En las últimas décadas asistimos a una transformación evidente en las formas de vínculo entre los sujetos. La pareja conyugal monógama, que durante mucho tiempo funcionó como modelo dominante de organización de la intimidad, convive hoy con una pluralidad de configuraciones relacionales que antes permanecían en los márgenes o simplemente no eran nombradas. La diversificación de las formas de pareja se ha vuelto un rasgo característico de nuestra época.

Diversos trabajos sociológicos han descrito este desplazamiento. Anthony Giddens, por ejemplo, en su libro La transformación de la intimidad, habla de la “relación pura” para designar un tipo de vínculo que se mantiene mientras produce satisfacción para quienes participan en él y no por obligación institucional o tradición (1). La continuidad de la relación depende entonces de la experiencia subjetiva de los partners y de la negociación constante entre ellos.

Este cambio se vuelve visible en la proliferación de nuevas formas de pareja y de organización de la intimidad. Hoy encontramos relaciones abiertas en las que la exclusividad sexual deja de ser una condición del vínculo. También encontramos configuraciones poliamorosas, donde varias relaciones afectivas pueden coexistir con conocimiento y consentimiento de los participantes. Dentro de estas configuraciones aparecen diversas variantes: tríadas, estructuras en “V”, redes relacionales más amplias o arreglos que combinan una pareja principal con vínculos secundarios.

A estas modalidades se suman otros arreglos contemporáneos: parejas que mantienen vínculos estables sin compartir residencia, relaciones episódicas sostenidas a través de aplicaciones digitales, comunidades swinger que organizan la vida erótica en torno al intercambio entre parejas, o vínculos donde la amistad ocupa un lugar central desplazando la primacía tradicional de la pareja. En conjunto, estos fenómenos muestran que la pareja ya no constituye un modelo único ni homogéneo. Las formas de vínculo se multiplican, se flexibilizan y se reinventan.

Sin embargo, desde la perspectiva del psicoanálisis, la cuestión no se limita a describir esta diversificación. La pregunta que se impone es otra: ¿qué relación guardan estas configuraciones con el real que Lacan formuló en su conocido aforismo: no hay relación sexual?

Durante buena parte del siglo XX las sociedades occidentales estuvieron organizadas alrededor de un régimen de regulación del goce. La sexualidad estaba mediada por la moral, por la institución familiar y por la figura del padre. En ese contexto, la pareja conyugal funcionaba como el dispositivo privilegiado para ordenar el deseo (lo decía Lacan muy tempranamente en los complejos familiares). Ese orden simbólico estaba sostenido por la metáfora paterna, por el significante fálico y por la función reguladora del Nombre‑del‑Padre (2). 

Para Lacan, la familia se estructuraba alrededor del deseo de la madre, la función del padre y la inscripción de los hijos dentro de esa economía simbólica. Este dispositivo no hacía existir la relación sexual, pero producía una ficción capaz de velar su imposible.

A partir de la segunda mitad del siglo pasado asistimos, sin embargo, a una transformación profunda de ese régimen. La llamada liberación sexual fue acompañada por una modificación del ideal social. Durante un tiempo pareció instalarse la expectativa de que una moral más abierta en materia sexual permitiría superar las dificultades tradicionales del amor y del deseo. Este momento histórico estuvo acompañado por una confianza generalizada en el progreso: el desarrollo técnico, tecnológico, la expansión de las libertades individuales y el imaginario de prosperidad asociado al llamado sueño americano alimentaron la idea de que las cosas podían funcionar mejor.

Sin embargo, la experiencia contemporánea muestra algo distinto. Allí donde se esperaba que la liberación del goce resolviera las dificultades del vínculo amoroso, lo que encontramos es más bien la persistencia —e incluso la intensificación— de ciertos impasses. Allí donde se esperaba que “eso marchara”, con frecuencia lo que se constata es que eso fracasa.

Este punto puede leerse a la luz de lo que Lacan llamó en Radiofonía: el objeto a ha sido elevado al cénit social (3). Con esta fórmula Lacan señalaba una transformación del lazo social mismo. Allí donde antes el vínculo entre los sujetos estaba mediado por ideales e identificaciones simbólicas, el objeto de goce comienza a ocupar un lugar cada vez más visible.

Esta transformación se vuelve aún más clara en la última enseñanza de Lacan, cuando introduce el término parlêtre. Con él ya no se trata simplemente del sujeto del significante, sino del ser hablante en tanto está concernido de manera esencial por el goce de su cuerpo. El parlêtre es un cuerpo afectado por el lenguaje.

En su texto de orientación al Congreso mundial de la AMP, titulado “Hay, no hay”, que podéis encontrar en Scilicet, Jacques‑Alain Miller propone releer la teoría del goce a partir de esta perspectiva. Miller subraya que la cuestión fundamental consiste en preguntarse cómo se conjugan el cuerpo y el lenguaje para producir goce (4). La respuesta que se desprende de la última enseñanza de Lacan es que ambos se articulan en el sinthome.

El goce no aparece de manera directa. Siempre se presenta mediado por una forma singular que organiza el modo en que cada sujeto goza. El sinthome se apodera del cuerpo y articula el modo particular en que el parlêtre se las arregla con el goce.

Freud ya había señalado que el síntoma funciona como sustitución de una satisfacción sexual que no ha tenido lugar. El síntoma proporciona así una forma desviada de satisfacción, un desplazamiento(5). En el fetichismo, por ejemplo, el goce se desplaza hacia algún objeto privilegiado; o la satisfacción sexual se organiza alrededor de prácticas específicas; en la histeria, algunos órganos podían funcionar como sustitutos de los órganos genitales (6).

Sin embargo, señala Miller, que Freud todavía pensaba la sexualidad en el horizonte de una síntesis posible de las pulsiones. La tesis lacaniana introduce una ruptura más radical: no hay relación sexual. Esto significa que no existe una pulsión sexual total, no hay una armonía que pueda escribir la relación entre los sexos.

En lugar de una totalidad pulsional encontramos más bien una serie de goces sustitutivos. El goce accesible al parlêtre es siempre un goce que no conviene, un goce desviado respecto de cualquier complementariedad posible.

Desde esta perspectiva, el sinthome puede entenderse como el modo singular en que cada sujeto se las arregla con ese imposible. El goce está por todas partes; nada es sin goce. Pero ese goce siempre aparece articulado en un sinthome (7).

Podemos pensar en el Sinthome generalizado, No hay relación sexual pero hay el goce y hay el síntoma.

Manuel Fernández Blanco, en su libro Soy lo que digo que soy, siguiendo a Lacan, subraya que el síntoma puede entenderse también como una orientación. En él se cifra la manera en que cada sujeto ha hecho frente a la irrupción de lo real del goce y cómo ha recurrido al Otro para darle un sentido. El síntoma muestra cómo cada sujeto ha encontrado una forma singular de responder a aquello que insiste.

Por otra parte, el declive del Nombre‑del‑Padre produce además una horizontalización del lazo social. El Uno de la excepción es rechazado y se instala una lógica igualitaria del goce donde todos aparecen como equivalentes. En este contexto se debilita el velo simbólico que tradicionalmente regulaba el vínculo entre los sujetos.

Cuando ese velo se debilita, lo que aparece en primer plano es el objeto a. Surgen entonces formas de agrupamiento organizadas alrededor de modos de goce compartidos. Las comunidades contemporáneas tienden a estructurarse cada vez más alrededor de objetos de goce.

Fernández Blanco señala que el síntoma es el vínculo del sujeto con el Otro, pero que en su interior también se aloja una dimensión pulsional que no está verdaderamente vinculada al otro. La pulsión utiliza al otro para su satisfacción, pero no al otro de los ideales, sino al otro en tanto objeto (8).

En este sentido, el vínculo social tiende a transformarse. El nuevo vínculo social aparece cada vez más desligado del Otro simbólico y se organiza más bien como lugar de encuentro de los nombres particulares de goce de los sujetos. Si antes el pacto social implicaba que cada sujeto sacrificara parte de su pulsión para ingresar en lo social, hoy parece prevalecer lo contrario: el uno del goce particular tiende a imponerse sobre el uno de lo social.

Este desplazamiento puede leerse también a partir del discurso capitalista. Al debilitar los límites simbólicos, al quitar la barra de lo imposible, este discurso favorece la emergencia de sujetos cada vez más confrontados con el imperativo de gozar. El resultado es una presión constante hacia la satisfacción pulsional.

Desde esta perspectiva, la transformación contemporánea de las formas de pareja puede entenderse también a la luz de esta lógica. Muchas configuraciones actuales del vínculo amoroso —relaciones abiertas, arreglos poliamorosos, comunidades swinger o vínculos organizados alrededor de prácticas eróticas específicas— muestran modos de organizar el vínculo en torno a objetos de goce compartidos.

Podría decirse entonces que lo social adquiere una forma paradójica: se vuelve a‑social. No porque desaparezca todo vínculo entre los sujetos, sino porque el lazo se organiza cada vez más alrededor de objetos de goce y menos alrededor de identificaciones simbólicas comunes.

Las nuevas formas de pareja pueden leerse así como intentos de organizar el vínculo en torno a esos objetos. Allí donde antes la pareja funcionaba como una ficción sostenida por el Ideal, encontramos hoy montajes relacionales donde el objeto ocupa un lugar central y visible.

Podemos pensar en una fraternización del goce, si antes Lacan pensaba a la familia como el Deseo de la madre, el Nombre del Padre y los objetos a, ahora podemos pensar en que son todos objetos a.

La proliferación contemporánea de modalidades de pareja no hace existir la relación sexual. Pero sí muestra la inventiva de los sujetos para arreglárselas con ese imposible. Más allá de la pareja clásica encontramos una multiplicidad de montajes que buscan responder, cada uno a su manera, al hecho de que no hay relación sexual.

Referencias bibliográficas

1. Giddens, A. (1992). La transformación de la intimidad: sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas. Madrid: Cátedra.

2. Lacan, J. (1938). Los complejos familiares en la formación del individuo. En Otros escritos. Buenos Aires: Paidós.

3. Lacan, J. (1970). Radiofonía. En Otros escritos. Buenos Aires: Paidós.

4. Miller, J.-A. (2024). “Hay, no hay”. Scilicet. París: Asociación Mundial de Psicoanálisis.

5. Freud, S. (1905). Tres ensayos de teoría sexual. En Obras completas, vol. VII. Buenos Aires: Amorrortu.

6. Freud, S. (1927). Fetichismo. En Obras completas, vol. XXI. Buenos Aires: Amorrortu.

7. Lacan, J. (1975-1976). El Seminario, libro 23: El sinthome. Buenos Aires: Paidós.

8. Fernández Blanco, M. (2024). Soy lo que digo que soy. Buenos Aires: Grama Ediciones.

Alejandro Tolosa – Miembro AMP y ELP

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