Buenas tardes, hoy tenemos el segundo encuentro de nuestros a-peritivos hacia el próximo congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis que se celebrará de manera presencial y online en abril de 2026 con el tema: No hay relación sexual. Aforismo lacaniano con el que nos interrogamos por las consecuencias de este “No hay” en los mitos modernos de la vida sexual y amorosa.
Un aforismo es un saber ultra condensado y enigmático que invita al desciframiento.
La relación sexual no existe no habla de algo abstracto, sino todo lo contrario … se refiere a las cuestiones más esenciales que el psicoanálisis ha descubierto sobre el sujeto del inconsciente y su relación con el goce. Nos retrotrae hacia el misterio inmemorial de la sexualidad, la imposible identidad, lo indefinido de una esencia femenina o masculina, la desnaturalización de toda acomodación del sexo biológico a un saber establecido.
En esta ocasión contamos con el trabajo de Jocelyn Mendonca, psicóloga, psicoanalista y participante del Nucep. Siguiendo la propuesta iniciada el mes pasado, tomamos en esta ocasión el capítulo “Picasso y Dora Maar. El Minotauro y la mujer que llora”, del libro de Dalila Arpin, Parejas célebres, lazos inconscientes.
Una relación sin proporción.
El aforismo de Lacan “no hay relación sexual”, es decir no hay proporción ni armonía entre los sexos en el inconsciente, atraviesa nuestra lectura. Dora y Picasso encarnan, cada uno a su modo, un intento singular de hacer existir esa relación que no existe.
Jocelyn presentará las coordenadas subjetivas de cada uno de los protagonistas, haciendo hablar a la contingencia del encuentro, al goce como marca en el cuerpo y al amor como ficción que intenta, de manera fallida, anudar lo que no se anuda.
Dora y Picasso inventan una modalidad de lazo que no puede sostenerse sin violencia. Mientras Dora aspira a ser amada con todo su ser, Picasso toma una parte de ella -su estilo, su mirada, su sufrimiento- para hacerla objeto de su arte y de su goce. Así, el amor se revela como una suplencia frente a la imposibilidad del encuentro.
Dora Maar puede leerse como una figura que encarna la dimensión del goce femenino, del enigma del deseo y del trauma amoroso. Ella se ofrece como objeto de la mirada y del deseo del Otro, mientras Picasso la captura, la fetichiza y la descompone tanto en su obra como en su vida.
No hay complementariedad ni proporción que se inscriba entre ellos. Lo que hay es goce, malentendido y síntoma.
No hay relación sexual
Con este aforismo, que tiene estatuto de axioma en la enseñanza de Lacan, se postula la imposibilidad de inscribir una escritura simbólica que articule la complementariedad entre los sexos en el lenguaje. En el seminario Aún, Lacan lo afirma de esta manera: “El único fundamento de esta falta de proporción es el lenguaje mismo”.
La historia de Dora Maar y Picasso condensa de una manera única esta imposibilidad. Como mujer Dora fue para Picasso, más que un partenaire, una figura atrapada en sus fantasmas.
No hay relación sexual, entonces, porque el Otro del amor está habitado por una falta que lo torna inconsistente, y lo imposible del encuentro provoca una dislocación que se transmuta en la creación de un lazo singular con tintes de estrago para ella.
Dora Maar y Picasso fueron amantes entre el verano de 1936 y 1945.
Ella dirá más adelante “Yo no fui la amante de Picasso, él fue mi amo”. El lazo fue de dominio, no de reciprocidad. Dora encarna ese cuerpo femenino que él quiere, posee, destruye y reconstruye una y otra vez en su obra, sin que ella pueda inscribirse en un orden simbólico equivalente.
Cuando la relación se termina y Picasso elige a una nueva mujer, Dora, devastada por la pérdida, encuentra refugio en el misticismo, la espiritualidad y el catolicismo.
Algunos testimonios refieren esa “fanática recuperación del catolicismo” como su peculiar salvación emocional. Esta elección no fue un desvío, sino una manera de establecer un lazo que la rescatara de la brutal caída. Dios reemplazaba al Amo.
En el Seminario III (Las psicosis), Lacan afirma: «Si la locura tiene una verdad, es la de tener sentido en el Otro». Y cuando ese Otro falla, queda el recurso al delirio o a lo divino.
Su célebre frase “Después de Picasso, solo Dios” no es una simple expresión de despecho. Es el índice de una suplencia: el nombre de Dios en lugar de un amor imposible. Lacan lo formula así: «Dios no es sino el síntoma de que hay algo que no funciona en la relación sexual» (Seminario XX). Lo que no anda en la relación hombre-mujer puede estabilizarse, por momentos, con nombres, creencias, invenciones.
Su deriva religiosa puede leerse como un intento de encontrar un Otro que garantice una relación, que estabilice el goce.
En 1946, después de su ruptura con Picasso, Dora Maar recibió un ejemplar mecanografiado de Acerca de la causalidad psíquica de Jacques Lacan, con una dedicatoria manuscrita:
“A Dora Maar, en recuerdo de sus laboriosas vacaciones”.
Esa expresión alude a los veranos compartidos donde se mezclaban convivencia, arte, diálogo y un acompañamiento.
En 1945 Dora Maar, tras la ruptura con Picasso, la muerte de su madre y de su mejor amiga Nusch Éluard, es ingresada en la Maison de Santé de Saint Mandé, una clínica donde recibe pensión, tratamiento y vigilancia particular. La idea de este ingreso fue de Lacan, a quien Picasso y Paul Éluard llamaron cuando Dora tuvo una de sus crisis. Lacan era amigo del grupo de surrealistas. En este período Dora recibe terapia de electrochoques. Luego Lacan pasa a ser su analista durante varios años.
Después de Picasso, Dora Maar se retira progresivamente del mundo, buscando refugio en una existencia solitaria, de ahí en adelante centrada en la pintura y la religión, a tal punto que se volvió casi «invisible», muriendo en soledad a los 89 años, en 1997, 25 años después de la muerte de Picasso.
Pierre Navaeu explora el “encuentro imposible”, la falla estructural que se impone en el lazo amoroso cuando el goce desafía la construcción simbólica. Y plantea que lo real atraviesa las relaciones sin aviso, perturbando cualquier ilusión de complementariedad sexual, y cómo ese choque obliga a una invención singular: el sinthome. Para quienes no están familiarizados con los conceptos de Lacan, el término sinthome, escrito con h (pizarra), designa una solución que cada sujeto puede encontrar en su vida ante los desvaríos del goce, el deseo y el amor. Esa solución, siempre singular, puede ser el resultado de un análisis.
Para Dalila Arpin la relación de Picasso y Dora es una “trampa de goce”: una relación marcada por la imposibilidad simbólica de la sexualidad y el poder del otro. Navaeu enriquece esta lectura mostrando que ese impasse no es un fallo clínico, sino la condición estructural del lazo sexual: no hay complementariedad, solo encuentro con lo real.
Así, lo que esa pareja vive es el choque con lo real del goce de cada uno, el desborde del símbolo, y la perentoriedad de crear un sinthome, una salida sublimatoria: Picasso impone su goce sobre el cuerpo de Dora; Dora resiste: fotografía, reza, analiza, dibuja su propio sinthome.
Frente a la falta inherente del lenguaje y la imposibilidad de la relación sexual, el sujeto recurre a una creación propia -una obra, un sinthome– para sostenerse en el lazo, tanto artístico como existencial.
En palabras de Picasso: «Un artista no está libre aunque a veces lo parezca. Sucedió lo mismo con los retratos que hice de Dora Maar. Jamás pude hacerle uno riendo. Para mí ella es la mujer que siempre llora. Durante años la pinté en formas torturadas, no mediante una influencia sádica ni tampoco con placer; simplemente obedecí a una visión que se me impuso por sí sola. Era la profunda y no superficial realidad».
Paso ahora la palabra a Jocelyn.
Mariana Valenzuela – Miembro AMP y ELP.