Agradezco a la Biblioteca, haber convocador esta mesa tan interesante para hablar de los sueños en el arte.

Encantada de presentar a dos grandes artistas, como son Inés Gonzáles y Lisi Prada. Ambas, cada una en su estilo, nos invitan – en esta muestra-, a estar atentos a lo que surja y lo que nos enseñan.

Es un encuentro que conjeturo más una exploración que una conclusión.

Tratándose de artistas visuales, ellas hoy nos van a dar a ver su  “saber-hacer –ahí”, en acto: en decir, videos de sus obras para después abrir a la conversación.

Antes, unas pocas palabras para introducir a esta cosa que es el arte, o más precisamente, como recuerda Lacan, ¿“qué cosa es la obra de arte”?

Algunas preguntas son inevitables: ¿qué hace el arte con los sueños? Y antes ¿a qué sirve un sueño? Y ¿por qué esa presencia de los sueños en el arte-? sea éste el que sea. ¿No revela cada sueño en su singularidad, aquello que un sujeto logra componer como nudo entre la semántica y lo que se recorta como una punta de real, al servicio del deseo? ¿qué le permite hacer al artista de esos sueños obra que da-a –ver? Pero también, y de gran importancia, ¿cuál es el valor de la imagen en el campo visual?

No pretendo responder hoy a todas esas preguntas, desde luego.

Quizás al hilo de ellas, me detendré en dos o tres puntos.

Voy a extraer algunos elementos, a los fines de enmarcar el tema que nos reúne.

l. Hace poco, leyendo un texto de 1923 de Freud, “Popper Lynkeus y la interpretación onírica”, me retuvo algo que llamo mi atención, Allí, reafirmándose en su concepción de los sueños, nos recuerda que es a las tendencias en conflicto con los principios éticos del soñante, a quien la “deformación onírica” les impone tornar insensato y confuso el contenido del sueño. En su diálogo con Popper-Lynkeus, refiere que para éste, “nadie sueña nunca desatinos. Un sueño no puede menos que tener siempre un sentido”. Esto no sería más que confirmar el descubrimiento freudiano, si no fuera porque lo continua diciendo que “también despiertos obramos así con gran frecuencia”. Se refiere a que las contradicciones y la confusión de tiempo y lugar, tan propia del sueño,  también ocurre despiertos, aunque pasa más desapercibida en la vigilia. Sin embargo, cuando construimos fantasías más o  menos atrevidas, plenas de sentido, no las juzgamos tan rápidamente de disparatadas e imposibles. Teniendo esto en cuenta, es que dirá que en el fondo nuestros sueños no pueden ser insensatos ya que el soñador es siempre el mismo, tanto en los sueños como despierto.

Interesa subrayar esto ya que al hacer extensivo lo que opera en los sueños como lo que opera en la vigilia, ¿qué es lo que hace? hace extensivo la operación, el efecto de creación de sentido y la presencia del deseo, ahí deslizándose. Este carácter creacionista del significante, responde a la estructura misma del lenguaje y sus leyes y mecanismos, y lleva en sí el germen del sinsentido en el corazón del sentido. Puede llevar hasta el delirio, tanto aquel, común y de todos, como también el que escapa al discurso corriente como lo encontramos en las psicosis.

2. E. Laurent, en su texto de orientación hacia el congreso de la AMP, 2020, nos dice que “el sueño debe ser abordado como un instrumento del despertar”, inspirándose en Lacan del seminario Aún.. Desplegar esto sería largo.

Tomo en toda su importancia esta afirmación porque me permite proponer, con cierta rotundidad lo siguiente: ¿por qué no concebir el arte como un instrumento del despertar?

Se anticipa a la somnolencia, al adormecimiento de la vida diurna, que queda sometida, inevitablemente, si puedo llamarla así, a la “yoidad” y sus enunciados según el modo de un discurso corriente, común, basado en la comunicación y, sin duda, en sus lapsus. Y cumple esa tarea de anticipación, subrayada por Lacan.

Paul Klee dijo: “el arte no representa lo visible, Lo hace visible “El arte, es el modo en que el ser hablante que ha quedado bajo su paraguas, encuentra la forma, ese “saber-hacer-ahí” tal como lo ejecuta el sueño mismo: con sus mecanismos, leyes aunque es en el modo “despertar” bajo el cual convoca al deseo.

Es así, como nos invita a nosotros, mirones, a “despertarnos a otra cosa”.

Somos el mismo sujeto del deseo, dormidos o despiertos.

Al respecto, Lacan en Aún, trae una fórmula rotunda cuando dice: “El inconsciente es exactamente esa hipótesis: que no soñamos solamente cuando dormimos”.

Al subvertir la evidencia del límite entre la vigilia y el dormir, es posible concebir el arte como esa vía que nos invita a despertar, sin llevarnos a un despertar absoluto, el cual, no sólo es imposible al ser parlante – está atado a la palabra, lo simbólico y a lo imaginario- sino, como nos recuerda Lacan: “el despertar absoluto es la muerte”. ¿A qué clase de despertar nos invita? Si seguimos esta lógica: a dar a ver algo que concierne al deseo.

3. Por último, es evidente el privilegio que tiene en la pintura el campo visual, y por ende, de la imagen y su potencia en esa dimensión visual y temporal, que le es propia.

Mucho nos ha enseñado Lacan en relación a la función que cumple la imagen en la constitución del cuerpo y en la relación al semejante en esa alteridad que le es esencial y más.

Didier Huberman, (Ante el Tiempo- anacronismo de la imagen[1].), dice al respecto “lo que vemos, lo que nos mira”. Una formula preciosa que apunta con fina precisión a la esquizia del ojo  y la mirada, en el campo escópico, al que nos lleva Lacan fundamentando esa concepción inédita que elabora de la función de la mirada, como un objeto crucial en la economía de goce del ser hablante para captar ahí, que de lo que se trata, es no sólo del ojo y la visión. Esto nos llevaría lejos. Solo lo menciono.

Pero introducir esta cuestión, no me impide preguntar: ¿cuándo estamos ante un cuadro, ante qué estamos? ante lo que veo, sin duda, pero también ante lo que no se ve pero funciona: la mirada. Eso que allí se muestra, me mira, nos mira.

Lo que nos mira, queda definido por el punto luminoso que da presencia a los objetos que nos atraen y ocupan nuestro interés. “Es a nivel del punto luminosos donde está todo lo que me mira” (Los 4 conceptos….)

Valga acentuar que el tropiezo con el objeto y su imagen, siempre viniendo de fuera, y preñada de la presencia de otro, es una experiencia en-cuerpo y primordial.

Algo de eso nos enseña  la creación artística. En ese “saber-hacer-ahí”, que es producir la obra, nos ofrece en la contemplación, deponer nuestra mirada y satisfacernos en aquello que se da a ver . O bien, rechazar lo que ahí se muestra.

Pensemos en los sueños ¿cómo se presentan estos al soñante? Cómo un cuadro, cuya composición le resulta extraña y en la que al soñante mismo le es desconocido, lo que ahí se opera, pero le interroga, más allá de lo que se muestra sobre la escena imaginario; lo que se le da a ver : es algo que le concierne en lo más íntimo de su ser, pero que no le es accesible.

Aunque hay sueños para dormir y hay sueños, para despertar, por esta esquizia entre la visión y la mirada, la obra de arte, en tanto cuadro convoca a otra cosa, llama al despertar, esquivando el saber.

Atraviesa el saber, en esa fulguración (W. Benjamin) que caracteriza la imagen y le da su potencia y su fragilidad.

El sueño, como formación del inconsciente, en Freud, protege el dormir, y sirve para esquivar el despertar, en tanto fuente de lo insoportable, mientras con Lacan el sueño sirve al despertar, si se lo usa para acercarse al deseo que lo causa.

¿Y el arte pictórico?, el arte,- mi hipótesis es que-, usa despierto los medios simbólicos e imaginarios con los que hace de pantalla a lo insoportable, a la vez que alimenta al ojo , satisface lo que está en juego en la mirada e invita al despertar.

He ahí el encanto de la obra de arte.

Madrid, 10 de febrero 2020


[1] En ese texto, D.Huberman investiga el estatuto, el poder que tiene la imagen Y lo hace apoyándose en Walter Benjamin quien se ha ocupado exhaustivamente de esta cuestión, en muchas de sus reflexiones referidas al arte, a la historia del arte y la crucial cuestión de la imagen.

A mí me ha interesado la afirmación de Huberman que nos recuerda que el poder de la imagen está vinculado con el momento del despertar que la caracteriza.

¿Cómo precisar ese poder? Su argumentación es amplia y compleja pero a nuestros fines hoy, es suficiente con evocar ese momento como un instante de reunión que el carácter de ·fulguración que le adscribe, puede ilustrar. Nos dice que reúne y hace explotar lo real pulsional y el significante y su permanencia.

Un efecto que se debe al carácter de fulguración, de la imagen y que sucede bajo el régimen de lo visual y lo temporal: ése es su poder.

Aunque no puedo desplegar tales argumentos, quedémonos con el reconocimiento del poder de la imagen, a la que se hay que agregar también su fragilidad.

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