Trabajo para exponer en el espacio de la Biblioteca de la ELP.

No resulta fácil decidir una acotación para un tema tan amplio como el de los sueños si lo llevamos al ámbito de lo literario. Porque el sueño atraviesa la literatura desde tiempos inmemoriales hasta nuestros días. Para darnos cuenta de la magnitud del problema bastaría pensar que, desde el sueño profundo de Adán hasta, por ejemplo, La noche boca arriba de Cortázar, el sueño fue motivo de interés para todas las épocas literarias y para todos los géneros, incluida la poesía, así como para intérpretes bíblicos como José y Daniel, para el también intérprete Artemidoro de Daldis –natural de Éfeso y citado por Freud— los sueños son tratados en la literatura mitológica, así mismo, por Homero en la Odisea, también por Platón, por Cervantes en el mismo nacimiento de la novela moderna, por Calderón de la Barca en el Siglo de Oro, por Flaubert, Balzac, Poe, Kafka, Borges, y casi diría por cualquier escritor que se precie como tal.

Salvando las dificultades, resulta sugerente prestar atención a esos poetas y literatos afanados en reivindicar el sueño como una de sus formas privilegiadas de pensamiento. Poetas que llevan a cabo esa labor aboliendo las fronteras monolíticas que erigieron las disciplinas fundadas exclusivamente en la razón y la lógica separando de forma radical la realidad y los sueños. Se trata de arrebatarle la exclusividad del pensamiento a ese paradigma discursivo que trata de adormecer lo humano en la puerilidad y la ingenuidad de un realismo objetivo, empírico, lineal y, simplemente, informativo.   

Contraviniendo la tiranía de este paradigma discursivo, el poeta alemán Höelderlin establece una jerarquía curiosa entre el sueño y el pensamiento racional que surge de la realidad cuando en su obra Hiperion o el eremita en Grecia, Hiperion le dirige estas palabras a Belarmino: “El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa” (Hölderlin. 2016: 26), poniendo por encima al sueño sobre la razón en su concepción de lo humano. Hiperion lamentaba en ese contexto haber perdido la belleza cuando fue empujado por las instituciones al escenario del conocimiento, del saber y de la ciencia.    

Lo primero que habría que decir del sueño, tratándose de literatura, es que estamos ante un acto psíquico que se comporta como un escritor de genio. El sueño crea realidades propias, hace un uso singular del lenguaje, rompe la gramática, el tiempo y el espacio, es un escritor de genio dando las más variadas formas a sus seres fantásticos, y todo ello dejándonos sentir el peso de la verdad y estableciendo sus leyes particulares de acceso a la misma. Y algo importante, sin arrojar al olvido al agujero inescrutable de lo real, sino más bien alojándolo y apuntando a él. En relación a estas cuestiones, podríamos traer a colación a Borges en El libro de los seres imaginarios cuando recoge un sueño de la Odisea:  

Dijo la discreta Penélope: ¡Forastero! Hay sueños inescrutables y de lenguaje oscuroHay dos puertas para los leves sueños: una construida de cuerno y otra de marfil… Los que salen por el pulimentado cuerno anuncian, al mortal que los ve, cosas que realmente han de verificarse(Borges. 2019: 51).

Penélope pone en escena, en pocas líneas, los grandes vectores del sueño:  Por un lado, la particularidad del lenguaje, la cuestión de la verdad, lo inescrutable y, por último, lo real de la muerte en el soñante. Desde estos elementos, la literatura toma los sueños como una vía para profundizar en el saber sobre lo humano, asumiendo que hay en ello una vertiente verificable y otra vertiente inescrutable, las dos mediadas por el lenguaje. A propósito de esta vertiente inescrutable, Wittgenstein planteaba: “Lo que no puede verse ni decirse, el arte debe mostrarlo”. Podríamos decir que el buen hacer de la Literatura, como vertiente artística, fue usar el sueño para elevar a la dignidad del arte eso que no puede verse ni decirse, eso alrededor del cual se teje todo el contenido de los sueños.    

Insistiendo en el acto de soñar comparándolo con la actividad creadora de un escritor de genio, Sigmund Freud, como todos sabemos, se sintió interrogado por la actividad creadora de los poetas, lo cual tiene un lugar privilegiado en su obra magna La interpretación de los sueños así como en su pequeño ensayo El poeta y los sueños diurnos. Leemos allí lo siguiente: “En cada hombre hay un poeta, y sólo con el último hombre morirá el último poeta(Sigmund Freud. 1972: 1343)

Y esa actividad creadora del ser humano como poeta se encargaba de asentarla todavía más Borges en sus conversaciones radiofónicas con Osvaldo Ferrari, planteando una identificación entre el acto de escribir y el de soñar: “… cuando soñamos somos a la vez, el teatro, los actores, la pieza, el autor, somos todo a un tiempo…” (Borges, Diálogos, pág. 50).  Pero, además, sitúa al sueño como el más antiguo de los géneros literarios: “Ahora, si el hecho de soñar fuera una suerte de creación dramática, resultaría que el sueño es el más antiguo de los géneros literarios; y aún anterior a la humanidad, porque como recuerda un poeta latino –los animales sueñan también. Es decir que, de noche, todos somos dramaturgos de algún modo”. (Borges, Diálogos, pág. 50).

Tomando el testigo de la sugerencia teatral sobre los sueños en Borges, no podemos dejar de evocar a Fernando Pessoa cuando articula sus sueños nada menos que a la creación de los heterónimos. En el establecimiento de su Drama em gente, cada heterónimo tiene un tono, un punto de vista diferente, de tal manera que cada sueño soñado por Pessoa ha de estar destinado al heterónimo que tenga el tono de ese sueño: “Creé en mi varias personalidades. Creo personalidades contantemente. Cada sueño mío es inmediatamente, después de ser soñado, encarnado en otra persona que pasa a soñarlo y yo no. Para crear me destruí; tanto me exterioricé dentro de mí, que dentro de mí no existo sino exteriormente. Soy la escena viva donde pasan varios actores representando varias piezas”. (Fernando Pessoa. 1995: 230). Cuando hablo de tono me refiero a la concepción de Piglia que sostiene que “el tono implica la relación del que narra con la historia(Ricardo Piglia. 2015: 82). Es decir, se trata de los sueños como una experiencia del ser de cada heterónimo.

Viendo la relevancia que le dan los literatos y poetas a los sueños, hay que decir que el surrealista André Breton tomaba al sueño como centro del pensamiento más potente, hasta el punto de añorar la llegada de “la hora de los filósofos durmientes” (Breton 2009: 24). Sabemos que ese nuevo pensamiento tenía que ver con el inconsciente, aunque también su concepción del inconsciente era un poco romántica, como un mundo de las profundidades y de las oscuridades, lo cual limita en mucho la concepción del inconsciente. Pero lo importante es que se trataba de un paso que se daba en una dirección del pensamiento menos rígida y menos exclusivista. También, el mismo Bretón, refiriéndose a los poetas, es muy elocuente eligiendo una anécdota que relata de esta manera: “Se cuenta que todos los días, en el momento de disponerse a dormir, Saint-Pol-Roux hacía colocar en la puerta de su mansión de Camaret un cartel en el que se leía: EL POETA TRABAJA” (Breton 2009: 27).

Como decía al comienzo, hay un paradigma discursivo, comandado por la razón, la lógica y la ciencia, empeñado en levantar fronteras entre la realidad y el sueño, o bien en llevar el sueño a una realidad puramente orgánica, genética, neurológica. Y en esa obstinación, hay siempre algo implícito, una supuesta superioridad y consistencia del pensamiento de la realidad sobre los sueños, como si la realidad fuese un hecho incontrovertible que existiera de facto independiente de nosotros y del lenguaje, postulándose como referencia a la que amoldarnos, y los sueños fuesen algo etéreo, un jueguecito subsidiario de esa realidad. Es una ideología que va cosificando el mundo y diluyendo la experiencia singular de cada sujeto, además de, como decía Hiperion, perdiendo la belleza. Pero, si bien lo miramos, lo cierto es que nada hay más cambiante, más fantasmático y teatral que la realidad: “Bonita farsa la vida, esa misteriosa disposición de despiadada lógica para una finalidad inútil(Joseph Conrad. 2013: 160). Incluso, podemos hablar de que las realidades siempre están ahí para superarlas, como esa caverna de Platón de la que hay que salir en busca de la luz, o esas realidades literarias que te ahogan –de lo cual tenemos múltiples ejemplos en la literatura, pensemos en el Quijote, en Madame Bovary, etc., y ya no digamos en la clínica. En contraste con esa realidad cambiante, los sueños permanecen estructuralmente inmutables siempre y desde ellos la literatura cuenta el mundo.

El sueño es una narración literaria que tiene sus propias leyes, independientes de las del realismo descriptivo y arrogante. Los sueños no caben en esas fórmulas de síntesis y reducción, y el anhelo de atrapar todo el alma humana no pasa de ser un sueño infantil de la ciencia, por no decir un delirio. En contra de este anhelo se significa la literatura contundentemente. Diderot, en Jacques el fatalista, haciendo referencia a la verdad científica y a la literaria: “La verdad, me diréis, es generalmente fría, vulgar, llana; por ejemplo, vuestra última descripción de la cura de Jacques es muy verídica, pero ¿Qué interés tiene? Ninguno. Si hay que ser verídico, que sea como Moliére, Regnard Richardson, Sedaine. La verdad tiene su lado picante que sólo captan los genios(Denis Diderot. 2004: 54).

De eso se trata en los sueños, de la verdad picante, no de la verdad científica que sólo admite respuestas. Cortázar, por ejemplo, tenía: “la sospecha de otro orden más secreto y menos comunicable…”, y que“el verdadero estudio de la realidad no residía en las leyes, sino en las excepciones a esas leyes”,“esos habían sido algunos de los principios orientadores de mi búsqueda personal de una literatura al margen de todo realismo demasiado ingenuo(Cortázar. Aspectos del cuento): 1994, 365-385). Es decir, para Cortázar, algo más verdadero sobre lo humano se juega por fuera de las leyes de la realidad, como veremos más adelante.  

Estamos viendo una contraposición entre el pensamiento en la realidad y en el sueño, y vamos caminando hacia un terreno donde la literatura sitúa una frontera muy lábil entre el sueño y la realidad. Es decir, esa verdad picante de lo humano, ese orden secreto, se inscriben en un terreno muy ambiguo, resbaladizo e inquietante, donde se produce cierta confusión entre sueño y realidad. Por eso no resultan extrañas las palabras de Gómez de la Serna en sus Greguerías: “La valentía mayor del mortal es meterse en el sueño todas las noches”. Valentía porque ahí los sueños muestran que en lo humano nunca encontramos un terreno firme en el que pisar.  

Al respecto, nos viene a la cabeza un drama del Siglo de Oro, La vida es sueño de Calderón de la Barca. Puede ser tomada de muchas maneras: conflicto entre padre e hijo; drama donde el sueño pone en juego la ética del sujeto; alegoría sobre la vanidad de las “glorias fingidas que, finalmente, se van a diluir en lo real de la muerte.

En La vida es sueño se muestra como las realidades son creaciones humanas. Segismundo acaba sumido en la incertidumbre, no sabiendo si sueña la vida que ve, o vive la vida que sueña. “Porque si ha sido soñado lo que vi palpable y cierto, lo que veo será incierto… pues veo estando dormido, que sueñe estando despiertoCalderón de la Barca. 1996: 76). Es la incertidumbre en que lo sume la realidad que su padre, el Rey Basilio, creó para él fuera de las mazmorras en las que lo tenía prisionero: “Porque en el mundo, todos los que viven sueñan(Calderón de la Barca. 1996: 49) / “Quizás estés soñando aunque ves que estés despierto (Calderón de la Barca. 1996: 59). Es el sueño poniendo en cuestión toda la realidad o también creándolas nuevas.

La vida es sueño parece una sugerencia para la noción de fantasma que se maneja en psicoanálisis. El ingenio perverso del Rey Basilio drogando a Segismundo para hacerlo despertar en el mundo de pompas y fastos de la corte, nos introduce en la esencia fantasmática de la realidad, una mezcla entre sueño, imagen, objeto y goce. Todo pasa a ser una ilusión vivida por Segismundo una vez vuelve de regreso a su tortura, a su encierro en la torre oscura. Segismundo ya sólo puede ver la vida de forma fantasmática a través de la ventana de su mirada, como una especie de escenario donde se produce un conglomerado de ensoñaciones y artificios que van conformando realidades signadas por un goce que, en ocasiones permite el confort, pero en otras lleva a la desdicha. Ese es el signo fantasmático de La vida es sueño, y la comprensión a la que llega Segismundo, la vida como una mezcla de sueño, realidad y goce.

Siguiendo en esta lábil frontera entre sueño y realidad donde se rompe el tiempo y el espacio, podemos realizar un paralelismo igualando épocas históricas para mostrar que el ser del sujeto literario es el mismo en el Siglo de Oro y en el siglo XX, pues la incertidumbre de Segismundo se emparenta claramente con la del motorista, o del moteca, en el cuento de Julio Cortázar La noche boca arriba. Nuestra incertidumbre como lectores es absoluta, así como la del protagonista del cuento, pues nunca se logra tener la certeza de donde está el sueño o la realidad, si en el motorista o en el moteca.  

Decía Alberto Estévez, en su comentario en la tertulia sobre el cuento de Cortázar, que “uno, al igual que el motorista, siente con certeza el espacio de la realidad mientras no se lo plantea, o mientras no sucede un accidente, real o gramatical. Pero en cuanto quiere precisar ese espacio, entran tantos elementos en la consideración, tiempos que parecen reales y no lo son, otros que parecen anacrónicos y sin embargo son más reales que los reales, memorias equivocadas, olvidos que no son tales, sino elipsis que pertenecen a un lenguaje Otro, de tal manera que ya uno empieza a dudar si verdaderamente es motorista o es moteca(Alberto Estévez. Liter-a-tulia. Tertulia sobre el cuento de Cortázar, La noche boca arriba).

Es verdad lo que plantea Alberto en esta cita. Todos lo podemos comprobar en esas anécdotas de nuestras vidas que creemos reales pero que su gramática nos hace dudar de que pertenezcan a la realidad física. Lo que sí es verdad es que en ellas hay un potente pensamiento.    

¿Qué valor tienen, entonces los sueños, en la literatura? Señalar un orden de lo humano que no se agota en la realidad objetiva. Ser una de las formas más directas y literarias que tiene el lenguaje para aproximarse a la experiencia singular del sujeto con lo real. El sueño viene a ser como esa voluntad que expresaba Samuel Beckett de llegar a eso que el lenguaje no puede decir ni nombrar y para ello necesita romper los convencionalismos del lenguaje. Sabía de la imposibilidad de la empresa, igual que lo sabe el sueño, pero: “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. El sueño sería la forma que tiene el lenguaje de fracasar mejor y no quedarse en la simple fantasmagoría de la realidad.

Por ejemplo, en la literatura de Cortázar, el lenguaje juega esos juegos infantiles que Freud evocaba en El poeta y los sueños diurnos, escribiendo palabras extrañas como un invento, cronopios, conejitos vomitados “como un poema en los primeros minutos”, extrañezas para confrontarse con las realidades pretenciosas y señalar, de esa manera, un orden secreto y menos comunicable que el de la realidad. Una forma de romper el lenguaje lógico, objetivo y convencional. Él mismo da razón de ese orden oculto, de esos cronopios surgidos como figuras de un sueño estando despierto dentro de un teatro parisino:  “Son la conducta del poeta, del asocial, del hombre que vive un poco al margen de las cosas, frente a los cuales se plantan los famas, que son los grandes gerentes de los bancos y los presidentes de las repúblicas, la gente formal que defiende un orden… las esperanzas serían personajes intermedios, a mitad de caminos, que están sometidas a la influencia de los famas y de los cronopios según las circunstancias” (Entrevista con Joaquín Soler Serrano. TV 2. https://www.youtube.com/watch?v=A7_ttGBvQTc)

Son muy sugerentes estos seres fantásticos de Cortázar, porque en la lectura uno tiene la sensación de que acepta perfectamente ese mundo, pero nos pueden sugerir la pesadilla terrible que también forma parte del sueño. Lo cual nos trae a colación  nuevamente a Borges cuando planteaba: “Podría pensarse que la belleza es más accesible a la sensibilidad del hombre durante el sueño que en la vigilia… Bueno, yo diría que la belleza y el horror también, ya que los sueños incluyen la pesadilla”. (Borges, Diálogos, pág.   ). Y esas figuras en los cuentos de Cortázar, son susceptibles de ser consideradas extrañas o terribles, pero por algún misterio que tiene que ver con que en ellas encontramos algo propio, los aceptamos perfectamente en la lectura. Es la capacidad de Cortázar para trasmitir, a través de una narración fantástica, la importancia de ese orden oculto.    

Porque, para que el sueño, en la literatura, sea una fuente de pensamiento sobre lo humano, es imprescindible una trasmisión adecuada. En este sentido, Ricardo Piglia sostenía que una buena narración es la que interesa, no sólo al que la cuenta, sino también a quien la recibe. Lo decía en la conferencia que dio en la universidad de Talca, en Chile, recogida en su libro La forma inicial. Conversaciones en Princeton. Y hablaba del relato de los sueños: “El que cuenta un sueño afronta los problemas que tienen los narradores que creen que las historias que les interesan a ellos les van a interesar a todos… pero hay que saber transmitir ese sentimiento(Piglia, Ricardo. 2015: 44) 

Pone el problema de la trasmisión en primer término. Y es que, en el terreno del arte, sea literario, pictórico, escultórico, etc., no sólo se trata de la experiencia particular del autor, sino que la experiencia toque al otro, que ese otro se sienta implicado en la experiencia. Es necesario que, de alguna manera, el sueño nos mire. Por ejemplo, no estoy seguro de que haya trasmisión de sentimiento en la simple recopilación de sueños que lleva a cabo el surrealista Michel Leiris en su obra Noches sin noche y algunos días sin día. En casi todos ellos me parece que la cuestión de la verdad está ausente, es una apreciación particular, sólo está la fachada que esconde la verdad picante. No habría ahí una verdadera implicación en la trasmisión, todo se queda en la frialdad del automatismo.   

Dentro de ese automatismo, un sueño es un relato frío, falto de interés. Ha de haber algo en ese sueño, una sensación, un sentimiento, un temblor que, de pronto, nos mire, nos paralice, nos detenga, nos capture, para señalarnos que ahí se juega algo de nuestra verdad. Como aquél niño de cinco años en el museo que, ante la muerte de la protagonista del cuadro detenida en su lecho de muerte, le dice a su madre: “qué quieta está esa mujer”. Algo acaba de detener a ese niño de cuatro años, algo le reclama su atención, algo lo acaba de mirar desde el cuadro, un sentimiento de quietud superior a la quietud de una imagen en un cuadro. Ya sabemos que hablamos de la misma muerte.

Para cerrar esta charla con una nueva alusión a la confrontación entre sueño y realidad, me parece oportuno sintetizar unas palabras de Kundera en El arte de la novela, en las que vemos cómo una realidad siempre cambiante a lo largo de los siglos va convirtiéndose poco a poco, casi imperceptiblemente, en la prisión del sueño humano. Estamos, una vez más, ante la reivindicación de la aventura del pensamiento en el sueño, ese sustrato literario y artístico propio de cada uno, y que le está siendo arrebatado a lo humano por la historia y por las instituciones.  

Kundera traza un itinerario que va desde Don Quijote hasta Kafka. El primero saliendo a un mundo totalmente abierto, a la planicie, a la libertad, al ideal, a la justicia, al sueño, al igual que le ocurría a Jacques el fatalista de Diderot, saliendo a un mundo sin tiempo y sin fronteras, a la pura aventura. De allí pasa Kundera a Balzac, constatando que la realidad, tanto institucional como social, la justicia, las finanzas, el crimen, el ejército, la educación, la historia, van reduciendo el mundo y constriñendo al sujeto, subiéndolo al carruaje de una historia de la cual ya difícilmente  puede apearse. Para Kundera, todo se va reduciendo todavía más, y pone como ejemplo a Madame Bovary, personaje que, cercado por una realidad vulgar, ya solo puede expresar la nostalgia por la aventura perdida. Esa aventura sólo puede encontrarla en la ensoñación con la que trata de romper el cerco de la realidad, de manera que “el infinito perdido del mundo exterior es reemplazado por lo infinito del alma”. Madame Bovary quiere apearse del vagón de la historia  y de las instituciones, pero sólo puede hacerlo a través de las ensoñaciones del alma. Pero lo peor está por llegar, y Kafka lo hace explícito. Lo infinito de la aventura y del alma se desvanece en la promesa tramposa que le hace la sociedad ofreciéndole un puesto de agrimensor, o sometiéndolo a un tribunal que no ofrece escapatoria alguna, situaciones que absorben todo el pensamiento de un sujeto al que ya ni se le permiten soñar. Como dice Kundera: “Lo infinito del alma, si lo tiene, ha pasado a ser un apéndice casi inútil del hombre(Kundera. El arte de la novela, 19. Ed. FABULA. Tusquets editores)

Con esto cerramos la confrontación entre sueño y realidad. Kundera señala, de forma implícita, la amenaza que supone desalojar al sueño de su papel privilegiado en el pensamiento, y dejar que éste sea escrito, de forma exclusiva, por las instituciones oficiales. Matar el sueño es una forma de matar lo humano. Insisto en la frase de Freud: “Sólo con el último hombre morirá el último poeta”. No deseamos para nosotros el destino funesto y fatal de Madame Bovary. Hay que dejar que el sueño siga haciendo literatura, que rompa la gramática lingüística, la espacial y la temporal, que siga haciendo literatura cada noche, contribuyendo, de esa manera, a que el arte y la belleza sigan siendo horizontes a los que apunte la vida humana. Lo cual se convierte en una aspiración ética ineludible.  

Bibliografía:

. Borges. J. L. 1998. El libro de los seres imaginarios. Alianza Editorial. Madrid

. Borges. J. L. Diálogos.

. Conrad, Joseph. 2013. El corazón de las tinieblas. Ed., Juventud. Barcelona

. Cortázar, Julio. 1994. Aspectos del cuento.

. De la Barca, Calderón. 1996 La vida es sueño

. Diderot, Denis. 2004. Jacques el fatalista. Ed. Santillana. Madrid.

. Hölderlin, Friedrich. 2016. Hiperion o el eremita en Grecia. Libros Hiperion. Madrid

. Kundera, Milan. El arte de la novela. Tusquets Editores. Barcelona

. Nabokov, Vladimir. 2009. Curso de literatura europea. Zeta. Barcelona

. Piglia, Ricardo. 2015 La forma inicial. Sexto piso. México

Logo ELP Sede Madrid white

Suscríbete a nuestra newsletter

Recibirás la agenda de actividades así como las novedades de La Brújula. Una vez enviado el formulario de suscripción es necesario que confirmes tu email. Para ello, por favor haz clic en el email de confirmación que te llegará a tu email. Si no lo encuentras búscalo en el buzón de Notificaciones, Promociones, Correo basura o similar. Podrás cancelar tu suscripción cuando quieras. 

 

Política de privacidad

Ya casi estamos... recuerda que tienes que hacer clic en el email de confirmación que te acaba de llegar. Gracias

Pin It on Pinterest

Share This
X