Hola, buenas tardes, en primer lugar, quiero dar las gracias a la Escuela Lacaniana de Madrid y al equipo de la Biblioteca, en especial a Constanza Meyer, su directora, por la invitación a la presentación de este libro.

Es un placer, un honor, presentar este poemario, Reding Interior de María Navarro, máxime cuando, como dice la canción del grupo de música, Golpes Bajos, aludiendo al poema de Bertolt Brecht, son malos tiempos para la lírica [i]. En los últimos años, el sistema de educación y el Estado, ya se han encargado de ir eliminando las humanidades de las escuelas y universidades. Parece ser que hacer pensar no interesa, divide, y esto no es rentable para el discurso del amo.

Tengo que reconocer que este libro ha sido un hallazgo, un encuentro con lo nuevo inesperado en su lectura. Conjunto de poemas, que en su singularidad, atraviesan historias de un sujeto que está por advenir.

Libro sutil, de palabra precisa, de preeminente escucha, de silencios de amor que cortan; cuchillo exacto, que horada la carne y señala su goce. Mezcla de psicoanálisis, literatura y poesía, alterne de metáforas con clínica, posición y acto del analista, aliteraciones con oxímoros, extracciones de objeto. Traumas que iteran, que no encuentran su decir, y se presentan, en su espasmo, como lo más real inasible.

Quiero empezar con un conjunto de poemas, una muestra de escritura, síntesis de la prática analítica de María Navarro hecha versos. Me pregunté: qué es el psicoanálisis, y en Reding Interior encontré una respuesta, en forma de poema, su número 5 dice así:

Habla, grita, apela a mi silencio cansado de los días

tejiendo su semblante con la lana del sueño y del deseo.

Vomita la palabra, retuerce en el boquete de su boca

la turbia soledad que me conmueve y calla.

En ocasiones, se muestra vil como la espada sin acero

o como los tibios estorninos           va dejando en su voz

sin aleteo, la pétrea realidad de un tiempo ido.

La ira del recuerdo. El tacto dulce,

perdido en el secreto del abismo.

Habla

persevera hasta el equívoco, hasta torcer sus frases

mientras busca las claves en el misterio de Livia o de

Zósimo.

Hasta llorar un día el despojo de un reino

la ausencia confundida,

la absurda fe abecedario del delirio del mundo.

Con los colores arduos, brillantes de su urdimbre,

habla.

Con su letra de pájaro, le pide a mi silencio su cuchillo

y paga día a día.

Con otro enfoque, otra mirada, se me ocurrió buscar en los poemas los objetos pulsionales que dividen al sujeto y bordean el ser de la palabra, sin olvidar sus posibles estructuras. A ustedes les dejo que encuentren los suyos.

Les invito a su poema 13:

Llegó agachado como un roedor de esos blancos y

rosa,

volando,

como si fuera un tibetano para la redención

pero con dientes,

colmillos afilados por el odio, tras la enjuta

palabra de la muerte.

La obscenidad del tacto habitando en su sílaba

sonrisa de la dicha que arrebató a otros cuerpos,

sin arrepentimiento, ni siquiera pensar en el origen,

sólo sus dedos de lagarto engordado

mostrándome su goce.

He soñado que me pudro, tiene que quitarme

este lamento, dijo kantiano.

Vuelva a llamar cuando sea bueno,

y lo eché.

O a este otro breve número 12:

Una a una, mientras ronronean sus senos de

pezones oscuros

recoge las espigas sin nombre de su sexo.

Del siguiente poema 30, tomo un fragmento:

Me habló de oxido y orines

de un recodo del sexo codiciado

y del horror.

También de la mujer desconocida,

del viento que susurra la quietud de

la muerte y las voces que dicen

por debajo del sueño.

Me hablo de un verbo condenado en los

albores,

del transparente llanto feroz de los sin

tierra.

De un cuerpo solo,

de un niño sin sombra en el espejo.

El siguiente poema, al que haré referencia, siguiendo la línea de los objetos causa del deseo; cuando lo leí, me esclareció bastante, aquello que trabaja Lacan en el seminario XI[ii], sobre el campo escópico de la mirada; y los que tenemos la suerte este año de asistir al Campo Freudiano, recordaremos la anécdota, contada por Patrick Monribot[iii], donde ante la duda de que su analista lo espiaba en la sala de espera a través de un retrato. Un día, no quedándose satisfecho con la duda, llevó un destornillador y al quitar el cuadro se encontró que no había nada detrás, más allá de la realidad imaginada.

El poema 14 de María Navarro dice así:

El tiempo difícil de un cuerpo que no dice

su letra nerviosa involuntaria

me mira despacio y balbucea.

Guerrero infatigable, viene de lejos

pero no sabe interpretar la noche

ni el sexo que anuncia su lujuria.

Quiere que le diga, quiere los pedazos,

quiere la completud del universo.

La verdad.

El hueco de su palabra se estrellaba en la mía

una y otra vez la parca, cadencia de su lógica

una antena donde velar las sombras,

moría en la mirada que ahora es hueca.

Hasta decir adiós,

atravesado el rostro que siempre creyó otro

por una lágrima auténtica y ausente de su brillo.

Siguiendo con esta línea psicoanalítica, diré que a los lacanianos se nos tacha de no ser claros en nuestras explicaciones y de pasar muchos años para atrapar el continúo cambio de significado de sus conceptos. Jacques Alain Miller nombra a uno de los capítulos del seminario XI de Lacan el inconsciente freudiano y el nuestro, ya tenemos el lío, el equívoco ¿Pero Freud, no era de los nuestros?

Más allá de esta ironía y volviendo a la poesía, encontré una definición de lo que llamaré inconsciente poemático, perdonadme la osadía, pero así lo pensé a su lectura.

La autora lo nombra así, en su poema 25:

Desde el fondo azul de su cabeza

desde ese inmenso océano donde

esconde la cordura su cuerpo entre los peces…

Continúo insistiendo en que es un libro clínico más allá de su forma poética. Si, por ejemplo, recordamos el seminario XVII, los cuatro discursos del psicoanálisis [iv], Lacan nos formula el lugar del analista como objeto causa del deseo; quien trabaja, en este caso, es el paciente, el analizante.

Tomemos el poema 24 para refrescar este discurso:

Raso de luna

la noche de la palabra dejó sobre su piel

    jazmines mentirosos

pétalos malditos que escapan de su nombre con el dolor

    de un beso huérfano de boca.

Y me llama gritando a ese puesto de labios

y le presto mi cuerpo

para que pueda escribir entre silencios

la sola oscuridad de su miseria.

Ahora quiero hablaros de un trauma, el trauma del ser hablante. Trauma que posibilita la vida en el símbolo y el semejante. Freud, desde muy temprano, se interesó por la relación del niño en sus primeros abordajes de la palabra. Un día observando a su nieto de año y medio, relacionó la ausencia-presencia de la madre del bebé en el juego del pequeño con un carrete, que al lanzarlo y hacerlo desaparecer de la vista, emitiría unos primeros sonidos articulados del  orden del Oooo-Aaaaa, juego más conocido como fort-da, y presente en el artículo de Freud de 1920, Más allá del principio del placer [v].

Sabemos que en esa primera relación bebé-(madre objeto) se inscribe una pérdida, y por ende, posibilita el acceso al parasito lenguajero del que nunca nos llegaremos a curar. La palabra bordea, la palabra es un lazo, la palabra es una tela de araña en la que vivimos y quedamos atrapados; pero si algo tiene la palabra, en su incompletud en el decir, es ese agujero, agujero traumático, que siempre quedará fruto de ese primer encuentro con esa falta en el Otro.

El poema 19 de María Navarro nos deja en falta y así la nombra:

Minutos de mil años corriendo tras

las sombras. Llama.

No importa la voz que le contesta,

quiere entregar al mundo la luz que

oculta el norte,

la piedad que obedece,

la libertad que ella conoce y muere

de nirvana.

Dice que cumplirá las reglas

pero se enfada, reniega y patalea

con la palabra traicionera que no

desaparece. Sin razón ni pudor

la palabra heredera que chirria,

la palabra incrustada que destruye,

la palabra enemiga del sueño que

fuera de verano.

La palabra que sabe que nunca será dicha,

abrazo del vacío que devuelve un relámpago.

La palabra fornicadora de su abismo.

Sigo llegando a las nueve de cada amanecer y

Siempre otro.

La palabra tijera sin tiempo de mi boca.

Para finalizar, quiero recordar el lugar que, para Freud y Lacan, debe tomar el psicoanálisis es su relación con el arte y la literatura, colocándose en posición de dejarse enseñar. El escultor se esculpe en la construcción de su obra, el pintor se dibuja en su esencia de trazo, y el escriba, la escriba, en este caso, se inscribe en la incompletud de su letra. María Navarro en su libro de poesía, se presenta con portada verniana, nos adentra en un viaje de veinte mil lenguas submarinas, nos abre la puerta de su consulta y nos muestra, como dice ella, algo que jamás es de este mundo: hombres azules, sin sombra, esperando encontrar un lugar donde hospedarse; reptiles acechantes, sierpes que muerden su presa  y no sueltan un goce que no cesa de escribirse; cuerpos que muestran su letra, palabras que insisten y encuentran: ni su sitio ni su origen.

Y allí está ella,

 sentada en su nada,

 con su escudo de escucha

 y su filo de plata,

esperando un momento,

esperando su hacha

el habla    que no dice

el temblor de muchacha.

Y recoge jazmines

que los marca con trazas,

de un esbozo secreto

que concluye en su casa,

de un amor

 que se besa

a un amor de palabra.

Puntadas de inhiesto hilo

tejiendo páginas blancas.

Muchas gracias, María Navarro, por traernos esta poesía fresca, y llevarnos en este viaje de tu poemario: Reding Interior.

Gracias


[i]   Brecht, Bertolt. Poemas y Canciones. Alianza Editorial, Madrid, 1999.

[ii]  Lacan, Jacques. El Seminario XI, Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis. Paidos, Buenos Aires, 2006.

[iii] Clase impartida por Patrick Monribot en el Campo Freudiano de Madrid, La transferencia y la sexualidad, Madrid, 25 de Enero 2020.

[iv]  Lacan, Jacques. El Seminario XVII, El Reverso del Psicoanálisis. Paidos, Buenos Aires, 2002.

[v]   Freud, Sigmund. Obras Completas. Biblioteca Nueva, Barcelona, 2006.

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