goce solitario, el
goce masculino, fálico, que además en esta época de los gadgets se expresa a través del apego a
objetos técnicos.
En el caso de las mujeres, el celibato parece tomar un cariz algo distinto, aunque también la soltería
está representada en la cultura para ellas. Existe actualmente una tendencia a la masculinización en
las mujeres, un empuje al goce fálico, a hacer al modo de los hombres. Sin embargo, del lado de las
mujeres hay algo del amor que atraviesa y esto da un panorama algo distinto. En la serie Sexo en
Nueva York, se trata de cuatro mujeres solteras, y es interesante cómo cada una hace en relación al
deseo y al amor, tomando diferentes posiciones.
Freud ya señaló que amor y goce suponen distintos caminos para el ser hablante, por ejemplo en su
texto Hipnosis y enamoramiento (1921), refiriéndose a la corriente tierna y la corriente libidinal. Esta
separación se vuelve más patente para los hombres, lo que trabajó en Sobre la más generalizada
degradación de la vida amorosa (1912), dando cuenta de una problemática masculina: hombres que
cuando aman no desean, y que encuentran el deseo en las mujeres a las que no aman. Es decir, que
para desear necesitan degradar al objeto, lo que entra en conflicto con el objeto amado. Lo que
observamos actualmente es que hay cada vez más mujeres que parecen entrar también en esta lógica.
Podemos pensar, que nuestra época se caracteriza por promover, potenciar esta división entre el amor
y el goce. Además, la soltería conforma un “estilo de vida”, un modo de goce solitario que se presenta
bajo el signo de la identificación, de una manera de ser.
Esta deriva me hace pensar en el cambio que se ha producido respecto de las identificaciones, frente
a la fijeza que había antes, ahora no encontramos esa estabilidad en los roles. Los estereotipos
socioculturales del hombre y la mujer están cambiando, a ellos se les pide que sean más sensibles y
emocionales, que amen, que se feminicen; y de parte de las mujeres se produce una masculinización,
un empuje a lo fálico sostenido en el anhelo de conquistar el campo de los hombres antes vedado para
ellas.
El modelo del amor para toda la vida también cambia, hay citas rápidas, citas simultáneas…
Vivimos en una sociedad más individualista, donde los eslóganes capitalistas del estilo ‘Do it for
yourself’, fomentan la ilusión del sujeto que se basta a sí mismo. Los significantes de la época dan
cuenta de esto: autoayuda, amor a uno mismo, empoderamiento… etc.
Quizás ya no se cree en la media naranja, pero estamos en la época del creer que uno solo puede ser
la naranja entera. Hemos pasado de la ilusión del ‘hacer de dos uno’, a la ilusión de creer que uno
puede estar completo solo, sin el otro. En las mujeres esta ilusión revela su fracaso con más potencia,
ya que la forma femenina del amor, más ligada al Otro, más del lado erotómano que fetichista, nos
relaciona ya de entrada con la falta.
En esta línea podríamos ubicar la sologamia, fenómeno que en España se extendió tanto que en 2020
la directora Icíar Bollaín lo reflejó en una película llamada La boda de Rosa, donde representa la
sologamia como una reivindicación de los deseos de la mujer en una sociedad en la que su papel se
ha limitado al cuidado de otros por encima de sí. Se reivindica con este acto poner por delante el amor
propio y el compromiso con una misma. Quienes lo realizan lo suelen definir como un acto de «amor
propio», «independencia» y «empoderamiento». Investigando el fenómeno encontré que en algunos
casos la sologamia parte de una renuncia a tener pareja como protesta a la presión social por
encontrarla, por lo que deciden buscar su propia alma gemela en ellas mismas. Es de destacar que
este fenómeno se ha dado solamente en mujeres, son ellas las que deciden buscar ese otro en ellas
mismas. Sin embargo, la sologamia no implica necesariamente soltería o celibato sino el compromiso
con la idea de que una persona no necesita encontrar a su «media naranja» para poder acceder a la
felicidad. Hay quienes lo definen como una nueva forma de generar vínculos con los otros o como
una búsqueda de la plenitud.
Entre los jóvenes encontramos diferentes formas de celibato, presentándose como una alternativa
más a la vivencia de la sexualidad, en este caso su rechazo. Están aquellas personas que se definen
como “asexuales románticos”, es decir que quieren comprometerse en una relación de pareja
conformando “parejas célibes”, pero renunciando a las relaciones sexuales. Se trata de relaciones
basadas en el afecto, el compañerismo, pero no en el deseo sexual. Siguiendo a Christiane Alberti en
su texto publicado en Mondo, Hacia el XV Congreso de la AMP “La sexualidad desde Lacan”,
podemos hacer la lectura de cómo el empuje a la igualdad absoluta de la época, a la reciprocidad,
insta a buscar en la pareja a un ‘compañero’ igual a uno, “bajo el atractivo del mismo”, más desde la
fraternidad, ofreciendo así la ilusión de una adecuación perfecta… fantasía que pone más de relieve
la disimetría, dada la diferenciación de goces de los partenaires. Es decir, son casos donde la
sexualidad se mantiene a distancia bajo la forma de la pareja fraternal, buscando a otro que sea como
yo, en la reciprocidad o el espejo. Es la ilusión de formar de dos uno, pero evitando lo que implica el
deseo.


Otras formas de celibato que encontramos son los incels (involuntary celibate), hombres que se
quejan de ser célibes involuntarios y culpan a las mujeres de su destino. Ante este movimiento, surgen
las femcels (female involuntary celibates), mujeres que dicen ser célibes involuntarias y se culpan a
ellas mismas o a los estereotipos sociales de no ser elegidas por los hombres. Surgen en esta línea
también los volcels (voluntary celibate), personas -en su mayoría mujeres, como se ha declarado la
cantante Rosalía- que deciden estar en un celibato voluntario, entendido como una fase o un estilo de
vida y no como un fracaso. Remarcan que no se trata de abstinencia sexual sino “abstinencia
relacional sexual”, es decir que la elección está en no compartir la dimensión sexual con otros.
Entonces, desde la época de Freud a la nuestra ha habido un cambio, de la represión de la sexualidad
a su manifestación sin velo. Ahora la sexualidad se muestra y se despliega, sobre todo con el uso de
las redes sociales, donde todo se hace público. Hay un empuje a dar a ver, pero todo esto no implica
que la sexualidad no siga siendo sintomática, pues siempre se está tratando de hacer con lo que no
hay, con la relación sexual que no puede escribirse.
En este empuje al goce, en la clínica encontramos a la vez que un aumento de los partenaires
sexuales o un aumento de formas de goce autoerótico fomentados por los dispositivos y aparatos
tecnológicos, encontramos un distanciamiento en el vínculo con el otro. E incluso, contrariamente a
lo que podría suponerse, en este empuje al goce constatamos también una inhibición o un rechazo de
la sexualidad.
Ubicamos entonces aquí todos estos fenómenos que hemos ido describiendo, solteros que evitan
una relación de compromiso pero que gozan de tener relaciones sexuales, y personas que se
comprometen en una relación de pareja pero renuncian al deseo; hombres que culpan a las mujeres
de permanecer en un celibato involuntario y mujeres que culpan de su soltería a la sociedad, o a ellas
mismas, evitando en ambos casos el encuentro con el otro; encontramos también mujeres que deciden
encontrar en ellas mismas a ese partenaire, casándose consigo mismas, buscando encontrarse así, con
su amor propio, completas. Cabe mencionar también como un fenómeno de la época el aumento de
jóvenes enamorados de inteligencias artificiales, e iniciando relaciones virtuales, fenómeno que
inevitablemente me lleva a acordarme de la película Her (2013).
Podemos decir que son todas formas de responder ante el No hay de la relación sexual. El encuentro
con el Otro sexo es siempre del orden de lo traumático.


Amor y goce


¿Qué ocurre con el amor? Atendiendo a los fenómenos clínicos podríamos preguntarnos, ¿es amor
lo que experimenta el protagonista de la película Her, interpretado por Joaquin Phoenix, al enamorarse
de una inteligencia artificial? -tal como ya está ocurriendo con los jóvenes que se enamoran de
inteligencias artificiales y establecen una relación amorosa- o, ¿es el amor por uno mismo similar al
amor al prójimo?
“No hay amor que no pertenezca a la dimensión narcisista”, indica Lacan (Seminario 15, cap. V)
siguiendo a Freud, quien en su texto Hipnosis y enamoramiento desarrolla que el enamorado coloca
el ideal del yo en la persona amada, produciéndose entonces un estado de vulnerabilidad del yo
propio, en virtud de la persona amada.
Entonces, el amor coloca al sujeto en una posición de incompletud, de dependencia (lo que hace que
a muchos hombres les asalte la agresividad contra el objeto de amor). El amor es una suerte de
contingencia y para que se dé tiene que haber un sujeto en falta. Lacan decía que amar es dar lo que
no se tiene. Es decir, que para amar se necesita reconocer la falta y darla al otro. Esto no comulga con
los valores de la época que promueven la idea de un individuo autónomo, completo sin el otro, que
puede solo, y que empuja al goce fálico. Amar se relaciona con la falta, tiene que ver con asumir la
castración, por eso Lacan decía que se ama desde una posición femenina. Estas coordenadas dificultan
hoy en día las vías del amor.
Miller en Los usos del lapso (2005) y para ubicar qué le ocurre a Lol V. Stein, personaje de una
genial novela de Marguerite Duras, retoma una metáfora de Lacan sobre el amor como un vestido: en
el amor nos vestimos con la imagen ideal que el otro nos ofrece sobre nosotros mismos. Es decir, nos
enamoramos de esa imagen que proviene del otro, imagen con la cual nos vestimos, nos identificamos.
Se trata de una imagen amable, entonces. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando esta imagen cae? ¿Qué
encontramos bajo el vestido? Cada uno se encuentra con ese resto, objeto de desecho… el objeto a.
Hay algo que viene a agujerear esa imagen, irrumpe el goce.
Encontré en Aún (pág. 14) esta cita de Lacan: “Gozar de un cuerpo cuando ya no hay traje deja
intacta la pregunta acerca de lo que configura al Uno, es decir la de la identificación”, y sigue “Lo
que hay bajo el hábito y que llamamos cuerpo, quizá no es más que ese resto que llamo objeto a. Lo
que hace que la imagen se mantenga es un resto. El análisis demuestra que el amor en su esencia es
narcisista, y denuncia que la sustancia pretendidamente objetal es de hecho lo que en el deseo es
resto, es decir, su causa, y el sostén de su insatisfacción, y hasta de su imposibilidad”
Es decir, bajo la imagen del amor nos topamos con la heterogeneidad de los goces y con la
imposibilidad del encuentro de goce entre los cuerpos. Cada sujeto está con su fantasma y sus goces,
y por eso no hay proporción, no hay relación sexual.
“El amor es impotente, aunque sea recíproco, porque ignora que no es más que el deseo de ser
Uno, lo cual nos conduce a la imposibilidad de establecer la relación” de los dos sexos. Entonces, el
amor es siempre narcisista y aspira al deseo de ser Uno, lo cual conduce a la imposibilidad,
consustancial a la heterogeneidad de los goces. ¿Entonces, qué salida queda? ¿Qué implica el amor,
más allá del narcisismo? En este empuje al todos iguales, a buscar en el otro lo recíproco, lo igual a
uno, al amor a uno mismo… ¿Qué cabida para lo hetero? ¿Cómo hacer con este Otro goce?
En este punto, la ética del psicoanálisis se opone a la “ética del soltero”, tal cual refiere Lacan en
Televisión. En este texto indica que la posición del soltero es contraria a la ética del psicoanálisis.
Trataré de desgranar un poco esto. Hay todo un pasaje misterioso en este texto, con una frase aún más
enigmática para mí que me dejó pensando, a la que sigo dándole vueltas. En respuesta a la pregunta
kantiana de “¿qué debo hacer?”, Lacan responde que es simple, es lo que hace: a partir de su práctica
extraer la ética del Bien decir, y señala que la ética del psicoanálisis es relativa al discurso. Entonces,
continúa diciendo que “la idea kantiana de la máxima que hay que someter a la prueba de la
universalidad de su aplicación es sólo la mueca con lo que lo real se larga, por ser tomado de un
solo lado”. Y entonces la siguiente frase: “Es el pito catalán que responde de la no relación con el
Otro cuando uno se contenta con tomarla al pie de la letra”. Y aquí ubica la posición del soltero, que
encarna en la figura de Montherlant (que recientemente se había suicidado, ocupando Claude Lévi-
Strauss su lugar en la Academia francesa).
Lacan, según lo que extraigo yo de este pasaje, refiere que el soltero se contenta con tomar al pie de
la letra la no relación con el Otro, escamoteando lo real que supone el encuentro con ese No hay, esto
es el pito catalán. El soltero, el célibe, no acepta la posibilidad de tener una relación íntima con una
mujer. Sería entonces una respuesta ante el No hay, que evade la castración que supone el encuentro
con el Otro sexo, refugiándose en un goce autista, fálico. El celibato puede entenderse como una
posición de rechazo a la castración que implica el acceso al Otro.
El soltero rechaza el lazo con el Otro, rechaza la castración que implica este encuentro. Se trata del
rechazo a saber, el soltero es quien no quiere saber nada de un lazo que lo comprometa con otro.
La ética del psicoanálisis es distinta, es la ética del bien-decir, que, orientada a la causa particular
de cada sujeto, lo confronta con lo imposible de escribir de la relación sexual, despertando un deseo
de saber.
El nuevo amor que propone Lacan, un amor más allá del narcisismo, tiene que ver con no negar esta
imposibilidad, sino aquí inventar algo nuevo. Es decir, desde el psicoanálisis esta imposibilidad, este
No hay relación, no desanima el interés por el Otro. Cito a Lacan en Aún: “el asunto es que el amor
es imposible, que la relación sexual se abisma en el sin-sentido, cosas que en nada disminuyen el
interés que debemos tener por el Otro” (pág. 106).
Y es que esto que nos separa también abre la posibilidad a un nuevo amor, o “un amor menos tonto”
que el amor narcisista, pues fomentar la ilusión de un amor fusional, del dos que hacen uno, puede
llevar sino a la tontería en el mejor de lo casos, a un verdadero desastre, como dice también en este
seminario.
La ética del psicoanálisis no niega la imposibilidad, sino que se orienta por lo real para dar lugar a
la invención, se trataría de inventar formas de hacer ante el agujero que supone para cada uno este
encuentro.
Claudio Godoy y Luis Darío Salamone mencionan en su texto “Una ética de soltero” una cita de
Eugenio Castro (cuyo artículo desafortunadamente no he encontrado) que dice «la obligación ética del
psicoanálisis será hacer entrar al solterón vulgaris en la perspectiva del desciframiento de otro goce
que no sea el solitario».
El amor, más allá del narcisismo, conlleva la falta de la castración e implica un no ceder ante la
imposibilidad, sino un hacer con lo que No hay, lo cual es del orden de la invención. Sin negar que no
hay complementariedad de los goces, inventar la manera de amar. Esto, más allá de las coordenadas
de nuestra época y de sus distintas manifestaciones sintomáticas, es del orden del acontecimiento para
el ser hablante. Freud ya nos decía, y esto atraviesa a toda época, que el enamoramiento es un estado
que puede ser transitorio o cobrar la dimensión del acontecimiento amor.

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BIBLIOGRAFÍA

-Lacan, J. El Seminario, libro 7, La ética del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1988.
-Alberti, Christiane “La sexualidad desde Lacan” Hacia el XV Congreso de la AMP. Traducido por
María Guardarucci. Mondo, Edición 8. URL: https://mondodispatch.com/es/2025/09/11/la-
sexualidad-desde-lacan/

Lacan, J. El Seminario, libro 17, El reverso del psicoanálisis. Paidós, Buenos Aires. 2008.
-Lacan, J. Televisión (1973), en Otros Escritos.
-Freud, S. Hipnosis y enamoramiento, en Obras Completas, volumen 18. Amorrortu editores,
Buenos Aires, 1976.
-Miller, J-A. Los usos del lapso (2005)
-Lacan, J. El Seminario, libro 20, Aún. Paidós, Buenos Aires, 2024.
-Seldes, Ricardo. Del misterio al secreto de lo sexual, argumento hacia el Congreso. URL:
https://congresamp.com/blog/del-misterio-al-secreto-de-lo-sexual/
-Alberti, Christiane. No hay relación sexual. Argumento hacia el Congreso. URL:
https://congresamp.com/blog/no-hay-relacion-sexual/
-Chacón, José Luis. El soltero y las manchas invisibles de chocolate. URL:
https://www.redicf.net/el-soltero-y-las-manchas-invisibles-de-chocolate/
-Entrevista a Jacques Lacan en la revista Panorama. 1974 por Emilia Granzotto
-Deffieux, Jean Pierre. No hay relación sexual. En El Psicoanálisis nº 45.
-Bassols, Miquel. Sobre mística y psicoanálisis. URL:
https://miquelbassols.blogspot.com/2023/03/notas-sobre-mistica-y-psicoanalisis.html
-Miller, J-A. Una fantasía. En El Psicoanálisis nº 9.
-Claudio Godoy y Luis Darío Salamone, “una ética de soltero”. URL:
https://ldsalamone.blogspot.com/2018/08/una-etica-de-soltero-claudio-godoy-y.html

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