En las actividades preparatorias para PIPOL12, la Biblioteca de Orientación Lacaniana de Madrid lanzó una propuesta tan inesperada como sugerente: un encuentro cinematográfico para pensar, desde el psicoanálisis, “El Malestar en la Familia”, temática que convocó en Bélgica el pasado julio. 

La sorpresa fue parte esencial de la propuesta, ya que el título de la película solo se reveló en el instante de la proyección. “Tengo sueños eléctricos”, drama escrito y dirigido por la franco-costarricense Valentina Maurel, irrumpió entonces en la pantalla. La historia nos presentó a Eva, una adolescente que transita los cambios propios de su edad mientras oscila entre su padre y su madre, separados desde hace poco. Los personajes, complejos y llenos de aristas, reclaman la atención atenta del espectador, que trata de descifrar la lógica íntima que los guía. Cada gesto, cada silencio, se convierte en un vaivén de emociones capaz de mantenernos al borde del asiento, con la sensación de que, en cualquier momento, la tensión podría estallar en tragedia.

La cita no se limitó a mirar una película. Fue un espacio vivo, un ejercicio de conversación y escucha en el que los asistentes fueron tejiendo sus impresiones. Cada comentario, como un recorte singular, se entrelazaba con nociones del psicoanálisis, y así la trama de la obra se iba reescribiendo colectivamente, encontrando nuevas formas de ser narrada y pensada.

Filmada en Costa Rica, la historia se desarrolla en escenarios que retratan la pobreza, la precariedad y la fragilidad del lazo social. Estos elementos, además de enmarcar y acompañar las actuaciones, nos introducen un entorno desregulado que se asocia rápidamente con el padre de Eva. Él encarna esta desregulación a través de una vida desordenada: sin empleo estable ni vivienda propia, y con una agresividad que desborda su cuerpo, desencadenando arrebatos de violencia. Esta figura paterna remite inevitablemente al Padre de la horda primitiva.

En contraste, la madre aparece enfrentada a su hija, marcada por los cambios físicos propios de la adolescencia. El despertar de la sexualidad de Eva confronta a la madre con la figura de la Mujer como una Otra, a quien agrede desde la comparación de los cuerpos y frente a la posibilidad de que su hija logre o no posicionarse como tal, con los rasgos de feminidad socialmente entendidos como definitorios. La adolescente, entonces, queda perdida entre coordenadas de identificación difusas, atravesadas por figuras desbordadas por el exceso de goce.

Este triángulo edípico, signado por la ausencia de la falta, precipita en la protagonista el llamado de la Ley. Una Ley que, aunque externa, interviene para poner límites al desorden familiar, apaciguando así los cuerpos que finalmente ceden ante su presencia.

M. Belén Siles 

Logo ELP Sede Madrid white

Suscríbete a nuestra newsletter

Recibirás la agenda de actividades así como las novedades de La Brújula. Una vez enviado el formulario de suscripción es necesario que confirmes tu email. Para ello, por favor haz clic en el email de confirmación que te llegará a tu email. Si no lo encuentras búscalo en el buzón de Notificaciones, Promociones, Correo basura o similar. Podrás cancelar tu suscripción cuando quieras. 

 

Política de privacidad

Ya casi estamos... recuerda que tienes que hacer clic en el email de confirmación que te acaba de llegar. Gracias

X